El 15 de enero, en Madrid, el día dura poco más de nueve horas y media, y el sol apenas se levanta treinta grados sobre el horizonte al mediodía. Ese dato manda mucho más que el calendario a la hora de decidir qué se siembra en invierno y qué no. Se puede sembrar, y de hecho enero y febrero son meses de trabajo intenso en el semillero, pero lo que germina en esas fechas necesita calor en la base y luz por arriba, y si falta la segunda el resultado son plántulas larguiruchas que se tumban en cuanto salen al exterior.
Conviene separar desde el principio dos operaciones muy distintas que caben ambas bajo la etiqueta de "sembrar en invierno". Una es la siembra bajo cubierta —invernadero frío, propagador con manta térmica, o simplemente una ventana orientada al sur— de especies de flor estival que necesitan una temporada larga: begonias, petunias, lobelias, bocas de dragón. La otra es la siembra a la intemperie de anuales rústicas y de semillas que exigen pasar frío para despertar. Las técnicas, los sustratos y los riesgos no tienen nada que ver.
Lo que de verdad limita la siembra invernal
La temperatura que importa para que una semilla germine no es la del aire, sino la del sustrato. Un salón a 20 °C tiene la bandeja de siembra apoyada en un alféizar frío a 12 o 13 °C, y a esa temperatura una semilla de petunia se queda quieta durante semanas hasta que se pudre. Una manta térmica de propagación, que mantiene el cepellón entre 20 y 24 °C, cambia el resultado por completo y cuesta poco.
El segundo factor es la luz, y aquí es donde se tuerce casi todo. Una plántula germinada el 10 de enero en interior recibe menos de la mitad de la radiación que necesita para engordar el tallo. Se estira buscando la ventana, los entrenudos se alargan, el tallo queda fino como un hilo y la planta ya no se recupera: llegará al trasplante endeble y florecerá tarde y mal. Sembrar demasiado pronto sale más caro que sembrar tarde, porque una planta sembrada en marzo alcanza y adelanta a una de enero mal criada. Si no se dispone de un tubo LED de cultivo a quince centímetros de las bandejas, o de un invernadero con luz cenital de verdad, lo sensato es retrasar la siembra a febrero.
Calendario real de siembra bajo cubierta
La regla que ordena todo esto es contar hacia atrás desde la fecha media de última helada de tu zona, y restar las semanas que cada especie necesita desde la siembra hasta estar lista para plantar. En el litoral mediterráneo y en el valle del Guadalquivir esa fecha cae en febrero, cuando cae. En Madrid ronda la segunda semana de abril. En la Meseta norte y en zonas de montaña —Burgos, Soria, Ávila, León— hay heladas hasta bien entrado mayo, y en algún año hasta primeros de junio.
Con eso en la mano, estas son las siembras que sí tienen sentido en invierno:
Diciembre y enero. Begonia semperflorens, que tarda entre cinco y seis meses desde la semilla hasta la flor y por eso se siembra la primera. Su semilla es polvo: se esparce sobre el sustrato, no se cubre en absoluto porque necesita luz para germinar, y se mantiene a 22-24 °C. Tarda de dos a tres semanas en asomar. El guisante de olor (Lathyrus odoratus) también entra aquí, en macetas altas o cartuchos profundos, después de dejar las semillas doce horas en agua templada; en el sur y en el litoral se siembra directamente en octubre o noviembre y pasa el invierno fuera.
Enero y febrero. Lobelia erinus, a 18-20 °C y con la semilla en superficie. Boca de dragón (Antirrhinum majus), igual de fina, en superficie y a 18-20 °C: por encima de 22 °C germina peor, no mejor. Dianthus caryophyllus y los claveles chinos, a 18-20 °C, ya cubiertos con una capa fina.
Febrero. Petunia, con semilla en superficie y 22-24 °C. Impatiens walleriana, misma pauta. Salvia splendens, apenas cubierta, a 22-24 °C. Verbena y Catharanthus roseus son las excepciones que germinan mejor a oscuras: se cubren bien y se tapa la bandeja con un plástico opaco hasta que asoman. El alhelí (Matthiola incana) prefiere lo contrario a casi todos, 15-18 °C, y en cuanto pasa de 20 °C la germinación se desploma.
Detalle que ahorra disgustos: las semillas que germinan en superficie no se pueden regar por arriba con regadera, porque el chorro las entierra o las arrastra al borde del alveolo. Se pulveriza, o se riega por inmersión poniendo la bandeja en un dedo de agua hasta que el sustrato se oscurece por capilaridad.
El sustrato del semillero y el hongo que se lleva la siembra
Un sustrato de germinación tiene que hacer dos cosas a la vez: retener humedad constante y soltar el agua sobrante en segundos. Las mezclas de turba rubia de Sphagnum con perlita, en proporción de tres a uno, cumplen; la fibra de coco tamizada también, y viene mejor tamponada de pH. Añadir un 20 % de vermiculita fina mejora la uniformidad de la humedad.
La turba negra es otra historia. Está mucho más descompuesta, sus partículas son finísimas, retiene una barbaridad de agua y se compacta con los riegos hasta formar una costra por la que una raíz recién nacida no pasa. Sirve como enmienda en un macizo, no como sustrato de semillero en invierno. Usarla en enero, con poca evaporación y temperaturas bajas, es dejar el cepellón encharcado durante días.
Y aquí aparece el problema que arrasa los semilleros invernales: el damping off, la caída de plántulas causada por hongos del suelo del grupo de Pythium, Rhizoctonia y Fusarium. La plántula amanece tumbada, con el tallo estrangulado y acuoso justo en la línea del sustrato. Cuando aparece en un alveolo, en dos días se ha llevado media bandeja. El escenario que lo dispara es exactamente el de una siembra de enero mal montada: sustrato saturado, temperatura baja, aire quieto y poca luz.
Se previene, no se cura. Sustrato nuevo cada temporada, bandejas lavadas y desinfectadas si se reutilizan, riego por inmersión y no por encima, agua de red y no del bidón del patio, y ventilación diaria del propagador para que la condensación no gotee sobre los cuellos. Media hora con la tapa entreabierta cada mañana vale más que cualquier tratamiento. Si el hongo ya ha entrado, se retiran los alveolos afectados con su sustrato y se seca el resto todo lo que la planta aguante.
Sembrar fuera: las anuales que agradecen el frío
En clima mediterráneo hay un grupo de anuales rústicas que dan mucho mejor resultado sembradas en otoño o invierno, directamente en el sitio definitivo, que sembradas en primavera. Amapola (Papaver rhoeas), aciano (Centaurea cyanus), neguilla (Nigella damascena), espuela de caballero (Consolida ajacis), caléndula (Calendula officinalis), amapola de California (Eschscholzia californica) y Silene ornamentales germinan con el suelo entre 8 y 15 °C y pasan el invierno como rosetas pequeñas, invirtiendo todo en raíz.
La ventaja es física: cuando llega abril, esa planta tiene un sistema radicular profundo y florece tres o cuatro semanas antes, con tallos más largos y una floración que aguanta hasta que aprieta el calor. La misma especie sembrada en marzo florece en junio, con la raíz superficial, y se seca en la primera ola de calor. Muchas de estas especies, además, detestan el trasplante porque hacen raíz pivotante: se siembran a voleo o a golpes y se aclaran con tijera, cortando los sobrantes en vez de arrancarlos.
Dónde funciona: en toda la mitad sur, el litoral mediterráneo, Extremadura y buena parte de la depresión del Ebro. En zonas con heladas fuertes y prolongadas conviene retrasarlo a finales de invierno o proteger con un velo de forzado.
Semillas que necesitan pasar frío de verdad
Algunas vivaces llevan un bloqueo fisiológico en el embrión que solo se levanta tras varias semanas de humedad y frío. Sembradas en primavera en un invernadero templado no germinan, o germinan un 5 % y el jardinero concluye que las semillas eran malas.
La estratificación en frío se hace con la semilla mezclada en un puñado de vermiculita o arena apenas húmeda, dentro de una bolsa con cierre, en la parte baja de la nevera entre 2 y 5 °C. Cuatro a seis semanas bastan para Aquilegia vulgaris, Echinacea purpurea, Primula veris, Viola odorata o Lavandula angustifolia. También sirve el método clásico: sembrar en macetas en diciembre, dejarlas fuera a la intemperie contra una pared norte y esperar. El invierno hace el trabajo gratis.
Dos casos con reglas propias. El Delphinium pierde viabilidad muy deprisa a temperatura ambiente —la semilla se guarda en la nevera desde que se compra— y germina en oscuridad y en fresco, por debajo de 18 °C. El eléboro (Helleborus) necesita semilla fresca del año y una secuencia de calor primero y frío después que puede llevar más de un año; sembrado a destiempo simplemente no aparece.
Lo que no conviene sembrar en enero
Los pensamientos son la trampa clásica. Verlos floridos en los viveros en diciembre lleva a sembrarlos en invierno, y ese calendario está invertido. Viola × wittrockiana y Viola cornuta se siembran en julio y agosto, en semisombra fresca, para plantarlos en octubre y que florezcan de noviembre a abril. Su semilla germina bien entre 15 y 18 °C y en oscuridad, y por encima de 22 °C entra en letargo. Una siembra de enero da plantas que florecen en abril, cuatro semanas antes de que el calor de junio las mate.
El ciclamen de floristería (Cyclamen persicum) tampoco es siembra de invierno: se siembra a finales de verano o principios de otoño, en oscuridad total y a 15-18 °C, tarda cuatro o cinco semanas en germinar y unos quince meses en llegar a flor. Los pensamientos y ciclámenes que hay en las tiendas ahora se sembraron el verano pasado.
Tampoco tiene sentido adelantar tagetes, zinnias, girasoles o cosmos. Germinan en cuatro o cinco días y crecen a toda velocidad: sembrados en enero llegan a marzo enormes, apelmazados y sin sitio donde plantarlos. Sus fechas son marzo y abril, y la zinnia además prefiere siembra directa porque el trasplante le corta el crecimiento.
La clavelina del poeta (Dianthus barbatus) es bienal: sembrada en invierno hace mata el primer año y florece el segundo. Si se quiere flor este verano, hay que sembrarla el verano anterior.
Del alveolo al macizo
Cuando la plántula tiene dos hojas verdaderas se repica a maceta individual de siete u ocho centímetros, sujetándola por la hoja y nunca por el tallo, que se aplasta y no se regenera. A partir de ahí, temperatura más fresca —15-18 °C— y toda la luz posible: el objetivo ya no es germinar, sino endurecer.
Diez o quince días antes de plantar hay que aclimatar. Se sacan las macetas fuera unas horas al mediodía y se van alargando las sesiones, empezando en semisombra y a resguardo del viento. Una planta criada a 22 °C y bajo cristal que pasa de golpe a un macizo expuesto sufre quemaduras de sol en las hojas y se queda parada varias semanas. Ese paso, que no cuesta nada, es el que decide si la siembra de enero ha servido para algo.
En resumen
Sembrar flores en invierno funciona, con dos condiciones: calor en el sustrato —20-24 °C para la mayoría de las anuales de verano— y luz suficiente para que las plántulas no se estiren. Sin luz artificial, es mejor esperar a febrero. Bajo cubierta van begonia, lobelia, boca de dragón, petunia, salvia, alhelí y guisante de olor, siempre contando seis u ocho semanas hacia atrás desde la última helada de la zona. Fuera, en tierra, van las anuales rústicas mediterráneas —amapola, aciano, neguilla, caléndula, espuela— que florecen antes y mejor por haber pasado el invierno enraizando. Las vivaces con bloqueo embrionario piden cuatro a seis semanas de nevera o de intemperie. El sustrato ha de ser turba rubia o coco con perlita, nunca turba negra, y el riego por inmersión con ventilación diaria es lo que mantiene a raya la caída de plántulas. Y lo que no toca en enero: pensamientos y ciclámenes, que van sembrados en verano, y las anuales rápidas de crecimiento explosivo, que se siembran en marzo.