La palabra "raro" aplicada a un cactus significa dos cosas que conviene no mezclar. Una es rareza de forma: plantas con cristaciones, monstruosidades o siluetas que no parecen cactus. La otra es rareza de verdad, la de especies que en su hábitat ocupan un valle, una ladera o un afloramiento de yeso y en ningún sitio más. Las primeras se compran sin más problema que el precio. Las segundas están protegidas, y ahí la pregunta importante no es cuál quieres sino de dónde sale la que te venden.
La respuesta corta al "dónde encontrarlos" es esta: vivero especializado en cactáceas, con planta reproducida artificialmente y documentación que lo acredite. Nunca recolección en el campo, nunca compraventa entre particulares por redes sociales o aplicaciones de segunda mano, y mucha desconfianza con la planta adulta que aparece barata y con aspecto de haber vivido muchos años fuera de una maceta. Toda la familia de los cactus está incluida en CITES, y buena parte de los géneros que salen en esta lista están en el nivel más estricto.
Toda la familia está en CITES, y algunos géneros en el Apéndice I
Las cactáceas figuran completas en el Apéndice II del Convenio CITES, que regula el comercio internacional de especies amenazadas. Dentro de la Unión Europea se aplica a través del Reglamento (CE) n.º 338/97, relativo a la protección de especies de la fauna y flora silvestres mediante el control de su comercio. Un grupo de géneros mexicanos, casi todos de crecimiento lentísimo y área de distribución diminuta, está además en el Apéndice I, el de las especies en peligro: entre ellos Ariocarpus, Aztekium, Obregonia, Strombocactus, Turbinicarpus, Pelecyphora, Discocactus y Astrophytum asterias.
Eso no quiere decir que no puedas tenerlos. Quiere decir que la planta legal es la reproducida artificialmente en vivero y acompañada de su documentación, y que la ilegal es la arrancada del campo. La anotación de la familia en los apéndices deja fuera, además, algunos cultivares muy comerciales reproducidos artificialmente, como las bolas de color injertadas de Gymnocalycium mihanovichii, los cultivares de Schlumbergera o los de Opuntia microdasys: esos los compras en cualquier garden sin más trámite.
El expolio es un problema real y no teórico. Varias de las especies de esta lista han perdido poblaciones enteras a manos de coleccionistas, y una planta de Ariocarpus del tamaño de un puño puede llevar décadas creciendo. Si un vendedor particular no sabe decirte de qué semilla salió ni quién la sembró, no la compres.
1. Blossfeldia liliputana
El cactus más pequeño que se conoce. Sus tallos son discos aplanados, sin espinas ni costillas, de pocos milímetros a un par de centímetros, que crecen agrietados en paredes rocosas de los Andes de Bolivia y Argentina, muchas veces cerca de la humedad de un salto de agua. Sobre sus propias raíces crece tan despacio que la mayoría de los ejemplares que circulan están injertados sobre un patrón más vigoroso.
2. Ariocarpus retusus
No parece un cactus. Es una roseta de tubérculos triangulares, duros y grises, pegada al suelo, sin espinas, con una raíz napiforme que se hunde bastante más de lo que abulta la planta. Vive en el desierto chihuahuense, en México, sobre suelos calizos, y florece en otoño con flores blancas o rosadas que salen del centro lanoso. Crece muy despacio y no perdona el exceso de riego: el sustrato tiene que ser mineral y muy drenante, y el invierno completamente seco.
3. Aztekium ritteri
Uno de los cactus más peculiares que existen. Sus costillas están cruzadas por surcos horizontales que le dan una textura arrugada, casi de piedra tallada, y de ahí el nombre. En la naturaleza ocupa un área muy reducida en Nuevo León, México, creciendo sobre paredes de yeso y pizarra casi verticales. Es de crecimiento extremadamente lento, hasta el punto de que también se cultiva injertado con frecuencia.
4. Obregonia denegrii
Un género de una sola especie, restringido al valle de Jaumave, en Tamaulipas. Sus tubérculos triangulares se disponen en espiral y se solapan como las brácteas de una alcachofa, con una areola lanuda en la punta de cada uno, y florece en blanco desde el ápice.
5. Strombocactus disciformis
Otro endemismo mexicano de distribución mínima, ligado a los paredones calizos del cañón del río Moctezuma. Tiene forma de peonza aplanada, con tubérculos romboidales y espinas que se caen en los ejemplares viejos. Produce unas de las semillas más pequeñas de la familia, lo que complica su reproducción y explica parte de la presión que ha sufrido en el campo.
6. Turbinicarpus alonsoi
Se describió en 1996, lo que da idea de lo escondido que estaba: una sola zona de Guanajuato. Es pequeño, solitario, con tubérculos triangulares grandes y aplanados y flores magenta que salen del ápice lanoso. Todo el género está en el Apéndice I. Conviene saber que trabajos recientes proponen incluir Turbinicarpus dentro de Pelecyphora, de modo que puedes encontrarlo etiquetado de las dos formas.
7. Pelecyphora aselliformis
Llamado peyotillo en San Luis Potosí, aunque no tiene nada que ver con el peyote más allá del parecido de silueta. Su rasgo distintivo son los tubérculos aplanados lateralmente, con areolas alargadas y espinas pectinadas que recuerdan a una cochinilla de la humedad vista de cerca, que es exactamente lo que significa su nombre específico.
8. Melocactus matanzanus
Es el melocactus más pequeño, de la provincia cubana de Matanzas. Lo llamativo llega con la madurez: el ápice deja de crecer en vegetativo y forma un cefalio, una especie de gorro compacto de lana y cerdas de color rojizo del que salen después las flores y unos frutos rosados. Ese cefalio no se puede acelerar y tampoco vuelve atrás. Es un cactus claramente friolero, de origen tropical, así que en España quiere invernada cálida y seca, no un alféizar helado.
9. Echinocereus rigidissimus subsp. rubispinus
El cactus arcoíris. Sus espinas son pectinadas, pegadas al cuerpo como un peine, y se disponen en bandas de color que van del rosa intenso al blanquecino según la época en que crecieron, de manera que el tallo queda a rayas horizontales. Es de Chihuahua y Sonora. Florece a finales de primavera con flores magenta de garganta blanca, muy grandes para el tamaño de la planta.
10. Espostoa lanata
Columnar de los valles secos de Perú y Ecuador, cubierto por completo de una lana blanca que oculta las espinas y que en su tierra le sirve de protección frente a la radiación y el frío nocturno de altura. Al llegar a la madurez desarrolla un cefalio lateral, una franja de lana más densa en un costado del tallo, del que brotan flores nocturnas.
11. Lepismium cruciforme
Aquí cambia todo. Es un cactus epífito del sur de Brasil, Paraguay y el norte de Argentina, de tallos colgantes con sección triangular o alada y areolas con una lanilla blanca. A pleno sol se tiñe de púrpura. Como vive sobre ramas y no en arena, se cuida al revés que los anteriores: sustrato aireado con corteza, luz tamizada y riego regular en crecimiento, sin dejar que el cepellón se seque del todo durante semanas.
12. Myrtillocactus geometrizans f. cristata
La especie normal es el garambullo mexicano, un columnar azul glauco cuyos frutos se comen. La forma crestada convierte esas columnas en abanicos ondulados que se amontonan, y con el color ceroso azulado el resultado es difícil de confundir. No es una especie distinta ni un híbrido: es la misma planta con el punto de crecimiento fasciado, una anomalía que se propaga por esqueje o injerto porque no se transmite por semilla.
13. Pachycereus schottii f. monstruosa
Lo verás también como Lophocereus schottii, que es el nombre antiguo. La forma monstruosa, conocida como cactus tótem, pierde las costillas y las espinas y queda como una columna de tubérculos redondeados, lisa al tacto. La monstruosidad no es lo mismo que la cristación: en vez de alargar el meristemo en una línea, multiplica puntos de crecimiento por todo el tallo.Es un clon de Baja California y se propaga solo por esqueje.
Las cristaciones no son especies raras
Tres de los que salen arriba son crestados o monstruosos, y conviene tener claro qué son. La cristación es una fasciación: el punto de crecimiento, que normalmente es un punto, se convierte en una línea, y el tallo crece en abanico. Aparece de forma espontánea y no se hereda, de manera que sembrar semillas de una planta crestada da plantas normales. Por eso todas las crestadas del mercado salen de esqueje o de injerto sobre un patrón, y por eso son caras sin ser especies amenazadas.
Uno que te van a vender como raro y no lo es
La aguja de Eva, Austrocylindropuntia subulata, aparece en muchas listas de cactus raros por su aspecto de columna con hojitas cilíndricas pegadas. De raro no tiene nada: crece rápido, arraiga de cualquier trozo que caiga al suelo y en el litoral mediterráneo y en Canarias está naturalizada y se comporta como invasora. Si la plantas en el jardín, hazlo sabiendo eso, y no tires nunca los restos de poda al monte ni al contenedor de orgánica del campo.
En resumen
Un cactus raro puede serlo por su forma o por su situación en la naturaleza, y la diferencia cambia por completo cómo se compra. Las cristaciones y las formas monstruosas son caprichos de crecimiento que se multiplican por esqueje e injerto: cuestan dinero, no problemas. Los Ariocarpus, Aztekium, Obregonia, Strombocactus, Turbinicarpus y compañía son endemismos mexicanos con áreas mínimas, protegidos por el Apéndice I de CITES y aplicados en la Unión Europea mediante el Reglamento (CE) n.º 338/97.
Con esos, la regla es simple y no admite excusas: vivero especializado que pueda acreditar que la planta es de reproducción artificial, y nada de comprar ejemplares adultos a particulares por internet. Y una vez en casa, casi todos piden lo mismo: sustrato mineral muy drenante, sol, poca agua y un invierno seco. La excepción son los epífitos como el Lepismium, que quieren justo lo contrario.