Rompe un tallo de lobelia y verás salir un látex blanquecino. Ese detalle, y no el color de la flor, es la mejor pista de que estás delante de una campanulácea y no de una violeta ni de una petunia enana, que es con lo que se la confunde en los viveros. El género Lobelia reúne cerca de cuatrocientas especies repartidas por medio mundo, desde matas rastreras de veinte centímetros hasta gigantes de dos metros, y en los jardines españoles conviven al menos tres tipos muy distintos bajo el mismo nombre comercial.
Qué es exactamente una lobelia
Botánicamente, Lobelia pertenece a la familia Campanulaceae, la misma de las campanillas y los farolillos. Durante años se la separó en una familia propia, las lobeliáceas, y todavía hay etiquetas de vivero que lo indican así; hoy se considera una subfamilia dentro de las campanuláceas.
Lo que la distingue a simple vista es la forma de la flor. Mientras la campanilla tiene una corola regular, en forma de copa simétrica por todos lados, la lobelia tiene una flor zigomorfa: solo se puede partir en dos mitades iguales por un plano. Los cinco pétalos están soldados en un tubo que se abre en dos labios, dos lóbulos estrechos arriba y tres lóbulos anchos abajo que hacen de plataforma de aterrizaje. Y hay un detalle más: el tubo de la corola está hendido longitudinalmente por la parte superior, como si alguien lo hubiera rajado con una uña. Por esa rendija asoma la columna de estambres, soldados entre sí alrededor del estilo. Si ves esa hendidura, es una lobelia.
Las hojas son alternas, sin estípulas, con el borde entero o dentado según la especie, y el porte varía tanto que no sirve para identificar el género. El látex, en cambio, es constante y conviene tenerlo presente: contiene alcaloides piridínicos, sobre todo lobelina, y toda la planta es tóxica por ingestión. Ninguna lobelia es apta para un huerto de aromáticas ni para el alcance despreocupado de un niño pequeño; irrita además la piel sensible al manipularla en cantidad, así que si vas a podar un ejemplar grande, guantes.
La lobelia de jardinería: Lobelia erinus
Cuando alguien compra "una lobelia" en un garden español, en nueve de cada diez casos se lleva Lobelia erinus, originaria de las provincias del sur de Sudáfrica. Es una mata de 10 a 25 centímetros de altura, muy ramificada, con hojas pequeñas y una floración tan densa que llega a tapar el follaje. El color de referencia es un azul violáceo intenso, poco frecuente en plantas de temporada, con la garganta blanca o amarillenta; también hay selecciones blancas, rosas y de un azul casi celeste.
Comercialmente se distinguen dos grupos que no se cultivan igual:
Las compactas, tipo 'Crystal Palace' (azul oscuro con follaje bronceado) o 'Cambridge Blue', forman bolas cerradas y se usan para bordura, para rellenar arriates y para macetas de mesa.
Las colgantes o cascada, la serie 'Sapphire' y las llamadas pendula, emiten tallos flexibles de 30 o 40 centímetros que caen por el borde del recipiente. Son las que se ponen en cestas colgantes y jardineras de balcón, casi siempre acompañando a petunias o a Bacopa.
En su tierra es una planta perenne de vida corta, pero en la Península se comporta como anual de temporada fresca: se planta en primavera y se retira cuando el verano la agota. Esto es importante y explica la mitad de los fracasos que se le atribuyen.
La creencia que hay que corregir: no es una planta de pleno verano
Se vende junto a los geranios, los tagetes y las vincas, y de ahí sale la idea de que aguanta lo mismo que ellos. No es así. Lobelia erinus vegeta bien entre 10 y 22 grados y empieza a sufrir por encima de 26 o 27. Cuando llega la ola de calor de julio, con noches que no bajan de 22 grados, la planta detiene la floración, amarillea desde el centro y se seca en cuestión de días aunque el sustrato esté húmedo. No es un problema de riego ni de plaga: es agotamiento térmico.
Las consecuencias prácticas son claras. En la costa cantábrica, en Galicia y en zonas de montaña, la lobelia aguanta a pleno sol de mayo a octubre y da un espectáculo largo. En Madrid, Zaragoza, Sevilla o el interior de Valencia hay que plantarla temprano, en marzo o abril, colocarla en un sitio que reciba el sol de la mañana y esté a la sombra desde las dos del mediodía, y asumir que en julio se retira. Quien la planta en junio a pleno sol en el interior peninsular ha comprado tres semanas de flor.
Un segundo apunte que compensa: en el litoral mediterráneo suave y en el sur, la lobelia funciona muy bien como planta de otoño e invierno. Plantada en septiembre florece hasta las heladas y rebrota en cuanto suben las temperaturas. Aguanta bajadas a -2 o -3 grados sin daño serio, pero no heladas fuertes ni prolongadas.
Cultivo: agua constante y una poda a media temporada
Suelo y sustrato. Quiere tierra rica en materia orgánica, fresca y con buen drenaje al mismo tiempo. En maceta, sustrato universal de calidad con un 20 % de perlita o fibra de coco. El pH ideal está entre 5,5 y 6,5; en aguas muy calizas del interior y del levante conviene acidificar de vez en cuando o regar con agua de lluvia, porque con el tiempo aparecen clorosis internervales en las hojas nuevas.
Riego. Aquí está el otro gran error. La lobelia procede de zonas donde la humedad es constante y no tolera secarse ni una vez. Un solo episodio de marchitez deja marca: los tallos afectados no se recuperan y quedan huecos en la mata. En jardinera al sol, en primavera, puede necesitar riego diario, y dos veces al día en pleno calor. Lo que sí hay que evitar es el encharcamiento permanente, que le provoca podredumbre en el cuello.
Abonado. Florece de forma tan continua que consume mucho. Un abono líquido para plantas de flor cada diez o quince días, a la mitad de la dosis de la etiqueta, mantiene el color. El exceso de nitrógeno hace justo lo contrario de lo que se busca: mata blanda, alargada y con menos flor.
La poda de rejuvenecimiento. Es la operación que separa una lobelia que dura dos meses de otra que dura cinco. Cuando la primera oleada de flor decae, hacia junio, y la mata empieza a verse desgarbada, se recorta entera a la mitad de su altura con tijera, se riega bien y se aplica abono. En diez o quince días rebrota y vuelve a florecer con fuerza. Hacerlo cuesta un minuto y cuesta también superar el reparo de cortar una planta que todavía tiene flores; merece la pena.
Sembrar. La semilla es diminuta, casi polvo, y no se entierra: se espolvorea sobre la superficie de un sustrato fino y humedecido y se presiona ligeramente, porque necesita luz para germinar. De enero a marzo, en semillero protegido a 18-20 grados, tarda entre dos y tres semanas en nacer. Es una siembra lenta y delicada, y por eso lo habitual es comprar planta hecha en primavera; sembrar sale a cuenta cuando se quiere una variedad concreta o mucha cantidad.
Las otras lobelias que verás en España
Lobelia cardinalis, la lobelia cardenal, es una vivaz norteamericana de 90 a 120 centímetros con espigas de un rojo escarlata luminoso. Su exigencia es opuesta a lo que suele suponerse de una planta de flor roja: quiere suelo permanentemente húmedo o directamente encharcado. Es planta de borde de estanque, de arroyo o de zona de infiltración, y en un arriate normal del interior se pierde en el primer verano. Resiste bien el frío invernal, hasta -20 grados, porque rebrota de una roseta basal. En acuariofilia se cultiva sumergida, aunque esa es otra historia.
Lobelia tupa, el tabaco del diablo chileno, es la más espectacular del género en cultivo europeo. Forma una mata leñosa en la base de hasta dos metros, con hojas grandes, ovales y aterciopeladas de color gris verdoso, y unas flores curvadas de rojo ladrillo o granate que en su tierra poliniza un colibrí. En España solo prospera de verdad donde el invierno es suave y el verano no es tórrido: la cornisa cantábrica, el norte de Galicia, jardines de litoral. Tolera hasta unos -7 grados si el suelo drena bien, pero se hunde con la combinación de frío y encharcamiento. Es, además, la más tóxica de las que se cultivan.
Lobelia laxiflora, mexicana, de flores tubulares rojas y amarillas, se ve cada vez más en jardinería mediterránea porque aguanta mucho mejor la sequía que sus parientes y es rizomatosa, lo que la convierte en tapizante para taludes en clima suave. Y en la flora silvestre peninsular está Lobelia urens, discreta, de flor azul pequeña, propia de prados húmedos y brezales atlánticos del cuadrante noroeste.
Problemas frecuentes y cómo leerlos
La mata amarillea desde dentro y se apelmaza. Falta de aireación y exceso de humedad estancada en el centro, o el inicio del colapso por calor. Recorta, aclara y revisa dónde está puesta.
Hojas nuevas amarillas con nervios verdes. Clorosis férrica por agua caliza o pH alto. Corrige con quelato de hierro y cambia a agua de lluvia si puedes.
Deja de florecer de golpe en junio. Es lo normal tras la primera oleada. La poda a media altura lo resuelve.
Marchitez súbita con el sustrato mojado. Podredumbre del cuello por Pythium o Rhizoctonia, casi siempre por plantar demasiado profunda o por platos con agua permanente. No tiene arreglo en la planta afectada; retírala.
Punteado plateado y telarañas finas. Araña roja, favorecida por el calor seco. Aumenta la humedad ambiental y trata; suele ser señal de que la planta ya está en condiciones que no le van.
También la visitan pulgones en primavera y los caracoles se ceban con los brotes tiernos recién plantados, sobre todo en jardín y en tiempo lluvioso.
En resumen
Una lobelia es una campanulácea de flor asimétrica y corola hendida por arriba, con látex tóxico, que en España se cultiva sobre todo como Lobelia erinus de temporada. Es una planta de clima fresco y suelo siempre húmedo, no una anual resistente de pleno verano: plantada temprano, en semisombra en el interior peninsular y con riego sin fallos, da meses de un azul difícil de conseguir con otra especie. Recórtala a la mitad cuando decaiga la primera floración y volverá a empezar. Si buscas algo perenne, Lobelia cardinalis para bordes de agua y Lobelia tupa para jardines de clima suave amplían mucho lo que el género puede dar.