Una cápsula madura de Phalaenopsis puede soltar entre uno y tres millones de semillas, y en una maceta doméstica no germinará ninguna. Ese dato explica por qué la reproducción de las orquídeas se divide en dos mundos que casi no se tocan: el de la semilla, que exige laboratorio, y el de la multiplicación vegetativa, que se hace en casa con una cuchilla nueva y un poco de paciencia. Merece la pena entender los dos, aunque solo vayas a practicar el segundo, porque de ahí salen respuestas a preguntas muy concretas: por qué todas las orquídeas del supermercado son idénticas, por qué una división mal hecha no vuelve a florecer en tres años y por qué el hijuelo de la vara tarda tanto en poder separarse.
Por qué la semilla de orquídea no germina como las demás
La semilla de una orquídea es prácticamente polvo. Mide décimas de milímetro y consiste en un embrión de unas pocas células envuelto en una cubierta translúcida. Le falta lo que tiene cualquier otra semilla: endospermo, es decir, la despensa de almidón y grasas que alimenta a la plántula hasta que despliega las primeras hojas y empieza a fotosintetizar. Sin esa reserva, el embrión no puede arrancar por su cuenta.
En la naturaleza el problema lo resuelve un hongo. La semilla solo prospera si en el sustrato hay un hongo micorrícico compatible —del grupo de las Rhizoctonia en sentido amplio, hoy repartido entre géneros como Tulasnella, Ceratobasidium y Serendipita— que penetra en el embrión y le cede azúcares y minerales. El embrión se hincha, forma un cuerpecillo verde llamado protocormo y, a partir de ahí, echa la primera hoja y las primeras raíces. La relación es explotadora al principio: la plántula vive del hongo durante meses o años.
Esa dependencia es la razón de que sembrar semilla de orquídea en un tiesto con corteza sea perder el tiempo. También es la razón de que recolectar orquídeas silvestres sea especialmente destructivo: al arrancar la planta se rompe la relación con un hongo que quizá solo esté en ese suelo.
Siembra en laboratorio: el método asimbiótico
Lewis Knudson demostró en los años veinte que, si se sustituye el hongo por azúcar y sales minerales en un medio estéril, la semilla germina sola. De ahí salieron los medios de cultivo que aún se usan: el Knudson C y, más tarde, formulaciones tipo Murashige y Skoog, a los que se añade sacarosa, agar y a veces complementos empíricos como agua de coco, plátano o patata.
El procedimiento real es este: se recoge la cápsula, se desinfecta su superficie, se abre en condiciones estériles y la semilla se siembra dentro de frascos cerrados con el medio ya solidificado. Todo ocurre bajo campana de flujo laminar, porque cualquier espora de moho que entre en el frasco crecerá mil veces más deprisa que los protocormos y arruinará la siembra en una semana. Los frascos se mantienen a unos 22-25 °C con luz suave.
Los tiempos son largos. La germinación tarda de semanas a varios meses según el género. Las plántulas se repican a frascos nuevos una o dos veces —lo que en el argot se llama replating— y salen del frasco con dos o tres hojas y varias raíces, ya en corteza fina y bandeja con alta humedad. Desde ahí hasta la primera flor, cuenta de dos a tres años en Phalaenopsis, cuatro o más en Cattleya y Cymbidium. Una siembra iniciada hoy da flor cuando el proyecto ya se te ha olvidado.
La conclusión práctica: la siembra en frasco no es una técnica de aficionado sin equipo. Sí lo es comprar plántulas de frasco o de bandeja a un vivero especializado y sacarlas adelante, que es donde está el trabajo interesante y donde la mayor parte del material se pierde por exceso de riego.
Polinizar a mano: los polinios y la cápsula
Aunque no vayas a sembrar tú, cruzar dos orquídeas es sencillo y enseña mucho. El polen de una orquídea no es polvo suelto: está compactado en dos o más masas céreas llamadas polinios, escondidas bajo el capuchón de la antera, en el extremo de la columna. Se levantan con un palillo o un mondadientes y se depositan en la cavidad estigmática, una hendidura pegajosa situada justo debajo, en la cara ventral de la columna.
Si el cruce prende, en pocos días la flor se marchita y el ovario —el segmento que hay entre la flor y el tallo, y que en las orquídeas está por debajo de los pétalos— empieza a engordar. La cápsula tarda en madurar unos cuatro o seis meses en Phalaenopsis y puede irse a nueve o doce en Cattleya. Está lista cuando amarillea y muestra la primera línea de dehiscencia; si esperas a que se abra del todo, la semilla se va con el aire de la habitación.
Dos avisos. El primero: la semilla resultante no reproduce la planta madre, sino que segrega como cualquier descendencia sexual, así que de una Phalaenopsis blanca moteada pueden salir cincuenta plantas distintas. El segundo: los híbridos de orquídea registrados llevan nombre de grex, y cruzar dos plantas de las que no conoces el parentesco da un resultado que nunca podrás nombrar correctamente.
División de mata: solo para orquídeas simpodiales
Aquí empieza lo que sí se hace en casa. Antes de coger nada hay que saber de qué tipo de orquídea se trata, porque la división solo funciona en las simpodiales: las que crecen en horizontal mediante un rizoma que va emitiendo brotes sucesivos, cada uno de los cuales engorda formando un pseudobulbo. Es el caso de Cattleya, Cymbidium, Oncidium, Dendrobium, Miltonia o Coelogyne.
Las monopodiales —Phalaenopsis, Vanda, Ascocentrum— tienen un único tallo que crece hacia arriba indefinidamente y no se dividen: partir una Phalaenopsis por la mitad la mata.
El momento: al terminar la floración y cuando se aprecien los primeros brotes o raíces nuevas asomando en la base. En la Península eso suele caer entre marzo y mayo, coincidiendo con el trasplante que la planta necesita cada dos o tres años, cuando la corteza se ha degradado y retiene demasiada agua. Dividir en pleno invierno, con la planta parada, deja las heridas abiertas durante meses sin regeneración.
El procedimiento:
1. Saca la planta, retira toda la corteza vieja y aclara las raíces con agua templada para ver el rizoma.
2. Recorta las raíces muertas —las que están huecas, marrones y se aplastan entre los dedos— y respeta las firmes y blancas o verdosas.
3. Localiza los puntos donde el rizoma se estrecha entre pseudobulbos y corta con una cuchilla de afeitar nueva.
4. Deja tres o cuatro pseudobulbos por división como mínimo. Con uno o dos, la planta sobrevive pero gasta varios años reconstruyendo masa antes de volver a florecer.
5. Espolvorea los cortes con canela molida o azufre en polvo y deja secar unas horas antes de plantar.
6. Planta cada división en un tiesto ajustado, con el rizoma pegado a un borde y el espacio libre por delante, hacia donde crecerá. Corteza de pino de calibre medio, ligeramente humedecida.
7. No riegues durante cinco o siete días. Mantén humedad ambiental alta y sombra; las heridas frescas en corteza empapada son una invitación a Erwinia.
La cuchilla: el detalle que arruina colecciones enteras
Los dos virus más extendidos en orquídeas cultivadas —el mosaico del Cymbidium (CymMV) y el virus del anillado del tabaco en Odontoglossum (ORSV)— se transmiten sobre todo por savia, es decir, por la herramienta de corte. Una tijera que se usa en una planta infectada y después en otra sana traslada la infección sin más ceremonia. No hay tratamiento: la planta infectada lo estará siempre, florecerá con manchas y rayas en pétalos y sépalos, y hay que aislarla o eliminarla.
La medida que de verdad funciona es una cuchilla desechable nueva por cada planta. Sumergir la tijera en alcohol de 70° no inactiva de forma fiable estos virus; flamear al rojo o quemarla en llama sí, igual que una inmersión larga en hipoclorito al 10 % seguida de aclarado. Si vas a dividir cinco orquídeas, gasta cinco hojas de afeitar. Sale más barato que perder cinco plantas.
Keikis: hijuelos en la vara y en la caña
La palabra es hawaiana y significa "niño". Un keiki es una planta hija completa que brota directamente sobre la madre: en Phalaenopsis, casi siempre en un nudo de la vara floral; en Dendrobium, a media altura de una caña vieja; en Epidendrum, en el extremo del tallo.
La regla de separación es la misma en todos: espera a que tenga dos o tres raíces propias de al menos cuatro o cinco centímetros y una o dos hojas formadas. Antes de eso, la planta hija no tiene con qué absorber agua y se deshidrata en días. Se corta la vara un par de centímetros por encima y por debajo del keiki y se planta en corteza fina, con humedad alta las primeras semanas.
En Phalaenopsis los keikis se favorecen dejando la vara sin cortar tras la floración y manteniendo la planta con noches templadas; una diferencia térmica marcada entre día y noche empuja más bien a nueva vara floral. También existe la pasta de keiki, un preparado con una citoquinina (bencilaminopurina) que se aplica sobre el nudo tras retirar la bráctea que lo cubre y desbloquea la yema latente. Funciona, pero no siempre: en una planta débil la yema puede brotar y abortar, y el desgaste lo paga la madre.
Conviene además leer bien la señal. Cuando una Phalaenopsis con la base podrida saca de golpe un keiki en la vara, no está prosperando: está intentando salvar el material genético antes de morir. Si el keiki es lo único vivo que queda, hay que darle todas las atenciones y olvidarse de recuperar la madre.
Vandas y esquejes de tallo
Las Vanda y sus parientes monopodiales admiten una operación que en Phalaenopsis sería suicida. Cuando el tallo se ha alargado y ha perdido las hojas de abajo, se puede cortar la parte superior siempre que lleve al menos tres raíces aéreas sanas y varias hojas. Esa corona se cuelga en cesta con corteza gruesa o directamente a raíz desnuda, y el tocón que queda abajo suele emitir uno o varios brotes laterales al cabo de unos meses. Es la forma habitual de rejuvenecer un ejemplar desgarbado y de multiplicarlo al mismo tiempo.
Algunos Dendrobium de caña admiten algo parecido: las cañas viejas sin hojas, tumbadas sobre esfagno húmedo en bandeja cerrada y con calor, brotan keikis en los nudos. No tires una caña deshojada dando por hecho que está muerta.
El mericlonado y por qué las orquídeas del súper son clones
La técnica que cambió el mercado la puso a punto Georges Morel en 1960 con Cymbidium: se extrae el meristemo apical de una yema, se cultiva en medio estéril con agitación y el tejido forma cuerpos similares a protocormos que se van subdividiendo indefinidamente. De un solo ejemplar premiado salen decenas de miles de plantas genéticamente idénticas, los mericlones.
Ese es el motivo de que puedas comprar la misma Phalaenopsis blanca en Sevilla y en Bilbao, con la flor exactamente igual y a precio de ramo de flores. Tiene dos consecuencias que interesan al aficionado: primera, que la planta de gran superficie es material vegetal fiable y barato para practicar, aunque venga forzada y con el sustrato agotado; segunda, que si buscas una planta distinta, la variabilidad está en la semilla, y por eso los viveros especializados venden plantas de siembra, no clones.
Errores que se pagan caros
Dividir en trozos demasiado pequeños. Un pseudobulbo suelto arraiga, pero pasa tres o cuatro años sin flor mientras rehace reservas. Tres o cuatro pseudobulbos florecen a la temporada siguiente.
Regar la división recién plantada. Los cortes en el rizoma son tejido tierno y la corteza mojada mantiene una película de agua sobre ellos. Riega a la semana, y hasta entonces solo pulveriza el ambiente.
Trasplantar a un tiesto grande "para que crezca". La corteza sobrante permanece húmeda, se compacta y se descompone; las raíces se pudren en el volumen que no se ocupa. La maceta debe quedar justa, con sitio para dos temporadas de avance del rizoma.
Usar tierra de jardín o sustrato universal. Las raíces de una orquídea epífita están adaptadas a secarse entre riegos y a airearse; enterradas en turba se asfixian en pocas semanas. Corteza de pino, esfagno, perlita, fibra de coco o mezclas de estos.
Separar el keiki demasiado pronto. Sin raíces propias funcionales no hay absorción, y la humedad de la bandeja no compensa.
Aplicar hormona de enraizamiento en polvo a los cortes. Las auxinas de esquejar no hacen nada en un rizoma de orquídea y el talco favorece que se quede humedad pegada a la herida. Canela o azufre, que además son fungistáticos.
Cortar la vara floral por costumbre. En Phalaenopsis, una vara verde puede rebrotar por encima de un nudo o dar keiki; se retira solo cuando amarillea y se seca. En Cattleya u Oncidium, en cambio, la vara agotada no vuelve a brotar y se corta.
Y las orquídeas silvestres españolas
La Península tiene una flora orquídea notable: Ophrys, Orchis, Serapias, Anacamptis, Himantoglossum, Cephalanthera. Son terrestres, dependen de hongos del suelo y de polinizadores muy específicos —algunas Ophrys imitan a la hembra de una abeja concreta— y varias están protegidas por normativa autonómica o estatal.
Arrancar un tubérculo del campo tiene tres problemas a la vez: es ilegal en muchos casos, el hongo asociado no viaja con la planta y el ejemplar acaba muriendo en el jardín. Si te interesan, fotografíalas donde están y compra material propagado a viveros que trabajen con especies europeas; los hay, y algunos ya producen Dactylorhiza y Anacamptis de siembra simbiótica en frasco.
En resumen
La semilla de orquídea carece de reservas y necesita un hongo micorrícico o un medio estéril con azúcares para germinar, así que la siembra pertenece al laboratorio y da flor entre dos y cinco años después. En casa se multiplica por vía vegetativa: división del rizoma en las simpodiales, respetando tres o cuatro pseudobulbos por trozo y haciéndolo en primavera, al reanudarse el crecimiento; keikis en Phalaenopsis y Dendrobium, separados solo cuando tienen dos o tres raíces de cinco centímetros; y corte de corona en Vanda. Cuchilla nueva por planta para no propagar CymMV ni ORSV, corte espolvoreado con canela, tiesto ajustado con corteza y una semana sin riego. Lo que salga de esa división será clon de la madre; solo la semilla da plantas nuevas de verdad, y para eso hace falta un frasco estéril.