El serbal de los cazadores (Sorbus aucuparia) es un árbol pequeño de la familia de las rosáceas, caducifolio, de hoja compuesta y racimos de frutos rojos que se encienden a finales de verano. No es una especie exótica: crece de forma silvestre en las montañas del norte y del centro peninsular, desde los Pirineos y la cordillera Cantábrica hasta el Sistema Central y el Ibérico, y llega en poblaciones aisladas mucho más al sur.
Lo que lo hace valioso en el jardín es que reúne cuatro atractivos en un árbol que ocupa poco: hoja fina y ligera de aspecto casi de helecho, corimbos blancos en mayo, frutos rojos muy abundantes desde agosto y un color otoñal que va del amarillo al naranja y al rojo. El epíteto aucuparia alude a la caza de aves, porque sus frutos, irresistibles para zorzales y mirlos, se usaban tradicionalmente como reclamo.
Cómo reconocerlo
Es un árbol de porte modesto, con tronco recto y corteza lisa y grisácea que solo se agrieta en los ejemplares viejos. La copa es ovalada y ligera, poco densa, y deja pasar bastante luz al suelo, lo que permite plantar debajo sin dificultad.
La hoja es compuesta imparipinnada, con un número impar de foliolos alargados y de borde aserrado dispuestos a lo largo de un raquis común. Es la característica que más despista a quien no lo conoce, porque parece hoja de fresno o de acacia y en cambio el árbol es una rosácea emparentada con perales y manzanos. Los foliolos son mates, algo más claros por el envés.
Florece en mayo y hasta junio o julio en montaña, con corimbos amplios y planos de flores blancas pequeñas y numerosas, de cinco pétalos. El olor de la floración es fuerte y no especialmente agradable de cerca. El fruto es un pomo diminuto, del tamaño de un guisante, primero anaranjado y luego rojo intenso, agrupado en racimos densos que pesan sobre la rama y que las aves suelen dar cuenta antes de que acabe el otoño.
Dónde plantarlo
Este es el punto que decide si el serbal tiene sentido en un jardín concreto, y conviene ser franco: es un árbol de clima fresco. Prospera en la cornisa cantábrica, en Galicia, en el Pirineo, en las zonas de montaña del interior y en general allí donde el verano no sea largo, seco y muy caluroso. En el litoral mediterráneo cálido y en el sur peninsular vegeta mal, sufre en julio y agosto y rara vez llega a viejo.
Admite pleno sol y semisombra. En zonas de verano duro, la semisombra de la tarde le ayuda notablemente. Es muy resistente al frío, soporta heladas fuertes y prolongadas sin daño y florece tarde, con lo que las heladas de primavera no suelen afectarle.
La otra limitación es el suelo. Prefiere terrenos ácidos o neutros y padece clorosis en suelos calizos, con hojas que amarillean entre los nervios y crecimiento detenido. En una tierra caliza y seca el resultado será una planta enferma toda su vida, por muchos cuidados que se le den.
Suelo y riego
Pide suelo rico, profundo, fresco y bien drenado, con materia orgánica. Va especialmente bien en tierras de textura media, algo arenosas, que retengan humedad sin embalsarla. Un acolchado orgánico sobre la zona de raíces reproduce las condiciones del suelo forestal en el que crece de forma natural y es de lo más útil que se puede hacer por él.
El riego debe ser regular. No es una especie de secano y no aguanta la sequía prolongada, aunque tampoco tolera el encharcamiento. En verano hay que mantener la humedad del suelo estable, sobre todo en los primeros años y en zonas donde el estiaje sea marcado.
Poda
Necesita poca poda y agradece que se le deje en paz. Forma su copa por sí solo, con un eje central claro cuando es joven, y solo requiere una poda de formación ligera para elegir la altura de la cruz y quitar las ramas mal orientadas.
Cualquier intervención se hace en reposo invernal, con el árbol sin hoja, y por dos motivos: cicatriza mejor y se evita el riesgo de fuego bacteriano, que es alto cuando se corta en primavera húmeda y templada. De adulto basta con retirar la madera seca y las ramas que se crucen. Las podas severas no le sientan bien y responden con brotes desordenados.
Plagas y problemas frecuentes
Como rosácea leñosa, es sensible al fuego bacteriano (Erwinia amylovora), enfermedad de declaración obligatoria en España. Se manifiesta con brotes que se curvan en forma de báculo, flores y hojas ennegrecidas que no caen y, en tiempo húmedo, exudados en las ramas. Ante la sospecha hay que avisar a los servicios de sanidad vegetal de la comunidad autónoma.
Aparecen también pulgones en la brotación tierna, que deforman los brotes sin mayores consecuencias, y en veranos húmedos manchas foliares de origen fúngico que provocan una caída anticipada de la hoja. En emplazamientos demasiado cálidos o demasiado secos, el problema no suele ser un patógeno sino el estrés continuado, que debilita al árbol y le acorta la vida.
Sobre los frutos conviene una advertencia. Las bayas crudas contienen ácido parasórbico y comidas en cantidad producen trastornos digestivos. No son un fruto para picar del árbol, y menos con niños alrededor, aunque sean llamativamente apetecibles a la vista.
Multiplicación
La especie se reproduce por semilla, que necesita un periodo de frío húmedo para germinar. La forma habitual es sembrar en otoño en un semillero al aire libre y dejar que el invierno haga el trabajo, o estratificar la semilla en arena húmeda en el frigorífico durante varios meses antes de sembrar en primavera. La pulpa hay que retirarla, porque frena la germinación.
Los cultivares seleccionados no salen fieles de semilla y se multiplican por injerto sobre pie de la especie, trabajo de vivero. Los esquejes enraízan mal, así que no es una vía práctica.
Variedades
Existen selecciones de porte fastigiado, mucho más estrechas que la forma natural, pensadas para calles y jardines pequeños. También hay formas de hoja muy recortada, casi de helecho, que acentúan la ligereza del follaje, y variedades de fruto amarillo o anaranjado en lugar de rojo, que las aves suelen respetar más tiempo y alargan el efecto ornamental hasta el invierno.
Se han seleccionado además formas de fruto más grande y menos áspero, tradicionalmente usadas en el norte y este de Europa para elaborar conservas cocidas. No son fruta de consumo directo.
Usos en el jardín
Es un excelente árbol para jardín pequeño en clima fresco: no da problemas de raíces, su sombra es ligera, la copa no invade y ofrece interés en tres estaciones. Funciona muy bien como ejemplar aislado sobre césped, en grupos de tres en jardines más amplios y en alineaciones si se eligen formas estrechas.
Su otro papel es el de árbol para fauna. Pocas especies atraen tantas aves en agosto y septiembre, y eso lo hace muy adecuado en jardines naturalizados, bordes de finca y setos mixtos de montaña, donde se asocia bien con avellanos, acebos, endrinos y saúcos.
En resumen
El serbal de los cazadores es un árbol pequeño, silvestre en buena parte de las montañas españolas, que da hoja fina y ligera, flor blanca en mayo, racimos de frutos rojos desde agosto y un otoño encendido. Pide sol o semisombra, suelo rico, profundo y fresco, riego regular y, sobre todo, un clima que no lo castigue en verano.
Su límite está en el suelo y en el calor: en tierra caliza sufre clorosis y en veranos largos y secos no prospera. Donde el clima acompaña es un árbol fácil, longevo, de poca poda y de gran valor para la fauna. Los frutos, eso sí, son para las aves y no para comer crudos.