Desde que cae la última hoja hasta que la yema empieza a hincharse hay unas ocho o diez semanas de margen, y en ese hueco cabe toda la poda de invierno del arándano y del grosellero. En el interior peninsular eso significa de diciembre a finales de febrero; en la cornisa cantábrica y Galicia, donde está la mayor parte del arándano español de secano, la ventana se estira hasta principios de marzo; en el sur y en el litoral mediterráneo conviene cerrarla en enero, porque allí la vegetación arranca antes.
El calendario, sin embargo, es la parte fácil. Lo que decide si el arbusto da fruto o da leña es saber en qué madera fructifica cada especie, y ahí el arándano y los tres tipos de grosellero que se cultivan aquí no se comportan igual. Podarlos con el mismo criterio es lo que deja al rojo sin racimos y al negro cada año más flojo.
Por qué la poda se hace en parada y no en otoño
Podar en octubre o noviembre, con la hoja todavía puesta, tiene dos inconvenientes. El primero es que el arbusto aún está retirando reservas de la hoja hacia la corona y las raíces: cortar entonces es tirar a la basura parte de la despensa del año siguiente. El segundo es que un corte templado en pleno otoño puede empujar una brotación tardía que la primera helada seria quema, y esa madera muerta es puerta de entrada para chancros de Godronia y Botryosphaeria en el arándano.
En el extremo opuesto, esperar a que la yema esté hinchada y verde tampoco sale gratis: se pierden reservas ya movilizadas y se rompen brotes tiernos al manipular las ramas. El punto bueno es la parada profunda, con la planta desnuda, y a ser posible en un día seco y sin helada, porque la madera congelada se astilla y las esporas fúngicas aprovechan la humedad de la herida.
Hay una excepción que conviene conocer: en las plantaciones forzadas de Huelva, con variedades de southern highbush bajo macrotúnel, la poda principal se hace justo después de la recolección, entre finales de primavera y comienzos de verano, porque el ciclo del cultivo está desplazado. Para un arbusto de jardín o de huerto familiar en el resto del país, esa no es la referencia.
El arándano fructifica en la punta del brote del año anterior
Esta frase es toda la teoría que hace falta. En Vaccinium corymbosum y sus híbridos, las yemas de flor se forman al final del verano en el tercio superior de los brotes crecidos esa temporada. Se distinguen a simple vista: son gordas, redondeadas y ocupan las últimas yemas del brote, mientras que las vegetativas son pequeñas, alargadas y pegadas al tallo. Cada yema de flor abre un racimo de cinco a diez flores.
De ahí sale la consecuencia práctica. Si se pasa el cortasetos por encima del arbusto para igualarlo, como se hace con un boj, se está cortando exactamente el trozo donde estaba la cosecha entera. El arándano no se recorta: se renueva por varas.
La operación concreta en un arbusto adulto, de seis años en adelante:
Se identifican las varas más viejas, que se reconocen por el grosor, la corteza grisácea que se desprende en tiras y la ramificación menuda y agotada en la punta. Se cortan una o dos por año, a ras de corona, sin dejar tocón, de modo que ninguna madera supere los cinco o seis años. La planta responde emitiendo chupones nuevos desde la base, que serán las varas productivas de dentro de dos temporadas. El objetivo es mantener entre seis y diez varas de edades escalonadas.
Después se limpia lo que estorba: ramas tumbadas que tocan el suelo y ensucian el fruto, cruces que rozan, madera seca o con chancro. Y por último se aclara la madera de látigo, esos brotes finísimos y colgantes cargados de yemas de flor que producen frutos pequeños y tardíos. Quitando esos, y despuntando ligeramente los ramilletes más recargados, la cosecha baja en número y sube en calibre y precocidad, que es lo que interesa en un arbusto de casa.
Los tres primeros años: casi no se toca
Un arándano recién plantado no necesita poda de formación en el sentido clásico. Lo único que se hace el primer invierno es eliminar los brotes débiles y los que salen tumbados. Y durante las dos primeras temporadas conviene arrancar las flores antes de que cuajen: la planta destina a raíz y a estructura la energía que habría gastado en veinte arándanos, y el tercer año lo devuelve con creces. Un arbusto que fructifica desde el primer año se queda enano y tarda el doble en llenar el marco.
Compensa recordar también que el arándano es acidófilo estricto, con un óptimo de pH entre 4,5 y 5,5. Ninguna poda arregla una clorosis férrica de suelo calizo; si las hojas nuevas salen amarillas con los nervios verdes, el problema no está en la tijera.
Grosellero negro: madera de un año, poda severa
Ribes nigrum da su mejor fruto en los brotes crecidos la temporada anterior. La madera de tres años o más produce racimos escasos y pequeños. Por eso el grosellero negro se conduce en mata, sin estructura permanente, y se poda con mano dura.
Cada invierno se cortan a ras de suelo entre un cuarto y un tercio de las ramas, eligiendo siempre las más viejas: se distinguen porque su corteza es oscura, casi negra, frente al pardo claro brillante de las del año. Un arbusto bien llevado tiene entre ocho y doce ramas, y aproximadamente la mitad son del último ciclo. Al plantar, se recorta toda la planta a dos o tres yemas del suelo el primer invierno: se pierde la cosecha del año siguiente y se gana una mata con varias ramas desde la base en lugar de un tronco único.
El negro admite además una variante cómoda: podar inmediatamente después de la recolección, en julio, cortando ramas enteras cargadas de fruto y desgranándolas sentado a la sombra. Se hacen dos trabajos de una vez y la planta tiene todo el final del verano para madurar el brote nuevo.
Grosellero rojo, blanco y uva espina: esporones sobre estructura fija
Aquí el criterio se invierte, y es donde se cometen los destrozos. Ribes rubrum —el rojo y su forma blanca— y Ribes uva-crispa, el grosellero espinoso o uva espina, fructifican en esporones cortos que se forman sobre madera de dos, tres y cuatro años, más en la base de los brotes del año anterior. Esa madera hay que conservarla.
Quien aplica a un grosellero rojo la receta del negro y le corta un tercio de las ramas viejas a ras de suelo cada invierno está eliminando cada año la fábrica de fruto entera. La planta rebrota con fuerza, se ve verde y lozana, y no da nada.
La conducción correcta es una estructura permanente de ocho a doce ramas principales en forma de copa abierta, con el centro despejado. Cada invierno:
Se acortan las guías de esas ramas principales en torno a un cuarto de su longitud, cortando sobre una yema orientada hacia fuera. Se recortan todas las ramificaciones laterales a una o dos yemas de su base, que es donde están o se formarán los esporones. Se eliminan los chupones que salen del suelo, salvo el uno o dos que se vayan a necesitar para sustituir una rama principal envejecida —a partir de los ocho o diez años— y se quita cualquier rama que se meta hacia el interior de la copa.
En la uva espina el centro abierto no es estética: es la medida más eficaz contra el oídio americano (Podosphaera mors-uvae), que cubre brotes y frutos de un fieltro pardo y arruina la cosecha en climas húmedos. Un arbusto aireado se seca antes después de la lluvia y se infecta mucho menos. Además, con el centro libre se recoge sin dejarse las manos entre las espinas.
Y una advertencia sobre etiquetas de vivero: el arbusto de la imagen es Ribes alpinum, el grosellero alpino, que se planta en setos bajos y en zonas de sombra por su porte compacto. Sus bayas rojas son comestibles pero insípidas y casi sin pulpa, y la mata es a menudo dioica, así que muchos ejemplares ni siquiera fructifican. Si lo que se busca es cosecha, la etiqueta tiene que decir Ribes rubrum, Ribes nigrum o Ribes uva-crispa, con nombre de variedad detrás. El alpino se poda como seto, en verano, y no entra en nada de lo anterior.
La poda en verde de junio
El rojo, el blanco y la uva espina agradecen una segunda intervención a finales de junio o primeros de julio, cuando el brote nuevo ya tiene consistencia. Consiste en acortar los laterales del año a cuatro o cinco hojas, sin tocar las guías de las ramas principales. Entra luz al fruto, que colorea mejor y sube de grado; el arbusto se seca antes tras la lluvia; y en invierno queda mucho menos trabajo, porque esos mismos laterales solo habrá que rematarlos a una o dos yemas.
El arándano no necesita poda en verde salvo para retirar madera rota o afectada. El grosellero negro, tampoco, más allá de la poda posterior a la recolección ya descrita.
Lo que se ve con la tijera en la mano
La poda de invierno es el momento en que mejor se inspecciona el arbusto, sin hojas de por medio. Merece la pena mirar dos cosas.
En los groselleros negros, yemas anormalmente gordas y redondas, como guisantes, en febrero. Son el síntoma del ácaro de las yemas (Cecidophyopsis ribis), que además transmite el virus del reversión, una enfermedad incurable que deja la planta con hojas atípicas y sin cosecha. Las yemas sueltas se arrancan y se destruyen; si están repartidas por toda la mata, lo sensato es arrancar el arbusto entero y no replantar grosellero negro en ese hueco.
En el arándano, cortezas hundidas, oscuras y ligeramente rehundidas en la base de una vara, con la madera parda por dentro al cortarla: es chancro. Esa vara se elimina completa, por debajo de la lesión, y se saca del jardín.
Recuperar un arbusto abandonado
Ante una mata enmarañada de diez o quince años, la tentación es rebajarla entera de golpe. En el grosellero negro se puede: rejuvenece bien desde la corona y en dos años vuelve a producir. En el arándano y en el grosellero rojo, no. Un arándano rebajado a un palmo del suelo tarda tres o cuatro temporadas en volver a cosechar, y algunos ejemplares viejos sencillamente no rebrotan con fuerza suficiente.
El camino razonable es repartir la renovación en tres inviernos consecutivos, quitando cada año un tercio de la madera más vieja y dejando que los brotes nuevos vayan tomando el relevo. Se sigue recogiendo fruto durante todo el proceso.
Herramienta y corte
Tijera de bypass —de doble hoja, no de yunque— bien afilada, y para las varas gruesas del arándano, un serrucho de poda pequeño o tijera de dos manos. La hoja de yunque aplasta el tallo y deja un corte que cicatriza mal.
Los cortes de renovación se hacen al ras de la corona, sin dejar tocón: un muñón de cinco centímetros se seca, se pudre y siembra el problema hacia dentro. Los cortes sobre yema, a medio centímetro por encima y ligeramente inclinados en sentido contrario a ella. No hace falta sellar nada; las masillas cicatrizantes retienen humedad y no aportan protección demostrada en arbustos de fruto pequeño.
Conviene desinfectar la tijera con alcohol de 70º al pasar de una planta enferma a otra sana, especialmente si se ha tocado un grosellero con sospecha de reversión. Y la madera podada, sobre todo la que tenga chancro, ácaro u oídio, se retira y se destruye: no va al montón de compost al pie del arbusto.
En resumen
La ventana es la parada invernal —de diciembre a febrero según la zona, en día seco y sin helada— y dentro de ella lo que cambia es el método, porque cada arbusto guarda el fruto en un sitio distinto.
El arándano fructifica en la punta de los brotes del año anterior: nunca se recorta por arriba, se renueva quitando una o dos varas viejas a ras de corona cada invierno hasta mantener seis a diez varas de edades escalonadas, y los tres primeros años apenas se toca.
El grosellero negro fructifica en madera de un año: se cortan a ras de suelo entre un cuarto y un tercio de las ramas más viejas cada invierno, o se poda directamente después de la recolección de julio.
El grosellero rojo, el blanco y la uva espina fructifican en esporones sobre madera de varios años: se mantiene una copa abierta de ocho a doce ramas permanentes, se acortan las guías un cuarto y los laterales a una o dos yemas, y en junio se despuntan los laterales del año a cuatro o cinco hojas.
Aplicar la receta del negro al rojo es lo que deja un arbusto vigoroso y estéril; pasar el cortasetos al arándano es quedarse sin cosecha entera con un solo gesto.