En junio, muchas calles de Valencia, Sevilla, Málaga, Alicante o Murcia amanecen con la acera cubierta de flores amarillas. Casi siempre son de Tipuana tipu, la tipuana o palo rosa, un árbol sudamericano que la jardinería urbana española adoptó a mediados del siglo XX por su crecimiento rápido y su sombra ancha. Es un buen árbol de calle, con dos servidumbres bien conocidas por quien aparca debajo o vive en un bajo: la melaza y las raíces.
Qué árbol es
Tipuana tipu (Benth.) Kuntze es la única especie de su género, una leguminosa de la subfamilia de las faboideas, originaria del sur de Bolivia y del noroeste de Argentina, donde forma parte de la selva de yungas y de las llanuras subtropicales. En España se le llama tipuana, tipa, palo rosa o, con menos propiedad, palisandro.
Alcanza de 15 a 25 metros de altura con una copa que puede pasar de los 15 metros de diámetro, ancha, aparasolada y de ramificación abierta. El tronco es grueso, con corteza pardo grisácea agrietada en placas longitudinales en los ejemplares viejos. El crecimiento es rápido: en buenas condiciones sube uno o dos metros al año en su juventud, y esa es la razón por la que se plantó tanto en las expansiones urbanas de los años sesenta y setenta.
La hoja es compuesta imparipinnada, de 15 a 25 centímetros, con 11 a 21 folíolos oblongos de un verde claro algo glauco, y da una sombra ligera y filtrada, no densa. Es caducifolia en clima mediterráneo, aunque de manera breve e irregular: en Málaga o Alicante puede quedarse casi sin hojas apenas unas semanas entre febrero y marzo, mientras que en Madrid la desnudez invernal es completa.
La floración es su gran baza. De mayo a julio se cubre de racimos de flores amariposadas de un amarillo anaranjado o dorado, de unos 2 centímetros, tan abundantes que la copa entera cambia de color y el suelo queda tapizado al caer. Después vienen los frutos, y son igual de característicos: sámaras aladas de 4 a 7 centímetros, parecidas a las del arce, que giran al caer y que en otoño se acumulan por decenas de miles bajo el árbol.
El problema de la melaza
Quien tenga una tipuana delante de casa sabe de qué se habla: coches, aceras, bancos y terrazas amanecen cubiertos de una película pegajosa que atrae avispas y que luego se ennegrece. Ese líquido no lo produce el árbol.
La responsable es una psila, Platycorypha nigrivirga, un insecto chupador de unos 3 milímetros originario de Sudamérica que llegó a Europa a principios de este siglo —se detectó en España hacia 2010— y que se ha instalado en prácticamente todo el arbolado de tipuana del país. Las ninfas se alimentan de la savia del envés de los folíolos jóvenes y excretan el exceso de azúcares en forma de melaza, que gotea sin parar. Sobre esa melaza crece después un hongo saprofito, la negrilla o fumagina, que forma la costra negra sobre hojas, coches y pavimento.
Las consecuencias son sobre todo de convivencia urbana —suciedad, resbalones, avispas, mobiliario arruinado—, aunque con poblaciones altas el árbol sufre: los folíolos se deforman y amarillean, hay defoliación anticipada en verano y la negrilla reduce la fotosíntesis. Los picos de población se dan en primavera y de nuevo a final de verano, coincidiendo con los brotes tiernos.
Qué se puede hacer:
- Control biológico. Es la vía que mejor funciona a medio plazo. Se ha introducido el parasitoide Psyllaephagus blastopsyllae y, además, mariquitas, crisopas y sírfidos depredan las ninfas. Evitar tratamientos insecticidas de amplio espectro es la condición para que esa fauna se establezca.
- Lavados a presión de la copa con agua, que arrastran ninfas y melaza en los momentos de mayor población.
- Jabón potásico en árboles jóvenes o accesibles, aplicado al envés y repetido cada 10-14 días durante el pico.
- Endoterapia, es decir, inyección al tronco de insecticida sistémico, empleada por algunos ayuntamientos en árboles muy conflictivos. Requiere aplicador profesional, tiene coste alto y solo se justifica en casos concretos.
- No plantar tipuanas nuevas sobre plazas de aparcamiento ni sobre terrazas. Es la medida más eficaz de todas y la única gratis.
Un apunte para no atribuirle todo a la psila: en tipuana también aparecen pulgón y cochinilla, que producen melaza igualmente. Mirar el envés de una hoja joven aclara enseguida cuál de los tres es.
Las raíces
El segundo inconveniente serio es el sistema radicular. La tipuana desarrolla raíces potentes y superficiales que se extienden en horizontal buscando agua, con especial afición al riego de goteo próximo y a las juntas húmedas. En alcorques estrechos —los de 80 por 80 centímetros que abundan en las calles españolas— y en aceras estrechas, esas raíces levantan baldosas, agrietan bordillos, deforman el pavimento y, con los años, pueden llegar a colarse en registros e infraestructuras enterradas.
El árbol no tiene la culpa: se le ha plantado en un sitio que no le corresponde. Lo que se deduce de esto para quien elige árboles o planta en su parcela:
- Alcorque mínimo de 2 por 2 metros, y mejor una banda continua de tierra o un parterre corrido.
- Distancia de al menos 6 a 8 metros a fachadas, muros, piscinas, arquetas y conducciones.
- Nunca sobre acera de menos de 3 metros de ancho ni junto a un pavimento recién ejecutado que se quiera conservar plano.
- Riegos profundos y espaciados durante los primeros años, en lugar de riegos superficiales frecuentes, para que la raíz baje en vez de extenderse en la capa superior.
- En jardín particular, plantarlo solo si hay espacio real: es un árbol de 20 metros de copa, no un árbol de patio.
A esto se suma que la madera es algo frágil ante el viento en ejemplares mal formados o desmochados, con desgajes de ramas gruesas, y que la caída masiva de flores y luego de sámaras da un trabajo de barrido considerable en junio y en otoño.
Clima, suelo y cultivo
Rusticidad. Aguanta heladas ligeras de hasta unos −5 o −6 °C en ejemplares adultos; los jóvenes se dañan ya en torno a −2 °C. Eso explica su reparto: es un árbol del sur y del levante peninsular, del valle del Guadalquivir, del litoral mediterráneo, de Canarias y de zonas urbanas templadas del interior. En Madrid existe, pero sufre en los inviernos duros y se comporta como plenamente caducifolio. En la meseta norte y en zonas con heladas intensas no es una elección razonable.
Calor y sequía. Es su punto fuerte. Resiste bien los veranos de 40 °C del interior de Andalucía y la sequía estival una vez establecido, motivos por los que se sigue plantando pese a sus inconvenientes.
Suelo. Poco exigente. Vive en suelos calizos, arcillosos, pobres y compactados de calle, y tolera cierta salinidad y la contaminación urbana. Prefiere, como todos, un suelo profundo y drenado. Al ser leguminosa fija nitrógeno atmosférico mediante bacterias en sus raíces, y por eso prospera en terrenos degradados.
Riego. Abundante y espaciado durante los tres primeros años. Después, un ejemplar establecido en el sur puede vivir con riego escaso o solo con la lluvia si el suelo es profundo.
Plantación. En otoño en clima suave, a la salida del invierno donde hiela. Entutorar los dos primeros años, ya que crece deprisa y su copa hace de vela.
Poda. Cuanto menos, mejor. Formación en los primeros años para levantar la cruz por encima de la altura de paso, y a partir de ahí solo retirada de ramas secas o mal insertadas, en pleno invierno. El desmochado, tan frecuente en el arbolado viario, produce rebrotes verticales mal anclados que se desgajan con el viento años después: en tipuana es especialmente contraproducente.
Multiplicación. Por semilla, que es abundante y de recogida sencilla. Las sámaras se recogen en otoño o invierno; conviene escarificar ligeramente o remojar 24 horas en agua tibia antes de sembrar en primavera, con germinación a 20-25 °C en dos a cuatro semanas. Crece rápido en vivero y está lista para plantar en dos o tres años.
Cuándo plantar una tipuana y cuándo no
A favor: sombra amplia y rápida en pocos años, floración espectacular, resistencia al calor, a la sequía, a suelos pobres y a la contaminación, mantenimiento estructural bajo. Es un árbol muy adecuado para parques, avenidas anchas, paseos amplios, taludes y aparcamientos sin plazas debajo de la copa.
En contra: melaza continua por la psila, raíces superficiales agresivas con el pavimento, ramaje frágil si se maltrata con podas y mucha caída estacional de flores y frutos. Por todo ello, es mala elección en calles estrechas, aceras de paso, plazas de aparcamiento, terrazas de bar y patios pequeños. En una parcela particular con menos de diez metros libres alrededor, conviene mirar otra especie.
En resumen
La Tipuana tipu es una leguminosa sudamericana de 15 a 25 metros, copa aparasolada, hoja compuesta caduca y floración amarillo dorada de mayo a julio, seguida de sámaras aladas. Resiste calor, sequía, suelos pobres y contaminación, y aguanta hasta unos −5 °C, lo que la hace habitual en el arbolado de Andalucía, el levante, Canarias y buena parte del litoral mediterráneo. Sus dos problemas reales son la melaza que producen las ninfas de la psila Platycorypha nigrivirga, corregible sobre todo con control biológico y lavados y evitable no plantándola sobre aparcamientos y terrazas, y unas raíces superficiales que levantan aceras cuando se planta en alcorques y calles estrechas. Con espacio suficiente, alcorque amplio, riego profundo los primeros años y poda mínima, es un árbol de sombra excelente para climas cálidos.