El ninebark (Physocarpus opulifolius) es un arbusto caducifolio de la familia de las rosáceas, originario del este y el centro de Norteamérica, donde crece en riberas, orlas de bosque y terrenos rocosos. En español no tiene un nombre común asentado y en los viveros se vende casi siempre por su nombre científico o por el inglés, que alude a su corteza: nine bark, nueve cortezas, porque en las ramas viejas se desprende en capas sucesivas de color canela.
Se planta por el follaje, no por la flor. Los cultivares modernos ofrecen hojas púrpura casi negras, amarillas, doradas, ambarinas o cobrizas que cambian de tono a lo largo de la temporada, y esa masa de color sostenida durante seis meses es lo que lo hace útil en el jardín. La flor, en corimbos blancos o rosados durante mayo a julio, es un extra agradable, y tras ella quedan unos frutos inflados y brillantes que enrojecen y aportan otro momento de interés.
Cómo reconocerlo
Es un arbusto de porte abierto, con ramas que salen de la base y se arquean hacia fuera, lo que le da una silueta suelta parecida a la de una espirea grande. La corteza de las ramas viejas se exfolia en tiras finas y papiráceas de color pardo rojizo, un detalle que se aprecia sobre todo en invierno, cuando la planta está desnuda.
Las hojas son alternas, con tres o cinco lóbulos y borde dentado, parecidas a las de un viburno o a las de la grosella, y aquí está el epíteto de la especie: opulifolius significa de hoja de Viburnum opulus, el mundillo. El color depende por completo del cultivar.
Las flores son pequeñas, de cinco pétalos, blancas o rosadas, agrupadas en corimbos densos que cubren los extremos de las ramas. Los frutos son folículos dehiscentes, es decir, cápsulas que se abren por una sola sutura para liberar la semilla; salen agrupados, se hinchan y toman tonos rojizos brillantes antes de secarse, y aguantan mucho tiempo en la planta.
Dónde plantarlo en España
Es una planta extremadamente rústica: su ficha de cultivo la sitúa en zonas 5 a 9, con resistencia a temperaturas muy por debajo de cero. El frío no es su problema en ninguna parte de España, ni siquiera en zonas de montaña.
Su límite es el otro extremo. Procede de climas continentales húmedos, y el verano seco y prolongado del sur y del centro peninsular lo castiga: se quema la hoja, pierde color y se defolia antes de tiempo. Donde mejor se comporta es en la cornisa cantábrica, Galicia, el Pirineo, el norte de la meseta y, en general, allí donde el verano no sea largo ni extremadamente seco. En el sur puede cultivarse con riego asegurado y sombra en las horas centrales, asumiendo un resultado más modesto.
La exposición debe ser pleno sol o semisombra luminosa. Es importante para los cultivares de follaje coloreado: los púrpura se vuelven verdosos y apagados en sombra, y los dorados pierden intensidad. Ahora bien, en climas cálidos los dorados y ambarinos se queman al sol directo del mediodía, así que hay que buscar el equilibrio según la zona.
Suelo y riego
El sustrato que pide es de riqueza media, fresco y bien drenado. No es exigente: acepta suelos arcillosos mejorados, arenosos y de fertilidad discreta, y tolera bastante bien la caliza, aunque prefiere reacción neutra o algo ácida. Lo que sí valora es que el suelo mantenga humedad, coherente con su origen ripario.
El riego es regular. Un ejemplar establecido en el norte de España se apaña con la lluvia; en el interior necesita aportes de verano, y en el sur son imprescindibles. Riegos profundos y espaciados, con un buen acolchado orgánico al pie que mantenga fresco el suelo, funcionan mucho mejor que riegos frecuentes y superficiales.
El abonado es innecesario en suelos razonables. Un aporte de compost al final del invierno, si acaso. El exceso de nitrógeno produce brotes largos y blandos que se doblan y que son más propensos al oídio.
Poda
Physocarpus florece sobre madera del año anterior, así que la poda de mantenimiento se hace justo después de la floración, en verano. El criterio es el mismo que se aplica a espireas, weigelas y celindos: aclarar desde la base, eliminando cada año dos o tres de las ramas más viejas hasta el suelo, para que las varas nuevas ocupen su sitio. Recortar la silueta con tijera de setos destruye el porte arqueado y produce un arbusto denso por fuera y hueco por dentro.
Hay un matiz cuando se cultiva exclusivamente por el follaje, que es el caso más frecuente. Los cultivares de color se pueden podar severamente al final del invierno, casi a un tocón bajo, y responden con brotes largos y vigorosos cuyas hojas son de mayor tamaño y de color más intenso. Se pierde la floración de ese año, pero se gana un follaje espectacular y un porte compacto. Es una decisión consciente entre flor y color de hoja.
Un ejemplar viejo y desgarbado se recupera bien con una poda de rejuvenecimiento repartida en dos o tres temporadas, o de golpe a final de invierno si se asume perder la flor.
Multiplicación
El esqueje semileñoso de verano, de brotes del año que empiezan a endurecerse, enraíza con facilidad en sustrato ligero y ambiente húmedo. Es la vía obligada para los cultivares de follaje, que no se reproducen fielmente por semilla.
El esqueje leñoso de invierno también funciona, así como el acodo bajo, sencillo dado que la planta emite ramas largas que llegan al suelo. La división de matas grandes en reposo es otra opción rápida. La semilla germina bien tras una estratificación fría y sirve para producir la especie tipo.
Plagas y problemas frecuentes
El problema más habitual es el oídio, que cubre hojas y brotes tiernos con un polvillo blanco y afea el follaje justo cuando más se le mira. Es especialmente frecuente en los cultivares de hoja dorada y en plantas en sombra, mal ventiladas o sobrealimentadas de nitrógeno. Plantar a pleno sol donde el clima lo permita, aclarar la mata para que circule el aire y no mojar el follaje al regar es la mejor prevención.
El pulgón aparece en primavera en los brotes nuevos y suele resolverse solo. En condiciones de suelo encharcado pueden darse problemas de raíz. Al margen de eso, es un arbusto sano y de crecimiento rápido.
La otra causa de decepción no es una plaga: es el color apagado. Si un cultivar púrpura se ve verdoso, casi siempre le falta luz.
Usos en el jardín y cultivares
Su papel es el de arbusto de color estructural en arriates mixtos, setos informales y pantallas de media altura. Un ejemplar de follaje púrpura oscuro detrás de gramíneas o de vivaces de flor clara, o un dorado iluminando un rincón sombrío, resuelven un macizo entero. También funciona en agrupaciones de tres o cinco pies para masas de color, y en taludes y bordes de agua, donde su origen ripario le viene bien.
Los cultivares son la razón de su éxito, y las cifras de altura que dan los viveros son orientativas y dependen mucho del suelo y del riego. Entre los que la Royal Horticultural Society ha distinguido con su premio al mérito de jardinería figuran Lady in Red, de brote cobrizo que vira al púrpura; Midnight, de un púrpura oscuro sostenido; Amber Jubilee, ambarino y anaranjado al brotar, verde en verano y púrpura en otoño; Burning Embers, de tonos anaranjados intensos; Angel Gold, entre amarillo y verdoso en primavera y cobrizo en otoño; y Dart's Gold, dorado luminoso al brotar y con tonos rojos en otoño. Los hay también de porte enano, por debajo del metro, útiles para arriates pequeños y para maceta.
En resumen
Physocarpus opulifolius es un arbusto de follaje muy rústico y de crecimiento rápido, que aporta seis meses de color de hoja, flor blanca o rosada a comienzos del verano, frutos inflados que enrojecen y una corteza exfoliante que se aprecia en invierno. Pide sol o semisombra luminosa para que el color no se apague, suelo fresco y drenado, y riego regular.
Es una planta claramente de la mitad norte de España y de zonas de verano suave; en el sur seco solo funciona con riego y sombra en las horas duras. La poda admite dos enfoques según lo que se busque: aclarado tras la floración si interesa la flor, o rebaje severo al final del invierno si lo que se quiere es el máximo color de follaje. Y conviene vigilar el oídio, que es su único problema recurrente.