En los barrancos del sur de Gran Canaria y de Fuerteventura, allí donde el cauce seco desemboca en la playa y el agua que queda bajo la arena es medio salada, el único árbol que se sostiene es el tarajal. Su nombre científico es Tamarix canariensis, aunque el apellido despista: crece igual de bien en las salinas de Alicante, en las marismas onubenses y en el delta del Ebro.

Ejemplar adulto de Tamarix canariensis o tarajal

El tarajal en Canarias

Willdenow la describió a partir de material canario en 1816 y de ahí el epíteto, pero la especie es de distribución mediterránea occidental y macaronésica amplia: archipiélago canario, Península ibérica, Baleares, norte de África y Oriente Próximo.

En Canarias es uno de los pocos árboles nativos del piso basal árido, esa franja de costa por debajo de los 300 o 400 metros donde no llegan ni la laurisilva ni el pinar. Aparece en desembocaduras de barranco, charcas salobres, saladares y trasplaya en todas las islas, con presencia especialmente marcada en Fuerteventura, Lanzarote y el sur de Gran Canaria y Tenerife. Los tarajales conservados —los de Maspalomas, los de la costa majorera, los de la desembocadura del barranco de Jinámar— son formaciones de alto valor porque queda muy poco de ese hábitat: la trasplaya es exactamente el terreno que ocupó el desarrollo turístico.

Su papel ecológico allí es doble. Fija la arena con un sistema radicular que combina pivotante profunda y malla lateral, conteniendo el avance de dunas y el descalce del cauce en las avenidas. Y proporciona refugio y nidificación en un paisaje donde apenas hay estructura vertical, con aves como la tarabilla canaria, el camachuelo trompetero o el bisbita caminero dependiendo de estos rodales.

En el levante y el resto de la Península

Peninsularmente, T. canariensis es la especie dominante del cinturón salino litoral y de los saladares del interior árido. Está en las salinas y albuferas de Alicante, Murcia y Almería, en el delta del Ebro, en las marismas del Guadalquivir y del Odiel, en las lagunas endorreicas manchegas y en las ramblas del sureste, casi siempre en la banda inmediatamente detrás de la vegetación halófila herbácea de Sarcocornia y Arthrocnemum.

Ese posicionamiento no es casual: ocupa la posición más salina que cualquier especie leñosa arbórea alcanza en España. Donde deja de haber tarajal, ya no hay árbol.

Cómo distinguirla de africana y de gallica

Separar T. canariensis de T. africana es sencillo. Separarla de T. gallica es de las cosas más incómodas de la botánica peninsular, y conviene saber por qué.

Frente a Tamarix africana: el calendario y la madera. T. africana florece de febrero a abril sobre ramas del año anterior, con espigas gruesas de cinco a ocho milímetros de ancho, flores blancas de pétalos grandes y persistentes, y corteza casi negra. T. canariensis florece de mayo a agosto sobre los brotes verdes del año en curso, con espigas más finas —de tres a cinco milímetros— densas, de un rosa claro a rosa vivo, y corteza pardo-rojiza. Si ves un taraje en flor en pleno julio, no es africana. Si lo ves en flor en marzo con las ramas desnudas, no es canariensis. Además, canariensis puede dar una segunda floración en septiembre si el verano ha sido húmedo o si se ha regado.

Frente a Tamarix gallica: la lupa. Las dos florecen en verano sobre madera del año, las dos tienen flores pentámeras rosadas y corteza rojiza, y las dos comparten hábitat en muchos sitios. La diferencia está en las brácteas y los sépalos: en canariensis son papilosos, con la superficie cubierta de pequeñas protuberancias y el margen finamente denticulado; en gallica son glabros, lisos y de borde entero. Hace falta una lupa de diez o veinte aumentos y buena luz. Como orientación de campo, canariensis tiende a espigas algo más gruesas y densas, floración más intensamente rosada y mayor presencia en los emplazamientos más salinos y más cálidos; gallica domina los tramos de río de agua dulce o poco salobre y llega más al norte y al interior frío.

Hay que añadir una advertencia honesta: ambas hibridan, y en poblaciones mixtas aparecen individuos con caracteres intermedios que no se dejan clasificar. Un ejemplar de vivero etiquetado como T. gallica puede perfectamente ser T. canariensis o un híbrido, y a efectos prácticos de jardín la diferencia de comportamiento entre ambas es pequeña.

Espigas de flores rosadas de Tamarix canariensis

Descripción

Arbusto o árbol pequeño de tres a ocho metros, con tronco frecuentemente múltiple, retorcido y de corteza fisurada con la edad, y copa abierta e irregular de ramillas finas ligeramente péndulas. Hojas escuamiformes de 1 a 3 mm, glaucas, envainando la ramilla. Las espigas se agrupan en panículas terminales sobre el crecimiento nuevo. Cápsula piramidal con semillas provistas de un penacho de pelos que las dispersa a gran distancia por viento y por agua.

Tolerancia salina: hasta dónde llega

Es la más halófila de las tres especies peninsulares comunes y una de las plantas leñosas más tolerantes a la sal que existen. Vegeta con normalidad en suelos con conductividad eléctrica del extracto de saturación superior a 20 dS/m y sobrevive en valores considerablemente mayores; para comparar, el olivo empieza a resentirse por encima de 4 dS/m.

El mecanismo no es la exclusión radicular sino la excreción: absorbe la solución salina y expulsa el exceso de sodio y cloruro por glándulas secretoras de la epidermis foliar, que dejan cristales visibles sobre la ramilla en verano. De ahí que aguante también riego con agua salobre —agua de pozo costero con intrusión marina, drenajes agrícolas, incluso agua regenerada de alta conductividad— sin síntoma alguno. En jardinería litoral canaria y del sureste eso convierte al tarajal en un recurso difícil de sustituir.

Sobre el aerosol marino, tolera exposición directa a pie de playa, con viento cargado de sal todo el año, sin quemadura de brote. Es planta de primera línea, no de segunda.

Cultivo y manejo

Exposición: sol pleno. En sombra parcial se ahíla y florece poco.

Suelo: cualquiera, incluidas arenas puras, arcillas salinas y suelos volcánicos someros. pH de 6 a 8,5. Requiere que no haya encharcamiento permanente en verano, aunque tolera inundación temporal de semanas en invierno.

Riego: generoso y espaciado los dos primeros veranos —30 litros cada dos semanas— para forzar el descenso de la raíz. Después, ninguno en la Península. En Canarias y en el sureste con menos de 250 mm anuales y sin freático accesible, un riego mensual de apoyo en verano mantiene mejor aspecto, sin ser imprescindible para la supervivencia.

Abonado: innecesario y contraproducente. El nitrógeno produce crecimiento acuoso que se desgaja con el viento.

Poda: como florece sobre brotes del año, se poda a finales de invierno, entre febrero y principios de marzo, antes de la brotación. Y admite mano dura: acortar todo el crecimiento del año anterior a dos o tres yemas da brotes vigorosos con espigas notablemente mayores. Es el criterio contrario al de T. africana. Un ejemplar viejo y hueco se puede recepar a 30-50 cm y rebrota desde la base sin problema.

Rusticidad: tolera hasta -10 o -12 °C establecida, algo menos que T. gallica. Sobra para toda la costa española, Baleares, Canarias, el valle del Guadalquivir y el levante; en la meseta norte o en zonas con heladas prolongadas por debajo de -12 °C, es preferible T. gallica o T. africana.

Plagas y enfermedades: prácticamente ninguna de importancia. Cochinilla algodonosa ocasional en ejemplares muy estresados o en maceta, y pulgón esporádico en brotes tiernos, ambos sin consecuencias. El problema real que se ve en jardín es la asfixia radicular por riego excesivo en suelo pesado: manifiesta amarilleo y muerte de ramas, y se resuelve dejando de regar.

Multiplicación: por estaca leñosa en diciembre o enero, de 25 a 40 cm, enterradas dos tercios, con tasas de arraigo altas sin hormona. La semilla germina en días pero pierde la viabilidad en pocas semanas, así que solo sirve recién recogida del árbol.

Para qué usarla

Su nicho de jardinería es el terreno que descarta a las demás: cortavientos y seto de primera línea de costa, plantado a 1,5-2 m entre pies; arbolado de saladar y de suelo regado con agua mala; fijación de dunas, arenales y taludes de rambla mediante estaquillado directo; y restauración de trasplaya en proyectos de recuperación litoral.

Como ornamental, aporta floración rosada desde mayo hasta agosto —cuando el jardín seco está en su momento más apagado— y una textura plumosa que contrasta bien con hojas carnosas o rígidas. Combina de forma natural con Limonium, Atriplex halimus, Lycium intricatum, Salsola y, en Canarias, con balos y tabaibas.

Dos cautelas antes de elegir sitio. La madera es blanda y quebradiza, y las ramas se desgajan con temporales fuertes: mantenlo a cuatro o cinco metros de cristaleras, coches, invernaderos y zonas de mesa, y pódalo cada invierno para que no acumule brazo de palanca. Y la sal que la lluvia lava del follaje acaba en el suelo de debajo, de modo que bajo su copa no prosperan las plantas sensibles a la conductividad; ahí planta halófilas o no plantes nada.

Un apunte de conservación que afecta a quien vive en Canarias: si vas a plantar tarajal cerca de un tarajal natural, usa material de procedencia local y evita las especies asiáticas de jardinería (T. ramosissima, T. chinensis y sus cultivares). El género hibrida con facilidad, y esas poblaciones nativas son escasas y difíciles de recuperar una vez contaminadas genéticamente.

Seguridad

No es tóxica para personas ni animales domésticos en ninguna de sus partes. En Canarias se ha usado tradicionalmente su ramón como forraje de emergencia para cabras en años secos y su madera como leña. El polen es levemente alergénico y contribuye poco a la carga estacional.

En resumen

Tamarix canariensis, el tarajal, es la leñosa que marca el límite de lo cultivable en suelo salino: aguanta más de 20 dS/m, riego con agua salobre y aerosol marino a pie de playa. En Canarias forma parte del escaso arbolado nativo del piso basal árido, fija arena y da refugio a la fauna; en la Península domina saladares, albuferas y ramblas del levante y el suroeste. Florece en verano sobre brotes del año, en espigas rosadas finas y densas, lo que la separa sin dificultad de T. africana, de floración invernal sobre madera vieja; de T. gallica solo la distinguen con lupa las brácteas y sépalos papilosos y denticulados. Se poda a finales de invierno y con energía, se multiplica por estaca leñosa, no se abona y solo se riega los dos primeros veranos. Sus dos inconvenientes son la fragilidad de la madera y la sal que deposita bajo su copa.


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