El abedul es el árbol de corteza blanca por excelencia, y lo primero que conviene aclarar es el nombre. Betula alba es un nombre antiguo y ambiguo que Linneo aplicó a un conjunto que hoy se sabe que reúne dos especies distintas, y por eso quedó en desuso como nombre válido. Lo que se planta en los jardines españoles bajo esa etiqueta es casi siempre Betula pendula, el abedul común o abedul llorón, y en zonas más húmedas y frías Betula pubescens, el abedul pubescente.
Las dos comparten el rasgo que las hace inconfundibles: una corteza blanca, lisa y papirácea que se desprende en láminas horizontales y que en la base del tronco se agrieta en placas negras y rugosas con la edad. Esa corteza, la copa ligera y transparente y la brotación temprana de un verde muy claro definen la silueta del abedul y explican por qué se planta tanto pese a ser un árbol exigente.
Cómo distinguir las dos especies
La diferencia práctica está en las ramillas y en la hoja. En Betula pendula las ramillas jóvenes son lampiñas, cubiertas de pequeñas glándulas resinosas ásperas al tacto, y cuelgan de forma marcada, lo que da al árbol su aspecto llorón. La hoja es triangular o rómbica, con la punta muy afilada y el borde doblemente aserrado, sobre un pecíolo largo que la deja temblar con cualquier brisa.
En Betula pubescens las ramillas son pubescentes, cubiertas de pelo fino, no cuelgan, y la hoja es más redondeada y de dientes más regulares. Es la especie de los suelos encharcados, las turberas y los fondos de valle frescos, y aguanta mejor el frío extremo y la humedad permanente.
Ambas son monoicas. En primavera aparecen los amentos: los masculinos, largos, colgantes y amarillentos, ya formados desde el otoño anterior, y los femeninos, más cortos y erguidos, que después se inclinan y maduran. La infrutescencia se desarma al madurar y libera multitud de frutos diminutos, unas núculas provistas de dos alas membranosas que el viento reparte a gran distancia.
Dónde crece en España
El abedul es un árbol de clima frío y húmedo, y su distribución natural en la Península lo confirma: la cornisa cantábrica y Galicia, los Pirineos, el Sistema Ibérico, el Sistema Central y, en poblaciones aisladas y relictas, algunas sierras del sur, incluida Sierra Nevada. Ocupa suelos ácidos, silíceos, frescos y bien aireados, a menudo en riberas de arroyo, laderas umbrías y bordes de turbera.
Para el jardín eso se traduce en una regla clara: prospera en la mitad norte, en Galicia y el Cantábrico, en zonas de montaña y en jardines de altitud con suelo ácido. En el interior seco de la meseta se cultiva con riego y acolchado, pero vive menos años. Y en el litoral mediterráneo cálido, en el valle del Guadalquivir y en el sureste no es una buena elección: el calor seco prolongado, la caliza del suelo y la baja humedad ambiental lo debilitan, lo hacen envejecer deprisa y lo dejan a merced de las plagas de debilidad.
La ficha de cultivo lo resume: temperatura media y baja, suelo ácido y fresco, riego abundante. Los tres datos apuntan en la misma dirección.
Suelo, riego y clorosis
Es el punto que decide el éxito. El abedul quiere suelo ácido o neutro, suelto, fresco y con buena aireación. En terrenos calizos desarrolla clorosis férrica con rapidez, y la clorosis en esta especie no es un problema estético pasajero sino la antesala de una decadencia general: hoja amarilla entre nervios, crecimiento corto, ramas secas en la parte alta de la copa y, en pocos años, la pérdida del árbol. Corregirlo con quelatos de hierro es un parche caro y sin fin. Si el suelo del jardín es calizo, lo razonable es plantar otra cosa.
El riego debe ser abundante y sobre todo constante. Las raíces son superficiales y extensas, y el árbol sufre en cuanto la capa alta del suelo se seca. En verano hay que regar en profundidad y con frecuencia, y mantener un acolchado grueso de corteza, hojarasca o restos triturados que conserve la humedad y mantenga fresco el suelo. Lo que no tolera es el suelo compactado y sin aire.
Las raíces superficiales tienen otra consecuencia: compiten con fuerza con todo lo que se plante debajo. El césped bajo un abedul adulto amarillea y ralea, y las vivaces exigentes en agua tampoco prosperan. Es mejor resolver esa superficie con acolchado o con cubiertas resistentes a la sombra seca.
Plantación
Se planta en reposo, entre el otoño y el final del invierno, evitando días de helada. El hoyo debe ser ancho, con el suelo descompactado alrededor, y el cuello del tronco tiene que quedar a su nivel. Si el terreno es pobre o pesado, conviene enmendarlo con materia orgánica en un volumen amplio, no solo en el hoyo, porque las raíces se van a extender lateralmente.
El abedul luce especialmente en grupo. Plantar tres o cinco ejemplares juntos, con troncos de grosores distintos y a poca distancia, reproduce el efecto de la abedular natural y hace que la corteza blanca destaque mucho más que en un ejemplar aislado. Conviene mantenerlos alejados de pavimentos y conducciones.
Poda
Necesita muy poca. La forma natural, con el eje dominante y las ramillas colgantes, es la que le da valor, y las podas de contención la estropean. Basta con eliminar madera seca, ramas rotas y las que crucen o rocen.
El momento es crítico. El abedul es de los árboles que más savia pierde por las heridas si se poda al final del invierno o al empezar la primavera, cuando la circulación ya se ha activado. Se debe podar a finales de verano o en otoño temprano, con la hoja aún en el árbol, que es cuando el sangrado es mínimo y la cicatrización buena.
Multiplicación
Por semilla, que es como se comporta en la naturaleza. Las núculas se recogen en verano u otoño, cuando la infrutescencia empieza a desarmarse, y se siembran en superficie o apenas cubiertas, porque necesitan luz para germinar. Una estratificación fría breve mejora y uniformiza la nascencia. Las plántulas son muy pequeñas y delicadas los primeros meses y no toleran la sequía.
Los cultivares de porte llorón acusado, hoja recortada o follaje púrpura no salen fieles de semilla y se multiplican por injerto sobre patrón de la especie.
Plagas y problemas
La mayoría de los problemas del abedul en España son consecuencia del estrés. Un ejemplar bien situado, en suelo ácido y fresco, apenas da trabajo; uno plantado en clima o suelo inadecuados acumula pulgón, mineadores de la hoja y, sobre todo, barrenadores de la madera que atacan a los árboles debilitados y provocan el secado progresivo de la copa desde arriba. Ese secado descendente es la señal clásica de que el árbol lleva años sufriendo.
También pueden aparecer chancros y hongos de madera en heridas de poda mal hechas o en cortes gruesos. Y hay un problema que no afecta al árbol pero sí a las personas: el polen de abedul es uno de los alérgenos más importantes de la primavera, algo a tener en cuenta antes de plantarlo junto a una vivienda o en un espacio muy frecuentado.
Usos en el jardín
Su papel es el de árbol de silueta y de corteza. Da una sombra ligera y transparente que permite plantar debajo, tiene la brotación más luminosa de la primavera y un amarillo suave en otoño, y en invierno, desnudo, el tronco blanco es un elemento de diseño en sí mismo, sobre todo situado ante un fondo oscuro de coníferas o de seto perenne.
Funciona en bosquetes, en agrupaciones a la entrada de una finca, junto a estanques y cursos de agua, donde encuentra la humedad que le conviene, y en jardines de estilo naturalista del norte peninsular. Su vida útil es corta comparada con la de un roble o una haya, y en clima cálido más aún, algo que conviene asumir de entrada.
En resumen
Bajo el nombre Betula alba se venden en realidad dos especies, Betula pendula y Betula pubescens, distinguibles por las ramillas colgantes y lampiñas de la primera frente a las pubescentes y erguidas de la segunda. Ambas son árboles de corteza blanca, copa ligera, amentos primaverales y frutos alados diminutos, y ambas piden lo mismo: frío moderado, humedad y suelo ácido.
En España el abedul es un árbol del norte, de la montaña y de los suelos silíceos frescos. En terreno calizo se cloroza y decae, y en el sur cálido y seco vive poco y se llena de plagas de debilidad. Donde encaja, pide riego abundante y regular, acolchado permanente, poda mínima y siempre a finales de verano u otoño para evitar el sangrado, y compañía: en grupo luce mucho más que solo. Su polen es un alérgeno primaveral de primer orden y conviene tenerlo presente al elegir su emplazamiento.