La hoja de un rosal es imparipinnada: varios foliolos enfrentados por pares a lo largo de un eje y uno más en la punta, siempre en número impar. Lo más habitual en los rosales modernos son cinco o siete foliolos, con el borde aserrado y la superficie más o menos brillante. Y hay un detalle que pasa desapercibido y que en botánica es determinante: las estípulas, esas dos laminillas de la base del peciolo, están soldadas a él en el género Rosa. Es uno de los caracteres que separan a las rosas de otros géneros parecidos de la familia.

Más allá de la anatomía, la hoja es la herramienta de diagnóstico más útil que tienes en el jardín. Un rosal enfermo, mal regado, con carencias o atacado por una plaga lo dice en las hojas mucho antes de que se note en las flores, y cada problema deja un dibujo distinto. Aprender a leerlo ahorra tratamientos innecesarios.

hojas de rosas

El número de foliolos y qué te dice

El recuento no es un dato ocioso. En los híbridos de té y las floribundas lo normal son cinco foliolos en las hojas bien desarrolladas y tres en las de la punta de los brotes. En muchas especies silvestres el número sube: siete, nueve o incluso más en algunas.

De ahí sale un truco práctico muy usado. Cuando se cortan flores o se limpian las marchitas, se corta por encima de una hoja de cinco foliolos, no de tres. La razón es que las yemas situadas en la axila de una hoja completa de cinco están mejor alimentadas y producen un brote fuerte capaz de dar flor, mientras que las de las hojitas terminales de tres dan brotes débiles y ciegos.

El segundo uso del recuento es identificar los chupones. Un brote que sale del patrón silvestre por debajo del punto de injerto suele tener hojas con más foliolos, más pequeños, de otro verde y con espinas distintas. Si dudas de si una rama es del rosal o del patrón, la hoja lo aclara antes que ninguna otra cosa.

Caducas, perennes y las de en medio

La inmensa mayoría de los rosales son de hoja caduca: la pierden en otoño o a comienzos del invierno y rebrotan en primavera. En el litoral mediterráneo y en el sur, con inviernos suaves, muchos rosales conservan buena parte del follaje todo el año y se comportan como semiperennes, lo que no significa que no necesiten su parada invernal.

Hay especies genuinamente perennes o casi. Rosa sempervirens, que crece de forma silvestre en el Mediterráneo y también en España, lleva su condición en el nombre. Rosa banksiae, la trepadora de flor pequeña y temprana, mantiene el follaje en climas benignos, igual que Rosa bracteata. En zonas frías, en cambio, esas mismas plantas se defolian parcialmente.

Hojas que se salen del molde

La hoja rugosa. Rosa rugosa tiene un follaje inconfundible: foliolos gruesos, coriáceos, de verde intenso, con la nervadura hundida que le da ese aspecto arrugado que le da nombre. No es un capricho estético. Esa cutícula gruesa y esa estructura le permiten aguantar viento salino, arena, suelos pobres y frío intenso, y por eso es la rosa de las dunas y de los jardines de costa.

rosa rugosa blanca

Conviene saber que esa misma robustez la ha convertido en una planta problemática en varias costas del norte de Europa, donde se ha naturalizado y desplaza a la vegetación dunar autóctona. Es un ejemplo claro de que la resistencia que buscamos en el jardín puede tener consecuencias fuera de él.

La hoja azulada. Rosa glauca, conocida también como Rosa rubrifolia, tiene un follaje gris azulado con reflejos violáceos y tallos del mismo tono. Es un arbusto que se cultiva más por la hoja que por la flor, que es pequeña y simple, y funciona muy bien como contraste en un macizo. En sombra el color pierde intensidad y tira a verde: necesita sol para expresarlo.

hojas de rosas, rosa glauca

La hoja aromática. Hay un grupo de rosales cuyo follaje desprende olor al frotarlo, con notas que recuerdan a la manzana verde, procedente de glándulas del envés. Es un carácter que se aprecia sobre todo tras la lluvia y en las mañanas húmedas, y que se ha buscado deliberadamente en algunas variedades de jardín.

Los brotes rojizos. En casi todos los rosales los brotes tiernos son rojizos o bronceados y se van volviendo verdes al madurar. Ese color se debe a pigmentos que protegen el tejido joven de la radiación, y es normal. No hay que confundirlo con un problema, aunque en primavera genera muchas consultas.

Leer la hoja para diagnosticar

Cada problema deja un patrón distinto, y distinguirlos es lo que evita tratar a ciegas.

  • Manchas oscuras redondeadas de borde deshilachado, con la hoja amarilleando alrededor, empezando por abajo. Mancha negra, causada por Diplocarpon rosae. Necesita agua líquida sobre la hoja durante horas para infectar, así que se dispara con la lluvia de primavera y con el riego por aspersión.
  • Pústulas anaranjadas en el envés, que a final de temporada se oscurecen. Roya, del género Phragmidium.
  • Polvo blanco sobre brotes y hojas jóvenes, que quedan deformadas. Oídio. A diferencia de la mancha negra, prospera con humedad ambiental alta pero hoja seca, típico de noches frescas y días cálidos.
  • Manchas angulosas limitadas por los nervios, con pelusa grisácea en el envés y defoliación rápida. Mildiu del rosal.
  • Punteado amarillento muy fino, hoja mate y algo de seda en el envés. Araña roja, que aparece con calor seco.
  • Hojas nuevas amarillas con los nervios verdes. Clorosis férrica, típica de los suelos calizos y del agua dura del este y el sur peninsular. No es una enfermedad ni falta de riego.
  • Recortes semicirculares limpios en el borde de la hoja, como hechos con un sacabocados. Abejas cortadoras del género Megachile, que usan esos trozos para construir sus celdas. El daño es estético y la planta no sufre. Son polinizadoras, así que no se combaten.

Ante un amarilleo generalizado, antes de comprar nada conviene descartar riego y drenaje, porque una raíz encharcada produce hojas amarillas que caen enteras y todavía blandas, y ese cuadro empeora si se responde regando más.

Cuidar el follaje

La medida más eficaz para tener hojas sanas no es un producto, son tres costumbres.

No mojar la hoja al regar. Se riega al pie y por la mañana. La hoja mojada durante horas es la condición que necesitan la mancha negra y el mildiu, y evitarla elimina buena parte del problema sin nada más.

Ventilar el arbusto. Una poda que abra el centro y un marco de plantación que deje espacio entre plantas hacen que el follaje seque pronto después de un rocío o una lluvia.

Retirar la hojarasca infectada. Los hongos foliares pasan el invierno en las hojas caídas y en los restos de poda. Recogerlos y tirarlos a la basura, no al compost casero, corta el ciclo para la temporada siguiente.

Y sobre todo, si empiezas de cero, elige variedades con buena resistencia foliar. Existen sistemas de evaluación que prueban rosales en campo sin ningún tratamiento fungicida y solo distinguen a los que aguantan; comprar una de esas variedades ahorra más trabajo que cualquier técnica de cultivo.

En resumen

La hoja del rosal es imparipinnada, de borde aserrado y con las estípulas soldadas al peciolo, un carácter propio del género. Suele tener cinco o siete foliolos, y ese recuento tiene dos usos prácticos: cortar por encima de una hoja de cinco al limpiar flores marchitas, y reconocer los chupones del patrón por su follaje distinto.

Más allá de la botánica, el follaje es el mejor indicador del estado del rosal. Manchas oscuras, pústulas anaranjadas, polvo blanco, punteado fino o nervios verdes sobre fondo amarillo señalan problemas completamente distintos y con soluciones distintas. Regar al pie por la mañana, ventilar el arbusto con la poda y retirar la hojarasca caída resuelve la mayor parte antes de que aparezca.


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