El azufaifo (Ziziphus jujuba, también citado como Ziziphus vulgaris) es un arbolillo caducifolio y espinoso de la familia de las ramnáceas, originario de Asia y cultivado en la cuenca mediterránea desde la Antigüedad. En España se conoce también como jinjolero o ginjolero, y su fruto, la azufaifa o jínjol, sigue siendo popular en el Levante, en Murcia, en Andalucía oriental y en Baleares.
Su interés hoy es doble. Por un lado da una fruta poco común, que se come crujiente como una manzana pequeña o pasificada como un dátil. Por otro, y esto pesa cada vez más, es un árbol de una resistencia al calor y a la sequía extraordinaria, que vive en suelos pobres, calizos y algo salinos donde casi ningún frutal aguanta, y que brota tan tarde en primavera que las heladas tardías nunca le alcanzan la flor.
Cómo reconocerlo
Es un árbol pequeño o un arbusto grande, de tronco corto y retorcido, corteza pardo grisácea agrietada y copa abierta e irregular. Las ramas siguen un trazado en zigzag muy característico, cambiando de dirección en cada nudo, y llevan espinas en pares junto a la inserción de las hojas: una recta y larga, otra corta y curva.
La hoja es simple, alterna, ovada o elíptica, pequeña, de un verde brillante por el haz y con tres nervios principales que arrancan juntos desde la base y recorren el limbo, un carácter que la identifica de inmediato. El borde es finamente dentado. Amarillea antes de caer en otoño.
La flor es tan discreta que pasa desapercibida: minúscula, de un amarillo verdoso, agrupada en las axilas de las hojas de los brotes del año, entre abril y junio. Lo que no pasa desapercibido es que atrae abejas en cantidad, porque produce mucho néctar.
El fruto es una drupa carnosa con un solo hueso alargado. Empieza verde y lisa, con aspecto y textura de manzanita, y al madurar pasa a un pardo rojizo mientras la piel se arruga y la carne se vuelve más dulce y harinosa. Se puede comer en cualquiera de los dos estados, y de hecho son dos frutas distintas: crujiente y ácida la primera, dulce y aromática la segunda.
Dónde plantarlo
Pleno sol y calor. El azufaifo necesita verano largo y caluroso para madurar el fruto, y ahí está su límite geográfico. Se comporta muy bien en todo el sureste peninsular, en el valle del Ebro, en Extremadura, en el interior andaluz y en el litoral mediterráneo. En el norte húmedo y atlántico crece, pero fructifica mal y el fruto no llega a coger azúcar.
Aguanta el frío invernal razonablemente bien mientras está sin hoja. Su gran ventaja frente a otros frutales es la brotación tardía: espera a que la primavera esté bien entrada para abrir yemas, con lo que las heladas de marzo y abril, que arruinan la cosecha de almendros y albaricoqueros, a él le pillan dormido.
No es exigente con el emplazamiento. Tolera el viento, el calor reflejado, los suelos removidos y cierta salinidad, y se le ve prosperar en bordes de camino y en huertas abandonadas sin ningún cuidado.
Suelo y riego
Cualquier suelo le vale con tal de que drene bien: arenoso, pedregoso, calizo, pobre, con costra. Lo único que no perdona es el encharcamiento prolongado. En suelo profundo crece más y produce más, pero no lo necesita.
El riego es bajo. Un ejemplar establecido pasa el verano con muy poca agua gracias a un sistema radicular profundo. Ahora bien, si lo que se busca es fruta de calidad, algún riego de apoyo durante el cuajado y el engorde mejora mucho el tamaño y evita que el árbol descargue parte de la cosecha. En secano da fruto igual, más pequeño.
Abonar apenas es necesario. Un aporte de compost al pie cada dos o tres años basta y sobra.
Poda y control de sierpes
La poda de formación consiste en elegir la altura del tronco y tres o cuatro ramas principales bien repartidas, y se hace en los primeros años, en reposo invernal. Después el árbol necesita muy poco: quitar madera seca, ramas cruzadas y aclarar el centro para que entre luz.
El trabajo de verdad es otro. El azufaifo emite sierpes desde la raíz con mucha facilidad, a veces a varios metros del tronco, y si no se controlan acaba formando un matorral espinoso. Se arrancan en cuanto asoman, tirando de ellos mejor que cortándolos a ras, porque el corte estimula la brotación. En ejemplares injertados hay una razón añadida: esos brotes salen del patrón y no de la variedad.
Conviene tener presentes las espinas al podar y al recolectar. Guantes gruesos y manga larga.
Multiplicación
La forma más sencilla en un jardín es aprovechar las propias sierpes, que salen con raíz propia y se separan en invierno para plantarlas donde interese. Es rápido y no falla.
La semilla germina, pero necesita paciencia: el hueso es duro y conviene estratificarlo en frío húmedo, y las plantas resultantes tardan años en dar fruto y no reproducen las cualidades del árbol madre. Por eso las variedades seleccionadas se multiplican por injerto sobre pie de la especie.
Variedades
En España conviven tipos locales de fruta grande y dulce, mantenidos de forma tradicional en huertas del Levante y del sureste, que en muchos casos no tienen un nombre comercial fijo y se conservan de vecino a vecino. En los viveros se encuentran también variedades de origen chino, seleccionadas allí a lo largo de siglos, algunas de fruto grande y redondo pensado para comer en fresco y otras alargadas y más adecuadas para pasificar.
Al elegir conviene preguntar por dos cosas: el tamaño del fruto y si la variedad está pensada para consumo fresco o para secar, porque el resultado en la mesa es muy distinto.
Plagas y problemas frecuentes
Es un árbol notablemente sano y una de las razones por las que se recomienda en jardines de bajo mantenimiento. No arrastra el cortejo de plagas de los frutales de hueso ni de los cítricos.
Donde puede tener problemas es con las moscas de la fruta, que pican los frutos maduros cuando hay otros frutales cerca, y con las podredumbres del fruto tras lluvias de finales de verano, que agrietan la piel. Las aves y las avispas también reclaman su parte cuando la fruta se pasifica en el árbol.
El fruto es comestible, pero el hueso es duro y puntiagudo en los extremos, y no se debe morder ni tragar. Con niños conviene retirarlo antes.
Una confusión que conviene evitar
En el sureste peninsular crece de forma silvestre otra especie del mismo género, el arto (Ziziphus lotus), un arbusto bajo, muy espinoso y de fruto pequeño, que forma matorrales en zonas áridas de Almería, Murcia y Alicante. No es la misma planta que el azufaifo cultivado, forma un hábitat de protección prioritaria en la normativa europea y sus poblaciones no deben tocarse ni arrancarse.
En resumen
El azufaifo es un frutal antiguo que hoy encaja mejor que nunca: soporta calor extremo, sequía, suelo pobre, caliza y algo de sal, y brota tan tarde que las heladas de primavera no le afectan. Da una fruta poco corriente, que se come crujiente en verde o dulce y arrugada al pasificarse, y lo hace prácticamente sin plagas ni tratamientos.
A cambio hay que aceptar dos cosas: las espinas, que obligan a trabajarlo con guantes, y las sierpes de raíz, que si no se arrancan cada año convierten el árbol en una mata. Con esas dos servidumbres controladas, es uno de los frutales más fáciles y longevos que se pueden plantar en la mitad sur de España.