Un tejo de doscientos años no llama la atención por su tamaño. Rara vez pasa de los quince metros, suele quedarse en diez y muchas veces tiene el tronco corto, grueso y dividido desde la base. Lo que llama la atención es que siga ahí, y que vaya a seguir cuando nadie recuerde ya quién lo plantó.
El tejo común, Taxus baccata, es una conífera nativa de Europa, el norte de África y el suroeste de Asia. En la Península Ibérica aparece de forma natural en la cornisa cantábrica, el Pirineo, el Sistema Ibérico, el Sistema Central y algunas sierras béticas, casi siempre en umbrías frescas, barrancos y roquedos calizos donde el hayedo o el robledal le dejan hueco. Es un resto de una flora más antigua que la actual, que sobrevivió replegándose a los sitios donde el verano no aprieta.
Toxicidad: lo primero que hay que saber
Toda la planta contiene taxinas, un grupo de alcaloides que actúan sobre la conducción cardiaca. Están en las acículas, en la corteza, en la madera y en la semilla. La única excepción es el arilo, la parte carnosa y roja que envuelve la semilla: esa pulpa no contiene taxinas, y por eso los mirlos y los zorzales comen los arilos sin problema y dispersan la simiente entera. La semilla dura que hay dentro sí es tóxica, y es la parte que convierte un fruto de aspecto inofensivo en un riesgo para un niño pequeño.
Hay además un punto decisivo en el manejo del árbol: el ramón seco es más tóxico que el fresco. Las taxinas no se degradan al secarse, se concentran, y además el follaje seco pierde el sabor amargo y el olor que hacen que el ganado lo evite en la planta viva. Los casos de intoxicación descritos en vacas, caballos, ovejas y cabras se repiten con el mismo guion: alguien poda un tejo del jardín o de un cementerio y tira los restos al lindero de una finca, o los amontona junto a un cierre, y el ganado los come. La muerte suele producirse en pocas horas y sin signos previos claros; lo habitual es encontrar los animales muertos cerca del montón de ramas. Los caballos son especialmente sensibles.
La consecuencia práctica es sencilla: los restos de poda de un tejo no se tiran al campo, no se echan al montón de hierba y no se dejan al alcance de animales. Se retiran a punto limpio o se queman donde esté permitido. Si en la finca hay ganado, el tejo va detrás de un cierre que ellos no alcancen, contando con que estirarán el cuello. Y si en casa hay niños pequeños, conviene saber que los arilos rojos son llamativos y dulces, y que el problema no es la pulpa sino lo que hay dentro.
Cómo se reconoce
Las acículas miden entre 2 y 3 cm, son planas, blandas al tacto y de un verde oscuro muy brillante por el haz; el envés es verde claro amarillento, sin bandas blancas nítidas. Se disponen en dos filas a lo largo de la ramilla, como las púas de un peine, lo que da a la fronda un aspecto plano característico. La corteza es rojiza y se desprende en placas finas dejando manchas más claras.
El tejo no produce piñas. Es dioico: hay pies macho, que en febrero y marzo sueltan una nube de polen amarillo, y pies hembra, que en otoño se cubren de arilos rojos de menos de un centímetro, carnosos y abiertos por el extremo, con la semilla visible dentro. Ese detalle, el arilo abierto como un dedal, distingue al tejo de cualquier otra conífera de jardín a primera vista.
Longevidad, tejos monumentales y tejedas
La longevidad del tejo es real, pero es difícil de medir. El tronco se ahueca con los siglos y los anillos centrales desaparecen, de modo que los ejemplares muy viejos no se pueden datar por conteo; además, un tejo antiguo puede echar raíces desde ramas caídas y regenerarse por los lados, con lo que el árbol que se ve hoy es en parte hijo de sí mismo. Edades de ochocientos a mil años están razonablemente documentadas en varios ejemplares europeos. Las cifras de dos y tres mil años que circulan sobre algunos tejos célebres son estimaciones, no medidas.
En España hay tejos protegidos como monumento natural, y el más conocido es el de Bermiego, en Quirós (Asturias), con un perímetro de tronco de casi siete metros. Muchos otros están junto a iglesias, ermitas y cementerios del norte, y en Asturias y Cantabria es frecuente encontrarlo presidiendo la plaza del pueblo: la costumbre de plantarlo en lugares de reunión y enterramiento es anterior al cristianismo y explica por qué sobrevivieron ejemplares que en el monte se habrían cortado.
Las masas naturales se llaman tejedas y son escasas. La de Tosande, en Fuentes Carrionas (Palencia), y las del Sueve y otros puntos de la montaña asturiana están entre las mejor conservadas del continente. Su problema no es el clima sino la regeneración: los brinzales son un bocado apetecible para ciervos, corzos y ganado, y una tejeda sin cierre puede pasar décadas sin que un solo plantón llegue a superar el metro.
El tejo en el jardín
Ubicación. Media sombra o sombra. Es de las pocas coníferas que vive bien bajo la copa de árboles caducifolios y contra un muro orientado al norte. En Galicia y la cornisa cantábrica admite pleno sol; del Sistema Central hacia el sur conviene que tenga sombra en las horas de la tarde, porque el sol de julio a mediodía le quema la fronda joven.
Suelo. Indiferente al pH: crece igual de bien sobre caliza que sobre suelo ácido, y esa tolerancia lo hace útil donde otras coníferas se vuelven cloróticas. Lo que no perdona es el encharcamiento. En terrenos pesados hay que plantarlo sobre un caballón de veinte o treinta centímetros, porque el agua parada en invierno abre la puerta a Phytophthora, y una vez que la raíz se pudre el árbol amarillea entero y no se recupera.
Riego. Regular durante los tres primeros veranos, unos 15 o 20 litros por planta y semana en clima continental. Después es sorprendentemente resistente a la sequía si está a la sombra, pero un tejo a pleno sol en el interior peninsular necesita riego de apoyo todos los veranos de su vida.
Plantación. Otoño, de octubre a diciembre, para que enraíce con las lluvias. En zonas de heladas fuertes y suelo que se hiela, marzo es mejor opción. Aguanta sin daño por debajo de los -20 ºC.
Crecimiento. De 15 a 25 cm al año en condiciones normales. Es lento, y ese es el motivo por el que un tejo de vivero de metro y medio cuesta lo que cuesta. También es la razón de su madera densa y elástica, la que se usó durante siglos para arcos.
Seto, topiaria y poda
El tejo tiene una virtud rara entre las coníferas: rebrota de madera vieja. Se puede cortar una rama desnuda hasta el tronco y en dos temporadas aparecen brotes nuevos sobre la corteza. Los cipreses, las tuyas y los enebros no hacen eso; cortados por debajo del verde, se quedan con un hueco marrón permanente. Por eso un seto de tejo descuidado o demasiado ancho se puede recuperar rebajándolo drásticamente por una cara un año y por la otra dos años después, mientras que un seto de tuya en la misma situación solo se puede arrancar.
Para seto formal se plantan entre 50 y 60 cm unos de otros en línea simple. El recorte principal se da a finales de junio, cuando el brote de primavera ya está hecho, y una segunda pasada ligera a finales de agosto deja el seto limpio hasta la primavera siguiente. Un seto de tejo bien llevado se convierte en una pared verde opaca de cara plana, y esa densidad, junto con el color oscuro, es lo que lo hace insustituible como fondo de un parterre o de una escultura.
Para topiaria pasa lo mismo: la brotación desde yemas latentes permite corregir errores. Las bolas, conos y setos con arcos de los jardines históricos se hacen con tejo por eso y no por capricho.
Plagas y problemas
El tejo tiene pocos enemigos serios. La mosca del tejo (Taxomyia taxi) provoca agallas en las yemas terminales, con aspecto de pequeña alcachofa; es fea pero inocua y no exige tratamiento. Las cochinillas aparecen en ejemplares en sombra cerrada y sin ventilación. El otiorrinco (Otiorhynchus sulcatus) muerde el borde de las acículas en forma de media luna, y sus larvas comen raíces en las plantas cultivadas en maceta, que es donde de verdad hacen daño.
El resto de fallos son de manejo: exceso de agua, suelo compactado, o plantación demasiado profunda con el cuello enterrado.
Multiplicación
Por semilla es un ejercicio de paciencia. La simiente tiene doble latencia y necesita alrededor de dieciocho meses entre estratificación cálida y fría antes de germinar, y aun así lo hace de forma escalonada.
Lo práctico son los esquejes semileñosos tomados de octubre a diciembre, de 10 a 15 cm, arrancados con talón, tratados con hormona de enraizamiento y puestos en perlita y turba a la sombra. Enraízan en cuatro o cinco meses. Un detalle que conviene tener presente: un esqueje tomado de una rama lateral tiende a crecer tumbado durante años. Si se quiere un árbol con guía recta hay que coger el material de la parte alta o de un brote vertical.
En resumen
Taxus baccata es un árbol lento, longevo y de sombra, con una madera excelente, una capacidad de rebrote que ninguna otra conífera de jardín iguala y una toxicidad seria en todas sus partes salvo la pulpa roja del arilo. En el jardín es la mejor planta posible para un seto denso o una topiaria, siempre que se le dé drenaje y se le respete la sombra en el sur. Y fuera del jardín, el punto que no admite descuido es la poda: el follaje cortado y seco es más peligroso que el que está en el árbol, y su sitio no es nunca el lindero de una finca con animales.