Plantar pensamientos en abril es tirar el dinero. En seis u ocho semanas el calor los habrá dejado sin botones, con los tallos tumbados y las hojas amarillas, y en julio no quedará nada que salvar. En España el pensamiento es una planta de otoño e invierno: se planta en octubre, florece de noviembre a mayo y se retira cuando aprieta el calor. Buena parte de los manuales que circulan traducidos del inglés o del alemán lo describen como planta de primavera y verano, y tienen razón en Escocia y en Baviera. Aquí no.

El pensamiento de jardín es Viola × wittrockiana, un híbrido complejo obtenido en el siglo XIX a partir de Viola tricolor, Viola lutea y Viola altaica. De la primera hereda esa mancha central oscura, el llamado «rostro», que le da nombre: la flor se inclina hacia delante como una cabeza pensativa.

Pensamientos en flor con distintos colores

Pensamiento o viola: no da igual cuál compres

Junto a los pensamientos, en la misma mesa del vivero y a precio parecido, están las violas o violetas cornudas (Viola cornuta). La flor es la mitad de grande o menos, pero la planta produce muchísimas más y se comporta mejor en dos situaciones concretas.

La primera es la lluvia. Una flor de pensamiento de siete centímetros, empapada por un temporal de noviembre, pesa lo suficiente para doblar el pedúnculo y quedarse tumbada sobre la tierra, donde se pudre. Las violas se sacuden el agua y se levantan solas. La segunda es el final de temporada: la viola aguanta dos o tres semanas más de calor en abril y mayo antes de rendirse.

A cambio, el pensamiento tiene un tamaño de flor y una gama de colores que la viola no alcanza, incluidos los negros, los azules profundos y los bicolores con veteado. En una jardinera resguardada bajo alero, el pensamiento gana; en un macizo expuesto de la cornisa cantábrica, la viola es la apuesta razonable. Mezclar ambas en el mismo grupo funciona bien y prolonga el conjunto.

De semilla o de plantel

Sembrar pensamientos en casa es posible, pero exige acertar con la fecha y con dos detalles que deciden el resultado. La siembra va de mediados de julio a mediados de agosto, para tener planta lista en octubre.

El primer detalle: la semilla necesita oscuridad para germinar. Hay que taparla con dos o tres milímetros de sustrato tamizado, o cubrir la bandeja con un cartón hasta que asome la primera plántula. Dejada en superficie, como se hace con tantas otras semillas finas, germina de forma irregular y escasa.

El segundo: la temperatura ideal está entre 15 y 18 °C, y por encima de 24 °C la germinación se desploma. Sembrar en pleno agosto en una terraza a 33 °C no da nada. La solución práctica es sembrar en la zona más fresca y sombreada de la casa, o incluso pasar la bandeja recién sembrada tres o cuatro días a la parte baja del frigorífico. Con esas condiciones nacen en diez o catorce días.

A las cuatro o cinco semanas se repican a alvéolo o maceta pequeña, y en octubre se plantan a su sitio definitivo. La alternativa perfectamente digna es comprar plantel en octubre: llega ya con botones y ahorra dos meses de trabajo delicado en el peor momento del año.

Sol, sustrato, marco y agua

Un pensamiento de invierno quiere todo el sol que se le pueda dar. Con menos de cuatro o cinco horas diarias entre noviembre y febrero, los tallos se estiran buscando luz, las hojas se separan y aparece una flor suelta de vez en cuando en lugar de una masa continua. Solo a partir de abril, y sobre todo en Andalucía y Levante, agradece que el sol de la tarde no le dé de lleno.

Prefiere un sustrato ligeramente ácido, de pH 5,5 a 6,2, con materia orgánica y buen drenaje. Este es el punto que explica la mayoría de las decoloraciones que se ven en macetas: con un sustrato calizo o con riego de agua muy dura, el hierro deja de ser asimilable y aparece clorosis férrica, con la hoja joven amarilla y las nervaduras aún verdes. No es falta de abono general ni exceso de agua; se corrige con un quelato de hierro y, a la larga, con un sustrato adecuado para plantas de flor.

El marco de plantación es de 20 a 25 cm entre plantas. En una jardinera de balcón de 60 cm entran cuatro cómodamente, cinco si se quiere efecto inmediato. Plantar más apretado da un buen aspecto en noviembre y un foco de botritis en enero, cuando el follaje se cierra y deja de ventilarse.

El riego debe ser regular, sin encharcar y sin permitir que el cepellón se seque del todo. La raíz del pensamiento es superficial y en maceta se seca deprisa incluso en invierno, sobre todo con viento. Un solo episodio de sequedad severa hace que la planta aborte los botones que tenía en camino, y la floración se interrumpe durante dos o tres semanas aunque la planta sobreviva sin problema. Es mejor regar por la mañana y a ras de tierra, para que el follaje llegue seco a la noche.

Abonado y el trabajo que sostiene la floración

Un abono equilibrado o de floración cada quince días, a media dosis, cubre la temporada. Conviene ir corto de nitrógeno: con exceso salen plantas grandes y verdes, de tejidos blandos, con pocas flores y muy propensas a los hongos y al pulgón. Durante las semanas de frío intenso, cuando la planta apenas crece, se puede espaciar a una vez al mes.

Lo que de verdad decide si la floración dura cinco meses o dos es retirar las flores marchitas, y hacerlo bien. En cuanto una flor se aja, la planta empieza a formar la cápsula de semillas, y una planta que cuaja semilla deja de fabricar botones nuevos: su tarea biológica está cumplida. Hay que cortar o pellizcar el pedúnculo entero, desde su base, no arrancar solo los pétalos: el rabillo que se queda es el que sigue engordando la semilla, y además se pudre con la humedad de diciembre.

Si en marzo la planta se ha estirado y ha perdido forma, no está acabada. Un recorte de un tercio de la mata, seguido de un riego con abono, provoca un rebrote desde la base y una segunda tanda de flor que suele llegar hasta mediados de mayo.

Frío, calor y final de ciclo

Resisten bien el frío: según variedad, entre -5 y -10 °C sin daños permanentes. En una mañana de helada aparecen mustios, con las hojas caídas y las flores traslúcidas y blandas; la reacción instintiva es regar, y es justo lo que no hay que hacer. Al subir la temperatura a media mañana la planta se levanta sola. Solo las flores completamente abiertas durante la helada se pierden; los botones cerrados salen indemnes. Una capa de nieve, lejos de perjudicarlos, los aísla.

El límite está en el otro extremo. A partir de unos 25 a 28 °C sostenidos el pensamiento deja de formar botones, se ahíla y entra en decadencia rápida. En Sevilla o Murcia eso llega en abril; en Madrid, hacia mediados de mayo; en Galicia o el Pirineo, puede aguantar hasta junio. Alargar la agonía con riegos y abono no revierte el proceso: lo sensato es retirarlos y dejar el sitio a algo de verano.

Problemas frecuentes

Damping-off y pie negro en el semillero. Las plántulas se estrangulan a ras de sustrato y caen. Intervienen Pythium y Rhizoctonia, y en pensamientos también Thielaviopsis basicola, que ennegrece las raíces y frena la planta sin matarla. Se previene con sustrato nuevo, bandejas limpias, siembra clara y riego por abajo sin excesos.

Botritis (Botrytis cinerea). Moho gris sobre flores marchitas y hojas viejas en los otoños lluviosos y en las plantaciones densas. Se controla sobre todo con higiene: retirar todo lo marchito, espaciar las plantas y no mojar el follaje al atardecer.

Oídio. Polvo blanco en el haz, típico de marzo y abril, cuando los días se templan y las noches siguen frescas. Aparece antes en las plantas muy abonadas de nitrógeno y en las que están en rincones sin corriente de aire.

Manchas foliares y roya. Rodales pardos con halo, o pústulas en el envés. Suelen ser secundarios en balcón; retirar hoja afectada y mejorar la ventilación basta casi siempre.

Pulgón (Myzus persicae, sobre todo). Coloniza los brotes tiernos con las primeras semanas templadas de febrero y marzo. Además del daño directo, transmite virosis que deforman flores y hojas y para las que no hay remedio: esa planta se retira. Un tratamiento temprano con jabón potásico evita el problema mayor.

Babosas y caracoles. Los responsables de los pétalos mordisqueados que aparecen por la mañana sin rastro de insecto. Trabajan de noche y en las semanas húmedas de otoño e invierno hacen estragos en un macizo recién plantado. Revisar con linterna la primera noche después de una lluvia identifica al culpable en cinco minutos.

Un apunte sobre las flores comestibles

Las flores de Viola × wittrockiana son comestibles y se usan en ensaladas, cristalizadas o como decoración en repostería; el sabor es suave, ligeramente vegetal. La condición es que la planta no haya recibido tratamientos fitosanitarios, y el plantel de vivero se produce en invernadero con programas de fitosanitarios que no están pensados para consumo. Si el destino es el plato, lo razonable es partir de semilla propia y no aplicar nada, o esperar varios meses desde la compra antes de cortar la primera flor.

En resumen

El pensamiento (Viola × wittrockiana) es planta de temporada fría en España: se planta en octubre y se retira cuando el termómetro pasa de forma estable de los 25 o 28 °C. Quiere sol pleno en invierno, sustrato ligeramente ácido —el pH alto es lo que amarillea las hojas jóvenes—, 20 a 25 cm entre plantas y un riego regular que nunca deje secar el cepellón, porque la sequedad aborta los botones. El abono, equilibrado y flojo de nitrógeno cada quince días. Y el gesto que sostiene la floración de noviembre a mayo es cortar cada flor marchita por el pedúnculo entero, antes de que cuaje semilla. Si se busca resistencia a la lluvia y unas semanas más de vida en primavera, las violas (Viola cornuta) hacen ese papel mejor.


Contenidos relacionados