En muchos pueblos de Castilla la plaza se sigue llamando del Olmo aunque el árbol desapareciera hace cuarenta años. Esa desproporción entre el nombre que quedó y el hueco que hay debajo resume bien lo que le pasó al género Ulmus en España: un árbol que estructuraba el paisaje habitado, la orilla del río y la entrada del pueblo, y que en dos oleadas de una misma enfermedad pasó a ser una rareza.
La enfermedad es la grafiosis, y no es una plaga cualquiera que se pueda tratar con un pulverizador. Es un hongo que vive dentro de los vasos conductores, lo lleva un escarabajo de tres milímetros y viaja también por las raíces de un olmo a otro sin salir del suelo. Entender esas tres cosas explica por qué murieron alineaciones enteras en un par de veranos y por qué lo que se planta hoy es otra cosa.
Qué es un olmo
Los olmos son árboles caducifolios de la familia Ulmaceae, con unas treinta o cuarenta especies repartidas por el hemisferio norte templado, sobre todo en Asia oriental. Todos comparten un puñado de rasgos que permiten reconocer el género aunque no se sepa la especie:
La hoja es simple, alterna, dispuesta en dos filas a lo largo del ramillo, con el margen doblemente aserrado (dientes grandes que a su vez llevan dientes pequeños) y, sobre todo, con la base asimétrica: un lado de la lámina baja más que el otro sobre el peciolo. Ese detalle es la firma del género y sirve de comprobación rápida en campo.
La flor no tiene pétalos ni interés ornamental. Sale en fascículos apretados de color rojizo antes que las hojas, entre febrero y marzo en la mayor parte de España, y es hermafrodita y anemófila. Quien nunca ha visto florecer un olmo suele haberlo mirado en abril, cuando ya está todo hecho.
El fruto es una sámara: un aquenio envuelto en un ala membranosa y circular, de un verde pálido que vira a pajizo. Madura muy deprisa, en abril o mayo, y el árbol se cubre de fruto antes de tener hoja hecha. La posición de la semilla dentro del ala es un carácter de determinación: centrada en Ulmus glabra, desplazada hacia la escotadura apical en Ulmus minor.
La madera de olmo tiene entrelazada la fibra, lo que la hace difícil de hender y muy tenaz. Por eso se usó durante siglos en cubos de rueda de carro, mazas, quillas, canalizaciones enterradas y, en el caso del olmo de montaña, en asientos y aperos. También aguanta bien sumergida de forma permanente, cosa que aprovecharon las conducciones de agua antes del hierro fundido.
Las especies ibéricas
En la península hay tres olmos de comportamiento silvestre y dos más que se ven plantados con frecuencia:
Ulmus minor, el olmo común o negrillo. Es el olmo de la plaza, del soto y de la linde de huerta. Hoja pequeña (4-9 cm), de tacto casi liso por el haz, peciolo evidente, copa densa. Su rasgo decisivo es que rebrota vigorosamente de raíz: una mata de olmo común no es un individuo, sino un clon extendido. Discutido su carácter de nativo estricto (los romanos lo movieron mucho como tutor de vid y como forraje), pero está en el registro polínico peninsular desde antiguo y hoy se trata como parte de la flora ibérica.
Ulmus glabra, el olmo de montaña. Hoja grande y muy áspera al tacto, con la base tan asimétrica que uno de los lóbulos tapa el peciolo, que es cortísimo. Vive en barrancos y bosques mixtos del norte y de las montañas, y no rebrota de raíz, detalle que resultó determinante cuando llegó la enfermedad.
Ulmus laevis, el olmo pedunculado o blanco. Sámaras colgantes de un pedúnculo largo y con el borde cubierto de pestañas blancas, base del tronco acostillada. Es raro en España, ligado a suelos encharcadizos de ribera, y sufre bastante menos la grafiosis.
Ulmus pumila, el olmo siberiano, es asiático y se plantó a manta durante el siglo XX como sustituto rápido y barato. Ulmus parvifolia, el olmo chino, es otra especie asiática de uso ornamental. Ninguno de los dos es ibérico ni sustituye funcionalmente al olmo común.
La grafiosis: dos pandemias, no una
El nombre viene de Graphium ulmi, la forma asexual con que se describió primero el hongo. Su nombre actual depende de la oleada, porque no fue un episodio, sino dos, con dos organismos distintos.
Primera pandemia (años veinte). A partir de 1918-1920 se detectan en Europa noroccidental olmos que se secan en verano por causas desconocidas. En 1921 la patóloga neerlandesa Bea Schwarz identifica el hongo responsable, lo que dio a la enfermedad el nombre internacional de Dutch elm disease, aunque los Países Bajos solo fueran donde se describió. El organismo es Ophiostoma ulmi. Llega a España a comienzos de los años treinta y provoca una mortalidad apreciable pero desigual: mató olmos, sobre todo los debilitados, y después la epidemia se atenuó. Muchos árboles pasaron aquello y siguieron vivos treinta o cuarenta años.
Segunda pandemia (desde los setenta). Una especie distinta y mucho más virulenta, Ophiostoma novo-ulmi, se expande desde Europa del este y, por la vía del comercio de madera de olmo con corteza, alcanza las islas británicas en los años sesenta. En la península se detecta hacia 1978-1980, y el resultado no tiene nada que ver con el episodio anterior. Se distinguen dos razas, la euroasiática (EAN) y la norteamericana (NAN), que en España conviven e incluso intercambian material genético entre sí y con el hongo antiguo, y esa recombinación es parte de por qué la agresividad se mantiene alta.
La diferencia práctica entre una y otra: O. ulmi mata sobre todo a árboles con problemas previos y necesita mucho inóculo; O. novo-ulmi mata olmos adultos sanos con una inoculación pequeña y crece bien a temperaturas más bajas, lo que le alarga la temporada activa.
Cómo mata el hongo al árbol
El hongo coloniza los vasos del xilema del anillo de crecimiento del año, que en el olmo son grandes y están concentrados en la madera de primavera. Se multiplica dentro produciendo esporas que la propia corriente de savia arrastra hacia arriba y hacia los lados, de modo que la infección se reparte por el árbol mucho más rápido de lo que crecería el micelio por sí solo.
La respuesta del olmo es lo que acaba de matarlo. Al detectar la invasión forma tilosas (protuberancias de las células vecinas que se meten dentro del vaso) y segrega gomas para tapar el conducto y aislar al hongo. Con muchos vasos taponados a la vez, la copa deja de recibir agua en el momento de mayor demanda, y el árbol se seca de sed con las raíces en tierra húmeda.
Por eso los síntomas son de marchitez, no de podredumbre, y aparecen en pleno verano:
Una rama, o un sector de la copa, amarillea de golpe entre finales de mayo y julio. Las hojas se enrollan hacia el envés, se secan y quedan colgando en la rama en vez de caer, lo que da el aspecto de banderas pardas dentro de una copa todavía verde. Los brotes del año se curvan en forma de cayado. Si se corta un ramillo de uno o dos centímetros de grosor, en la sección se ve un anillo o unos puntos pardos en la madera del último año: son los vasos ocupados. Ese corte es la prueba de campo más fiable y no cuesta nada hacerla.
El escolítido y las raíces: dos vías de contagio
El hongo no se mueve solo. En España lo transportan escarabajos barrenadores del género Scolytus, sobre todo Scolytus scolytus (el grande, hasta 6 mm) y Scolytus multistriatus (el pequeño, unos 3 mm), con S. kirschii y S. pygmaeus en papel secundario.
El ciclo tiene dos mitades y las dos son necesarias:
La alimentación de maduración. Los adultos emergen en primavera, hacia abril o mayo según la zona, y antes de reproducirse vuelan a la copa de olmos sanos, donde roen la corteza tierna en la axila de los ramillos de dos o tres años. Ahí es donde inoculan las esporas que llevan pegadas al cuerpo, directamente sobre madera funcional. Un mordisco de pocos milímetros basta.
La reproducción. Después buscan olmos debilitados, moribundos o recién cortados, con la corteza todavía fresca, y excavan bajo ella una galería materna que sigue la dirección de la fibra, de la que salen perpendiculares las galerías larvarias. Ese dibujo en espina de pescado bajo la corteza levantada identifica al insecto sin necesidad de verlo. En las galerías el hongo esporula, y los adultos de la generación siguiente salen ya cargados. Con calor hay dos generaciones al año.
El bucle se cierra solo: el hongo mata al árbol y el árbol muerto es la guardería del vector.
La segunda vía es subterránea. Los olmos plantados en línea, en bosquete o procedentes de rebrote de una misma cepa tienen las raíces en contacto, y con el tiempo se sueldan formando anastomosis radicales: injertos naturales que ponen en continuidad el xilema de dos árboles distintos. El hongo pasa por ahí sin necesidad de escarabajo. Esto explica por qué en un paseo de olmos se secaba la alineación entera, ejemplar tras ejemplar, en el orden en que estaban plantados.
Y da un criterio de diagnóstico útil: cuando el contagio viene del escolítido, los síntomas empiezan arriba, en una rama de la copa. Cuando viene por raíz, el árbol se seca de abajo hacia arriba y a menudo el vecino de al lado ya lo hizo el año anterior. La medida clásica para cortarlo era abrir una zanja de un metro de profundidad entre el árbol enfermo y los sanos, seccionando los injertos antes de que llegara el hongo.
Qué quedó del olmo en España
El balance de la segunda oleada es duro: se estima que más del 90 % del arbolado adulto de olmo común desapareció entre los años ochenta y los noventa. Con él se fueron las olmedas de ribera, las alineaciones de los paseos y buena parte de los árboles de plaza, y en el hueco entraron plátanos, siberianos y almeces.
Pero el olmo común no se extinguió, y aquí es donde importa aquello del rebrote de raíz. La cepa sobrevive al árbol: cuando la parte aérea muere, el sistema radical emite chupones y vuelve a levantar tallos. Lo que ocurre es que ese rebrote vuelve a morir al alcanzar unos 10-15 cm de diámetro, que es cuando la corteza engrosa lo suficiente para que el escolítido pueda criar en ella. El resultado es un olmo condenado a la matorralización: setos vivos de olmo en las lindes, con varas de cinco o seis metros que se secan y son sustituidas por otras. La especie persiste; el árbol, no.
Hay excepciones que enseñan mucho sobre la enfermedad. Sobreviven, en general, olmos aislados y lejos de otros olmos, sin vecinos que sirvan de criadero al insecto ni raíces con las que injertarse. En algún caso el aislamiento se acompaña de una resistencia genética real, y esos árboles son los que interesaron al programa de mejora. También aguantan mejor los olmos en clima frío de montaña, donde el escolítido tiene una sola generación y menos actividad.
Los clones resistentes del programa español
Desde 1986 funciona el Programa Español de Conservación y Mejora de los Olmos Ibéricos, impulsado por la Administración forestal con la Universidad Politécnica de Madrid y el INIA, con vivero y ensayos en Puerta de Hierro (Madrid). El método, básicamente, fue el siguiente: localizar y clonar los olmos supervivientes que quedaban en pie por toda España, plantarlos juntos e inocularles el hongo a propósito, año tras año, y quedarse solo con los que aguantaban repetidamente. Un proceso lento, porque hay que esperar a que el árbol tenga edad y porque un clon debe superar varias campañas antes de merecer confianza.
En 2014 se registraron oficialmente los primeros clones resistentes de Ulmus minor, entre ellos 'Ademuz', 'Dehesa de la Villa', 'Majadahonda', 'Fuente Umbría' y 'Toledo', y después se han incorporado otros procedentes de la misma línea de trabajo. Son material de base inscrito, con lo que se pueden emplear en repoblación y en restauración de riberas, y su valor añadido es que son olmo ibérico, no híbridos con especies asiáticas: mantienen el porte, el fenotipo y la función ecológica del árbol que se perdió.
Conviene decirlo con precisión: resistente no es inmune. Un clon resistente infectado desarrolla síntomas menores y se recupera, pero puede sucumbir bajo presión de inóculo muy alta o si está debilitado por sequía, compactación o mala plantación. Y la resistencia se mide frente a las razas del hongo conocidas hoy.
Qué se puede plantar hoy
Clones ibéricos del programa español. La opción preferible si el objetivo es recuperar olmo en su sitio: soto fluvial, alineación de camino, plaza de pueblo. Hay que pedirlos por nombre de clon, con documentación de material de base; un olmo común de vivero sin identificar es un olmo sin resistencia comprobada.
Cultivares resistentes extranjeros. Selecciones e híbridos con especies asiáticas de los programas neerlandés, italiano y estadounidense: 'Lutèce', 'New Horizon', 'Rebona', 'Columella', 'Sapporo Autumn Gold'. Funcionan bien en arbolado urbano y tienen buen porte, pero no son olmo ibérico y su comportamiento a largo plazo en clima mediterráneo continental está menos documentado.
El olmo siberiano, con reservas. Ulmus pumila tolera la grafiosis y por eso se plantó masivamente, pero se rompe con el viento, tiene madera pobre, siembra sola con facilidad y, sobre todo, se hibrida con Ulmus minor. Esa hibridación contamina genéticamente las poblaciones ibéricas que quedan, que es justo lo contrario de lo que persigue el programa de conservación. No es una buena elección donde queden olmos comunes cerca.
Dos precauciones valen para cualquier plantación. No mover leña ni madera de olmo con corteza, que es como viajó el hongo entre países y sigue siendo la vía de contagio a distancia; si se tala un olmo enfermo, hay que descortezar o destruir la madera antes de la salida de los adultos en primavera. Y separar los pies lo suficiente, o al menos no plantar en línea continua, para no reconstruir la red de raíces soldadas que llevó la enfermedad de árbol en árbol la última vez.
En resumen
El género Ulmus se reconoce por la hoja doblemente aserrada de base asimétrica, la floración sin pétalos de febrero y el fruto en sámara alada de abril. En la península hay tres especies silvestres: U. minor, U. glabra y U. laevis.
La grafiosis fue dos epidemias. La de los años veinte, causada por Ophiostoma ulmi, mató bastantes olmos y se atenuó. La de finales de los setenta, causada por Ophiostoma novo-ulmi, acabó con más del 90 % del arbolado adulto.
El hongo obstruye los vasos del xilema y el árbol se seca de sed en verano, con hojas enrolladas que quedan colgadas y un anillo pardo visible al cortar un ramillo. Lo transportan los escolítidos Scolytus scolytus y S. multistriatus, que inoculan al alimentarse en la copa de olmos sanos y crían bajo la corteza de los muertos, y también pasa de árbol a árbol por las raíces soldadas, lo que explica que se secaran alineaciones enteras en orden.
El olmo común sobrevive rebrotando de raíz, pero cada rebrote muere al llegar a 10-15 cm de diámetro, así que persiste como seto y no como árbol. Los supervivientes en pie suelen ser ejemplares aislados.
Hoy se puede volver a plantar olmo ibérico gracias a los clones resistentes registrados en 2014 por el programa español de mejora. Resistente no es inmune, no conviene sustituir por Ulmus pumila donde haya olmo común cerca, y no se debe mover madera de olmo con corteza.