Un banco de jardín se compra una vez y se queda a la intemperie los doce meses del año. Ahí está todo lo que importa: el material tiene que aguantar el sol de julio, la lluvia de otoño y la humedad del suelo sin que en tres veranos se raje, se descuelgue o se oxide. La forma y el color son lo de menos.
Y antes del material va el sitio. Un banco funciona cuando mira a algo y cuando se puede estar sentado en él a la hora en que de verdad se usa el jardín. Casi todos los bancos que acaban abandonados están mal colocados, no mal elegidos: a pleno sol de tarde en el interior de España, o bajo un árbol que gotea resina y mancha la ropa.
Banco de madera sin tratar, con la pátina gris que toma la madera dura a la intemperie. Es desgaste superficial, no deterioro.
Dónde se pone un banco
Ten en cuenta tres cosas. La primera es la orientación: en el sur y el interior peninsular un banco a poniente es inservible de mayo a septiembre, porque el sol de tarde cae justo ahí; a media sombra o bajo una pérgola se usa el triple. En el norte atlántico pasa lo contrario, y un banco al sur en un rincón abrigado del viento se aprovecha buena parte del año.
La segunda es el suelo. Un banco sobre césped se hunde, se desnivela y obliga a segar alrededor con tijeras. Si va a estar fijo, dale una base de grava compactada, una losa o unos pocos adoquines. Levantar las patas del suelo también evita que la madera chupe humedad por capilaridad, que es por donde empieza a podrirse.
La tercera es qué tiene encima. Un pino suelta piña y resina, una morera o un ciruelo ornamental frutos que manchan, y un árbol con pulgón melaza pegajosa todo el verano. Ninguno es buen techo.
Qué tipos hay y para qué jardín sirve cada uno
El banco tradicional de respaldo y brazos es el que más se usa porque es el único en el que se está cómodo un rato largo. Pesa lo justo para no moverse con el viento y se puede retirar en invierno si es de madera.
El banco de obra u hormigón prefabricado es permanente de verdad: una vez colocado no se mueve sin maquinaria. Se calienta mucho al sol y está frío buena parte del año, así que agradece un cojín de exterior o un asiento de listones atornillado encima.
El banco curvo o circular alrededor de un árbol es bonito y casi siempre un error a medio plazo. El tronco engorda, y lo que hoy deja cuatro dedos de holgura en diez años roza la corteza. Si lo pones, deja el hueco central muy generoso y, mejor, en dos mitades separables para poder abrirlo después. Y nunca lo apoyes clavando nada en el tronco.
El banco colgante o columpio es el más exigente de todos, y no por el banco, sino por el anclaje. Se cuelga de una estructura calculada para ello (un pórtico propio, una viga de pérgola de sección suficiente) y no de una rama ni de un listón de techo de caseta. La carga no es solo el peso de dos personas: es ese peso multiplicado por el balanceo. Revisa una vez al año los grilletes, los eslabones y el punto de sujeción, que es donde falla.
Banco colgante bajo cubierta. El punto crítico es la viga y los herrajes, no el asiento.
Maderas: las que aguantan sin tratar y las que no
En durabilidad frente a hongos e insectos las maderas no son intercambiables, y eso decide si el banco dura cinco años o veinte.
Aguantan bien la intemperie sin tratamiento químico, por su propia composición: la teca, el alerce, el cedro rojo, la robinia (falsa acacia), el castaño y el roble. Son duraderas por naturaleza, aunque todas se vuelven grises en superficie con el sol. Ese gris es solo la capa exterior de fibra degradada por el ultravioleta, no podredumbre.
No aguantan sin tratar: el pino, el abeto, el chopo y el haya. Un banco de pino sin proteger y en contacto con suelo húmedo se pudre por las patas en pocos años. Si el banco es de pino, tiene que venir tratado en autoclave.
El tratamiento en autoclave consiste en meter la madera en un depósito, hacer vacío y luego inyectar el protector a presión para que entre en la masa y no se quede en la superficie. Por eso resiste mucho más que un barniz o una lasur aplicados con brocha, y por eso se puede cortar una pieza tratada así sin dejar el interior indefenso, aunque los cortes y taladros conviene pincelarlos.
La norma de durabilidad europea habla de clases de uso. Para mobiliario de jardín te interesan dos: la clase 3 es madera al exterior sin contacto con el suelo, es decir, el asiento, el respaldo y los brazos; la clase 4 es madera en contacto permanente con el suelo o con agua, que es el caso de las patas si van hincadas o apoyadas directamente sobre tierra. Comprar madera de clase 3 y enterrarla es el error clásico.
Metal, piedra, plástico y resina
El aluminio no se oxida, y no es casualidad: al contacto con el aire forma en la superficie una capa de óxido de aluminio muy fina, compacta y adherida que sella el metal y detiene el proceso. Es la razón por la que un banco de aluminio abandonado a la lluvia sigue entero. Además es ligero, lo que en zonas de viento es un inconveniente.
El acero es lo contrario. Su óxido, el orín, es voluminoso y poroso, se desprende y deja pasar más humedad, así que la corrosión no se detiene: avanza hacia dentro. Un acero pintado o con pintura al horno va bien mientras la capa esté intacta, y empieza a fallar en cuanto se raya o se golpea un canto. Si tienes un banco así, la reparación es lijar el punto, quitar el óxido suelto, imprimación antioxidante y pintura; hacerlo el primer año cuesta diez minutos. El hierro fundido de los bancos clásicos es más grueso y perdona más, pero pide el mismo repaso. El acero inoxidable y el galvanizado por inmersión en caliente son otra cosa y aguantan mucho mejor, aunque cerca del mar cualquier metal sufre más.
La piedra y el hormigón son los más duraderos y los que menos atención piden. Su problema es el peso, el coste de la colocación y que en invierno están helados.
El plástico y la resina son los que peor envejecen, aunque no por la lluvia, sino por el sol. La radiación ultravioleta rompe las cadenas del polímero: el color se va, la superficie se vuelve mate y como pulverulenta, y la pieza pierde flexibilidad hasta que un día se raja de golpe al sentarse. Los materiales con estabilizantes a ultravioleta duran bastante más, pero ninguno es eterno al sol directo del verano mediterráneo. Guardar los muebles de resina a la sombra o bajo cubierta en los meses de más sol alarga su vida de forma muy notable.
Mantenimiento: qué hacer y cuándo
Con la madera tienes dos caminos honestos y uno malo. Puedes dejarla envejecer y aceptar el gris, limpiándola una vez al año con agua, jabón y cepillo blando; es lo que hace media Europa con la teca y el resultado es bueno. O puedes mantenerla con su color, y entonces toca lijado suave y una capa de aceite específico para madera de exterior al principio de la primavera, y probablemente otra al final del verano si le da el sol de lleno. El camino malo es empezar a mantenerla y dejarlo a medias: una película de barniz medio saltada retiene agua debajo y hace más daño que no haber puesto nada.
No limpies un banco de madera con hidrolimpiadora a presión alta. Levanta la fibra, abre la veta y deja la superficie más astillada y más ávida de agua de lo que estaba. Cepillo y jabón, y si hace falta una lija fina después.
Un repaso de tornillería al año evita la mayoría de los desastres: los listones se aflojan con los ciclos de humedad y un tornillo suelto acaba rompiendo la pieza.
Qué se estropea antes
| Elemento | Fallo típico | Qué lo retrasa |
|---|---|---|
| Patas de madera | Podredumbre por la base | Levantarlas del suelo, base de grava o losa |
| Acero pintado | Óxido desde una raya o un canto | Retocar en cuanto aparece |
| Resina y plástico | Fragilidad y rotura por ultravioleta | Sombra, o guardarlo en verano |
| Colchonetas | Decoloración y humedad retenida | Recogerlas, fibra teñida en masa |
| Herrajes de banco colgante | Desgaste del punto de anclaje | Revisión anual, estructura calculada |
| Tornillería | Aflojamiento y rotura del listón | Apretar una vez al año |
Plantas alrededor del banco
Si quieres acompañarlo con plantas, lo razonable es lo que huele y no ensucia: lavanda, romero, salvia o jazmín cerca del asiento funcionan muy bien en clima mediterráneo y piden poca agua. Evita justo al lado las plantas muy melíferas si el banco lo van a usar niños, porque atraen abejas, y evita lo que suelta fruto o savia encima. Y si hay perro o gato en casa, comprueba qué plantas pones al alcance: la adelfa (Nerium oleander) es tóxica en todas sus partes, y las euforbias tienen un látex irritante para la piel y los ojos. Un banco es precisamente el sitio donde la gente se sienta a tocar lo que tiene al lado.
En resumen
Elige el sitio antes que el banco: orientación, base firme y nada problemático encima. Después el material, según lo que estés dispuesto a mantener: madera naturalmente durable o pino tratado en autoclave si aceptas un repaso anual, aluminio si quieres olvidarte, piedra u hormigón si es definitivo, y resina solo sabiendo que el sol se la come.
Y no confundas durabilidad con abandono. Casi todo lo que se rompe en un banco de jardín se habría evitado con veinte minutos al año: apretar tornillos, retocar una raya de pintura antes de que se oxide, recoger las colchonetas y, si es colgante, mirar el anclaje. Es el mueble de exterior que más se usa y el que menos atención recibe.