Conviene empezar por lo que no vas a encontrar aquí: ninguna planta que cuidar la boca. No hay ninguna hierba, ninguna infusión y ningún aceite que sustituya al cepillo, a la pasta con flúor y a la revisión del dentista, y en la Unión Europea no existe ninguna declaración de propiedades saludables autorizada para ninguna planta en relación con los dientes o con las encías. Ese es el marco del Reglamento (CE) 1924/2006, que solo permite atribuir un efecto sobre la salud a lo que ha pasado una evaluación y figura en la lista de declaraciones autorizadas. Las hierbas del cuidado bucal no están en esa lista.

Lo que sí existe, y es mucho más interesante de lo que parece, es una historia larguísima de plantas usadas para limpiarse la boca antes de que hubiera cepillos de nailon y dentífricos. Palos de madera deshilachados, cortezas masticadas, hojas frotadas contra los dientes, especias para el dolor. Eso es etnobotánica e historia de la higiene, y así es como se cuenta a continuación: como lo que la gente hacía, no como lo que tú deberías hacer.

El palo de dientes, el utensilio más antiguo

Antes del cepillo hubo el palo. La versión más conocida es el miswak o siwak, una ramita de Salvadora persica, un arbusto de zonas áridas de Oriente Medio, el este de África y el sur de Asia. Se corta un trozo de rama, se pela la punta y se muerde hasta que las fibras se abren en un penacho, y con ese penacho se frotan los dientes. Cuando la punta se gasta, se corta y se vuelve a deshilachar la siguiente.

No es una curiosidad de museo: se sigue vendiendo y usando hoy en buena parte del mundo musulmán, donde su uso está recomendado por tradición religiosa, y eso explica su continuidad mejor que cualquier argumento sanitario. Y no fue el único palo. En el subcontinente indio se ha usado la ramita de Azadirachta indica, el nim, que se muerde igual y tiene un sabor amarguísimo. En Irán y Pakistán se usaron ramas de nogal (Juglans regia), y en el Mediterráneo oriental se masticaban trozos de raíz de regaliz (Glycyrrhiza glabra), que además endulzan.

Lo que tienen en común es la parte mecánica, y esa parte sí se entiende sin recurrir a ninguna propiedad: las fibras de madera hacen de cerdas y el frotado arrastra los restos y la placa. Es el mismo principio que un cepillo, con menos precisión y sin llegar a las caras interiores ni a los espacios entre dientes. Un palo de madera es mejor que nada, no mejor que un cepillo.

El clavo y el dolor de dientes

Si hay una planta asociada a la boca en la memoria popular, es el clavo, los capullos florales secos de Syzygium aromaticum, un árbol originario de las islas Molucas. En los recetarios europeos de los siglos XVIII y XIX aparece una y otra vez para el dolor de muelas, y de ahí viene el olor inconfundible que tenían las consultas dentales antiguas.

El dato comprobable no está en la planta sino en la odontología: el eugenol, el compuesto mayoritario del aceite de clavo, se incorporó a materiales dentales que se siguen usando, como los cementos de óxido de zinc y eugenol. O sea, la molécula acabó dentro del arsenal profesional. Eso no convierte el clavo en un remedio doméstico: un dolor de muelas es un problema que hay que diagnosticar, y ponerse aceite esencial en la encía puede irritar la mucosa. Añade el aviso general que sí es real: los aceites esenciales concentrados son tóxicos por ingestión y varios de ellos lo son también para perros y gatos.

Las plantas del botiquín europeo

En Europa el equivalente del palo fue el paño y la hoja. La salvia (Salvia officinalis) aparece en la tradición de media Europa como hoja que se frota contra los dientes, un uso que tiene sentido mecánico porque la hoja de salvia es rugosa y algo áspera. La manzanilla (Matricaria chamomilla) se usó como infusión para enjuagarse la boca, igual que se usaba para todo lo demás. El romero (Salvia rosmarinus, antes Rosmarinus officinalis) y la menta entraban por el aroma.

Junto a las hierbas circulaban polvos dentífricos que hoy dan escalofríos: carbón vegetal molido, ceniza, ladrillo pulverizado, sal, y en el siglo XIX una afición desmedida a los abrasivos. El problema es que el esmalte no se regenera, y muchos de esos polvos lo desgastaban más que lo limpiaban. Es un buen recordatorio de que tradicional no significa inofensivo.

Lo que las plantas sí aportaron a la higiene dental moderna

La aportación real no fueron propiedades, fueron materiales y sabores.

  • El aroma. El mentol de la menta y el aceite esencial de hierbabuena son los aromatizantes clásicos de la pasta de dientes. Dan la sensación de frescor, y esa sensación es lo que hace que la gente se cepille. No es poco, pero es sabor, no efecto.
  • Las cerdas. El cepillo con mango y penacho es un invento chino de hace siglos, con cerdas de pelo animal montadas en hueso o bambú. El salto llegó con el nailon, ya en el siglo XX, que sustituyó al pelo de cerdo por una fibra que se seca y no se podre.
  • El xilitol. Es un polialcohol que se obtuvo originalmente de la madera de abedul, y resulta ser uno de los pocos casos con declaración autorizada en la UE, referida al chicle sin azúcar edulcorado con xilitol y a la reducción de la placa. Fíjate en el detalle: la autorización es para el chicle, no para una planta. Y un aviso importante para quien tenga perro: el xilitol es muy tóxico para los perros, así que los chicles y los productos que lo llevan se guardan fuera de su alcance.

Modas que no se sostienen

De la nostalgia de lo natural han salido rutinas que circulan mucho y que conviene mirar con frialdad. El carbón activado vendido como blanqueador es un abrasivo, y frotar el esmalte con un abrasivo no lo blanquea: lo desgasta, y el diente desgastado se ve más amarillo porque transparenta la dentina. Las mezclas de bicarbonato con limón suman un abrasivo y un ácido, que es justo la combinación que erosiona el esmalte. Y los enjuagues con aceite tienen mucha difusión y ningún aval en la lista de declaraciones autorizadas.

La higiene dental de hoy no tiene misterio ni romanticismo: cepillo, pasta con flúor, limpieza de los espacios entre dientes con seda o cepillo interdental, menos azúcar y visitas al dentista. El flúor es la pieza con más respaldo de todo el conjunto, y no hay ninguna planta que haga su papel.

Y si lo que quieres es cultivarlas

Salvia, menta, manzanilla y romero son buenas plantas de jardín y de terraza en España, por sí mismas y no por lo que prometan. La salvia y el romero son mediterráneos de manual: sol directo, suelo pobre y con drenaje, aguantan la cal sin problema y lo que las mata casi siempre es el exceso de riego, no la sequía. En el interior continental el romero pasa el invierno bien; la salvia agradece una poda ligera después de florecer para que no se abra por el centro.

La menta y la hierbabuena piden lo contrario: media sombra y humedad constante. Y una advertencia práctica más útil que cualquier propiedad: son rizomatosas y colonizan el bancal entero en un par de temporadas, así que se plantan en maceta o en un espacio acotado. La manzanilla es anual y se siembra bien en otoño en clima mediterráneo, para que florezca en primavera antes de que llegue el calor fuerte.

En resumen

No hay plantas que cuiden la higiene dental, y en la UE no existe ninguna declaración de propiedades saludables autorizada que permita decir lo contrario. Lo que hay es una historia larga y real: el miswak de Salvadora persica y las ramitas de nim, de nogal y de regaliz, las hojas de salvia frotadas contra el diente, los enjuagues de manzanilla y el clavo asociado al dolor de muelas hasta el punto de que su eugenol acabó en los cementos dentales.

Contado así, el interés está donde debe: en la etnobotánica y en el ingenio de resolver un problema cotidiano con lo que crecía cerca. Para la boca de hoy, cepillo, pasta con flúor, limpieza interdental y dentista. Las plantas, en el jardín, que es donde sí puedes hacer algo con ellas.


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