Un talud de arena que se descalza con cada temporal, una parcela en la que el agua se queda encharcada tres días después de llover, un huerto de costa al que el viento marino le quema los brotes cada invierno. En esos tres sitios la lista de árboles posibles es cortísima, y el tamariz aparece en las tres. Este artículo va de para qué sirve de verdad en un jardín, cómo se planta, cómo se poda y dónde conviene no ponerlo.
Cortavientos de primera línea
El aerosol marino mata árboles por dos vías. Deposita sal sobre las yemas y los brotes tiernos, que se deshidratan y se secan por la punta, y aporta sodio al suelo, que degrada su estructura y bloquea la absorción de agua. Casi todo lo que se planta a menos de cien metros de la rompiente acaba con la cara de barlovento requemada y una copa asimétrica que apunta tierra adentro.
El tamariz encaja ahí por tres razones que se suman. La primera es que excreta activamente la sal que absorbe, de modo que el sodio no se le acumula en los tejidos. La segunda es la forma: ramillas finísimas, flexibles y sin lámina foliar que ofrezca superficie al viento, lo que hace que la copa se peine en vez de desgarrarse. La tercera, y la que más se aprovecha en diseño, es que esa estructura calada actúa como filtro y no como pantalla: deja pasar aire, lo frena y no genera las turbulencias de sotavento que se forman detrás de un seto compacto.
En la práctica esto se traduce en una pauta de plantación concreta. Un cortavientos de tamariz protege una franja de entre ocho y doce veces su altura a sotavento, siempre que su porosidad ronde el 40 o 50 %. Para una pantalla de cuatro o cinco metros, planta a 1,5-2 m entre pies en línea sencilla, o a 2 m al tresbolillo en doble línea separada 1,5 m si quieres una barrera más sólida. Detrás de esa primera línea ya podrás poner especies que solas no aguantarían: pitosporo, mioporo, granado, higuera, incluso frutales si la parcela es grande.
Suelos salinos y encharcados
El segundo uso es el suelo que ha dejado de servir para otras cosas. Terrenos de vega con freático salobre, antiguas salinas, parcelas del sureste con agua de riego de mala calidad, bordes de rambla, zonas bajas de un jardín donde el agua se acumula en invierno.
El tamariz tolera conductividades eléctricas del extracto de saturación por encima de 15 dS/m y sigue creciendo, con ejemplares que se sostienen en valores todavía mayores; para poner esa cifra en contexto, un olivo empieza a sufrir por encima de 4 y la mayor parte de frutales de hueso, por encima de 2. También soporta riego con agua salobre, incluida agua de pozo costero con intrusión marina, algo que no admite prácticamente ninguna otra leñosa ornamental.
Con el encharcamiento hay que matizar, porque circula la idea de que es una planta de agua. Aguanta inundación temporal de semanas —de hecho, en las marismas soporta que le cubra el agua parte del invierno— pero no vive con las raíces sumergidas de forma permanente. Si tu problema es un suelo que se encharca en invierno y se seca en verano, es la planta indicada. Si es una zona anegada todo el año, plantea un chopo o un sauce, o resuelve el drenaje.
Una nota sobre el riego que ahorra disgustos: el tamariz es freatófito, es decir, su raíz busca agua en profundidad. Un ejemplar establecido con acceso al freático o en una zona con lluvias de 400 mm no necesita riego nunca. Pero durante los dos primeros veranos, mientras la raíz baja, sí lo necesita: un riego copioso y espaciado —30 o 40 litros cada dos semanas es mejor que 5 litros diarios— porque lo que quieres es forzarla hacia abajo, no mantenerla en los primeros veinte centímetros.
Sujeción de taludes y arenales
El tercer papel es la fijación de suelos móviles. El sistema radicular combina una pivotante profunda con una malla de raíces laterales superficiales, y esa combinación es justo lo que sujeta un talud: la profunda ancla, las laterales tejen. En arenales costeros y en márgenes de rambla se ha usado durante siglos con esa función.
Aquí la técnica importa más que la especie. El tamariz enraíza de estaca con una facilidad que roza lo absurdo, y eso permite trabajar sin planta de vivero. Corta en diciembre o enero, con la planta parada, estacas de madera de uno o dos años, de 40 a 60 cm de largo y del grosor de un dedo, con corte inferior en bisel. Clávalas dejando fuera un tercio como mucho, en el talud, con el suelo húmedo. La tasa de arraigo suele superar el 70 % sin hormonas ni cuidados, y el primer año ya emiten raíz suficiente para retener sustrato. Para un talud, mejor una malla densa de estacas a 50 cm que unos pocos ejemplares grandes.
Para plantación normal en jardín, el hoyo se hace al doble del ancho del cepellón y a la misma profundidad, sin enterrar el cuello. No hace falta enmendar con estiércol ni con turba: en suelo rico y aireado el tamariz crece más rápido, se vuelve más blando y se rompe antes. La época es otoño en clima mediterráneo y final de invierno donde hiele fuerte. Y conviene entutorar el primer año, no porque la planta lo pida, sino porque el viento moverá el cepellón antes de que la raíz agarre.
La poda: primero averigua cuándo florece
Equivocarse aquí cuesta un año entero sin flor. El género se divide en dos grupos con calendarios de poda opuestos, y podar como si fueran uno solo elimina toda la madera fértil.
Si florece en primavera (Tamarix africana, T. parviflora, T. tetrandra), lo hace sobre madera del año anterior. Las yemas de flor ya están formadas desde el verano previo, así que una poda invernal se las lleva por delante. Poda justo después de la floración, en abril o mayo, y hazlo entonces con confianza: aclara el interior, acorta las ramas floridas a un tercio y deja que rebrote todo el verano. Esos brotes nuevos serán las flores del año que viene.
Si florece en verano (T. gallica, T. canariensis, T. ramosissima, T. chinensis), lo hace sobre brotes del año en curso. Poda a finales de invierno, en febrero o principios de marzo, y puedes ser drástico: acortar todo el crecimiento del año pasado a dos o tres yemas produce brotes vigorosos y espigas mucho mayores que dejarlo crecer libre. Es el mismo criterio que se aplica a la Buddleja o a los rosales de floración continua.
Regla mnemotécnica: la que florece antes se poda después, y la que florece después se poda antes. Si no sabes qué especie tienes, no podes este año y observa cuándo aparecen las flores y de dónde salen.
Al margen del calendario, el tamariz responde bien al rejuvenecimiento severo. Un ejemplar viejo, desgarbado y con la copa vacía por dentro se puede cortar a 30 o 50 cm del suelo en invierno y rebrota con fuerza desde la base. Un desmoche total no lo mata.
Madera frágil: lo que eso implica cerca de una casa
La madera del tamariz es blanda, ligera y quebradiza. Los brotes de un año pueden crecer un metro o metro y medio en una temporada, y esa madera nueva es especialmente débil: se desgaja con un temporal fuerte o con el peso de la propia floración tras una lluvia. No es un árbol que se caiga entero, pero sí uno que pierde ramas de brazo con cierta regularidad.
Consecuencias concretas de eso. No lo plantes a menos de cuatro o cinco metros de una cristalera, un invernadero, un coche aparcado a diario, una pérgola o una zona de mesa. No lo dejes crecer libre bajo una línea eléctrica ni sobre el tejado del vecino. Si lo tienes cerca de una zona de paso, pódalo cada año aunque no lo necesite estéticamente: mantener la copa corta y ramificada reduce el brazo de palanca de cada rama y elimina el problema casi por completo.
El otro rasgo que hay que anticipar es el rebrote de raíz. En suelos húmedos y sueltos, un tamariz emite chupones a varios metros del tronco, y si has cortado un ejemplar sin destoconarlo, rebrotará durante años. En césped se controlan con la siega; en un arriate, hay que arrancarlos de tirón —cortados con tijera vuelven más numerosos— o, si el ejemplar sobra, destoconar de verdad.
Añade a eso el ensuciado. La floración cae en cantidad y las ramillas se desprenden enteras en otoño. Sobre un pavimento poroso, una piscina o una terraza de madera, eso son varias limpiezas al mes durante meses.
Dónde no ponerlo
Junto a una piscina. Combina lo peor: ramilla fina que atasca el skimmer, floración abundante que se deposita en el fondo y raíces que buscan la humedad de las juntas.
Como árbol de sombra de una zona de estar. La copa es clara y transparente; el follaje de escamas apenas frena la radiación. Da luz tamizada, no sombra, y encima suelta ramillas sobre la mesa.
En un arriate pequeño con plantas delicadas. La sal que lava la lluvia desde el follaje va al suelo de debajo, y las raíces superficiales competirán con todo lo que plantes en un radio de tres metros. Bajo un tamariz funcionan lentiscos, atriplex, limonios, romeros y lavandas; no funcionan hortensias, camelias ni la mayor parte de las vivaces de arriate húmedo.
En interior o en un patio cerrado. Necesita sol directo y aire. En sombra parcial se ahíla, pierde la floración y adquiere un porte deslavazado.
En suelo profundo, fértil y bien regado, esperando un árbol firme. Ahí crece muy rápido, se hace grande, se vuelve especialmente frágil y no compensa frente a un almez, un fresno o un árbol del amor. El tamariz brilla en el sitio malo; en el sitio bueno es una elección mediocre.
Rusticidad, plagas y mantenimiento real
Los tarajes peninsulares aguantan sin daño heladas de hasta -15 °C una vez establecidos, lo que los hace utilizables en casi toda España peninsular, meseta incluida. Tamarix aphylla es la excepción y no debe plantarse donde baje de -5 °C. Las especies del grupo canario son algo menos resistentes al frío intenso prolongado, pero de sobra para cualquier costa.
De plagas, poco que contar: cochinilla ocasional en ejemplares muy estresados y algún pulgón en brotes tiernos, ninguna de las dos con importancia. La afección más frecuente en jardín es la podredumbre de raíz por exceso de riego en suelo pesado, que llega por regar un árbol que no lo necesitaba.
Y no lo abones. Un tamariz en suelo pobre vive décadas sin aporte alguno; el abonado nitrogenado le produce un crecimiento acuoso que se rompe con el primer viento. Si acaso, una aportación ligera de compost superficial cada dos o tres años en ejemplares en maceta o en suelo agotado.
En resumen
El tamariz resuelve tres situaciones que otras leñosas no cubren: cortavientos poroso en primera línea de costa, arbolado en suelos salinos o de encharcamiento estacional, y sujeción de taludes y arenales mediante estaquillado invernal directo. Se planta en otoño sin enmendar el hoyo, se riega generosamente y espaciado solo los dos primeros veranos, y después se olvida. La poda depende del grupo: las especies de floración primaveral se podan tras florecer y las de floración estival, a finales de invierno. Su madera es frágil, rebrota de raíz y ensucia, así que conviene alejarlo cinco metros de cristales, coches y zonas de estar, y descartarlo junto a piscinas, en arriates delicados y como árbol de sombra. Es una planta excelente para el terreno difícil y una elección discreta para el terreno bueno.