Un árbol con diez centímetros de diámetro de tronco tarda entre cuatro y cinco años en volver a crecer al ritmo que llevaba antes de que lo cambiaran de sitio. Ese es el precio real de un trasplante, y conviene saberlo antes de coger la pala, porque explica casi todas las decisiones que vienen después: por qué se hace en una época y no en otra, por qué el cepellón importa tanto y por qué el riego del segundo verano sigue siendo obligatorio aunque el árbol parezca ya asentado.

Trasplantar bien no es difícil, pero exige aceptar que se está mutilando el sistema radicular de una planta que dependía de él. Todo lo que se hace después va encaminado a lo mismo: que el árbol reponga raíz absorbente antes de que llegue el calor.

Árbol preparado con cepellón para su trasplante

Lo que se pierde al levantar el árbol

Las raíces de un árbol adulto ocupan una superficie mucho mayor que la proyección de la copa: en suelo suelto pueden extenderse dos o tres veces el radio de la copa, y la mayor parte de la raíz fina absorbente vive en los primeros 30 o 40 centímetros de suelo. Cuando se corta un cepellón, por generoso que sea, se está dejando fuera una proporción muy alta de esa raíz fina. Las cifras que se manejan en arboricultura para un ejemplar adulto rondan el 90 o el 95 por ciento del sistema radicular perdido.

El árbol conserva entonces toda su copa —toda su superficie de transpiración— alimentada por una fracción minúscula de raíz. De ahí el llamado estrés de trasplante: brotación corta, hojas más pequeñas, entrenudos apretados y, con frecuencia, un secado parcial de las puntas de rama al segundo o tercer verano, cuando ya nadie relaciona el síntoma con la obra.

Un árbol crecido en contenedor, en cambio, se lleva su sistema radicular entero. Por eso, si la planta está disponible en vivero, casi siempre sale mejor comprar un ejemplar más pequeño en maceta o con cepellón preparado que arrancar uno grande del jardín: el pequeño adelanta al grande en cuatro o cinco años.

El calendario manda

La regla que funciona en la Península es trasplantar en parada vegetativa, con la savia quieta y el suelo aún con algo de temperatura. Para caducifolios, la ventana va de mediados de noviembre a finales de febrero, y dentro de esa horquilla el otoño temprano suele batir al final del invierno: el suelo conserva calor de septiembre, las raíces todavía emiten pelos absorbentes durante semanas y las lluvias otoñales hacen la mitad del trabajo de riego.

Los perennifolios mediterráneos —Olea europaea, Ceratonia siliqua, Quercus ilex, cítricos— van mejor a final de invierno o en marzo, cuando el suelo empieza a calentarse pero el árbol aún no ha arrancado. Los cítricos, en particular, no toleran bien el trasplante con suelo frío: en zonas de interior con heladas, esperar a marzo o abril.

Fuera de la ventana quedan dos periodos: con el suelo helado, porque el cepellón se rompe y la raíz expuesta se congela; y de mayo a septiembre, cuando la demanda de agua de la copa supera con mucho lo que puede aportar una raíz recién cortada. Un árbol trasplantado en julio puede sobrevivir con riego diario y sombreo, pero el gasto de agua y el retraso posterior no compensan casi nunca la prisa.

Preparar el cepellón con un año de antelación

Para ejemplares de cierto porte que llevan años plantados, la diferencia entre que agarre y que no agarre suele estar en un trabajo hecho doce meses antes: el repicado o poda de raíces.

Consiste en abrir una zanja circular alrededor del árbol, en el diámetro que tendrá el futuro cepellón, cortando limpiamente las raíces con tijera de podar o sierra en vez de arrancarlas. La zanja se rellena con la misma tierra y se riega. Durante la temporada siguiente, el árbol responde emitiendo raíz nueva y ramificada justo por dentro de la línea de corte, de modo que cuando se levante el cepellón esas raíces viajarán dentro de él. Con árboles de más de 15 o 20 centímetros de tronco, esto puede hacerse en dos fases: media circunferencia un año y la otra media al siguiente.

Sin repicado previo, lo que se lleva dentro del cepellón son sobre todo raíces gruesas de anclaje, que absorben muy poco. Con repicado, se lleva raíz fina funcional.

Cuánto cepellón hace falta

La referencia práctica más usada: de 10 a 12 centímetros de diámetro de cepellón por cada centímetro de diámetro de tronco, medido el tronco a un metro del suelo. Un árbol de 8 cm de tronco pide un cepellón de unos 80 a 100 cm de diámetro. La profundidad rara vez necesita pasar de 60 o 70 centímetros, porque la raíz útil está arriba; hacer el cepellón muy hondo añade peso y barro sin añadir raíz.

La forma correcta no es una esfera sino un cilindro achatado o un cono truncado, más ancho que profundo. El cepellón debe quedar firme: si al balancearlo la tierra se abre y se ven raíces sueltas, ya se ha perdido buena parte de lo que se iba a salvar. En suelos arenosos que no ligan, conviene regar abundantemente dos o tres días antes para que la tierra tenga cohesión, y envolver con arpillera y malla metálica según se excava.

Sobre esos envoltorios: la arpillera de yute y la malla de acero blando pueden quedarse en el hoyo, pero hay que retirar la parte alta, la que rodea el cuello, y cortar todas las ataduras del tronco. El plástico, la rafia sintética y la cuerda de nailon se retiran siempre y por completo: no se degradan, estrangulan el tronco y matan al árbol años después, cuando la causa ya está enterrada.

Raíz desnuda: barato y eficaz, con condiciones

Los caducifolios jóvenes —frutales de hueso y pepita, Morus alba, Celtis australis, Platanus, rosales, chopos— se mueven perfectamente a raíz desnuda en pleno invierno, y agarran mejor de lo que la gente espera porque se conserva mucha más longitud de raíz que dentro de un cepellón. La condición innegociable es que la raíz no llegue a secarse ni un rato: media hora de sol y viento sobre las raicillas basta para arruinar la planta. Se transporta en sacos húmedos, se hidrata el sistema radicular unas horas en agua antes de plantar y, si no se puede plantar el mismo día, se hace una zanja provisional y se cubren las raíces con tierra o arena húmeda.

A raíz desnuda no van los perennifolios ni las especies de raíz carnosa como Magnolia grandiflora.

El hoyo: ancho, y sin cocina de por medio

El hoyo debe medir de dos a tres veces el ancho del cepellón y exactamente su misma profundidad, ni un dedo más. La razón de que sea ancho es que la raíz nueva crece horizontalmente y necesita suelo mullido a los lados. La razón de que no sea más profundo es puramente mecánica: la tierra removida del fondo se asienta con los riegos y el árbol se hunde, el cuello queda enterrado y la base del tronco se pudre lentamente.

Aquí conviene decir algo que va contra la costumbre: no hay que rellenar el hoyo con tierra mejorada. Ni turba, ni sustrato de saco, ni mantillo puro. Si se crea una bolsa de tierra esponjosa dentro de un suelo compacto, ocurren dos cosas malas: el agua entra y no sale, porque el hoyo se comporta como una maceta enterrada sin agujero; y la raíz, encontrándose a gusto, gira dentro de la bolsa en vez de colonizar el suelo de alrededor. Se rellena con la propia tierra extraída, desterronada, y como mucho con un 10 o 20 por ciento de compost bien hecho mezclado de forma homogénea. Si el suelo es malo, lo que hay que mejorar es toda el área, no el agujero.

Al colocar el árbol, el arranque de las raíces gruesas debe quedar a ras de suelo o un par de centímetros por encima, nunca por debajo. En ejemplares de vivero es frecuente que el cepellón traiga tierra de más encima; hay que apartarla hasta encontrar la primera raíz. Se rellena en tongadas, se compacta con el pie sin ensañarse y se riega abundantemente para que la tierra se acomode y no queden bolsas de aire. Un alcorque o caballón de tierra en el perímetro ayuda a que el riego se infiltre donde toca.

La poda de compensación compensa poco

La idea de rebajar la copa a la mitad "para equilibrar la pérdida de raíces" está muy asentada y los ensayos de arboricultura la han desmontado. El árbol reconstruye raíz con los azúcares que fabrican las hojas y con las reservas que guarda en tronco y ramas: quitarle copa es quitarle precisamente la fábrica y el almacén con los que iba a regenerar. Los árboles podados a fondo en el trasplante tardan más en establecerse, no menos, y responden con una nube de chupones que hay que corregir durante años.

Lo que sí procede en el momento del trasplante es una limpieza mínima: ramas rotas en la manipulación, ramas secas, cruzamientos evidentes y, si acaso, un aclareo ligero que deje pasar el viento. La poda de formación puede esperar al segundo o tercer invierno, cuando el árbol ya tenga raíz para responder.

Tampoco hay que abonar con nitrógeno el primer año. El nitrógeno empuja brotación de hoja, que es lo último que le conviene a un árbol sin raíz suficiente para sostenerla. Si se quiere aportar algo, un acolchado orgánico y agua bien administrada rinden más que cualquier saco.

Tutor, acolchado y agua

El tutorado sirve para que el cepellón no se mueva mientras enraíza, no para sujetar el tronco. Dos o tres tutores clavados fuera del cepellón, con ataduras anchas y elásticas colocadas en el tercio inferior del tronco, y con holgura suficiente para que la copa oscile: ese balanceo es el estímulo que hace engordar el tronco y le da conicidad. Un árbol atado rígido y alto sale del tutor con el tronco fino, débil y sin capacidad de sostenerse. Las ataduras se revisan cada seis meses —crecen y estrangulan— y el tutor entero se retira entre los doce y los veinticuatro meses.

El acolchado es la mejor inversión del trasplante: de 5 a 10 centímetros de astilla de poda, corteza o paja cubriendo toda la superficie del hoyo y algo más. Modera la temperatura del suelo, conserva humedad, frena las hierbas competidoras y mantiene la actividad biológica del suelo. Debe dejar un anillo libre de unos 10 centímetros alrededor del tronco: apilar mantillo contra la corteza mantiene el cuello mojado y lo pudre.

El riego se aplica sobre el cepellón, que es donde están las raíces, y se va ampliando hacia fuera a medida que pasan los meses. Volúmenes generosos y espaciados, nunca chorritos diarios: para un árbol de porte medio, del orden de 40 a 60 litros por riego, semanal durante la primera primavera y verano, y cada diez o quince días el segundo verano. El calendario de riego debe mantenerse dos temporadas completas en climas mediterráneos, y tres si el ejemplar era grande. La regla del árbol de crecimiento normal: aproximadamente un año de cuidados por cada 2,5 centímetros de diámetro de tronco.

Especies que perdonan y especies que no

Aguantan bien y rebrotan de raíz con facilidad: Olea europaea —el olivo se mueve incluso adulto y centenario, con éxito alto—, Morus alba, Platanus × hispanica, Celtis australis, Ficus carica, Punica granatum, Nerium oleander, Cercis siliquastrum cuando es joven, y la mayoría de sauces y chopos.

Se resienten mucho o fracasan a menudo: los Quercus (encina, alcornoque, roble) por su raíz pivotante profunda, que se pierde entera en el corte; Juglans regia, por lo mismo; Betula pendula, que además sufre el calor español; Magnolia grandiflora, de raíces carnosas y quebradizas, que solo debe moverse en primavera y con cepellón intacto; y los pinos adultos, que rara vez recuperan porte. Con estas especies, la decisión sensata suele ser plantar uno nuevo pequeño en el sitio definitivo.

Un detalle propio de nuestro clima: los ejemplares que han crecido con riego abundante en un jardín tienen sistema radicular superficial y compacto, y se trasplantan mejor que uno de secano de la misma edad, que ha buscado agua en profundidad y tiene la raíz repartida en varios metros.

Permisos: mirar antes de excavar

Mover un árbol de cierto porte no siempre es una decisión libre. Buena parte de los ayuntamientos exigen licencia o comunicación previa para talar o trasplantar arbolado en suelo urbano, incluso dentro de parcela privada, con umbrales fijados por perímetro de tronco. Las comunidades autónomas mantienen además catálogos de árboles singulares o monumentales con protección específica, y hay especies protegidas por normativa forestal. Fuera de suelo urbano, arrancar arbolado puede requerir autorización forestal.

Una llamada al ayuntamiento antes de contratar la grúa cuesta poco. La sanción por hacerlo al revés, no.

En resumen

Un trasplante es una amputación planificada, y sale bien cuando se le da al árbol tiempo y agua para reponer raíz. Repicar el cepellón el año anterior si el ejemplar es grande; trabajar entre noviembre y febrero para los caducifolios y en el arranque de la primavera para olivos, encinas y cítricos; sacar de 10 a 12 centímetros de cepellón por cada centímetro de tronco; abrir un hoyo ancho y poco profundo; rellenar con la misma tierra sin recetas de sustrato; dejar el cuello por encima del nivel del suelo; retirar plásticos y ataduras; podar solo lo roto; acolchar sin tocar el tronco; tutorar bajo, flexible y por poco tiempo; y regar en profundidad durante dos temporadas.

Y una decisión previa que ahorra mucho trabajo: cuando la especie tiene raíz pivotante o el ejemplar pasa de cierto tamaño, plantar uno joven en el sitio bueno da un árbol mejor y antes que arrastrar el viejo hasta allí.


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