El mango (Mangifera indica) es un árbol tropical de hoja perenne, y de ahí sale todo lo demás. En España fructifica bien en la Axarquía malagueña, en la costa tropical de Granada, en enclaves abrigados de Almería y del sur de Alicante, y en Canarias. Fuera de esas zonas puedes tener un mango vivo unos años, pero no vas a recoger mangos: lo que le falta no es cuidado, es clima.

Y es un árbol grande, no un frutal de patio pequeño. En su área de origen pasa de los veinte metros y vive muchas décadas; en plantación se mantiene bastante más bajo a base de poda, porque un mango alto es imposible de recolectar. Si estás pensando en plantar uno, la pregunta no es cómo se riega, sino si tu invierno baja de cero y cuántos metros cuadrados le puedes dar.

Mangos madurando en el árbol Frutos de mango en el árbol, todavía sin el color de maduración.

Qué árbol es y de dónde viene

El mango pertenece a las anacardiáceas, la misma familia que el pistacho, el anacardo y el zumaque. Es originario del sur de Asia, de la región que hoy ocupan la India y Myanmar, y allí se cultiva desde hace miles de años, con una cantidad enorme de variedades locales. Llegó a América con la navegación colonial y de ahí a las zonas subtropicales de todo el mundo.

Tiene hoja perenne, coriácea, oscura, de brote nuevo rojizo o bronceado que después vira a verde. La copa es densa y redondeada y da una sombra cerrada todo el año, no una sombra de verano como un frutal caduco. Eso conviene saberlo antes de plantarlo cerca de un huerto o de una ventana: debajo de un mango adulto no crece casi nada.

Dónde fructifica en España y dónde no

El límite es la helada. El mango no tolera temperaturas bajo cero: unas horas por debajo de ese punto queman el brote tierno y la floración, y un ejemplar joven puede morir con una helada de las que en el interior peninsular se dan todos los inviernos. Necesita además calor acumulado para que el fruto engorde y madure, no solo ausencia de frío.

Por eso el cultivo español se concentra en un pasillo costero muy estrecho, protegido por la sierra y con el mar de regulador térmico, más el archipiélago canario. La Axarquía es la comarca con más superficie plantada, y el mango ha ido ganando terreno allí en parte porque aguanta la escasez de agua mejor que el aguacate, que es el otro cultivo dominante de la zona. En el resto de la Península el mango es un árbol de colección, de invernadero o de maceta, y no un frutal.

Espacio, viento y distancias

Un mango de jardín pide un hueco de verdad: varios metros libres en todas direcciones y sin nada encima que le corte la luz. La raíz no tiene fama de levantar aceras como la del chopo o el plátano de sombra, pero el volumen de copa y el peso de las ramas sí aconsejan dejarlo lejos de un muro, de un tendido y de la línea del lindero, sobre todo porque la rama cargada de fruta pesa y se descuelga.

El viento es su otro problema. Los brotes son quebradizos, la flor se estropea con el viento seco y el fruto colgante se roza contra las ramas y sale marcado. En parcela expuesta se planta con seto cortavientos, y en jardín conviene buscarle el rincón más resguardado, que además suele ser el que menos se hiela.

Las variedades que se cultivan aquí

La variedad no es un detalle de aficionado: determina la época de recolección, el aguante del fruto y lo bien que se comporta el árbol en este clima. Estas son las que sostienen la producción española.

  • Osteen: la más plantada en la Axarquía y en la costa granadina, de fruto alargado y piel con tonos morados. Es la que ha adaptado mejor su ciclo a este litoral.
  • Keitt: de recolección tardía, lo que alarga la temporada por el final. Piel que se queda verdosa incluso madura, con lo que el color no sirve para decidir cuándo se coge.
  • Kent: fruto grande y pulpa poco fibrosa, muy apreciado, algo más delicado en el árbol.
  • Tommy Atkins: la clásica de piel roja y gruesa, pensada para viajar y aguantar en cámara. Árbol robusto, fruto más fibroso que los anteriores.

Los nombres populares que circulan en América para los mangos criollos, de hilacha o de bocado no corresponden a variedades comerciales de aquí, sino a tipos locales de cada país. Si compras un árbol injertado en España, lo que te van a ofrecer es alguna de las cuatro anteriores o alguna selección reciente parecida.

Por qué se injerta y no se siembra

Un hueso de mango germina con facilidad y el árbol que sale crece bien, pero tarda muchos años en dar fruto y la fruta no se parece a la del mango que te comiste: cada semilla es un individuo nuevo. La única forma de tener una variedad concreta es el injerto sobre un patrón de semilla.

Hay un matiz curioso. Algunas variedades tienen semillas poliembriónicas, es decir, que de un solo hueso brotan varias plantitas y la mayoría son clones de la madre. Esas semillas se usan justamente para producir patrones uniformes. Las variedades monoembriónicas, en cambio, dan una única plántula que es un híbrido al azar. Sembrar un hueso es un experimento entretenido y sirve para tener una planta de hoja bonita, no para tener mangos.

Suelo, riego y la cal del sur

El mango quiere suelo profundo, suelto y con drenaje. El encharcamiento le mata la raíz, y es bastante sensible a la salinidad del agua de riego, algo que pesa mucho en el sureste, donde el agua disponible suele ser salina. En los suelos calizos del este y del sur aparece con frecuencia la clorosis férrica: la hoja nueva se pone amarilla entre los nervios porque, con el pH alto, el hierro del suelo está ahí pero la planta no lo puede tomar.

El riego es obligatorio en cualquier plantación española, por localizado, con la excepción del verano canario más húmedo. La demanda sube fuerte cuando el fruto está engordando y baja en el reposo previo a la floración; de hecho un ligero estrés controlado antes de florecer se usa para favorecer la floración. Lo que no perdona es el riego constante y superficial que mantiene la raíz mojada sin llegar a profundidad.

Flor, cuajado y cosecha

Florece al final del invierno y en primavera, en panículas terminales muy ramificadas con miles de flores diminutas de las que cuaja una proporción minúscula. Es normal: una panícula entera puede acabar en un solo fruto o en ninguno. Si la floración coincide con lluvia o con frío, el cuajado se va al suelo, y ese es el motivo habitual de una cosecha mala.

El mango también tiende a la vecería, es decir, a alternar un año de mucha carga con otro de poca. El fruto es una drupa con un hueso grande y aplanado, y su tamaño varía mucho entre variedades. La recolección aquí se reparte entre el final del verano y el otoño según la variedad, y el punto de corte no se decide por el color, que engaña, sino por la forma de los hombros del fruto y la firmeza.

En maceta, lo que se puede esperar

En maceta el mango vive. Es una planta de interior luminoso o de terraza aceptable, con hoja atractiva y crecimiento rápido los primeros años. Lo que no va a hacer es dar fruta: necesita un volumen de raíz y una acumulación de calor que un recipiente no le da, y las variedades injertadas enanas que se venden como fruteras de maceta solo tienen sentido bajo invernadero cálido.

Si aun así lo intentas, el problema real no es el verano, es el invierno dentro de casa: aire seco, poca luz y riego excesivo. Ahí es donde se pierden casi todos.

El látex de la piel y del fruto verde

Las anacardiáceas son una familia con savias irritantes, y el mango no es una excepción. El látex que sale del pedúnculo al cortar el fruto puede quemar la piel del propio mango y produce dermatitis de contacto en personas sensibles; la piel y el fruto verde contienen compuestos emparentados con los de la hiedra venenosa, y quien es sensible a ellos puede reaccionar también al mango. En recolección se corta con un trozo de rabillo y se deja escurrir precisamente por eso.

Es un detalle práctico, no una alarma: la pulpa madura es una fruta normal de consumo masivo. Pero si vas a podar o a recoger, guantes, y si te sale un sarpullido después de manipular hoja o fruto verde, ya sabes de dónde viene.

En resumen

El mango es un árbol tropical grande y perenne que en España solo fructifica en la franja litoral de Málaga, Granada y algunos puntos de Almería y Alicante, y en Canarias, porque no aguanta las heladas y necesita calor acumulado. Se multiplica por injerto, y las variedades que sostienen el cultivo aquí son Osteen, Keitt, Kent y Tommy Atkins. Pide suelo profundo y drenado, riego localizado, resguardo del viento y atención a la clorosis férrica en suelos calizos.

Fuera de esas comarcas, planteado como frutal, no funciona. En maceta se puede tener una planta bonita durante años, pero no una cosecha. Y al manipular hoja, rabillo o fruto verde conviene usar guantes, porque el látex de la familia irrita la piel.


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