Zonas 3-9: soporta hasta -40º
Pleno sol o semisombra
Cualquiera, bien drenado
Bajo riego
Follaje caduco
Flor: primavera, perfumada
Sámaras

El arce del Amur es un Acer tataricum del extremo oriental del área de la especie, la subespecie ginnala, y se comporta menos como árbol que como arbusto grande de varios troncos. Rara vez pasa de los cinco o seis metros, ramifica desde muy abajo y forma una copa ancha y abierta. Lo que lo hace inconfundible es la hoja: trilobulada, con el lóbulo central mucho más largo que los laterales, brillante y con el borde doblemente aserrado, muy distinta de la hoja palmeada de cinco o siete puntas que uno espera de un arce.

El segundo rasgo que lo distingue es el otoño. Pocos árboles caducifolios viran con la intensidad y la rapidez de este: el follaje pasa del verde lustroso al amarillo y de ahí al escarlata y al carmín en cuestión de días. Y a diferencia de casi todos los arces, este florece de forma perceptible y perfumada en primavera, en panículas de flores pequeñas y cremosas que atraen abejas. Las sámaras que vienen después maduran rojizas y quedan colgando sobre el follaje verde durante buena parte del verano.

Cómo reconocerlo

Es un arbusto o arbolito de hoja caduca, normalmente multitronco, aunque en vivero se conduce a menudo con un solo pie. La corteza es lisa y gris en los ejemplares jóvenes y se va agrietando finamente con la edad. Las hojas son opuestas, de unos cinco a ocho centímetros, con tres lóbulos claramente marcados y el central alargado; el haz es verde oscuro y lustroso, el envés más pálido.

La floración llega en primavera, con las hojas ya abiertas o casi. Son panículas erguidas de flores amarillentas, discretas de tamaño pero notorias por el perfume, cosa poco frecuente en el género. Los frutos son las sámaras dobles típicas de los arces, con las dos alas casi paralelas y no muy abiertas, lo que ayuda a separarlo de otras especies. En algunos cultivares esas sámaras adquieren un rojo encendido que compite con la propia hoja.

El bloque de datos de esta ficha lo sitúa en las zonas 3 a 9 y le atribuye resistencia hasta cuarenta grados bajo cero. Esa cifra explica de dónde viene: bosques y riberas del noreste de China, Manchuria, Corea, Mongolia y el este de Siberia, en la cuenca del río Amur, que le da el nombre común.

Dónde plantarlo en España

La rusticidad al frío no es aquí el problema. En España el factor limitante es el calor seco del verano y la caliza. El arce del Amur da lo mejor de sí en la mitad norte, en el interior de clima continental húmedo, en la cornisa cantábrica, en zonas de montaña y en los jardines de altitud media de las mesetas, siempre que se le asegure agua en los meses secos.

En el litoral mediterráneo cálido y en el valle del Guadalquivir cuesta más: la coloración otoñal se apaga, el borde de la hoja se quema con los vientos secos y el crecimiento se detiene. No es imposible, pero conviene reservarle un sitio protegido, con sombra en las horas centrales del verano y sin reverberación de muros o pavimentos.

La exposición ideal es a pleno sol si hay humedad suficiente, porque la insolación es la que enciende el color de otoño. En climas más duros, semisombra. Tolera la sombra parcial mejor que la mayoría de los arces ornamentales, aunque a cambio la otoñada se queda en amarillo.

Suelo, riego y clorosis

Acepta cualquier sustrato mientras drene bien. Prefiere los suelos frescos, sueltos y ligeramente ácidos o neutros. En suelos calizos con caliza activa alta puede aparecer clorosis férrica, con las hojas amarilleando entre los nervios, que siguen verdes. Antes de plantar en un terreno de este tipo conviene mejorarlo con materia orgánica y mantener un acolchado permanente que acidifique poco a poco la superficie.

El riego se describe como bajo, y así es en un clima que le convenga: una vez asentado, con la lluvia y algún apoyo puntual le basta. Los dos o tres primeros años, en cambio, son decisivos. Un riego profundo y espaciado, que moje bien todo el cepellón y algo más allá, forma un sistema radicular capaz de aguantar después por su cuenta. Los riegos cortos y frecuentes hacen lo contrario.

El acolchado con corteza, restos de poda triturados u hoja seca es de las medidas más rentables con esta especie: mantiene la raíz fresca, reduce la evaporación y suaviza el contraste térmico del suelo. Se aplica en una capa de varios centímetros dejando libre el cuello del tronco.

Plantación y primeros años

La plantación se hace en reposo vegetativo, del otoño al final del invierno, evitando los días de helada. El hoyo debe ser bastante más ancho que el cepellón, no mucho más profundo, y hay que respetar el nivel del cuello: enterrarlo es un error frecuente que acaba pudriendo la base. Un alcorque generoso y un riego copioso de asiento, para que la tierra se cierre alrededor de las raíces, completan la operación.

Si se planta un ejemplar de cierto porte conviene entutorar el primer año o dos, con ataduras flexibles y revisadas, y retirar el tutor en cuanto el árbol sostenga la copa por sí solo. Un tutor olvidado estrangula el tronco.

Poda

Es una especie que apenas necesita poda. Ramifica de forma equilibrada y la silueta natural, ancha y algo desordenada, es parte de su gracia. Lo razonable es limitarse a la limpieza: madera seca, ramas cruzadas o mal insertadas y los chupones de la base si se quiere mantener un porte de árbol en lugar de matorral.

El momento importa. Los arces sangran mucho si se podan al final del invierno o al empezar la primavera, cuando la savia ya se ha movido. Es preferible intervenir a principios de verano, con la hoja formada, o en pleno reposo temprano, en otoño avanzado. Los cortes se hacen respetando el rodete de la rama, sin dejar tocones y sin apurar contra el tronco.

Multiplicación

La especie se reproduce bien por semilla. Las sámaras se recogen maduras y necesitan estratificación fría, unos meses en frío húmedo, para romper la latencia; sembradas sin ese paso germinan de forma errática y muy lenta. Es la vía natural, y explica que en algunos países fuera de su área haya naturalizado con facilidad a partir de plantaciones ornamentales.

Los cultivares seleccionados por su color de otoño o por sus sámaras rojas no se pueden reproducir por semilla sin perder esas características. Se multiplican por injerto sobre patrón de la especie o por estaquilla semileñosa en verano bajo nebulización.

Plagas y problemas

Es un árbol sano y poco problemático. Como todos los arces puede recibir pulgón en los brotes tiernos de primavera, con la melaza y la negrilla consiguientes, un problema más estético que grave que suele resolverse solo cuando llegan los depredadores naturales. En veranos secos y calurosos aparecen a veces ácaros, favorecidos por el ambiente seco.

El riesgo real es el exceso de agua en suelo mal drenado, que provoca podredumbres de raíz y cuello. También sufre por compactación del suelo y por el enterramiento del cuello. Las quemaduras del borde de la hoja en pleno verano no son una enfermedad sino un aviso de estrés hídrico o de viento seco.

Usos en el jardín

Su tamaño contenido lo hace útil donde un arce grande no cabe: jardines pequeños, patios, alcorques de calle estrechos, medianas y rotondas. Funciona muy bien como ejemplar aislado sobre césped o grava, donde la silueta multitronco luce, y también en grupo formando pantalla informal o seto alto sin recortar.

Aguanta bien la contaminación urbana y las condiciones difíciles del arbolado viario en climas frescos. En jardines de estilo naturalista se combina con arbustos de otoño y con gramíneas, que prolongan el interés cuando el arce ya ha perdido la hoja. Los cultivares más compactos se prestan al cultivo en maceta grande durante unos años, siempre que no se le deje secar.

Cultivares

La selección hortícola ha trabajado sobre dos rasgos: el color otoñal y las sámaras. Hay cultivares elegidos por una otoñada especialmente encendida, que arranca en amarillo y termina en púrpura, y otros por producir racimos abundantes de sámaras de un rojo brillante que contrasta con el follaje verde en pleno verano. Existen además formas más arbustivas y compactas, pensadas para jardines pequeños y para setos, que se quedan bastante por debajo de la altura de la especie.

En resumen

El arce del Amur es un arbusto grande o arbolito de hoja trilobulada y lustrosa que aporta al jardín dos momentos: una floración primaveral perfumada, rara en el género, y una otoñada roja de las más intensas que se pueden ver. Es extraordinariamente resistente al frío, poco exigente en cuanto a suelo mientras drene, sobrio en riego una vez arraigado y prácticamente libre de poda.

En España encaja sobre todo en la mitad norte y en jardines de altitud, donde el verano no es abrasador y la caliza no domina. En el sur y en el litoral cálido pide un sitio protegido, riego de apoyo y renunciar a parte del espectáculo de otoño. Plantado en reposo, con el cuello a su nivel, acolchado y regado de forma profunda los primeros años, se convierte en un árbol duradero y sin complicaciones.


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