Durante casi treinta años, este árbol fue para los botánicos del noroeste americano poco más que un dato de inventario: una conífera pequeña, torcida y sin valor maderero que crecía a la sombra de abetos Douglas mucho más rentables. Después se descubrió lo que llevaba en la corteza y dejó de ser un árbol secundario de la noche a la mañana.
Taxus brevifolia, el tejo del Pacífico, vive en el sotobosque de los bosques húmedos que van del sur de Alaska a la sierra de California, con el grueso de su área en la Columbia Británica, Washington, Oregón e Idaho. Casi nunca forma masa propia: aparece disperso bajo Pseudotsuga menziesii, Tsuga heterophylla y Thuja plicata, en fondos de valle, laderas norte y bordes de arroyo, donde le llega muy poca luz directa y el aire se mantiene húmedo casi todo el año.
Qué lo diferencia del tejo europeo
El parecido con Taxus baccata es evidente, pero las diferencias también:
Tamaño y porte. El tejo del Pacífico se queda entre 5 y 15 metros, con ejemplares excepcionales de 20. El tronco es delgado, acanalado y casi siempre retorcido, y la copa es abierta e irregular, con ramas largas y colgantes adaptadas a captar la poca luz que atraviesa el dosel. Un tejo europeo adulto es un árbol compacto; este parece un arbusto grande que se ha estirado buscando un hueco.
Acículas. Más cortas, de 1 a 2 cm, de ahí el epíteto brevifolia, y rematadas en punta fina. El envés es verde pálido mate.
Corteza. Muy fina, de dos a cinco milímetros, de color púrpura rojizo, y se desprende en escamas casi de papel dejando ver una capa interior clara. Esa corteza es la parte de la historia que importa.
Crecimiento. Todavía más lento que el del tejo europeo. Un pie de veinte centímetros de diámetro puede tener un siglo, y hay ejemplares documentados de más de trescientos años con troncos que caben en un abrazo.
Lo que comparten es la toxicidad. Contiene las mismas taxinas en acículas, corteza, madera y semilla, con la misma excepción del arilo carnoso rojo, así que todo lo que vale para el manejo del tejo común vale igual aquí.
La historia del taxol
En 1962, un botánico del Departamento de Agricultura estadounidense llamado Arthur Barclay recogió muestras de corteza, hojas y ramillas de este árbol en un bosque de Washington. Formaban parte de un cribado masivo de plantas que el Instituto Nacional del Cáncer había puesto en marcha para buscar actividad antitumoral: miles de especies, un envío tras otro, casi todos sin resultado.
El extracto de corteza de Taxus brevifolia resultó activo. Aislarlo llevó años, porque la molécula estaba en cantidades minúsculas y era difícil de purificar. En 1971, Monroe Wall y Mansukh Wani publicaron la estructura del compuesto, al que llamaron taxol (hoy paclitaxel como nombre genérico). En 1979, Susan Horwitz describió cómo actuaba, y resultó ser un mecanismo distinto de todo lo conocido hasta entonces. Los ensayos clínicos llegaron en los años ochenta y la aprobación, en 1992.
Y ahí apareció el problema. El paclitaxel está en la corteza en proporciones ínfimas, la corteza es finísima y descortezar un tejo lo mata. Las cuentas que se manejaron en aquel momento hablaban de varios árboles adultos —del orden de diez kilos de corteza seca— para tratar a un solo paciente. Con una demanda que iba a contarse en decenas de miles de tratamientos al año, la aritmética no salía por ningún lado.
La presión sobre los bosques y cómo se resolvió
A finales de los ochenta y principios de los noventa empezaron las campañas de recolección de corteza en Oregón, Washington e Idaho. Coincidieron en el tiempo y en el mapa con el conflicto por la tala de los bosques maduros del Pacífico Noroeste y la protección del búho moteado, de modo que el tejo entró de lleno en una discusión que ya estaba encendida: se estaba talando un árbol de crecimiento lentísimo, sin regeneración rápida y que solo vive bajo dosel maduro, para obtener un fármaco cuyo consumo iba a crecer todos los años.
La salida no fue plantar más tejos del Pacífico, porque habrían tardado un siglo en dar corteza. Fue cambiar de materia prima. Los químicos franceses Pierre Potier y Andrew Greene desarrollaron una vía de semisíntesis a partir de la 10-desacetilbacatina III, un precursor que se extrae de las hojas y ramillas jóvenes de Taxus baccata, el tejo europeo de toda la vida. La diferencia es decisiva: la fronda se corta y la planta rebrota, así que la cosecha es renovable y anual, y un seto o una plantación de tejo europeo puede recolectarse indefinidamente sin matar una sola planta. Se establecieron cultivos específicos en Francia, India y otros países para abastecerla.
Más adelante llegó una segunda solución, el cultivo de células vegetales de Taxus en fermentadores, que produce el principio activo sin planta entera y sin bosque de por medio. Entre las dos, la presión sobre las poblaciones silvestres de Taxus brevifolia desapareció en pocos años. El árbol siguió siendo escaso y de recuperación lenta, y sigue figurando en los programas de conservación de la región, pero ya no por el motivo original.
Queda una simetría curiosa: el árbol del descubrimiento fue el americano, y el que terminó sosteniendo la producción fue el europeo, el mismo que lleva siglos recortado en setos de jardín.
Por qué apenas se cultiva en España
Fuera de algún arboreto y de colecciones de jardines botánicos del norte, este tejo no se encuentra en los viveros españoles, y hay razones concretas.
El clima. Es una especie de bosque lluvioso templado, con humedad ambiental alta y verano fresco. El verano mediterráneo, con dos o tres meses secos y aire caliente, lo castiga mucho más que a Taxus baccata, que al menos tiene poblaciones ibéricas adaptadas. Solo en Galicia, la cornisa cantábrica y valles pirenaicos húmedos tendría sentido intentarlo.
El suelo. Prefiere suelos ácidos, profundos y con mucha materia orgánica, mientras que el tejo común crece igual de bien sobre caliza. En media España eso descarta la especie sin más discusión.
El resultado ornamental. Es lo decisivo. Todo lo que se le pide a un tejo en un jardín —densidad, color oscuro, respuesta al recorte, seto opaco— lo hace mejor y más rápido Taxus baccata. El del Pacífico crece aún más despacio, tiene el follaje más ralo y un porte irregular que nunca da una pared verde compacta.
La disponibilidad. No hay producción comercial en Europa y la semilla, con la misma doble latencia que la del tejo común, tarda casi dos años en nacer. Quien lo cultiva aquí lo hace por interés botánico, no por jardinería.
Cultivo, para quien lo intente
Sombra o media sombra permanente, preferiblemente bajo dosel de caducifolios. Suelo ácido o neutro, fresco, con acolchado de corteza o de hojarasca para mantener la humedad y la temperatura de la raíz estables. Riego durante todo el verano, sin encharcar en ningún momento. Resiste el frío por debajo de los -20 ºC, así que la limitación nunca es el invierno. La poda debe ser mínima, porque su valor está en el porte natural, y no hay motivo para intentar formarlo. Multiplicación por esqueje semileñoso de otoño con talón, igual que el tejo común.
En resumen
Taxus brevifolia es un tejo pequeño de sotobosque norteamericano, de crecimiento extraordinariamente lento y con el mismo perfil tóxico que el resto del género. Su interés no es jardinero sino histórico: de su corteza salió el paclitaxel, y la imposibilidad de sostener la producción descortezando árboles silvestres empujó a resolverla por semisíntesis a partir de la fronda renovable del tejo europeo. Como planta de jardín en España no aporta nada frente a Taxus baccata, y fuera del noroeste húmedo ni siquiera prospera.