Aprieta entre los dedos el cáliz hinchado de una colleja y estalla con un chasquido seco, como una bolsa de papel. Ese globo membranoso que envuelve la flor es la firma del género Silene, y sirve para reconocerlo en el campo cuando aún no hay pétalos abiertos que mirar.

Silene es un género enorme de la familia Caryophyllaceae, con unas 700 especies repartidas sobre todo por el hemisferio norte y con un foco de diversidad muy marcado en la cuenca mediterránea y en el suroeste asiático. Solo en la Península Ibérica crecen más de un centenar, desde anuales efímeras de terrenos removidos hasta cojinetes alpinos que tardan un siglo en alcanzar el tamaño de un plato. Eso significa que "cuidar una Silene" no quiere decir nada por sí solo: hay que saber cuál.

Cómo se reconoce el género

Las Silene tienen hojas simples y opuestas, sin estípulas, y tallos con nudos a menudo engrosados y pegajosos —de ahí que a varias especies se las llame atrapamoscas: la sustancia viscosa del tallo retiene insectos rastreros que subirían a robar néctar sin polinizar nada—. La flor lleva cinco pétalos que en la mayoría de las especies terminan hendidos en dos lóbulos, lo que da esa impresión de diez pétalos estrechos. El cáliz soldado en tubo, con cinco dientes y una nervadura marcada, es el carácter clave; en Silene vulgaris se infla hasta parecer una vejiga. El fruto es una cápsula que se abre por dientes en el extremo y suelta semillas diminutas y reniformes.

Flores blancas de Silene vulgaris con el cáliz hinchado característico

Un detalle taxonómico con consecuencias prácticas: buena parte de lo que los viveros venden con la etiqueta Lychnis ya pertenece formalmente a este género. La candelaria de hojas grises y flor magenta que se etiqueta Lychnis coronaria es Silene coronaria; la cruz de Malta de flor escarlata es Silene chalcedonica; la flor de cuclillo de los prados húmedos es Silene flos-cuculi. Los cartelitos de vivero tardarán años en actualizarse, así que si buscas una de estas plantas conviene rastrear los dos nombres.

Las especies que interesan en el jardín

Silene vulgaris, la colleja. Vivaz de raíz gruesa, 30-60 cm, con hojas glaucas y flores blancas de cáliz inflado que se abren al atardecer. Crece en cunetas, barbechos y ribazos de toda la Península. Es la especie comestible del género y se ha recolectado en el campo durante siglos.

Silene acaulis, el musgo florido. Cojinete apretadísimo de alta montaña, presente en Pirineos, Cordillera Cantábrica y Sierra Nevada, que se cubre en junio de flores rosas sentadas sobre el follaje. Crece del orden de un milímetro al año y hay cojines documentados con más de trescientos años de edad. En jardín de llanura es una planta difícil: aguanta -30 °C sin inmutarse, pero se pudre con una semana de calor húmedo en agosto. Solo tiene sentido intentarla en jardines de montaña o en artesa alpina con drenaje de grava y ventilación.

Cojinete de Silene acaulis cubierto de flores rosas en alta montaña

Silene dioica. Vivaz de 50-90 cm y flor rosa intensa, propia de bosques frescos, orlas y cunetas sombrías del tercio norte peninsular. Es dioica de verdad —pies macho y pies hembra separados— y necesita suelo que no se seque, así que en clima seco hay que darle sombra y riego.

Silene latifolia. La compañera blanca de la anterior, también dioica. Sus flores abren al anochecer y desprenden un perfume dulce que atrae polillas nocturnas. Mantiene con la polilla Hadena bicruris una relación desconcertante: el insecto la poliniza y, de paso, pone un huevo dentro del ovario cuya larva se comerá parte de las semillas. Es uno de los ejemplos de libro de polinizador y depredador en el mismo bicho.

Silene nutans. Flores blanquecinas colgantes, con los pétalos enrollados de día y desplegados de noche en tres tandas sucesivas de apertura. Rústica, de suelos secos y calizos, muy poco exigente.

Silene uniflora (antes S. maritima). Mata baja y compacta de acantilado atlántico, con hojas carnosas glaucas y flores blancas grandes. Es la mejor candidata del género para rocalla y maceta en clima suave, y tolera la salinidad y el viento como pocas.

Silene coeli-rosa, S. pendula y S. armeria. Anuales mediterráneas de siembra fácil, entre 20 y 50 cm, en rosa, malva y blanco. Son las que se venden en sobre para macizos y praderas floridas.

Silene gallica y Silene conica. Anuales silvestres de terrenos arenosos y pastos secos, con flores pequeñas. Ornamentalmente son modestas, pero aparecen solas en jardines de grava y merece la pena dejarlas.

Suelo, ubicación y agua

La regla general para el grupo de rocalla y para las anuales mediterráneas es sol directo y drenaje severo. Suelos pedregosos, arenosos o francos, tolerantes a la caliza, y con poca materia orgánica. En jardín, un suelo pesado y arcilloso se corrige levantando el nivel con un caballón o incorporando grava de 3-6 mm; no basta con echar arena fina, que en arcilla forma algo parecido al cemento.

Las de ambiente forestal —dioica y flos-cuculi— piden lo contrario: media sombra, suelo fresco y con humus. Plantarlas en pleno sol en un jardín manchego es condenarlas.

El riego es escaso en cuanto la planta arraiga. Las vivaces de rocalla, en tierra, sobreviven el verano peninsular con dos o tres riegos profundos y espaciados; regarlas cada tres días es lo que arruina la mata. Y hay que entender bien el punto: estas plantas no mueren de frío, mueren de agua parada en invierno. Un cojinete de Silene aguanta -15 °C en suelo drenante y se pudre en noviembre en un suelo que encharca a -2 °C. Cuando falla una Silene en el jardín, el sospechoso número uno es el drenaje, no la helada.

En maceta

Las especies de porte bajo van bien en maceta, y la maceta permite darles el sustrato que en el jardín no siempre se puede. Una mezcla razonable: 50 % de sustrato universal de calidad, 30 % de arena silícea de grano grueso o grava fina, y 20 % de perlita o puzolana. El barro cocido sin esmaltar ayuda porque evapora por la pared y baja el riesgo de asfixia radicular.

Un acolchado superficial de gravilla de un centímetro cumple una función real: mantiene el cuello de la planta seco, evita que la tierra salpique sobre las hojas al regar y reduce la podredumbre del cuello, que es como se pierden estas plantas en cultivo. Nada de platos con agua debajo.

Abonado: menos es más

Aquí se pierden muchas matas por exceso de cuidados. Las Silene vienen de suelos pobres y responden al nitrógeno alargando tallos, engrosando follaje y floreciendo menos. Una planta de rocalla bien abonada se vuelve laxa, se tumba con la primera tormenta y se hace vulnerable al pulgón y al oídio.

En tierra, con una enmienda ligera de compost cada dos o tres años basta. En maceta, un abono granulado de liberación lenta bajo en nitrógeno y con potasio, una sola aplicación a la salida del invierno. Si se usa abono líquido, a mitad de la dosis que indica el envase y solo en primavera. Nada de abonar en verano ni en otoño: el crecimiento tierno tardío entra en el invierno sin lignificar y se hiela.

Multiplicación

Por semilla es lo más sencillo. Las anuales mediterráneas se siembran a voleo en otoño, entre octubre y noviembre en clima suave, directamente en el sitio definitivo; germinan con el suelo entre 10 y 15 °C, pasan el invierno como roseta y florecen en abril o mayo, antes y mejor que las sembradas en primavera. En zonas de heladas fuertes se retrasa a finales de invierno.

Las vivaces de montaña, incluida S. acaulis, agradecen frío antes de germinar: cuatro a seis semanas de estratificación en nevera a 2-5 °C con las semillas en vermiculita apenas húmeda, o el método de toda la vida, sembrar en macetas en diciembre y dejarlas a la intemperie contra un muro orientado al norte.

Por esqueje funciona bien en las vivaces de mata: brotes basales de 5-8 cm tomados a finales de primavera, sin flor, deshojados en la mitad inferior y clavados en una mezcla de arena y turba a partes iguales, en sombra y con humedad ambiental alta pero sustrato solo húmedo. Enraízan en tres o cuatro semanas.

Por división es viable en S. dioica y en las matas herbáceas, a principios de primavera o en otoño. En los cojinetes compactos como S. acaulis la división es mala idea: se rompe el cojín y rara vez se rehacen las dos mitades. Ahí es mejor el acodo, hundiendo un poco de grava entre los brotes del borde para que emitan raíces y separarlos después.

Poda y mantenimiento

Después de la primera floración, un recorte a tijera de todos los tallos florales, dejando la mata a un tercio de su altura, provoca rebrote basal y con frecuencia una segunda floración a finales de verano. Sin ese recorte, la mata se abre por el centro, se apoya en el suelo y las hojas bajas se pudren.

Silene coronaria merece una nota aparte: siembra sola con entusiasmo y en tres temporadas aparece por todo el macizo. Si eso no interesa, hay que cortar las flores marchitas antes de que la cápsula se abra. Si interesa, se deja: es una planta de vida corta —dos o tres años— que se mantiene en el jardín precisamente por resiembra.

La plantación y el trasplante se hacen en otoño en el sur y el litoral, para que la raíz se instale con las lluvias antes del calor, y a principios de primavera en zonas frías, cuando el suelo ya no está helado. Las especies de raíz gruesa como la colleja no agradecen el trasplante una vez adultas.

Problemas frecuentes

El pulgón se instala en las puntas florales en abril y mayo; con un chorro de agua a presión y algo de paciencia se controla, porque los depredadores naturales llegan solos. La araña roja aparece en ambientes secos y cálidos bajo cubierta. Los caracoles y las babosas se ceban con los brotes tiernos de primavera, sobre todo en las especies de sombra.

Lo verdaderamente letal son los hongos de suelo en terreno encharcado —Phytophthora, Rhizoctonia— y el oídio en matas apelmazadas y mal ventiladas. Los dos se combaten igual: drenaje, aireación, riego a ras de suelo y sin mojar el follaje, y no plantar demasiado junto.

La colleja en la cocina, con matices

Silene vulgaris se ha comido en España desde siempre, y en Castilla-La Mancha, Aragón, Navarra y el interior valenciano sigue siendo una verdura silvestre apreciada. Se recogen los brotes tiernos y las hojas jóvenes antes de que la planta florezca, en marzo y abril; después amargan y se vuelven fibrosos. Se usan en tortilla, en potajes, con arroz o salteados con ajo, y su sabor es suave, entre la espinaca y el guisante.

Tres advertencias, sin dramatismos pero en serio. La primera: como otras cariofiláceas, la colleja contiene saponinas, que en crudo y en cantidad resultan irritantes para el aparato digestivo. La costumbre de cocinarla no es casual; el hervido corto y el descarte del agua reducen el contenido. En ensalada, cantidades pequeñas y hojas muy tiernas.

La segunda: esto vale solo para Silene vulgaris. Que una especie del género sea comestible no autoriza a probar las demás. Las ornamentales del jardín —coronaria, chalcedonica, coeli-rosa— no son verduras, tienen más saponinas y no hay tradición alimentaria detrás. Y si no identificas la planta con seguridad, no la recolectes: en el campo, entre rosetas jóvenes de primavera, hay cariofiláceas y compuestas que se parecen lo bastante como para equivocarse.

La tercera: recolectar plantas silvestres en el campo está regulado. Hay especies protegidas, hay espacios naturales con recolección prohibida y hay fincas privadas. Infórmate de la normativa de tu comunidad autónoma antes de salir con la navaja, evita cunetas de carreteras con circulación y bordes de fincas tratadas con herbicida, y no arranques la raíz: se corta el brote y la planta rebrota al año siguiente.

Dónde encontrarlas

Las anuales ornamentales se consiguen en sobre de semillas en cualquier centro de jardinería y en las casas de semillas por internet, a menudo bajo el nombre comercial de "rosa del cielo" o "silene colgante". Las vivaces de rocalla —uniflora, schafta, acaulis— hay que buscarlas en viveros especializados en plantas alpinas, y llegan en maceta pequeña de 9 cm. Silene coronaria aparece con frecuencia bajo Lychnis en la sección de vivaces de borduras. Y la colleja no se compra: se siembra con semilla recogida en el campo en verano, o se deja aparecer sola en cualquier rincón removido del huerto.

En resumen

Silene reúne unas 700 especies de cariofiláceas reconocibles por el cáliz soldado en tubo y los pétalos hendidos en dos, con más de cien creciendo en la Península. Para el jardín, lo importante es distinguir el grupo de rocalla y anuales mediterráneas —sol pleno, drenaje severo, riego escaso, abonado mínimo— del grupo forestal, dioica y flos-cuculi, que quiere media sombra y suelo fresco. Se multiplican con facilidad por semilla, con siembra otoñal para las anuales y estratificación en frío para las de montaña, y por esqueje basal en primavera para las matas vivaces. El recorte tras la floración mantiene la mata compacta y suele traer una segunda tanda de flor. El fallo que se paga es el drenaje: aguantan heladas fuertes y no aguantan el suelo encharcado. Y en la cocina, solo Silene vulgaris, cocinada, cogida antes de la floración y recolectada con respeto a la normativa local.


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