La tibouchina es un arbusto brasileño de la familia de las melastomatáceas cultivado por una sola razón, y es razón suficiente: sus flores. Son grandes, de cinco pétalos aterciopelados, de un violeta púrpura saturado que pocas plantas de jardín alcanzan, y salen de forma continuada durante meses, en pleno verano y hasta bien entrado el invierno en climas suaves. En los catálogos aparece indistintamente como Tibouchina urvilleana y Tibouchina semidecandra, y también como flor de araña o gloria del monte. Conviene saber, además, que en las clasificaciones botánicas recientes buena parte de las especies de este género se han transferido al género Pleroma, de modo que la misma planta puede aparecer etiquetada de una u otra forma.
Lo que la separa del resto de arbustos de flor grande es el detalle del centro de la flor: unos estambres largos, curvados y de color púrpura, con anteras articuladas que parecen patas de araña asomando sobre los pétalos. De ahí el nombre popular. El follaje acompaña: hojas opuestas, ovales, cubiertas de un vello corto que las hace aterciopeladas al tacto, con tres a siete nervios longitudinales muy marcados que recorren la hoja de la base a la punta en lugar de ramificarse como en la mayoría de las plantas. Esa nervadura curva y paralela es el rasgo que identifica a toda la familia.
Cómo reconocerla
Forma un arbusto de porte medio, erguido y algo desgarbado si no se poda, con ramas jóvenes cuadrangulares y cubiertas de pelos rojizos. Con los años puede llegar a ser un arbusto grande o un pequeño árbol en las zonas donde el clima le permite crecer sin cortapisas, aunque en cultivo se mantiene mucho más bajo por poda.
Las hojas viejas suelen virar a tonos rojizos o anaranjados antes de caer, lo que da a la planta un punteado de color permanente. En climas templados conserva casi todo el follaje y se comporta como perenne; en zonas con inviernos frescos pierde parte y actúa como semiperenne.
La floración se produce en el extremo de los brotes nuevos, en pequeños grupos, y va abriendo escalonadamente. Cada flor dura poco, uno o dos días, pero la sucesión es continua, y ese es el motivo de que la planta parezca florecida durante meses seguidos. Los botones, envueltos en brácteas rojizas y peludas, son decorativos por sí mismos.
Dónde plantarla en España
Es una planta subtropical y ese es su límite. No tolera las heladas: un frío intenso quema el follaje y los brotes, y una helada seria puede matarla. En la práctica, se cultiva al aire libre y sin protección en Canarias y en las zonas más benignas del litoral, la costa de Málaga y Granada, la provincia de Cádiz, el sur de Alicante y Murcia, y puntos abrigados de la costa levantina y del litoral atlántico gallego con microclima favorable.
Fuera de esas zonas, es una planta de maceta que pasa el invierno protegida, en galería, invernadero frío o interior muy luminoso y fresco, y sale al exterior en cuanto pasa el riesgo de heladas. Cultivada así rinde perfectamente, y de hecho es como se ve en la mayor parte del país.
Quiere mucha luz pero no sol directo abrasador. En el interior peninsular y en el sur, el sol de mediodía y tarde en verano le quema las hojas y le acorta la vida de las flores. La posición ideal es sol de mañana y sombra ligera en las horas centrales, o luz filtrada bajo árboles de copa alta. También agradece resguardo del viento fuerte, que estropea con facilidad el follaje aterciopelado y las flores.
Suelo y riego
Necesita un sustrato ligero, fresco, rico en materia orgánica y con muy buen drenaje. Y necesita que sea ácido: es una planta calcífuga y en suelo calizo o regada con agua dura desarrolla clorosis férrica con rapidez, con hojas amarillas de nervios verdes y crecimiento detenido. En la mayor parte de España esto significa cultivarla en maceta con sustrato de plantas acidófilas y regar con agua de lluvia o poco mineralizada siempre que se pueda.
El riego ha de ser frecuente en verano, manteniendo el sustrato húmedo sin llegar a encharcar. Es una planta de mucha superficie foliar y transpira bastante: en una terraza cálida de julio puede necesitar riego diario. En invierno se reduce claramente, sobre todo si la planta está resguardada y no crece.
Agradece humedad ambiental. En ambientes secos conviene agruparla con otras plantas, colocarla sobre grava húmeda o situarla donde el aire no sea tan seco, porque de lo contrario la araña roja aparece sin falta.
Durante la temporada de crecimiento y floración responde muy bien a un abonado quincenal con fertilizante para plantas de flor de reacción ácida.
Poda
La poda es indispensable, porque sin ella la planta se espiga, se queda desnuda por abajo y concentra la flor en la punta de unas pocas ramas largas y desgarbadas.
Florece sobre los brotes del año, así que se poda al final del invierno o al empezar la primavera, antes de la brotación, sin miedo: se rebajan las ramas para dar forma y se aclaran las que estén cruzadas, débiles o mal orientadas. Cuanto más se ramifique la planta, más puntos de floración tendrá.
Durante la temporada, despuntar los brotes jóvenes en los ejemplares nuevos ayuda a formar una mata compacta desde el principio. Retirar las flores marchitas mantiene mejor aspecto y favorece la continuidad de la floración.
Plagas y problemas frecuentes
El problema más común no es una plaga sino la clorosis por caliza en el sustrato o en el agua de riego. Es el diagnóstico que hay que descartar primero ante un ejemplar amarillento y parado.
Entre las plagas, la araña roja es la principal en ambientes cálidos y secos, y deja el envés con un punteado fino y telarañas apenas visibles. La mosca blanca y el pulgón atacan los brotes tiernos, y la cochinilla algodonosa se instala en las axilas de las hojas de plantas resguardadas y poco ventiladas, sobre todo en invernaderos e interiores.
La caída brusca de botones florales suele indicar un cambio fuerte de condiciones: una corriente fría, un trasplante reciente, un golpe de sequía o un cambio de ubicación. Las hojas quemadas por los bordes apuntan a sol excesivo o a agua con demasiadas sales.
Multiplicación
Por esqueje de brote semileñoso tomado en primavera o principios de verano, de unos diez centímetros, retirando las hojas inferiores y reduciendo a la mitad las superiores para limitar la transpiración. Necesita ambiente muy húmedo y, si es posible, calor de fondo. Enraíza bien y las plantas jóvenes crecen rápido, con lo que en una sola temporada se obtiene un ejemplar presentable.
Usos en el jardín
En clima adecuado es un arbusto de flor para plantar aislado, donde se vea entero, o en grupo al fondo de un macizo protegido. Su color violeta intenso resulta difícil de combinar y funciona mejor sobre fondos verdes neutros que junto a otras flores llamativas.
El uso más extendido en España, sin embargo, es en maceta grande de terraza o patio, donde su larguísima floración de verano y otoño compensa el trabajo de invernarla. Un ejemplar bien podado y de porte compacto en una maceta de treinta o cuarenta centímetros da flor durante media temporada. También se cultiva conducida contra un muro cálido y resguardado, aprovechando el calor acumulado por la pared en las zonas donde el invierno es límite.
En resumen
La tibouchina es un arbusto subtropical brasileño de flores violeta grandes y aterciopeladas, con estambres curvados muy característicos, y una floración que se extiende del verano al invierno. Sus hojas de nervadura paralela y tacto de terciopelo la identifican incluso sin flor.
Es planta exigente pero no difícil, siempre que se respeten sus tres condiciones: nada de heladas, sustrato ácido y bien drenado con riego frecuente en verano, y mucha luz sin sol directo abrasador. Al aire libre solo prospera en Canarias y en los litorales más templados; en el resto de España se lleva en maceta y se protege en invierno. La poda de final de invierno, sobre madera nueva, es lo que marca la diferencia entre una planta compacta y cuajada de flor y un arbusto largo y desnudo.