En noviembre, un madroño adulto lleva encima ramilletes de flor blanca y bolas rojas maduras al mismo tiempo. No es una rareza ni un capricho del clima: son dos cosechas distintas coincidiendo en la misma rama.

Madroño con frutos rojos maduros y hojas perennes

El madroño, Arbutus unedo, es un arbusto o arbolillo perennifolio de la familia de las ericáceas, la misma de brezos, rododendros y arándanos. Crece de forma natural por casi toda la cuenca mediterránea y llega hasta Irlanda por la costa atlántica, lo que dice bastante de su tolerancia al frío húmedo. En la Península aparece en encinares, alcornocales y bosques mixtos de casi todas las provincias, y en el jardín funciona como planta de estructura: hoja todo el año, corteza rojiza que se exfolia en tiras, porte compacto y ninguna exigencia de riego una vez asentado.

Por qué hay flor y fruto a la vez

El madroño florece en otoño, entre octubre y diciembre según la zona, en panículas colgantes de flores urceoladas —con forma de jarrita blanca o rosada— que recuerdan a las del brezo. Esas flores se polinizan y cuajan, pero el fruto tarda unos doce meses en madurar. Pasa el invierno como una bolita verde diminuta, engorda durante la primavera y el verano y no se pone rojo hasta el otoño siguiente.

De ahí la escena: los frutos rojos que ves en noviembre proceden de la floración del noviembre anterior, mientras la rama está sacando la flor de la que saldrán los frutos del año que viene. Esto tiene una consecuencia práctica que conviene tener presente antes de coger las tijeras: una poda de otoño se lleva por delante la flor y la cosecha de dos años, la que está madurando y la que se acaba de abrir.

Los ejemplares jóvenes tardan en entrar en producción. De semilla, contando con que sobreviva el ciclo largo, lo normal es esperar entre cinco y ocho años a la primera cosecha decente. Una planta de vivero de tres o cuatro savias puede empezar antes.

A qué sabe el madroño de verdad

El nombre unedo viene de una frase atribuida a Plinio, unum edo, «como uno solo», y describe con bastante exactitud la reacción de quien lo prueba por primera vez sin saber lo que le espera. El madroño no está mal, pero no es un fruto de mesa.

Cogido en su punto —rojo intenso, blando al tacto, que se desprende sin tirar— tiene una pulpa harinosa, dulce, de sabor suave y algo insípido, con muchas semillas pequeñas y crujientes y una piel granulosa que se queda entre los dientes. Recuerda vagamente a un níspero pasado. Cogido antes de tiempo es áspero y astringente. Cogido tarde, empieza a fermentar en el propio árbol.

Ahí está el asunto del alcohol. La pulpa madura tiene una carga alta de azúcares y, cuando el fruto se pasa, las levaduras que hay en la piel lo fermentan de forma espontánea sobre la rama o en el suelo. Los frutos muy pasados llegan a contener cantidades pequeñas de etanol, y eso explica la fama de que emborracha. La realidad es más modesta: harían falta muchos frutos muy fermentados para notar algo, y mucho antes de eso el estómago protesta, porque el madroño en cantidad resulta pesado y laxante. Lo que sí es cierto es que la fauna que se ceba con la fruta caída y fermentada puede quedarse aturdida.

El aprovechamiento tradicional va por otro lado: mermelada, licor —el medronho portugués es un aguardiente destilado de fruto fermentado— y miel monofloral, oscura y amarga, muy apreciada en Cerdeña y en el Alentejo.

Calcífugo, pero menos de lo que se dice

Como ericácea, el madroño prefiere suelos ácidos o neutros, sueltos, silíceos, con buena materia orgánica, y en esas condiciones va perfecto. La etiqueta de calcífugo, sin embargo, se aplica con más rigidez del que merece.

En la naturaleza se le encuentra sobre calizas en Mallorca, en la montaña alicantina o en el prelitoral catalán, y en jardín aguanta suelos de pH hasta 7,5 e incluso algo más siempre que se cumplan dos condiciones: que el drenaje sea bueno y que la caliza activa sea baja. Lo que lo tumba no es el pH en sí, sino la caliza activa por encima de un 8-10 % combinada con riego frecuente con agua muy dura, porque entonces bloquea el hierro y entra en clorosis férrica —hojas nuevas amarillas con los nervios verdes, brotes cortos, parada de crecimiento.

Si tu suelo es calizo y quieres madroño, la salida razonable es plantarlo en una zona bien drenada, acolchar con corteza de pino o acícula, regar con agua de lluvia cuando se pueda y no excederse con el riego. En suelos yesíferos o arcillas compactadas encharcadizas, mejor buscar otra especie.

Crece despacio y eso es una ventaja

El madroño hace del orden de 20 a 30 cm al año en condiciones buenas, y bastante menos en secano. Alcanza 4 a 8 m de altura con el tiempo, y solo en enclaves muy favorables pasa de 10 m. En un jardín pequeño eso es exactamente lo que se busca: un árbol que no va a levantar el pavimento ni a comerse la fachada en diez años.

A cambio, la madera es densa y la planta longeva. Desarrolla un lignotúber en la base, un engrosamiento con yemas latentes que le permite rebrotar de cepa tras un incendio o tras un corte a ras. Por eso tolera bien la poda severa, aunque casi nunca la necesita.

En frío resiste hasta −10 a −12 °C ya establecido; los ejemplares jóvenes y los recién plantados sufren a partir de −6 o −7 °C, sobre todo si el frío llega con viento seco. Vale para casi toda la España peninsular salvo las zonas de invierno continental duro, donde conviene situarlo protegido por un muro orientado al sur.

Lo que aporta a la fauna

Su valor ecológico se concentra precisamente en el momento en que el jardín está vacío. Florece en otoño e invierno, cuando quedan pocas fuentes de néctar disponibles, y ese néctar sostiene abejas, abejorros y dípteros en semanas críticas. Es una de las poquísimas plantas leñosas mediterráneas que alimenta polinizadores en noviembre.

El fruto, maduro justo cuando llegan los zorzales y los mirlos invernantes, es alimento directo para aves frugívoras, y también para zorros, tejones y jabalíes, que dispersan la semilla. La hoja perenne y densa sirve de refugio y de sitio de nidificación para paseriformes pequeños. En un jardín donde interese la fauna, un madroño hace más trabajo que tres arbustos ornamentales de floración primaveral.

Cultivo concreto

Plantación. En clima suave, de octubre a diciembre, para que enraíce con las lluvias de invierno. En zonas de heladas fuertes, a finales de invierno o en marzo. Hoyo de al menos 60 × 60 × 60 cm en suelo compacto, con la tierra devuelta desmenuzada y, si el terreno es pobre, un tercio de materia orgánica bien madura. No entierres el cuello: el nivel del cepellón debe quedar al ras del suelo. Alcorque, riego de asiento abundante y acolchado de 5-8 cm.

Ubicación. Sol pleno o media sombra. En el sur peninsular agradece sombra de tarde los primeros veranos. Tolera bien la brisa marina, lo que lo hace útil en jardines de costa.

Riego. Es la parte que se descuida. Los dos o tres primeros veranos necesita riegos espaciados pero profundos, del orden de 20-30 litros cada 10-15 días, mejor pocos y abundantes que muchos y superficiales, para que la raíz baje. A partir del cuarto año, en la mayor parte de la Península vive de la lluvia; un riego de apoyo en agosto mejora el cuaje del fruto.

Poda. Mínima. Retirar madera seca, cruzada o enferma, y poco más. Si hay que dar forma o rebajar, hacerlo a finales de invierno o a principios de primavera, nunca en otoño, por lo explicado más arriba. Para conducirlo como arbolillo de un solo tronco, se van suprimiendo los rebrotes basales durante los primeros años.

Abonado. Poco y de reacción ácida. Un aporte de compost o de estiércol maduro en superficie a finales de invierno basta. Los abonos ricos en nitrógeno le dan brotes blandos que se hielan.

Multiplicación. La semilla, limpia de pulpa y estratificada en frío húmedo entre cuatro y ocho semanas a 4 °C, germina de forma irregular en primavera. El esqueje semileñoso de verano enraíza mal y con porcentajes bajos incluso con hormonas; el acodo aéreo funciona mejor si tienes prisa. En vivero se venden ejemplares en contenedor durante todo el año.

Problemas que puedes encontrarte

El madroño es una planta sana. Lo que más lo mata en jardín es el exceso de agua sobre suelo mal drenado, que abre la puerta a podredumbres radiculares de tipo Phytophthora: la planta amarillea, se marchita en pleno riego y ya no hay marcha atrás. La prevención es el drenaje, no el fungicida.

Entre los problemas menores, cochinillas en ramas jóvenes cuando está en ambiente cerrado y sin ventilación, y orugas defoliadoras ocasionales como Cacoecimorpha pronubana, que hilan las hojas terminales. Ninguna de las dos justifica un tratamiento en un ejemplar sano al aire libre. En primaveras muy húmedas pueden aparecer manchas foliares por hongos, que se resuelven aclarando la copa para que corra el aire.

En resumen

Arbutus unedo lleva flor y fruto a la vez en otoño porque el fruto necesita un año entero para madurar, y por eso la poda se hace al final del invierno y nunca en la época de floración. El sabor es harinoso y suave, comestible sin entusiasmo, y el alcohol de la fermentación es real pero anecdótico. Prefiere suelo ácido, aunque tolera calizas si drenan y la caliza activa es baja. Crece despacio, entre 20 y 30 cm al año, aguanta hasta unos −12 °C y, una vez establecido, vive sin riego en buena parte de España. Su mayor mérito en el jardín es que da néctar y fruto en el hueco del calendario en que casi nada más lo hace.


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