La regla que resuelve el riego de los rosales cabe en una frase: mucha agua, pocas veces, y siempre al pie. Un rosal es un arbusto de raíz profunda, no una planta de temporada, y el riego que le conviene es el que empapa el suelo en profundidad y luego lo deja secar unos días. Regar poco y a diario produce lo contrario de lo que se busca: una raíz superficial que se cuece en cuanto llega la primera ola de calor.
No hay un número de días válido. La frecuencia depende del suelo, del tiempo que haga esa semana, del tamaño del rosal y de si está en tierra o en maceta. Lo que sí hay es una forma fiable de decidir: meter el dedo en la tierra a unos cinco centímetros. Si sale húmedo, no toca. Si sale seco, riega, y riega bien.
Cuánta agua es un riego bien hecho
Regar de verdad significa mojar el suelo hasta donde llegan las raíces, que en un rosal establecido es bastante más abajo de lo que la gente imagina. Un riego correcto empapa una zona de al menos treinta o cuarenta centímetros de profundidad alrededor del pie.
Con manguera, eso se consigue dejando correr el agua despacio al pie durante varios minutos, no dando un repaso rápido. Con regadera, en varias pasadas, dejando que absorba entre una y otra en lugar de volcarlo todo de golpe, porque si no la mayor parte escurre por la superficie sin penetrar. Un truco práctico en suelos que reciben mal el agua es hacer un alcorque, un pequeño caballón de tierra alrededor del rosal que retenga el riego mientras se infiltra.
La comprobación es sencilla: media hora después de regar, escarba unos centímetros a un palmo del tronco. Si la tierra solo está mojada en superficie y seca por debajo, el riego se ha quedado corto.
El suelo manda sobre el calendario
Un suelo arenoso deja pasar el agua deprisa y se seca antes, así que pide riegos más frecuentes y algo menores. Un suelo arcilloso retiene mucho y se seca despacio: menos riegos, más espaciados, y mucho cuidado con encharcarlo, porque la raíz asfixiada de un rosal se pudre igual que la de cualquier otra planta.
Los suelos calizos del este y el sur peninsular añaden un matiz que no es de riego pero que se manifiesta como si lo fuera. Con pH alto y agua dura, el rosal no puede absorber bien el hierro y saca las hojas nuevas amarillas con los nervios verdes. Es clorosis, no sed, y regar más no lo arregla.
Sea cual sea el suelo, lo que más lo mejora es la materia orgánica. Un buen aporte de compost o estiércol maduro incorporado al plantar, y renovado cada invierno en superficie, hace que un suelo arenoso retenga más y que uno arcilloso drene mejor. Es el mismo trabajo resolviendo dos problemas opuestos.
El acolchado ahorra más agua que cualquier técnica de riego
Es lo que menos se hace y lo que más diferencia marca en el verano peninsular. Una capa de cinco a ocho centímetros de material orgánico sobre el suelo, alrededor del rosal, reduce muchísimo la evaporación, mantiene la raíz varios grados más fresca, frena las hierbas competidoras y evita que la tierra se apelmace con el agua.
Vale corteza de pino, restos de poda triturados, paja, compost grueso o incluso hojarasca. Se extiende dejando unos centímetros libres alrededor del tronco, sin amontonarlo contra la madera, porque el cuello húmedo permanente favorece las pudriciones.
Un rosal acolchado en un verano de la meseta puede pasar con la mitad de riegos que el mismo rosal a suelo desnudo. Es la inversión de tiempo más rentable que se puede hacer.
Cuándo regar y por dónde
A primera hora de la mañana. Es el mejor momento por dos razones: el suelo está fresco y absorbe mejor, y si cae alguna gota sobre las hojas se secan enseguida con el sol. Regar al anochecer también evita la evaporación, pero deja el follaje y la superficie húmedos toda la noche, que es justo la condición que necesitan la mancha negra y el oídio para instalarse.
Y siempre al pie, nunca por encima. Mojar el follaje de un rosal es sembrar hongos. La única excepción razonable es un chorro de manguera dirigido a los brotes para tirar los pulgones, hecho por la mañana temprano para que la planta seque en el día. Además, las gotas sobre los pétalos manchan las flores de las variedades claras.
El riego por goteo es la mejor opción para un macizo de rosales, con dos matices. Uno, que un rosal adulto necesita más caudal del que da un solo gotero, así que conviene poner dos o tres emisores repartidos alrededor del pie. Y dos, que los programadores hay que cambiarlos de estación: el mismo tiempo de riego que va bien en mayo se queda corto en agosto y sobra en octubre.
El año, mes a mes
El calendario de riego en España se organiza así, con las variaciones lógicas entre el norte húmedo y el sur seco.
- Invierno. Con el rosal sin hojas y lluvias normales, no se riega. En un invierno seco del sureste, o con rosales en maceta, sí hay que dar algún riego de mantenimiento: una planta en maceta se seca aunque esté parada.
- Primavera. Arranca la brotación y con ella las necesidades. Los riegos empiezan de forma espaciada y se van acercando conforme sube la temperatura.
- Verano. El periodo crítico. Con semanas por encima de treinta y cinco grados, riego profundo y frecuente, siempre por la mañana. Es normal que el rosal reduzca la floración y suelte alguna hoja con calor extremo: es una pausa, no falta de agua, y ahogarlo a riegos no la acorta.
- Otoño. Se espacian progresivamente. Un rosal que sigue recibiendo riego abundante en octubre emite brotes tiernos que la primera helada quema.
Casos que necesitan riego aparte
Rosales recién plantados. Durante el primer año la raíz aún no ha explorado el suelo y depende de lo que le des. Riegos más frecuentes que en un ejemplar establecido, y sobre todo un primer riego muy abundante en la plantación, que sirve para asentar la tierra alrededor de las raíces y eliminar bolsas de aire. Lo mismo aplica al trasplantar un rosal.
Rosales en maceta. Son un mundo aparte. El volumen de sustrato es pequeño, se calienta, se seca deprisa y en pleno verano puede necesitar agua a diario. El barro transpira y seca antes que el plástico, lo que en el norte húmedo es una ventaja y en Murcia o Sevilla un inconveniente. Riega hasta que salga agua por el desagüe y vacía el plato después: un plato con agua permanente asfixia la raíz. Y en maceta el acolchado también funciona.
Rosales trepadores y arbustivos grandes. Más masa foliar significa más transpiración y más agua. Un trepador contra un muro orientado al sur recibe además el calor reflejado por la pared, y suele necesitar bastante más de lo que parece.
Cómo saber si te estás pasando o quedando corto
Los dos extremos se parecen menos de lo que dicen, y se distinguen mirando y tocando.
- Le falta agua. Los brotes tiernos y las hojas se caen sin fuerza en las horas de calor, los bordes de la hoja se secan y quedan crujientes, los capullos se abren pequeños. La tierra está seca al hurgar.
- Le sobra agua. Hojas amarillas que caen enteras y todavía blandas, empezando por abajo, crecimiento parado y sustrato o suelo permanentemente húmedo. A veces olor a cerrado en la base.
Ante la duda, comprueba la tierra antes de reaccionar. El error más caro en jardinería doméstica es regar más a una planta que se está ahogando.
En resumen
Riega los rosales de forma abundante y espaciada, a primera hora de la mañana y siempre al pie, sin mojar el follaje. Ajusta la frecuencia al suelo y a la estación en lugar de fijar un día de la semana, y decide metiendo el dedo en la tierra, que es más fiable que cualquier tabla.
Acolcha el suelo alrededor del rosal: es lo que más agua ahorra y lo que mejor protege la raíz del verano peninsular. Y presta atención especial a los rosales de primer año y a los de maceta, que son los dos casos en los que el riego general no basta.