El aligustre resuelve media docena de encargos distintos en un jardín, y en todos ellos interviene la misma cualidad: vuelve a brotar donde se le corte, tantas veces como haga falta. Sobre esa capacidad se han construido sus usos tradicionales, desde el seto de un metro hasta el árbol de alineación, y cada uno trae consigo un inconveniente que conviene conocer antes de decidir.

Dos avisos por delante, porque afectan a todos los usos. Los frutos son tóxicos: las drupas azul negruzcas contienen glucósidos secoiridoides y saponinas que provocan vómitos, dolor abdominal y diarrea si se ingieren; el cuadro rara vez es grave en un adulto, pero en niños pequeños y en perros justifica llamar al centro de toxicología o al veterinario, y el ramón de poda es una vía de intoxicación seria para caballos y ganado, que lo comen poco a poco durante días. El polen es alergénico: el género pertenece a las oleáceas, como el olivo, y comparte con él alérgenos, de modo que quien reacciona al polen del olivar suele reaccionar también al del aligustre. Ninguna de las dos cosas descarta la planta, y más adelante se verá que un régimen de poda concreto las neutraliza casi por completo.

Por qué aguanta la tijera como pocos arbustos

La tolerancia del aligustre a la poda no es una virtud vaga: tiene una explicación anatómica que conviene entender, porque es la que decide para qué sirve.

Bajo la corteza de las ramas viejas conserva una reserva abundante de yemas latentes y adventicias capaces de despertar cuando se elimina el ápice. Eso significa que rebrota desde madera desnuda, incluso desde un tocón sin una sola hoja, algo que ninguna cupresácea de seto puede hacer. Corta un aligustre a 30 centímetros del suelo en febrero y en junio hay brotes por todo el muñón.

A eso se suman los entrenudos cortos: como las yemas van muy juntas a lo largo del tallo, cualquier corte, se haga donde se haga, deja varias yemas activas justo detrás, y de cada una salen dos brotes por ser la hoja opuesta. Cada recorte multiplica los puntos de crecimiento, y de ahí sale la densidad. Un seto de aligustre bien conducido cierra hasta hacerse opaco al tercer o cuarto año.

Y por último el ritmo: crece de 40 a 60 centímetros al año en las especies de seto, con brotación escalonada de abril a septiembre en lugar de un único empujón primaveral, y las heridas de corte se cierran deprisa. En plena temporada, un recorte se ve rebrotado en tres o cuatro semanas.

La contrapartida de ese vigor es un sistema radicular denso y ávido: el aligustre agota la franja de suelo que ocupa. Un arriate o un huerto plantado a menos de un metro de un seto de aligustre compite en desventaja por el agua y por el nitrógeno.

Seto formal, su uso principal

Es el destino de la mayor parte del aligustre que se planta, y cada especie encaja en una altura distinta.

Ligustrum ovalifolium, el aligustre de hoja ovalada, es el clásico de los setos de 1 a 2,5 metros. Semicaduco: en el litoral y en el sur conserva la hoja todo el invierno, y en la meseta o en el norte frío la pierde en gran parte durante enero y febrero, cosa que conviene saber si se busca privacidad todo el año. Crece rápido y es el más exigente en agua y en abono. Su forma 'Aureum', con la hoja marginada de amarillo, se usa para setos de contraste; hay que suprimir los brotes que revierten a verde, porque crecen más y acaban dominando la planta.

Ligustrum japonicum, y sobre todo su cultivar 'Texanum', es perennifolio de verdad y de hoja más gruesa y lustrosa. Es la opción para setos de 1,5 a 2,5 metros que deban tapar en enero, y aguanta bien la brisa salina y la contaminación urbana.

Ligustrum vulgare, autóctono en buena parte de la Península, es el más rústico al frío —soporta por debajo de −20 °C— y el más adecuado para un seto campestre mixto en el interior o en zonas de montaña, aunque su ramificación es más laxa y no da la plancha impecable de los anteriores.

Para cualquiera de ellos, el perfil correcto es trapezoidal, con la base más ancha que la cima. Si se recorta a escuadra, las ramas altas sombrean a las bajas, el seto se despuebla por el pie y se pierde justo la parte que tapa. La pauta habitual en clima mediterráneo son dos recortes al año, a finales de mayo y a finales de agosto, con un repaso opcional en octubre en setos vigorosos.

Seto formal recortado de aligustre

El inconveniente de este uso es la voracidad de la línea de plantación, que se compensa con un aporte anual de compost bajo el seto y acolchado, y la altura: por encima de 2,2 metros el mantenimiento exige plataforma y el tiempo de trabajo se dispara.

Pantalla informal y cortavientos

Dejado crecer libre, Ligustrum japonicum forma un arbusto o arbolito de 3 a 5 metros de altura y unos 3 de anchura, denso desde abajo, que sirve como pantalla rápida sin pretensiones geométricas. Con una poda ligera anual justo después de la floración —en julio— basta para contenerlo.

Este uso tiene tres ventajas que explican su presencia en jardines difíciles: es indiferente al pH del suelo y no se clorosa en terrenos calizos, donde una fotinia o un laurel-cerezo amarillean; tolera media sombra sin abrirse en exceso, cosa poco frecuente entre las plantas de pantalla; y aguanta la salinidad ambiental, lo que lo hace fiable a pocos cientos de metros del mar. Como cortavientos rinde bien porque su follaje es permeable, filtra en lugar de bloquear y no genera la turbulencia de una barrera maciza.

El inconveniente de este uso es que el arbusto libre sí florece y sí fructifica. En junio, las panículas terminales cremosas desprenden un olor dulzón, pesado y empalagoso a corta distancia, que a algunas personas resulta directamente desagradable y que atrae una nube de moscas y sírfidos. Y en otoño llega la carga de bayas, con lo que eso implica en un jardín con niños pequeños o con un perro que muerde lo que cae.

Topiaria y formas recortadas

Las bolas, conos, espirales y figuras sobre armazón de alambre que se venden en los viveros suelen ser Ligustrum delavayanum, a veces etiquetado como L. jonandrum. Su hoja mide entre 1 y 2,5 centímetros, los entrenudos son cortísimos y la brotación tras cada corte es inmediata, que es exactamente lo que una figura necesita para mantener el perfil neto. Es también el material habitual de los aligustres «en bola sobre tronco» para maceta de patio.

El ritmo de trabajo que pide una topiaria de aligustre son recortes cada cuatro a seis semanas de abril a septiembre, con tijera de mano y no con máquina, para no partir las hojas por la mitad —una hoja cortada se pardea por el borde y ensucia la silueta durante semanas—. A cambio, una figura de aligustre que se descuida un año se recupera; una de boj o de ciprés, no.

Este mismo comportamiento es el que ha hecho del aligustre un material corriente en bonsái: crece rápido, engrosa tronco, admite defoliación para reducir la hoja y rebrota de cualquier corte.

El inconveniente de este uso es la exposición al frío. Ligustrum delavayanum es el menos rústico del grupo y sufre por debajo de −8 o −10 °C, sobre todo en maceta, donde el cepellón se hiela entero. En el interior peninsular las figuras hay que resguardarlas o sustituirlas por L. japonicum, de hoja mayor y silueta menos fina.

Árbol de alineación y de sombra

Ligustrum lucidum, el aligustre arbóreo, se plantó masivamente en calles españolas desde los años setenta por razones que siguen siendo válidas: es perennifolio auténtico, da una sombra densa, tolera la contaminación, el suelo compactado de obra, la caliza dura, la reverberación del asfalto y la sequía estival, y sale barato en vivero. En cultivo urbano alcanza de 6 a 10 metros, con copa redondeada muy oscura y corteza gris lisa con lenticelas claras.

En un jardín privado sirve como árbol de sombra perenne de porte medio, con la condición de darle sitio: al menos 5 metros libres respecto a una fachada, un muro de carga, una solera o una piscina.

Los inconvenientes de este uso son los más serios de todo el artículo y hay tres. El primero, las raíces: potentes y superficiales, levantan aceras, bordillos y soleras y se meten en las arquetas. El segundo, el polen: al florecer en junio, cuando el olivar peninsular ya está terminando, alarga varias semanas la temporada de síntomas de quienes tienen polinosis a oleáceas, y en ciudades con muchas alineaciones los recuentos de junio suben sin que haya un olivo cerca. El tercero, la fruta: los mirlos y estorninos comen las drupas con avidez, manchan aceras y coches con pulpa morada y dispersan las semillas lejos, lo que ha llevado a que L. lucidum figure como especie invasora en Argentina, Australia, Nueva Zelanda y Sudáfrica. En España su comportamiento es de naturalización local, más marcada en ambientes frescos y de ribera. Junto a un espacio natural, es motivo suficiente para elegir otro árbol.

Patrón para injertar lilos

Es un uso poco conocido fuera del vivero pero que explica muchos fracasos de jardín. El lilo, Syringa vulgaris, pertenece también a las oleáceas y admite injerto sobre aligustre, normalmente sobre Ligustrum vulgare o L. ovalifolium. Al vivero le interesa porque el patrón se multiplica por estaquilla en masa, arranca rápido y permite tener lilos de tamaño vendible en dos años en lugar de cuatro.

El problema aparece después, en el jardín. La compatibilidad entre ambos géneros es parcial: la unión funciona bien los primeros años y se va debilitando con el engrosamiento, hasta que un ejemplar de diez o quince años pierde vigor de golpe o se parte por el injerto con un golpe de viento. Y sobre todo, el patrón emite chupones vigorosos desde la base que crecen más deprisa que el lilo; si no se arrancan de raíz cada primavera, en pocos años el arbusto que florecía en morado se ha convertido en una mata de aligustre.

Lo práctico al comprar es mirar la base del tronco: si hay un engrosamiento con dos cortezas distintas, es injerto. Un lilo de raíz propia, o injertado sobre plántula de Syringa, dura mucho más y no da chupones ajenos. Con un lilo injertado sobre aligustre, un recurso conocido es plantar la unión cinco o diez centímetros por debajo del nivel del suelo para que el lilo emita sus propias raíces y termine independizándose del patrón.

El régimen de poda que resuelve tres inconvenientes a la vez

Aquí está el punto que ordena todo lo anterior. El aligustre florece sobre madera del año anterior, en junio y julio. Un recorte a finales de mayo o principios de junio, antes de que las panículas abran, elimina de un golpe el olor pesado de la flor, la emisión de polen de esa temporada y la carga de bayas del otoño, y por tanto también la dispersión por aves. Es exactamente el mismo recorte que exige el mantenimiento de un seto formal.

Dicho de otro modo: el aligustre conducido como seto o como topiaria no tiene ninguno de los tres inconvenientes que se le achacan, porque las tijeras se llevan la madera florida antes de que haga nada. Los problemas pertenecen al aligustre libre y al aligustre arbóreo, que son los usos en que sí florece. Quien tenga alergia declarada al polen del olivo y quiera una pantalla informal puede aplicar una poda de aclareo en abril, que retira buena parte de la madera destinada a florecer y reduce mucho la floración sin sacrificar la forma libre.

En resumen

El aligustre sirve para seto formal, pantalla libre, cortavientos, topiaria, bonsái, árbol de sombra y patrón de injerto, y todo ello se apoya en su capacidad de rebrotar de madera vieja gracias a las yemas latentes de la corteza y a unos entrenudos muy cortos. Para seto formal, L. ovalifolium o L. japonicum 'Texanum'; para figuras, L. delavayanum; para seto campestre y frío, L. vulgare; como árbol, solo L. lucidum y a más de cinco metros de cualquier solera. Los inconvenientes —olor de la flor, polen cruzado con el del olivo, bayas tóxicas y su dispersión por aves— se concentran en los usos donde la planta llega a florecer, y un recorte de finales de mayo los elimina casi todos. Con lilos injertados sobre aligustre, cuenta con arrancar chupones cada año o busca un ejemplar de raíz propia.


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