Que un cactus crezca de forma silvestre en Sri Lanka, en Madagascar y en las selvas del golfo de Guinea contradice la regla básica de la familia, que es exclusivamente americana. La excepción tiene nombre: Rhipsalis baccifera. Ninguna otra cactácea ha salido del continente por sus propios medios, y todavía se discute si llegó al Viejo Mundo en el buche de un ave migratoria o en el equipaje de algún barco. Esa rareza biogeográfica se traduce, en la práctica del cultivo, en una planta que no se comporta como el resto de los cactus y a la que se mata sistemáticamente por tratarla como tal.

Qué es exactamente esta planta

Rhipsalis baccifera pertenece a la tribu Rhipsalideae, el grupo de cactáceas epífitas que viven encaramadas a las ramas de los árboles en las selvas húmedas de América tropical, desde Florida y México hasta el norte de Argentina. No es un parásito: usa el árbol como soporte y se alimenta de la hojarasca acumulada en las horquillas y de la humedad ambiental. En España se la conoce como cactus muérdago o cactus coral, y el primer nombre está bien traído, porque sus frutos son bolitas blancas translúcidas idénticas a las del muérdago europeo.

Los tallos son cilíndricos, muy finos, de dos a seis milímetros de grosor, de un verde claro algo grisáceo. Se ramifican en verticilos, es decir, brotando varios a la vez del mismo punto, y cuelgan formando una cabellera densa que en cultivo alcanza sin problema el metro o metro y medio, y en su hábitat pasa de los cuatro metros. Carece de espinas: las aréolas llevan apenas unas cerdas diminutas cuando el segmento es joven, y desaparecen después. Tampoco tiene gloquidios. Se puede manipular a mano sin guantes, lo que la hace apta para casas con niños; además no figura entre las plantas tóxicas para perros y gatos.

La especie se divide en varias subespecies con distribuciones distintas. La subsp. baccifera es la americana; la subsp. mauritiana es la africana y asiática; y luego están la subsp. horrida de Madagascar, la subsp. erythrocarpa de África oriental y la subsp. shaferi del sur de Sudamérica, de tallos algo más gruesos y erectos. En el comercio español casi nunca se especifica cuál se está vendiendo.

Tallos colgantes y finos de Rhipsalis baccifera

Floración y frutos

Las flores son discretas: campanitas de cinco a ocho milímetros, de color blanco crema o verdoso, que salen lateralmente a lo largo de los tallos. No hay espectáculo, pero sí una particularidad útil de conocer: en el hemisferio norte florece entre finales de otoño y el invierno, de noviembre a febrero, justo cuando el resto de la colección está parada. Después vienen las bayas, blancas o rosadas, translúcidas y pegajosas, que aguantan meses en la planta y son la parte más decorativa del ciclo.

Cuando una Rhipsalis no florece nunca, la causa suele ser doble: poca luz durante el verano y ausencia de un descanso otoñal. Un periodo de seis a ocho semanas en octubre y noviembre con temperaturas de 12 a 15 °C y riegos muy espaciados induce la floración con bastante fiabilidad. En un piso con calefacción a 22 °C todo el año, la planta crece pero no cuaja botones.

Luz: ni sol directo ni rincón oscuro

Como epífita del sotobosque tropical, vive bajo la copa de los árboles, con luz abundante pero tamizada. La traducción doméstica es una ventana orientada al este, o a un metro o metro y medio de una ventana al sur, o directamente colgada del techo cerca de un ventanal. El sol directo del mediodía en verano quema los tallos: primero adquieren un tono rojizo o purpúreo, que es una respuesta de estrés, y después aparecen zonas blanquecinas y secas que ya no se recuperan.

El error contrario también existe y es más habitual de lo que parece. Colgada en el fondo de un salón, lejos de toda ventana, la planta se estira, los tallos salen delgados y espaciados, pierde densidad y nunca florece. Si los segmentos nuevos son notablemente más finos y más largos que los viejos, le falta luz.

En exterior funciona muy bien en un patio o bajo un porche del norte peninsular y de la cornisa cantábrica, donde la humedad ambiental le sienta bien, y en la sombra de un árbol en el litoral mediterráneo. Lo que no soporta en ningún caso es el sol de un balcón al sur en Sevilla en julio.

Temperatura y por qué no puede quedarse fuera en invierno

Su rango cómodo va de los 15 a los 27 °C. Por debajo de 7 u 8 °C empieza a sufrir y con la primera helada se pierde, porque sus tallos, finos y cargados de agua, no tienen ninguna defensa frente al hielo. Esto la deja fuera del cultivo permanente a la intemperie en casi toda la Península: solo aguanta el invierno en el exterior en el litoral de Málaga, Almería, Alicante, Valencia, en algunos puntos resguardados de la costa gallega y en Canarias. En Madrid, Zaragoza, Burgos o Albacete hay que entrarla a partir de octubre.

Dentro de casa, el sitio importa. Colgada encima de un radiador o en la corriente directa de un aire acondicionado se deshidrata, porque el aire seco y en movimiento le hace perder agua más rápido de lo que sus raíces reponen. Agradece una humedad ambiental del 50 al 70 %, y en pisos con calefacción central se nota si se agrupa con otras plantas o se coloca sobre una bandeja con arcilla expandida y agua, siempre sin que la maceta toque el agua. Las pulverizaciones ayudan poco por sí solas, aunque no hacen daño si el agua es blanda.

El riego, que es donde se pierden más plantas

La idea de que un cactus se riega poco y se deja secar del todo entre riego y riego procede de las especies desérticas, y aplicada a una Rhipsalis la va matando poco a poco. Esta planta no viene del desierto, viene de una selva lluviosa donde recibe agua casi a diario y donde el sustrato en el que arraiga, hojarasca y musgo, se mantiene fresco.

La pauta correcta en primavera y verano es regar cuando los dos o tres centímetros superficiales del sustrato están secos, sin esperar a que el cepellón se seque por completo. En un piso español eso suele significar un riego cada cinco o siete días en verano, y cada diez o quince en invierno, cuando la planta está más parada. Lo que nunca debe pasar es que el sustrato quede encharcado ni que el plato acumule agua, porque la raíz de una epífita es superficial y se pudre con rapidez.

Usa agua de lluvia, descalcificada o de ósmosis. La Rhipsalis es sensible a la cal y a las sales, y buena parte del agua de grifo de España es dura. Con agua calcárea el sustrato se alcaliniza, la planta deja de absorber hierro y los tallos se aclaran y se detienen. Si no tienes alternativa, deja reposar el agua veinticuatro horas y añade unas gotas de vinagre o de zumo de limón por litro cada varios riegos.

Distinguir sed de exceso de agua es sencillo si se sabe qué mirar. Los tallos arrugados, más finos y correosos, pero firmes y verdes indican falta de riego. Los tallos blandos, amarillentos, que se desprenden al tocarlos y con la base oscurecida indican podredumbre por exceso. La caída de segmentos es el aviso típico del segundo caso.

Detalle de Rhipsalis baccifera subsp. baccifera con sus tallos verticilados

Sustrato y maceta

El sustrato específico de cactus y suculentas, muy mineral y muy drenante, tampoco es el adecuado. Lo que pide es una mezcla de epífitas: aireada, con materia orgánica que retenga algo de humedad, y ligeramente ácida, entre pH 5,5 y 6,5. Una fórmula que funciona bien es corteza de pino de calibre fino en un tercio, fibra de coco o turba rubia en otro tercio, y perlita o pumita en el tercio restante. También sirve un sustrato para orquídeas de grano fino mezclado a partes iguales con sustrato universal de calidad.

La maceta debe ser ancha y poco profunda, o directamente colgante, porque el sistema radicular es reducido. Le va bien estar algo apretada: un trasplante a una maceta demasiado grande deja mucho sustrato sin colonizar que permanece húmedo y acaba pudriendo las raíces. Se trasplanta cada dos o tres años, en primavera, subiendo un solo número de maceta.

En cuanto al abono, de marzo a septiembre cada tres o cuatro semanas con un fertilizante para cactus o para plantas verdes, bajo en nitrógeno, a media dosis de la indicada en el envase. En otoño e invierno no se abona.

Multiplicación por esquejes

Se reproduce con una facilidad notable, y aquí conviene marcar otra diferencia con los cactus desérticos. Se corta un trozo de tallo de diez a quince centímetros, preferiblemente por una articulación, con tijera limpia. El callo se forma en dos o tres días, no en las dos o tres semanas que necesita un cactus columnar; dejar secar un esqueje de Rhipsalis durante semanas solo consigue deshidratarlo.

Después se planta el extremo cortado un par de centímetros en el mismo sustrato de cultivo, ligeramente húmedo, y se mantiene a 20-25 °C con luz indirecta. Las raíces aparecen en tres o cuatro semanas, y se nota porque el esqueje empieza a emitir brotes nuevos. La mejor época es de abril a junio. Poner varios esquejes en la misma maceta da desde el principio una mata poblada en lugar de un hilo suelto.

La reproducción por semilla también es posible: se extraen las bayas maduras, se limpia la pulpa mucilaginosa frotando en un colador bajo el grifo, y se siembran en superficie sobre sustrato fino y húmedo a unos 22-25 °C. Germinan en dos o tres semanas, pero el crecimiento inicial es tan lento que rara vez compensa frente a los esquejes.

Plagas y problemas frecuentes

La cochinilla algodonosa es el problema número uno. Se esconde en el interior de la mata, donde los tallos se cruzan, y pasa desapercibida hasta que hay una infestación seria. Conviene separar la cabellera y mirar el interior cada pocas semanas. Se trata con un bastoncillo mojado en alcohol para los focos pequeños y con jabón potásico o aceite de neem pulverizado, repitiendo a los siete y a los catorce días.

La araña roja aparece cuando el ambiente es muy seco y cálido; deja los tallos con un punteado pálido y a veces telarañas finas. Subir la humedad y lavar la planta con agua a presión suave basta cuando el ataque se detecta pronto.

La podredumbre de raíz es la causa más común de muerte, y viene siempre de la misma combinación: maceta sin drenaje o con plato lleno, sustrato compactado y riegos en invierno con la planta fría. Si la planta se desmorona por segmentos, sácala de la maceta, corta lo podrido, y salva lo sano haciendo esquejes; recuperar el cepellón original rara vez sale bien.

Por último, la caída de tallos tras un traslado asusta pero es normal. Un cambio brusco de luz o temperatura provoca que la planta suelte segmentos durante unas semanas. Mantén los cuidados estables y se detiene.

En resumen

Rhipsalis baccifera es un cactus epífito de selva húmeda, sin espinas, de tallos finos y colgantes, y la única cactácea que crece de forma natural fuera de América. Todo su cultivo se resume en no confundirla con un cactus de desierto: quiere luz clara pero filtrada, nunca sol directo de mediodía; un sustrato aireado y algo orgánico, no una mezcla mineral; riegos regulares que mantengan el cepellón fresco sin encharcar, con agua sin cal; y temperaturas por encima de 8 °C, lo que obliga a entrarla en invierno en casi toda la Península. Se multiplica sin dificultad por esquejes de diez a quince centímetros que solo necesitan dos o tres días de secado. Sus enemigos son la cochinilla algodonosa escondida en la mata y la podredumbre de raíz por exceso de agua. Y si nunca florece en invierno, dale más luz en verano y un descanso fresco y seco en otoño.


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