En un robledal gallego, en un hayedo navarro o en el borde de una corredoira asturiana crece sin que nadie la plante una trepadora de tallos flexibles que se enreda en el avellano y saca al sol ramilletes de flores largas. Es Lonicera periclymenum, la madreselva de los bosques, y su condición de planta autóctona del cuadrante norte y oeste peninsular explica casi todo lo que hace -y lo que no hace- cuando se lleva al jardín.
Una planta de bosque atlántico
Su área natural cubre casi toda Europa occidental, desde el sur de Escandinavia hasta el norte de Marruecos. En España vive en Galicia, la cornisa cantábrica, el Pirineo, el Sistema Central y buena parte de Portugal, siempre en ambientes de humedad atmosférica alta y suelo que no se seca del todo en verano: setos vivos, orlas de robledal, bosques de ribera, brezales húmedos. Sube hasta unos 1.600 metros en las montañas del norte.
Es una liana caducifolia, cosa que la separa de su prima mediterránea. Pierde la hoja en noviembre y rebrota en marzo, y en inviernos suaves del litoral atlántico puede conservar parte del follaje. Los tallos jóvenes son verdosos o rojizos y algo pelosos; los viejos se lignifican, se descortezan en tiras y forman una estructura leñosa que aguanta décadas. Alcanza sin problema los seis o siete metros si tiene dónde agarrarse.
Las hojas son ovales, de tres a siete centímetros, opuestas, de verde apagado por el haz y algo glaucas por el envés, y -detalle diagnóstico- todas van libres, con peciolo corto, incluidas las del extremo del tallo. Ninguna pareja se suelda alrededor del tallo. Es la manera rápida de distinguirla de Lonicera implexa y de Lonicera caprifolium, que sí tienen ese disco de hojas soldadas.
Cómo trepa y qué le hace al soporte
No tiene zarcillos, ni ventosas, ni raíces adventicias. Trepa enrollando el tallo entero alrededor de lo que encuentra, siempre en el mismo sentido -dextrógiro, en el sentido de las agujas del reloj visto desde arriba-, y el crecimiento apical va describiendo círculos en el aire hasta topar con algo lo bastante fino para abrazarlo. Prefiere soportes de menos de cinco o seis centímetros de diámetro; un tronco grueso no lo puede rodear y lo desecha.
La consecuencia se ve en el campo con facilidad. Cuando la madreselva se enrolla sobre el tallo joven de un avellano, un fresno o un espino, ese tallo sigue engrosando por debajo de la espira y la madreselva no cede. El resultado es un surco helicoidal grabado en la madera, con el tallo deformado en tirabuzón. Los bastones de paseo con la vara retorcida que se ven en las ferias del norte salen precisamente de ahí: se busca un vástago que haya crecido con una madreselva encima. En jardín, esa misma fuerza estrangula un rosal joven, un frutal recién plantado o el tutor de un arbolito, y en pocos años lo puede matar.
La lectura práctica es sencilla. Si la idea es que suba por una pérgola, una malla metálica, una barandilla o un alambre tensado, no hay ningún inconveniente: se enrolla y se sujeta sola, sin necesidad de atarla, y no toca la fábrica del muro. Si va a compartir espacio con arbustos u árboles jóvenes, hay que vigilar dónde se mete y liberar a tiempo lo que empiece a abrazar. Los sistemas de sujeción están tratados aparte en el artículo sobre colocación de enredaderas.
Suelo fresco y pie a la sombra
Aquí se juega la partida. La madreselva de los bosques quiere el mismo reparto de luz que tiene en su hábitat: la base sombreada y fresca, la parte alta al sol o a media sombra. En el bosque la raíz vive bajo la hojarasca, protegida de la insolación directa, mientras la guía se abre paso hasta el claro. Reproducir eso en el jardín es la diferencia entre una planta que florece a chorros y una que se pasa el verano con las hojas gachas.
En la práctica significa plantarla en el lado umbrío del soporte, o al pie de un arbusto bajo, o cubrir el metro cuadrado del pie con una lavanda, unas hostas o simplemente con un acolchado de corteza de pino de cinco centímetros. No plantarla nunca en el pie de un muro a poniente sin sombrear la base.
El suelo debe ser profundo, rico en materia orgánica y capaz de retener humedad sin encharcar. Prefiere reacción neutra o ligeramente ácida, entre pH 5,5 y 7. En suelos calizos duros amarillea por clorosis férrica, y en tierras arenosas y sueltas sufre en cuanto aprieta el calor. Un aporte de compost bien hecho en la plantación y otro cada primavera al pie le va perfectamente.
Del riego depende todo lo demás: necesita agua regular en verano y no tolera la sequía prolongada, ni siquiera adulta. En clima atlántico se apaña con la lluvia y algún riego en agosto; en Madrid, en el valle del Ebro o en Andalucía hay que regarla en serio de junio a septiembre, y aun así lo pasará mal en una exposición dura. Para esos climas la alternativa razonable es la especie mediterránea.
De frío no hay que preocuparse: resiste sin daño hasta unos -25 °C, lo que la deja cómoda en cualquier punto de la Península, incluida la meseta norte y la alta montaña.
Floración larga y dos cultivares que la alargan más
La especie tipo florece de junio a septiembre, y en algunos años llega a octubre. Los ramilletes terminales reúnen entre ocho y veinte flores de tres a cinco centímetros, blanco crema por dentro y teñidas de púrpura o rojo vinoso por fuera. El perfume, que es la razón por la que se planta, arranca al atardecer y llena un patio entero.
Dos cultivares antiguos se han quedado en el catálogo con razón, y a menudo se venden con nombres cruzados:
'Serotina', la llamada madreselva tardía, tiene el exterior de la corola de un púrpura oscuro muy marcado que contrasta con el interior crema, y florece más tarde y durante más tiempo: de julio hasta bien entrado octubre en clima suave. Es la elección cuando se quiere flor en la segunda mitad del verano.
'Belgica', la madreselva temprana, adelanta la floración a mayo-junio, con la flor más rojiza y compacta, y suele dar una segunda tanda menor a finales de verano si se le quita la flor pasada. Plantadas las dos juntas cubren de mayo a octubre sin interrupción.
La poda es poca cosa y va después de florecer, o a finales de invierno si se prefiere: se quita la madera seca, se aclara la maraña interior para que entre luz y aire, y se acortan las guías que se salen del soporte. Cada cinco o seis años conviene un rejuvenecimiento más franco, cortando un tercio de los tallos viejos a un palmo del suelo, porque con la edad se apelmaza arriba y se queda pelada abajo.
Oídio y pulgón, los dos problemas de siempre
Esta especie es sana, pero tiene dos visitantes fijos que aparecen todos los años en cuanto las condiciones acompañan.
El oídio se manifiesta como un polvillo blanco harinoso sobre el haz de las hojas, que después se abarquillan, amarillean y caen prematuramente. Es el hongo típico del final del verano, y lo dispara la combinación de calor seco de día, humedad nocturna alta y mata cerrada sin ventilación. Rara vez mata a la planta, pero la deja fea desde agosto. Se previene sobre todo con aire: aclarar la vegetación interna, no plantarla en un rincón sin corriente, no mojar el follaje al regar y regar por la mañana. Si el suelo se seca, el oídio va a peor, así que el acolchado ayuda. Las hojas caídas se retiran, porque el inóculo pasa el invierno en ellas.
El pulgón ataca las guías tiernas y los botones florales en primavera, deformándolos y dejando melaza sobre la que después crece negrilla. La madreselva es especialmente golosa para Hyadaphis y otros áfidos. Una mata bien situada con vecindad de plantas melíferas suele resolverlo sola: mariquitas, sírfidos y crisopas acuden si no se ha fumigado a lo bruto. Un exceso de abono nitrogenado, que provoca brotación blanda y aguada, es el mejor aliado del pulgón, así que conviene contenerse con el fertilizante. El tratamiento y los umbrales generales están en el artículo de plagas en trepadoras.
Los frutos rojos que siguen a la flor no se comen, como en el resto del género -el detalle está explicado en el artículo general de la madreselva-, y las aves los agradecen en otoño.
En resumen
Lonicera periclymenum es la madreselva autóctona del norte y oeste peninsular: caduca, de hasta seis o siete metros, con todas las hojas libres y una floración perfumada de junio a septiembre. Trepa enrollando el tallo, con fuerza suficiente para grabar espirales en los vástagos jóvenes por los que sube y para estrangularlos, así que va sobre estructura y no sobre arbustos jóvenes. Pide suelo profundo y fresco, reacción neutra o ácida, riego de verano y pie a la sombra; en el interior seco lo pasa mal. 'Serotina' alarga la flor hasta octubre y 'Belgica' la adelanta a mayo. Oídio en verano y pulgón en primavera son sus dos problemas recurrentes, y ambos se atajan más con ventilación y moderación en el abonado que con productos.