Florece en enero. Ese dato, por sí solo, explica por qué el albaricoquero japonés lleva mil quinientos años cultivándose en China y Japón y por qué merece un sitio en un jardín peninsular: cuando todo lo demás está desnudo y parado, este árbol abre unas flores pequeñas, de cinco pétalos, que además huelen —un aroma dulce y limpio que se percibe a varios metros en una mañana fría.

Qué árbol es exactamente

Prunus mume Siebold & Zucc. es una rosácea caducifolia originaria del valle del Yangtsé, en el sur de China, llevada muy pronto a Japón y Corea, donde se convirtió en símbolo cultural del final del invierno. En japonés se llama ume; en chino, méi. En español recibe nombres contradictorios: albaricoquero japonés, ciruelo japonés, ciruelo chino o ciruelo de flor.

Esa lista de nombres causa compras equivocadas con bastante facilidad. «Ciruelo japonés» designa también a Prunus salicina, que es el ciruelo de fruta de mesa y no tiene nada que ver; «ciruelo rojo» o «ciruelo de jardín» suele referirse a Prunus cerasifera 'Pissardii', el de hoja púrpura que florece en marzo. Si lo que buscas es el árbol que florece en pleno invierno y perfuma, comprueba en la etiqueta el binomio Prunus mume y no te fíes del nombre comercial.

Es un árbol pequeño: de 4 a 6 metros de altura habitual en cultivo, con copa redondeada y algo irregular, corteza gris que se agrieta con la edad y brotes jóvenes verdes que se vuelven pardos. Crece a ritmo moderado y vive bien más de cincuenta años. Ese porte contenido lo hace apto para jardines urbanos donde un cerezo de flor ya se quedaría grande.

Prunus mume en flor a finales de invierno

La floración y sus riesgos

Las flores salen sobre la madera del año anterior, directamente sobre los brotes y sobre ramilletes cortos, antes de que aparezca ninguna hoja. Miden entre 2 y 2,5 cm y van del blanco al rosa intenso y al rojo carmín según el cultivar; los hay simples y dobles. La época depende del clima y de la variedad: en el litoral mediterráneo y en el sur puede abrir en la segunda quincena de diciembre o en enero; en el interior de la meseta, en febrero; en zonas frías del norte y de montaña, en marzo.

Frente al cerezo japonés (Prunus serrulata), que apenas tiene olor, el mume es intensamente aromático. Ese es el argumento para plantarlo cerca de un paso, una entrada o una ventana que se abra en invierno, y no en el fondo del jardín donde nadie se acerca en enero.

El riesgo de florecer tan pronto es evidente: una helada de −4 o −5 °C con la flor abierta la quema en una noche y se acabó el espectáculo hasta el año siguiente. El árbol no sufre daño duradero —resiste sin problema hasta unos −15 °C en madera dormida—, pero la floración se pierde. Por eso conviene plantarlo en un sitio abrigado, protegido del norte por un muro o por una masa de perennes, y evitar las vaguadas y hondonadas donde el aire frío se acumula en las noches despejadas. En una terraza en Ávila o en Soria, plantarlo es aceptar que algunos años no habrá flor.

El problema opuesto aparece en el sur y en la costa: necesita acumular horas de frío invernal para brotar y florecer de forma uniforme. Sus necesidades son moderadas, bastante menores que las de un cerezo, y por eso funciona en buena parte de la Península, pero en los inviernos muy suaves de la costa subtropical la floración se vuelve irregular y escalonada.

Entre los cultivares que se encuentran con más facilidad: 'Beni-chidori', de flor simple rosa fuerte y muy perfumada; 'Omoi-no-mama', que mezcla flores blancas y rosas en el mismo árbol; los de flor doble tipo 'Yaekanko', muy densos y vistosos; y las formas de porte llorón (pendula), que se injertan alto y ocupan poco.

Flores dobles rosadas del cultivar Yaekanko de Prunus mume

Dónde y cómo plantarlo

Quiere sol directo, mínimo seis horas al día. A media sombra vegeta, se alarga y da cuatro flores contadas.

En cuanto al suelo, es tolerante siempre que se respete una condición: drenaje. Prefiere terrenos profundos, francos o franco-arenosos, con pH entre 6 y 7,5. Aguanta cierta caliza, aunque en suelos muy calizos aparece clorosis férrica, que se corrige con quelato EDDHA. Lo que no perdona es la arcilla encharcada: en un suelo pesado que retiene agua en invierno, el sistema radicular se asfixia, aparecen la podredumbre de cuello y la gomosis, y el árbol se muere despacio a lo largo de dos o tres años. Si el terreno es arcilloso, hay que plantar en caballón o montículo elevado 30-40 cm y mejorar con arena gruesa y materia orgánica en una zona amplia, no solo en el hoyo.

La plantación se hace en otoño, de octubre a noviembre, en zonas de invierno suave, o a finales del invierno donde hiela fuerte. A raíz desnuda solo en pleno reposo; en contenedor, en cualquier momento salvo verano. El hoyo, dos o tres veces el ancho del cepellón y no mucho más profundo que su altura.

Y el detalle que decide si el árbol prospera: el cuello debe quedar al nivel del suelo o un par de centímetros por encima, nunca enterrado. En los Prunus, un cuello tapado con tierra o con mantillo apoyado contra la corteza acaba en pudrición. El acolchado se pone en corona, dejando diez centímetros libres alrededor del tronco. Si el ejemplar es injertado —lo habitual, sobre franco de mume, sobre albaricoquero o sobre mirobolán—, el punto de injerto tiene que verse por encima de la tierra.

Riego y abonado

Los dos o tres primeros años son los que cuentan: riegos regulares y abundantes de mayo a septiembre para que la raíz explore. Un ejemplar ya establecido aguanta la sequía razonablemente en el norte y en zonas de más de 600 mm anuales, pero en el interior y en el sur agradece riegos de apoyo en verano.

Aquí hay una relación que no siempre se entiende: las yemas de flor de enero se forman en junio, julio y agosto. Un verano de estrés hídrico severo no se nota en el momento, se nota seis meses después en forma de floración pobre. Si un año floreció mucho menos y no hubo heladas, mira atrás al verano anterior.

El abonado puede ser sencillo: un aporte de compost o estiércol bien hecho al pie a finales de invierno, extendido en la proyección de la copa. Si el crecimiento es flojo, un abono equilibrado de liberación lenta en marzo. Conviene no pasarse con el nitrógeno: empuja madera blanda y hoja a costa de flor, y esa madera tierna es más vulnerable al pulgón y al frío.

La poda: cuándo sí y cuándo se pierde la flor

Hay un refrán japonés que resume el manejo mejor que cualquier manual: sakura kiru baka, ume kiranu baka, «tonto el que poda el cerezo, tonto el que no poda el ciruelo». El mume responde bien a la poda, incluso a la poda fuerte, y sin ella se llena de madera vieja y de ramas cruzadas, y la floración se aleja hacia las puntas.

El momento es justo después de la floración, cuando caen los pétalos y antes de que la hoja esté desarrollada del todo. Podar en otoño o a principios de invierno significa cortar todas las yemas de flor ya formadas y quedarse sin floración; es el error que arruina la temporada y no se nota hasta enero, cuando ya no hay remedio.

El trabajo consiste en aclarar el centro para que entre luz, eliminar ramas secas, cruzadas o que crecen hacia dentro, acortar los brotes largos del año anterior dejando cuatro o cinco yemas —esos brotes cortos son los que darán flor— y renovar de vez en cuando alguna rama vieja cortándola a favor de una joven bien situada.

Dos precauciones específicas del género. Primera: se poda con tiempo seco y estable, nunca con lluvia o humedad persistente, porque los cortes son la puerta de entrada del chancro bacteriano (Pseudomonas syringae) y de la monilia. Segunda: se desinfecta la herramienta entre árboles y se evitan los cortes muy gruesos a ras; hay que respetar el rodete o collar de la rama, que es el tejido que cicatriza. Un corte grande en Prunus supura goma con facilidad.

Los chupones que salgan del pie o por debajo del injerto se arrancan de un tirón en verde, mejor que cortarlos, para eliminar las yemas basales que rebrotarían.

Plagas y enfermedades que le afectan de verdad

Monilia (Monilinia laxa): es la más seria, precisamente porque el árbol florece en la época más húmeda y fría. Marchita flores y ramillos jóvenes, que quedan colgando secos y pardos como si se hubieran quemado. Se corta y se retira todo el material afectado —quemarlo o tirarlo, no dejarlo bajo el árbol— y se trata en floración con un fungicida autorizado para ornamentales. El cobre en plena flor es fitotóxico: se aplica a la caída de la hoja y al hinchado de yemas, no con flor abierta.

Pulgón (sobre todo Myzus persicae): en primavera riza las hojas nuevas y deja melaza y negrilla. Con poblaciones moderadas, jabón potásico o un aceite de verano bastan; suelen aparecer mariquitas y sírfidos si no se abusa de insecticidas de amplio espectro.

Cribado o perdigonada: manchas redondas que se secan y se desprenden, dejando la hoja agujereada. Favorecido por primaveras lluviosas. Tratamiento cúprico a la caída de la hoja y buena aireación de copa.

Gomosis: exudado ambarino en tronco y ramas. Es un síntoma, no una enfermedad: suele responder a encharcamiento, heridas mal hechas, sol directo sobre la corteza o poda a destiempo. Se corrige la causa antes que el síntoma.

Cochinillas y, en menor medida, barrenillos en árboles ya debilitados.

El fruto: qué es y qué no es

Si el cultivar es fructífero y hay polinización, en mayo o junio madura una drupa redonda de 2 a 3 cm, amarillo verdosa, aterciopelada y con un surco marcado. No es un albaricoque ni se come crudo: es extremadamente ácida y astringente. En Asia oriental se transforma mediante salado y fermentación (los umeboshi) o macerada en alcohol (umeshu), procesos largos que no tienen nada que ver con coger la fruta del árbol y morderla.

Conviene añadir una advertencia real, sin dramatismo: como en todos los Prunus, la semilla del interior del hueso y el fruto verde contienen glucósidos cianogénicos (amigdalina). El hueso no se rompe ni se consume, y el fruto inmaduro tampoco se come. La pulpa madura, ya procesada según los métodos tradicionales, es lo que se consume en su gastronomía de origen.

Muchos cultivares ornamentales, sobre todo los de flor doble, cuajan poca fruta o ninguna. Y buena parte de las variedades son parcialmente autoincompatibles: si el objetivo es cosechar, hacen falta dos ejemplares de cultivares compatibles. Si el objetivo es la flor, este apartado sobra.

En maceta y como bonsái

El mume figura entre las especies clásicas del bonsái japonés y se comporta bien en contenedor grande, a partir de unos 50 litros para un ejemplar de dos metros. Necesita sustrato muy drenante —mezcla con puzolana, akadama o arena gruesa en torno al 30 %—, riego vigilado en verano y trasplante con poda de raíces cada tres o cuatro años, a finales de invierno.

Dos avisos: en maceta hay que dejar que pase frío en invierno, porque si se mete en un interior templado no acumula las horas necesarias y no florece; y las raíces en contenedor toleran mucho menos el hielo que en suelo, así que en zonas de heladas fuertes se protege el tiesto, no la copa.

En resumen

Prunus mume es un árbol pequeño, longevo y de cultivo sencillo cuyo interés está concentrado en unas semanas de pleno invierno, con flor perfumada sobre madera desnuda. Pide sol, suelo drenado, cuello sin enterrar y un emplazamiento abrigado de las heladas tardías y del viento del norte; se poda inmediatamente después de florecer y nunca en otoño, porque las yemas de flor ya están hechas; se vigila la monilia durante la floración húmeda; y se riega en verano si se quiere flor al invierno siguiente. Comprado con el nombre científico delante y plantado junto a un camino por el que se pase en enero, devuelve mucho a cambio de muy poco trabajo.


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