Una cápsula de amapola suena a sonajero cuando se la agita entre los dedos. Ese ruido seco significa que las semillas ya están sueltas dentro y que quedan pocos días —a veces horas de viento— antes de que se vacíen solas sobre la grava. Aprender a leer esas señales es la mitad del oficio de guardar simiente propia; la otra mitad ocurre después, en el secado y en el bote.

Recolectar semilla del propio jardín sale gratis, permite multiplicar variedades que ya no se venden y, sobre todo, selecciona plantas adaptadas a tu suelo y a tu clima concreto. Pero no todo lo que florece merece la pena guardarse, y hay reglas de conservación que, si se saltan, convierten un sobre lleno en un sobre de polvo inerte.

Zinnias en flor listas para dejar madurar los capítulos y recoger la semilla

De qué plantas conviene guardar semilla y de cuáles no

Antes de coger las tijeras, mira la etiqueta con la que compraste la planta o el sobre original. Si pone F1, la semilla que recojas germinará perfectamente, pero las plantas hijas no se parecerán a la madre: la segunda generación segrega y aparece de todo, desde ejemplares enanos hasta flores de color deslavado. Ocurre con la mayor parte de las petunias, los pensamientos, las prímulas de temporada y bastantes girasoles modernos de vivero. No es un fracaso, es genética; si te divierte la lotería, adelante, pero no esperes reproducir la planta que te gustó.

Las flores dobles plantean otro problema: los pétalos de más suelen ser estambres transformados, así que hay poco o ningún polen y la planta apenas cuaja. Y algunos Tagetes de porte grande vendidos como híbridos son triploides estériles: florecen sin parar precisamente porque nunca llegan a formar semilla.

Lo que sí funciona bien, año tras año y con muy poca sorpresa, son las especies puras y las variedades antiguas de polinización abierta: Calendula officinalis, Cosmos bipinnatus, Zinnia elegans, Nigella damascena, Papaver rhoeas, Antirrhinum majus, Lathyrus odoratus, Alcea rosea, Centaurea cyanus, Mirabilis jalapa, Portulaca grandiflora, Lunaria annua, Digitalis purpurea y las aguileñas (Aquilegia).

Con una salvedad importante sobre estas dos últimas: aguileñas y digitales se cruzan entre sí con enorme facilidad, de modo que si tienes tres colores en el mismo arriate la descendencia será una mezcla. Lo mismo pasa entre variedades de zinnia o de cosmos. Para mantener un color limpio hay que aislar: dejar solo una variedad, separarlas varios cientos de metros o embolsar flores concretas antes de que abran. Si eso te parece demasiado trabajo —lo es para un jardín normal—, asume la variabilidad y quédate cada año con las plantas que más te gusten. Eso ya es selección, y funciona.

Recoge siempre de varias plantas, seis o diez como mínimo, y no de la más raquítica por pena. Una sola planta madre estrecha la base genética y en pocas generaciones la estirpe pierde vigor.

Cuándo está madura la semilla

La regla general es que la semilla madura en la planta, no en la mesa. Cortar la flor demasiado pronto y dejarla secar en un plato da semilla arrugada, ligera y con poca reserva, que germina mal o no germina. La madurez fisiológica llega cuando el fruto cambia de verde a marrón, pajizo o negro, y esto ocurre bastante después de que la flor se haya afeado.

Cada tipo de fruto avisa a su manera:

Cápsulas (amapola, nigella, adormidera, boca de dragón, aguileña, digital): esperar a que estén de color paja y a que se abran los poros o las valvas del extremo. Aquí el margen es de días. La técnica clásica consiste en atar una bolsa de papel invertida sobre las cápsulas todavía en pie: cuando se abran, caen dentro.

Capítulos de compuestas (zinnia, tagete, cosmos, caléndula, girasol): el receptáculo se vuelve marrón, seco y quebradizo. En zinnia la semilla buena es la de la corona exterior, con forma de punta de flecha y con el resto de la lígula pegado; las del centro suelen ser vanas. En cosmos maduran de forma escalonada, así que conviene pasar cada pocos días y coger solo los aquenios ya negros.

Legumbres (guisante de olor, altramuz, retama): recoger cuando la vaina está marrón y papirácea, antes de que se retuerza y se abra sola disparando las semillas.

Silículas (Lunaria annua): cuando el tabique central queda como papel de fumar traslúcido y las dos valvas se desprenden al frotarlas.

Pixidios (Portulaca grandiflora): la cápsula se abre por una tapa circular y la semilla, minúscula y brillante, se pierde en un suspiro. Hay que recoger las cápsulas enteras cuando amarillean, antes de que suelten la tapa.

Frutos carnosos (escaramujos de rosal, bayas): la pulpa hay que quitarla siempre, porque contiene inhibidores de la germinación y se enmohece en el sobre.

Elige una mañana seca y ya sin rocío, o mejor todavía media tarde tras varios días sin lluvia. Semilla recogida húmeda es semilla con moho a las dos semanas.

Limpieza y secado, donde se pierde la mayor parte de la cosecha

Trilla lo recogido con las manos sobre un cuenco hondo, o metiéndolo en una bolsa de papel y frotando desde fuera. Después separa la semilla de la broza pasándolo por un colador de malla adecuada y, si tienes paciencia, aventando: verter el contenido de un cuenco a otro delante de un ventilador suave o al aire libre en un día de brisa. La paja vuela y la semilla, más densa, cae. No hace falta que quede impecable, pero cuanta menos hojarasca guardes, menos humedad y menos hongos.

El secado posterior es lo que decide si el sobre sirve dentro de tres años. La semilla debe bajar a un 5-8 % de humedad, y eso se consigue extendiéndola en capa fina sobre papel, plato o bandeja, en un sitio ventilado, a la sombra y entre 20 y 25 °C, durante dos o tres semanas. Remueve cada pocos días.

Lo que arruina el lote es tener prisa: el horno, el radiador a tope o el sol directo de agosto en la terraza matan el embrión por calor mucho antes de secarlo bien. Por encima de 35 °C ya hay pérdida de viabilidad en muchas especies. Si vives en la cornisa cantábrica o recoges en un otoño húmedo, la alternativa segura es un bote hermético con gel de sílice, más o menos el mismo peso de gel que de semilla, durante una semana; luego se retira el gel y se envasa.

La prueba casera para saber si está seca: una semilla de tamaño medio bien seca se parte en dos al doblarla, no se dobla como el cuero. Y una alubia o un guisante de olor secos se rompen limpiamente al golpearlos con un martillo, no se aplastan.

Portulaca grandiflora, cuyas cápsulas se abren por una tapa y sueltan la semilla enseguida

Conservación: frío, seco y oscuro

Hay una regla práctica muy útil, la regla de Harrington: la humedad relativa en porcentaje más la temperatura en grados Fahrenheit deben sumar menos de 100. Traducido a nuestra escala, guardar a 20 °C exige un ambiente por debajo del 30 % de humedad; a 5 °C ya se toleran cerca del 60 %. Por eso la parte baja de la nevera, dentro de un tarro de cristal bien cerrado y con un sobrecito de gel de sílice, es el mejor armario de semillas que hay en una casa. Si la semilla está realmente seca, el congelador la conserva aún más tiempo, pero un lote mal secado se destruye al congelarse porque el agua interior cristaliza.

Sobres de papel dentro de un bote hermético, y no bolsitas de plástico sueltas: el papel deja respirar mientras terminas de secar y el bote hace de barrera contra la humedad ambiente. Guardar en el garaje, en el trastero o en el coche es la vía rápida al fracaso, porque lo que envejece la semilla no es tanto el calor como el vaivén de temperatura y humedad.

Etiqueta en el momento, con lápiz o rotulador permanente: especie, variedad, mes y año, y de dónde procede. Dentro de dos inviernos no vas a distinguir una semilla de cosmos de una de coreopsis.

Cuánto duran y cómo comprobarlo

La longevidad varía muchísimo según la especie. Tagete, zinnia, caléndula, cosmos, guisante de olor, girasol o boca de dragón aguantan con soltura tres o cuatro años bien guardados, y a menudo más. En cambio, las semillas de Aquilegia, Delphinium, Primula, Anemone y buena parte de las umbelíferas ornamentales son de vida corta: al año siguiente germinan bien y al segundo ya han caído en picado. Esas, directamente, se siembran en la temporada siguiente o se guardan en nevera.

Antes de dedicarles un bancal entero, haz una prueba de germinación en enero: veinte semillas sobre papel de cocina humedecido, dentro de una bolsa de plástico cerrada, a unos 20 °C y con luz indirecta. A las dos o tres semanas cuentas cuántas han apuntado. Si germinan doce de veinte, tienes un 60 % y solo hay que sembrar más denso; si germinan dos, mejor buscar semilla nueva que perder un mes de temporada.

Semillas que necesitan algo más que tierra

Guardar bien no basta si la especie tiene dormición. Las aguileñas, las prímulas, muchas campánulas, la lavanda de mariposa (Lavandula stoechas) o las Aconitum germinan mucho mejor tras un periodo de frío húmedo. En el interior peninsular basta con sembrarlas en bandeja en noviembre y dejarlas a la intemperie todo el invierno; en el litoral mediterráneo o en Canarias hay que simular ese frío con cuatro a seis semanas en la nevera, en sustrato apenas húmedo dentro de una bolsa.

Otras tienen la cubierta impermeable y lo que necesitan es escarificación: guisante de olor, malvarrosa, campanilla (Ipomoea) y en general las leguminosas. Una noche en agua templada, o una raspadura suave con papel de lija en el lado opuesto al ombligo, sube la germinación de forma espectacular.

Precauciones que conviene tener claras

Varias de las plantas de jardín más agradecidas para guardar semilla son tóxicas por ingestión, y las semillas concentran los principios activos. La digital (Digitalis purpurea) contiene glucósidos cardiotónicos en toda la planta; el ricino (Ricinus communis), muy usado como planta de porte en el sur y en el litoral, tiene en la semilla una toxina que resulta letal en cantidades pequeñísimas; las semillas de Ipomoea, de Mirabilis jalapa y de guisante de olor tampoco son comestibles pese a su aspecto inocente. Nada de esto impide cultivarlas ni recolectarlas, pero sí obliga a lavarse las manos al terminar, a etiquetar con claridad y a guardar los botes fuera del alcance de niños y de perros. Si hay niños pequeños en casa, el ricino es la única de la lista que yo evitaría directamente.

Un apunte legal para terminar: en España el cultivo de Papaver somniferum (la adormidera) está sujeto a autorización administrativa, aunque se vea en jardines y aunque su semilla se venda para uso alimentario. La amapola común, Papaver rhoeas, y las amapolas ornamentales del género Eschscholzia o Papaver nudicaule no tienen ninguna restricción y dan exactamente el mismo efecto decorativo.

En resumen

Guarda semilla de especies puras y variedades antiguas, no de híbridos F1 ni de flores dobles. Deja que el fruto madure en la planta hasta que esté pajizo o negro y recoge en día seco, embolsando en papel las cápsulas que revientan solas. Limpia, y luego seca en capa fina, a la sombra, entre 20 y 25 °C, durante dos o tres semanas, sin atajos de horno ni de sol. Envasa en sobres de papel dentro de un tarro hermético, con gel de sílice, en la parte baja de la nevera, y etiqueta con especie, variedad y año. Recoge de varias plantas para no estrechar la genética, recuerda que aguileñas, digitales, zinnias y cosmos se cruzan entre variedades, y comprueba en enero la germinación sobre papel húmedo antes de fiarte de un lote viejo. Las especies de semilla corta —Aquilegia, Delphinium, Primula— se siembran cuanto antes, y las de cubierta dura o dormición fría necesitan lija o nevera para arrancar.


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