Un sustrato para cactus tiene un solo trabajo importante: dejar salir el agua deprisa y volver a llenarse de aire. Todo lo demás (nutrientes, materia orgánica, pH) viene después. Los cactus no mueren de hambre ni de sed en una maceta; mueren porque la raíz pasa días con los poros llenos de agua y sin oxígeno, y se pudre.
Por eso una tierra universal de saco, sin más, es mala idea. Está formulada para plantas de hoja que agradecen humedad constante, retiene mucha agua, se compacta con los riegos y suele llevar abono de arranque con bastante nitrógeno, que en un cactus da tejido blando y propenso a podrirse. La solución no es comprar algo carísimo: es mezclar dos cosas, una mineral y una orgánica, en la proporción adecuada al tipo de cactus.
La mezcla base
Piensa el sustrato como dos componentes con funciones opuestas que se equilibran.
- La parte mineral crea los huecos grandes por los que circula el aire y escapa el agua. Es la que da estructura y la que evita que la mezcla se apelmace con los años.
- La parte orgánica retiene algo de humedad y de nutrientes, para que la planta no dependa de que riegues cada dos días.
Como punto de partida, mitad y mitad funciona para la mayoría de los cactus globosos y columnares de vivero. A partir de ahí se ajusta: para especies de desierto, de raíz gruesa o de crecimiento muy lento, se sube la parte mineral hasta dos tercios o tres cuartos. Para cactus epífitos de selva, que es un mundo aparte, se baja hasta un tercio.
Hay un detalle que cambia más el resultado que la proporción exacta, y es el tamaño de grano. Los huecos que dejan pasar el aire son los que se forman entre partículas de tamaño parecido. Si mezclas grava gruesa con arena muy fina, la fina rellena los huecos de la gruesa y acabas con un sustrato más compacto que cualquiera de los dos por separado. Busca material mineral de grano grueso y relativamente uniforme, del orden de dos a cinco milímetros, y tamiza el polvo antes de mezclar.
Qué material mineral usar en España
Todos estos se encuentran sin problema aquí, y cualquiera de ellos vale:
- Pómez o puzolana. Piedra volcánica ligera y porosa. Retiene un poco de agua dentro de sus poros sin encharcar y no se degrada. Es probablemente la mejor opción general.
- Picón. El material volcánico canario, con el mismo comportamiento y muy accesible en las islas.
- Arena de río lavada, de grano grueso. Barata y eficaz si es realmente gruesa. La arena fina de construcción no sirve: cementa y deja el sustrato como una losa.
- Arlita fina. Arcilla expandida. Muy ligera, lo que en macetas altas puede ser un inconveniente porque resta lastre.
- Perlita. Airea muy bien, pero flota y termina toda en la superficie tras varios riegos. Mejor combinada con algo más pesado.
- Zeolita, akadama o gravilla silícea. Opciones de colección, más caras, con buen comportamiento y larga duración.
Dos que conviene evitar. La arena de playa lleva sal y no se limpia bien lavándola en casa. Y la vermiculita retiene demasiada agua para lo que buscamos aquí, por muy recomendada que esté para semilleros.
Qué material orgánico usar
La turba rubia es lo habitual y funciona, con una pega conocida: cuando se seca del todo se vuelve hidrófoba y el agua le resbala sin mojarla, de modo que riegas, ves salir agua por el desagüe y la planta sigue seca. La fibra de coco no tiene ese problema y se rehidrata bien, así que en climas de verano largo y seco, que es medio país, suele dar mejor resultado.
El mantillo o compost bien hecho y tamizado también sirve, en proporción pequeña, y aporta algo de nutrición de fondo. Lo que no conviene es tierra de jardín tal cual, sobre todo si es arcillosa: en maceta se compacta y no vuelve a soltar aire.
El humus de lombriz es un buen añadido, pero en cantidad muy pequeña. Es rico y las cactáceas no lo necesitan.
El caso aparte: los cactus de selva
El cactus de Navidad (Schlumbergera), Epiphyllum, Rhipsalis, Hatiora y compañía no son plantas de desierto. En su hábitat crecen sobre ramas de árboles, con las raíces entre musgo y hojarasca, en ambiente húmedo y con sombra. Aplicarles un sustrato de desierto es un error tan grande como el contrario.
Para ellos la mezcla se invierte: mayoría de parte orgánica, con corteza de pino troceada o fibra de coco en trozo grueso para dar aireación, y una parte menor de material mineral. La textura de referencia es la de un sustrato de orquídeas terrestres, más que la de un cactus. Y el riego también es distinto: se mantienen más frescos, sin llegar a encharcarse nunca.
La capa de grava del fondo no sirve
Es la costumbre más extendida y no funciona. Poner arlita o piedras en el fondo de la maceta no mejora el drenaje, lo empeora. La razón es física: en el límite entre dos materiales de porosidad muy distinta el agua no pasa hasta que la capa superior está saturada, así que la franja de sustrato que queda justo encima de la grava permanece encharcada, y encima has perdido volumen útil de maceta.
Lo que sí resuelve el drenaje es que el sustrato entero drene y que la maceta tenga agujeros suficientes, ni tapados por la etiqueta ni obstruidos por raíces viejas. Si la maceta va sobre plato, el plato se vacía después de regar, siempre.
Cómo preparar la mezcla
El proceso es corto y conviene hacerlo bien una vez, porque el sustrato dura años.
- Tamiza el material mineral para quitarle el polvo fino, y lávalo si viene sucio. Ese polvo es lo que después colmata los poros.
- Mezcla en seco, en un barreño, hasta que el conjunto tenga un aspecto homogéneo y no queden bolsas de un solo componente.
- Humedece ligeramente antes de plantar, sobre todo si lleva turba, y remueve. La mezcla debe quedar apenas húmeda al tacto: si al apretar un puñado escurre agua, te has pasado.
- Trasplanta con el cepellón seco y no riegues hasta pasados varios días, para que las raicillas rotas cicatricen.
No hace falta esterilizar nada para un cultivo doméstico normal. Si usas compost casero puede que aparezcan mosquitos del sustrato o alguna hierba, molesto pero no grave, y una capa de grava en superficie reduce mucho ambas cosas.
Acabado y mantenimiento
Rematar la superficie con una capa fina de gravilla o pómez es un detalle que aporta más de lo que parece. Mantiene seco el cuello de la planta, que es justo el punto por donde empiezan la mayoría de las pudriciones; evita que el riego salpique tierra sobre el tallo; frena la aparición de musgo y algas; y sujeta las plantas pequeñas.
Sobre el agua de riego, una advertencia para buena parte del país. En el este y el sur peninsular el agua del grifo es dura, y con los años deja costra blanca en la superficie y sube el pH del sustrato. A muchos cactus la caliza no les molesta, porque en su hábitat crecen sobre suelos calizos, pero la acumulación en un volumen pequeño de maceta sí acaba notándose. Recoger agua de lluvia cuando se pueda es la solución sencilla.
El sustrato no se abona al prepararlo. Los cactus necesitan poco y lo que necesitan se aporta durante la temporada de crecimiento, con un abono específico bajo en nitrógeno, siguiendo lo que indique el envase. En invierno no se abona.
Por último, el sustrato se renueva. Al cabo de dos o tres años la parte orgánica se ha descompuesto, la mezcla se ha compactado y drena mucho peor que el primer día, aunque a simple vista parezca la misma. Ese es el momento de cambiar la maceta y hacer mezcla nueva, siempre en primavera.
En resumen
Una tierra para cactus se prepara mezclando material mineral grueso con una base orgánica, mitad y mitad como punto de partida, subiendo la parte mineral en especies de desierto y bajándola en los cactus epífitos de selva, que necesitan justo lo contrario. Importa tanto la proporción como el tamaño de grano: partículas gruesas y uniformes, sin polvo.
Olvida la capa de grava del fondo, que no drena nada, y concéntrate en que drene el sustrato entero y en que la maceta desagüe de verdad. Remata con una capa de gravilla en superficie, no metas abono en la mezcla y renueva el sustrato cada dos o tres años, cuando ya se haya compactado.