El Cercis siliquastrum es el árbol del amor, y lo que lo hace distinto de cualquier otro árbol de floración primaveral es dónde le salen las flores. No brotan en las puntas de las ramas del año, como es habitual, sino directamente sobre la madera vieja, en fascículos apretados que revisten las ramas gruesas e incluso el tronco. Ese fenómeno se llama caulifloria y en el clima español es raro verlo fuera de esta especie.
El efecto, entre marzo y abril, es un árbol enteramente cubierto de flores rosa púrpura sobre madera desnuda, sin una hoja que las disimule. Cuando la floración termina aparecen las hojas, y son la segunda seña de identidad: redondeadas, con la base en forma de corazón y el ápice romo o algo escotado, de un verde azulado, sobre pecíolos largos. De esa forma acorazonada viene el nombre popular.
Cómo reconocerlo
Es un árbol pequeño o un arbusto grande, a menudo con varios troncos, de copa irregular y algo desordenada y tronco tortuoso que se agrieta y ennegrece con los años. Crece despacio y rara vez alcanza el porte de un árbol de sombra: se queda en un tamaño manejable, adecuado para jardines de dimensiones normales.
La hoja es alterna, simple, orbicular o reniforme, con nervadura palmada que sale de la base, borde entero y consistencia algo coriácea. El envés es más pálido y glauco. En otoño vira a un amarillo limpio y luminoso que constituye su tercer momento de interés.
El fruto delata a la leguminosa: vainas planas, alargadas y estrechas, colgantes en racimos, de un rojizo translúcido cuando están tiernas y pardas al secarse. Persisten en el árbol buena parte del invierno y permiten identificarlo sin hojas ni flores. El nombre específico, siliquastrum, alude precisamente a esas vainas.
Origen y clima
Es una especie del Mediterráneo oriental, con su área natural en Grecia, Turquía y el Levante mediterráneo. Se cultiva en la Península desde antiguo y en muchos puntos del este y del sur se ha naturalizado, apareciendo espontáneo en linderos, taludes y bordes de camino.
Esa procedencia explica su comportamiento: es un árbol perfectamente adaptado al verano mediterráneo, con sequía estival prolongada, insolación fuerte y suelos calizos. Prospera en toda España salvo en las zonas de montaña de inviernos muy severos. Su ficha de cultivo lo sitúa en temperatura media o alta, a pleno sol, con riego ligero, y esos tres datos resumen bien lo que necesita.
Suelo: la caliza, a favor
Es una de las pocas especies ornamentales de flor en las que el suelo calizo no es un inconveniente sino una preferencia. Los datos de cultivo piden suelo calizo, profundo y bien drenado, y así es: en terrenos con cal el Cercis no se cloroza y desarrolla un sistema radicular sano.
Lo que sí exige es profundidad y drenaje. Desarrolla una raíz principal pivotante que baja mucho, y ese es el secreto de su resistencia a la sequía. En suelos someros sobre roca o en terrenos pesados que se encharcan en invierno vive mal y acaba pudriéndose por el cuello. Los suelos ácidos y húmedos tampoco le convienen.
El riego es ligero. Un ejemplar establecido pasa el verano español sin apenas ayuda, y un exceso de agua le perjudica más que la sequía. Los dos o tres primeros años, en cambio, hay que regar en profundidad para que la raíz pivotante se desarrolle; después conviene ir espaciando hasta suprimir el riego casi por completo.
Plantación
Este es el punto delicado de la especie. La raíz pivotante hace que el Cercis tolere mal el trasplante, y cuanto mayor es el ejemplar, peor. Un árbol grande arrancado a raíz desnuda tiene muchas probabilidades de no arrancar, o de quedarse parado varios años.
Lo razonable es plantar ejemplares jóvenes cultivados en contenedor, con el cepellón intacto, sin romperlo ni deshacerlo al colocarlo. El momento es el reposo vegetativo, del otoño al final del invierno. El hoyo debe ser profundo y bien descompactado en el fondo, para que la raíz principal encuentre camino, y el cuello tiene que quedar a su nivel exacto.
Se planta a pleno sol, que es donde florece de verdad. En sombra o semisombra la floración se reduce muchísimo y el árbol se estira buscando la luz. Conviene además darle un sitio visible en primavera, porque su momento de gloria es breve y espectacular.
Poda
Cuanta menos, mejor, y sobre todo bien calculada. Como florece sobre madera vieja, cualquier poda que elimine ramas de varios años suprime la floración de las temporadas siguientes en esa zona. Recortar la copa a tijera, como se hace con otros árboles ornamentales, es la forma más segura de quedarse sin flor.
El trabajo se limita a la formación en los primeros años, para decidir si se conduce a uno o a varios troncos y para levantar la copa si se necesita paso por debajo, y después a la limpieza de madera seca y de ramas cruzadas. Se interviene justo después de la floración, en primavera, cuando aún se ve bien qué madera ha florecido.
Cicatriza con lentitud y los cortes gruesos se pudren con facilidad, así que conviene evitarlos y no dejar tocones.
Multiplicación
La semilla es el método habitual. Las vainas se recogen en otoño ya secas y las semillas tienen una cubierta muy dura e impermeable que impide la germinación: hay que escarificarlas, con lija o con un remojo en agua muy caliente que se deja enfriar durante unas horas. Después conviene una estratificación fría de algunas semanas antes de sembrar en primavera.
Por vía vegetativa es más complicado. Las estaquillas enraízan mal, así que los cultivares de flor blanca o de color más oscuro se propagan por injerto sobre patrón de la especie. El acodo también da resultado en ramas bajas.
Plagas y problemas
Es un árbol sano en su clima. Las cochinillas son la plaga más frecuente, instaladas en ramillas y en el envés de las hojas, con melaza y negrilla asociadas; se controlan con tratamientos de invierno y vigilando la ventilación de la copa.
Las enfermedades importantes son de madera y de vaso. Los chancros de origen fúngico entran por heridas de poda y por daños mecánicos y provocan el secado de ramas enteras, con la corteza hundida y agrietada en el punto de entrada. La verticilosis, enfermedad vascular del suelo, produce marchitamientos súbitos y no tiene tratamiento. La prevención en ambos casos es la misma: no herir el árbol, podar poco y bien, y no plantar en suelo encharcadizo.
El error de manejo más común es el exceso de riego. Un Cercis en un parterre regado a diario con el mismo programa que el césped acaba pudriéndose por el cuello.
Usos en el jardín
Es un árbol de jardín pequeño y mediano por excelencia: tamaño contenido, raíces que no destrozan pavimentos, floración espectacular y muy poca exigencia de agua. Como ejemplar aislado en un césped o sobre grava es difícil de superar en marzo.
Encaja de forma natural en jardines mediterráneos de bajo consumo hídrico, acompañado de lavandas, romeros, cistus, salvias y gramíneas, y en jardines de secano en general. También se usa en alineaciones de calles tranquilas y en plazas, y en taludes, donde su raíz profunda ayuda a fijar el terreno.
El otoño amarillo y las vainas rojizas del verano prolongan su interés más allá de la primavera, lo que no es poco en un árbol de floración tan breve. Un detalle a tener en cuenta: las vainas caen y se acumulan, y las semillas germinan con facilidad alrededor.
Variedades
Además de la forma tipo, de flor rosa púrpura, se cultivan selecciones de flor blanca pura, muy elegantes aunque menos llamativas de lejos, y cultivares de flor más oscura y saturada. Existen también formas de porte llorón, injertadas sobre pie alto, y variedades de follaje que brota con tonos rojizos. Todas mantienen las mismas exigencias de sol, drenaje y suelo calizo que la especie.
En resumen
El árbol del amor es un árbol pequeño de floración caulifloria: sus flores rosa púrpura nacen en marzo y abril directamente sobre la madera vieja y el tronco, antes de que salgan las hojas redondeadas y acorazonadas que le dan nombre. Después vienen las vainas planas y colgantes y, en otoño, un amarillo limpio.
Es una de las especies mejor adaptadas al jardín español: quiere pleno sol, suelo calizo, profundo y bien drenado, y muy poca agua una vez arraigado. Sus dos puntos delicados son el trasplante, por su raíz pivotante, que obliga a plantar ejemplares jóvenes de contenedor, y la poda, que debe reducirse al mínimo y hacerse tras la floración para no eliminar la madera vieja donde nacerán las flores del año siguiente.