Temperatura media o baja
Pleno sol
Cualquier sustrato, bien drenado
Riego moderado
Hoja caduca
Flor: abril-junio

La celinda (Philadelphus coronarius) es un arbusto caducifolio de la familia Hydrangeaceae que se cultiva por una sola cosa: el perfume de sus flores. Durante unas semanas de finales de primavera se cubre de flores blancas de cuatro pétalos, con un ramillete de estambres amarillos en el centro, y desprende un aroma dulce y penetrante que recuerda al del azahar. De ahí que en muchos jardines se la llame jeringuilla o naranjo de México, dos nombres que se prestan a confusión porque el segundo corresponde en realidad a Choisya ternata, una planta distinta.

Lo que la distingue de otros arbustos de flor blanca es la combinación de rusticidad y perfume. Aguanta el frío del invierno continental sin protección, se conforma con casi cualquier suelo mientras drene y no exige un riego constante una vez asentada. Fuera de la floración es un arbusto discreto, de ramas arqueadas y hoja verde media, sin color de otoño memorable. Esa es la contrapartida: once meses de fondo verde a cambio de tres o cuatro semanas de un aroma que se nota desde el otro extremo del jardín.

Cómo reconocerla

Forma una mata densa de ramas erguidas que se arquean con el peso de la floración, con un porte medio que suele quedar en torno a los dos o tres metros de alto y una anchura parecida. La corteza de las ramas viejas se exfolia en tiras finas de color pardo claro, un detalle útil para identificarla en invierno, cuando está desnuda.

Las hojas son opuestas, ovadas, terminadas en punta, con el borde ligeramente dentado y nervadura marcada. Miden entre cuatro y ocho centímetros y tienen un verde mate, sin brillo. Las flores nacen en racimos cortos en el extremo de los brotes del año anterior, tienen cuatro pétalos blancos que se solapan y un centro de estambres amarillos. El perfume es el rasgo definitivo: ninguna otra planta de jardín común huele exactamente así.

Conviene no confundirla con las deutzias, que florecen en la misma época y con flores blancas de tamaño parecido. Las deutzias tienen cinco pétalos y apenas huelen; la celinda tiene cuatro y se huele antes de verse.

Dónde y cómo plantarla

La celinda florece mejor a pleno sol. En semisombra sobrevive perfectamente, pero la floración se aclara y las ramas se estiran buscando la luz. En el centro y el norte peninsular se puede plantar a sol directo sin reservas. En el sur y en el litoral mediterráneo agradece que le dé sombra en las horas centrales de julio y agosto, sobre todo si el suelo es pobre y se seca rápido.

El sustrato no es un problema. Vive en suelos francos, arcillosos y arenosos, ácidos o calizos, siempre que el agua no se quede parada en la raíz. Es de las pocas plantas de floración vistosa que tolera bien el suelo calizo español sin dar clorosis, lo que la convierte en una alternativa razonable donde las azaleas y las camelias no son viables.

La mejor época de plantación es el otoño, de octubre a diciembre, para que la raíz se instale con las lluvias antes del primer verano. En clima frío también funciona a finales de invierno. Al plantar conviene abrir un hoyo generoso, aflojar el fondo, mezclar compost maduro con la tierra extraída y dejar el cuello de la planta a ras de suelo. Un acolchado de corteza o de restos de poda triturados mantiene la humedad y ahorra escardas.

Como no es un arbusto de silueta lucida, se aprovecha mejor en segundo plano: en un seto informal, en el fondo de un macizo mixto o cerca de una ventana, una terraza o un paso donde el perfume se aproveche. Plantarla en el rincón más alejado del jardín es desperdiciarla.

Riego y sustrato

El riego moderado que indica la ficha significa exactamente eso: agua suficiente para que la tierra no llegue a secarse del todo en el periodo de crecimiento, y nada más. Los dos primeros veranos son los que cuentan, porque la raíz aún no ha explorado el suelo. En ese periodo, un riego semanal abundante, mojando en profundidad en lugar de dar salpicaduras diarias, basta en la mayoría de los climas.

A partir del tercer año, un ejemplar bien plantado en el norte y en buena parte de la meseta se mantiene con la lluvia y algún riego de apoyo en los picos de calor. En el sur y en zonas de verano largo y seco necesita riegos de refuerzo para no perder hoja en agosto, aunque la defoliación estival no suele ser mortal: rebrota en otoño o en la primavera siguiente.

Lo que no perdona es el encharcamiento. En suelo pesado y compactado, un riego generoso en invierno puede pudrirle el cuello. En esos terrenos conviene plantar en caballón o mejorar el drenaje con arena gruesa y materia orgánica antes que confiar en el riego.

Un aporte anual de compost o de estiércol bien hecho en la base, extendido a finales de invierno, cubre sus necesidades de nutrientes. Los abonos ricos en nitrógeno le sientan mal: producen brotes largos y blandos, y menos flor.

Poda

Este es el punto donde más celindas se estropean. Florece sobre la madera del año anterior, así que una poda de invierno, hecha con la mejor intención, se lleva por delante toda la floración de la primavera siguiente.

La poda correcta se hace justo después de florecer, en junio o julio según la zona. Se cortan las ramas que acaban de dar flor por encima de un brote joven bien orientado, y se aprovecha para eliminar las ramas secas, cruzadas o dañadas. Con eso la planta dispone de todo el verano para producir la madera que florecerá al año siguiente.

Cada tres o cuatro años conviene una poda de rejuvenecimiento: cortar a ras de suelo una cuarta parte de las ramas más viejas, las de corteza exfoliada y menor floración, para forzar brotes nuevos desde la base. Es un arbusto que responde bien a esta renovación gradual y que, si se abandona, tiende a hacerse un armazón leñoso hueco por dentro con la flor solo en la periferia.

Los ejemplares muy descuidados admiten una poda severa, dejando la mata a unos treinta centímetros del suelo a finales de invierno. Rebrota con fuerza, pero se pierde la floración de esa temporada y a veces la de la siguiente.

Plagas y problemas frecuentes

Es un arbusto sano y sin plagas específicas graves. Lo más habitual son los pulgones en la punta de los brotes tiernos de primavera, que deforman las hojas nuevas. En una planta establecida casi nunca merece la pena tratarlos: la fauna auxiliar los controla en pocas semanas.

El oídio puede aparecer a finales de verano como un polvillo blanco en las hojas, sobre todo en ejemplares plantados en sitios cerrados y sin ventilación, o con exceso de riego por aspersión sobre la hoja. Airear la mata con la poda y regar al pie, no por encima, resuelve casi todos los casos.

La falta de floración casi siempre tiene una de estas tres causas: poda en el momento equivocado, sombra excesiva o abonado nitrogenado de más. Antes de buscar plagas conviene revisar esas tres cosas.

Multiplicación

Se multiplica con facilidad por esqueje, que es la vía sensata para conservar un ejemplar concreto. Los esquejes semileñosos se toman en verano, tras la floración, con brotes del año de unos quince centímetros, quitando las hojas de la mitad inferior y dejando dos o tres arriba. Enraízan en una mezcla de turba y perlita, en sombra y con ambiente húmedo.

Los esquejes leñosos, tomados en invierno de madera ya endurecida y clavados directamente en un bancal protegido, también funcionan y no exigen ningún equipo. Son más lentos, pero se hacen en cantidad y sin cuidados.

El acodo de las ramas bajas y la división de los rebrotes de la base son alternativas simples cuando solo se quiere una o dos plantas nuevas. La siembra es posible, pero da plantas desiguales y tarda años en dar flor, así que solo tiene sentido para quien busque variabilidad.

Usos en el jardín y variedades

Funciona bien en setos informales mezclada con otros arbustos de floración escalonada, en macizos de fondo y como pantalla estacional. La sombra ligera que da en verano permite plantar bulbos y vivaces de media sombra a sus pies, que además tapan la base leñosa.

Del género se cultivan bastantes híbridos, muchos de ellos agrupados bajo el nombre comercial de celindas de jardín, seleccionados por flor doble, por porte compacto o por follaje dorado. Los de porte reducido son los más útiles en jardines pequeños y en macetones grandes de terraza, donde la especie tipo se queda grande. Antes de comprar conviene mirar la altura final indicada en la etiqueta, porque la diferencia entre unas selecciones y otras es considerable.

En resumen

La celinda es un arbusto caducifolio rústico, poco exigente en suelo y en riego, que se planta por el perfume de su floración blanca de finales de primavera. Tolera el calizo, aguanta el frío y se conforma con riegos moderados una vez establecida, lo que la hace apta para casi toda la Península salvo en las situaciones más áridas sin riego de apoyo.

La clave del éxito está en dos decisiones: colocarla a pleno sol y donde su aroma se aproveche, y podarla solo después de la floración, nunca en invierno. Con esas dos reglas y una renovación de ramas viejas cada pocos años, es una planta que se mantiene sola durante décadas.


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