Lo que cuelga de los balcones de medio Mediterráneo no es un geranio. Es un Pelargonium peltatum, una especie sudafricana que la botánica separó del género Geranium en 1789 y que el lenguaje corriente sigue metiendo en el mismo saco. La confusión no tendría importancia si no fuera porque los cuidados de una cosa y de la otra apenas se parecen: los Geranium auténticos son vivaces rústicas de jardín que aguantan heladas fuertes y prefieren la media sombra, y este pelargonio es una planta colgante de sol que se hiela a un grado bajo cero.

La diferencia se ve en la flor. En un Geranium los cinco pétalos son iguales y la flor es simétrica en todas direcciones. En un Pelargonium los dos pétalos superiores son distintos de los tres inferiores —más anchos, casi siempre con vetas o manchas oscuras— y hay un espolón nectarífero soldado al pedicelo que solo se aprecia si se mira la flor al trasluz. Cualquier ejemplar de balcón que se examine así resulta ser un pelargonio.

Pelargonium peltatum florecido en una ventana

Cómo reconocerlo entre los demás pelargonios

En el vivero, la misma etiqueta de «geranio» cubre al menos tres plantas distintas. El geranio zonal (Pelargonium × hortorum) tiene porte erecto, hoja aterciopelada al tacto, redondeada, con una banda o herradura oscura marcada en el haz, y flores agrupadas en bolas densas. La gitanilla o geranio de hiedra (Pelargonium peltatum) es la colgante: tallos flexibles que se descuelgan hasta un metro o metro y medio, hoja carnosa, lisa, brillante y cerosa, con cinco lóbulos poco marcados y aspecto de hoja de hiedra, sin banda oscura. El tercero, el geranio de pensamiento (Pelargonium × domesticum), tiene flores grandes tipo azalea y florece pocas semanas en primavera.

El adjetivo peltatum viene de la inserción del pecíolo, que no llega al borde de la hoja sino que se clava hacia el centro del limbo, como el mango de un escudo. Es el rasgo más fiable de todos y no cambia con la variedad ni con la época del año.

Dentro de la especie hay dos grupos comerciales que se comportan distinto. Los de flor sencilla, con cinco pétalos, encajan mejor en zonas con tormentas de verano: la flor pesa poco, se seca rápido y no se apelmaza. Los de flor doble son más vistosos, pero cada corola retiene agua durante días y en un otoño lluvioso se convierten en focos de Botrytis. Existe además el grupo de híbridos entre peltatum y zonal, los llamados interespecíficos o «cascada», más compactos y muy resistentes al calor.

Sol, sustrato y tamaño de maceta

Necesita sol directo, y bastante: por debajo de cinco o seis horas diarias los entrenudos se alargan, la hoja se vuelve de un verde pálido y la floración se reduce a alguna umbela suelta. Un balcón orientado al norte no da para esta planta. En el sur peninsular, en cambio, entre mediados de julio y finales de agosto las horas centrales del día pueden quemar el borde de las hojas más nuevas y decolorar los pétalos rojos; una sombra ligera de once a cinco durante esas seis semanas mejora la planta sin costarle flor.

El sustrato debe drenar deprisa. Un universal de saco, tal cual, se compacta en un par de meses y acaba asfixiando la raíz. Mezclar ese universal con un 25 o 30 % de perlita (o arena de río gruesa lavada) resuelve el problema para toda la temporada. Un puñado de fertilizante de liberación lenta en el momento de plantar cubre las primeras seis u ocho semanas.

Sobre el tamaño del recipiente hay una idea equivocada muy asentada: que cuanto más grande la jardinera, más flor. Ocurre lo contrario. Un pelargonio con la raíz algo apretada florece antes y más; con demasiado volumen de tierra dedica meses a hacer raíz y hoja, y además ese exceso de sustrato tarda en secarse y favorece las podredumbres. Para una jardinera de balcón de 60 cm, tres plantas son suficientes; cuatro ya compiten. Una planta sola en maceta se maneja bien en un tiesto de 18 a 22 cm de diámetro.

Riego y abonado durante la temporada

La hoja es carnosa y cerosa porque la planta está adaptada a la sequía estacional del Cabo. Eso significa que tolera mejor un olvido que un exceso. La regla práctica: meter el dedo dos o tres centímetros en el sustrato y regar solo si está seco a esa profundidad. En un balcón soleado de Sevilla en agosto eso puede ser cada día; en abril, cada tres o cuatro; en enero, cada diez o quince.

El plato bajo la maceta es el enemigo. Si se usa, hay que vaciarlo media hora después de regar. Un plato con dos centímetros de agua permanente durante un fin de semana de octubre basta para que se pudra el cuello y la planta se venga abajo entera en cuestión de días, sin aviso previo salvo un amarilleo súbito de las hojas de la base.

Hay un daño que parece una enfermedad y no lo es, el edema: manchas corchosas, en relieve, de color pardo claro, en el envés de las hojas y a veces en los pecíolos. No es un hongo y no hay fungicida que lo cure. Es un desarreglo fisiológico que aparece cuando la raíz absorbe más agua de la que la hoja puede transpirar, típico de días nublados y frescos tras un riego generoso. Se corrige espaciando riegos y mejorando la ventilación. Las hojas afectadas no se recuperan, pero las nuevas salen limpias.

En cuanto al abono, conviene uno con más potasio que nitrógeno —los específicos para geranios suelen ir por ahí, en torno a un 6-6-8, y llevan hierro y magnesio, que son los dos que primero faltan en riego con agua dura—. De marzo a octubre, cada diez o quince días con el agua de riego. Abonar con exceso de nitrógeno da una planta enorme, de hoja gruesa y verde oscura, sin apenas flores, y con los tejidos blandos que tanto agradan al pulgón.

Pinzado, poda y esquejes

El pinzado es lo que separa una planta densa de cuatro tallos desnudos con un ramillete en la punta. En marzo, y otra vez a principios de mayo, se corta la punta de cada tallo por encima de un par de hojas. Cada corte suele dar dos o tres brotes nuevos. Se retrasa la floración diez o quince días y a cambio se multiplica el número de umbelas del resto del verano.

Retirar las flores marchitas es obligatorio en esta especie, y aquí hay una diferencia real con el geranio zonal. En el zonal las corolas viejas se desprenden solas; en el peltatum se quedan pegadas, se apelmazan y se pudren en la axila. Hay que cortar el pedúnculo completo, desde su base en el tallo, no limitarse a arrancar los pétalos secos: el rabillo que queda es exactamente por donde entra el hongo.

La poda de renovación se hace a finales de invierno, entre mediados de febrero y primeros de marzo, según la zona. Se acortan los tallos a unos diez o quince centímetros dejando tres o cuatro yemas visibles en cada uno y se eliminan por completo los que estén huecos, leñosos o descoloridos. Es también el momento de cambiar los cinco centímetros superiores de sustrato o de trasplantar.

Los esquejes salen con una facilidad casi ridícula si se respeta una cosa contraintuitiva: nada de bolsa de plástico ni de campana de humedad. Los tallos son suculentos y en atmósfera saturada se pudren antes de emitir raíces. El procedimiento que funciona es cortar puntas de ocho a doce centímetros —agosto y septiembre son los meses clásicos, aunque en primavera también van—, quitar las hojas inferiores y todos los botones florales, dejar orear el corte unas horas a la sombra hasta que cicatrice, y clavarlos en perlita húmeda o en un sustrato pobre y arenoso. Poco riego, luz sin sol directo, y en tres o cuatro semanas están enraizados. La hormona de enraizamiento no hace falta.

El taladro del geranio y las demás plagas

Hay una plaga que domina todas las demás y conviene conocerla bien: Cacyreus marshalli, el taladro o barrenador del geranio. Es una mariposa licénida sudafricana, pequeña y parda, detectada en Baleares a finales de los años ochenta y hoy repartida por toda la península. La hembra pone huevos sueltos en botones florales y tallos tiernos; la oruga penetra y excava galerías por el interior del tallo.

Los síntomas van por este orden: botones florales agujereados que se secan sin abrir, pequeños orificios en el tallo con un serrín granuloso y oscuro alrededor, y por último un tallo entero que amarillea de golpe y se parte con solo rozarlo. Cuando se ve lo tercero, la oruga lleva semanas dentro. Un tratamiento superficial no la alcanza porque está protegida por el propio tejido de la planta.

Lo que sí funciona es vigilar de abril a octubre, revisando los botones cada semana, y cortar sin contemplaciones el tallo afectado varios centímetros por debajo de la galería, hasta dar con médula sana, retirando el material del balcón en lugar de dejarlo en la maceta. Contra las orugas recién nacidas, mientras aún están en la superficie, las formulaciones de Bacillus thuringiensis var. kurstaki autorizadas para uso en jardinería dan buen resultado si se repiten cada diez o doce días en primavera. En un edificio, además, el esfuerzo de un solo vecino sirve de poco: los adultos vuelan de balcón en balcón.

El resto es más ordinario. Pulgón en las puntas tiernas de abril y mayo, que se resuelve con un chorro de agua a presión o jabón potásico. Mosca blanca (Trialeurodes vaporariorum) en balcones cerrados y poco ventilados, delatada por la melaza pegajosa y la negrilla que crece sobre ella. Araña roja en pleno verano si el ambiente es muy seco, con punteado fino y decoloración en el haz. Y Botrytis en otoño, sobre todo en variedades dobles, para la que la mejor medida es preventiva: aclarar la planta, no mojar la flor al regar y retirar todo lo marchito.

Invierno y toxicidad

Aguanta el frío hasta alrededor de 0 °C. Por debajo de -1 o -2 °C los tejidos se vuelven translúcidos y la planta se pierde. En el litoral mediterráneo y en el sur puede quedarse fuera todo el año, con riegos muy espaciados y sin abono desde noviembre. En el interior peninsular, donde hiela con regularidad, hay que meterla en un lugar fresco y luminoso, entre 8 y 12 °C, regando apenas una vez cada dos o tres semanas. Una habitación con calefacción a 21 °C y poca luz es peor sitio que un porche frío: la planta se ahíla, suelta las hojas y llega a marzo hecha un desastre.

Un apunte para casas con animales: los pelargonios contienen geraniol y linalol, y su ingestión provoca en perros y gatos vómitos, salivación y decaimiento; el contacto puede causar dermatitis. No es una planta de las peligrosas, pero conviene colocarla fuera del alcance de un gato con costumbre de mordisquear hojas.

En resumen

Pelargonium peltatum es un colgante sudafricano de sol pleno, no un geranio rústico. Pide seis horas de sol, sustrato aligerado con perlita, maceta más bien justa, riego solo cuando los primeros centímetros estén secos y un abono con más potasio que nitrógeno cada diez o quince días en temporada. Se pinza en marzo y en mayo para que ramifique, se le cortan los pedúnculos marchitos enteros, se poda a diez o quince centímetros a finales de febrero y se multiplica por esquejes oreados, sin plástico encima. La vigilancia contra Cacyreus marshalli de abril a octubre y el vaciado del plato después de cada riego son las dos rutinas que deciden si la planta llega entera al otoño siguiente.


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