A finales de febrero, cuando los demás tarajes siguen pelados y grises, hay uno que amanece cubierto de espigas blancas colgando de ramas del año anterior. Ese adelanto de un mes largo sobre el resto del género es la firma de Tamarix africana, y es también el dato que decide cuándo se poda y para qué sirve en un jardín.

Tamarix africana en flor con espigas blancas sobre madera del año anterior

El nombre engaña: dónde vive realmente

El epíteto africana sugiere una planta importada del otro lado del Estrecho, y no es el caso. La especie fue descrita por Poiret a partir de material del norte de África, pero su área natural abarca todo el Mediterráneo occidental: Portugal, buena parte de España, el sur de Francia, Italia, Marruecos, Argelia y Túnez. En la Península es planta autóctona y bastante común.

Su reparto peninsular tiene un sesgo claro hacia el oeste y el suroeste. Es abundante en el litoral atlántico portugués, en las marismas del Guadalquivir, en la vega del Guadiana, en Extremadura y por toda Andalucía occidental, y se enrarece según se avanza hacia el levante, donde la sustituyen Tamarix canariensis y Tamarix gallica. También aparece en la costa cantábrica en enclaves puntuales de estuario.

El hábitat típico son bordes de cauce, desembocaduras, arroyos temporales, saladares interiores y depresiones que se encharcan en invierno. Tolera bien la salinidad, aunque menos que T. canariensis, y aparece con frecuencia en tramos de río algo salobres o en suelos yesíferos. Vive del freático, no de la lluvia: se la encuentra en zonas con 400 mm anuales siempre que haya agua accesible a profundidad razonable.

Cómo se reconoce

Es, con diferencia, el taraje peninsular más fácil de identificar, y no hace falta lupa si lo pillas en flor.

Floración temprana sobre madera vieja. Las flores salen de ramas del año anterior, no de los brotes nuevos, y aparecen entre finales de febrero y abril según la latitud —marzo es el mes típico en Andalucía, abril en el interior. Las yemas florales se formaron el verano previo y pasaron el invierno en la rama. Esto tiene una implicación de manejo inmediata que se explica más abajo.

Espiga gruesa. Las inflorescencias miden de tres a seis centímetros de largo y de cinco a ocho milímetros de ancho, robustas y algo laxas, muy distintas de las espigas finas y apretadas del grupo de floración estival. Se agrupan sobre las ramas viejas dando ese aspecto de rama nevada.

Flor pentámera y grande para el género. Cinco sépalos, cinco pétalos y cinco estambres. Los pétalos miden de 2 a 3 mm —el doble que los de T. gallica— son blancos o de un rosa muy pálido, obovados, y tienen la particularidad de persistir tras la floración en lugar de caer enseguida. Las brácteas son más largas que el pedicelo, otro carácter distintivo.

Corteza oscura. El ritidoma es pardo muy oscuro, casi negro o de un púrpura apagado, sobre todo en las ramas jóvenes. Frente a la corteza rojiza de T. gallica y T. canariensis, el contraste es notorio en invierno.

Porte. Arbusto o arbolillo de tres a seis metros, ocasionalmente hasta ocho, con tronco corto y a menudo torcido y copa irregular. Las ramillas son verde glauco, algo más gruesas y menos péndulas que en otras especies del género. Las hojas son escamas de 1,5 a 4 mm, amplexicaules, aplicadas contra el tallo.

Cultivo: lo poco que pide

Sol directo, sin excepción. A media sombra se ahíla, produce ramas largas y débiles y la floración se reduce a la mitad. No hay ubicación de sombra en la que este árbol funcione.

Suelo indiferente. Crece en arena de playa, en arcilla compacta, en yeso y en calizo, con pH de 6 a 8,5. Prefiere suelos con algo de humedad en profundidad. Lo único que no soporta es el anegamiento permanente durante el verano.

Plantación en otoño en clima mediterráneo, para que aproveche las lluvias de invierno y llegue al primer verano con raíz. Hoyo del doble de ancho que el cepellón, misma profundidad, sin enterrar el cuello y sin enmiendas: en suelo demasiado rico crece rápido y quebradizo.

Riego solo los dos primeros veranos, y hazlo copioso y espaciado —25 o 35 litros cada quince días— en lugar de poco y a diario. La idea es obligar a la raíz pivotante a bajar. A partir del tercer año, un ejemplar en suelo de jardín no necesita riego en ningún punto de la Península, salvo en el sureste más árido y con suelo somero.

Abonado, ninguno. Ni guano, ni estiércol, ni granulado de liberación lenta. El nitrógeno le produce brotes acuosos de metro y medio que se desgajan con el primer temporal y, además, retrasa la formación de yema floral. Si el árbol está en maceta, una capa fina de compost en superficie cada dos años basta.

Rusticidad. Resiste sin daño hasta -15 °C establecida, con daño en punta de brote por debajo de esa cifra pero rebrote seguro desde madera vieja. Eso la hace cultivable en la meseta, en el valle del Ebro y en cualquier costa española. Tolera además el aerosol marino a pie de playa y el viento constante.

La poda, que aquí es al revés

Como florece sobre madera del año anterior, la poda invernal elimina toda la floración de esa primavera. Es un fallo silencioso: el árbol rebrota estupendamente, se ve sano, y simplemente no da flor.

El momento correcto es inmediatamente después de la floración, entre abril y mayo, en cuanto las espigas empiezan a pardear. Entonces sí se puede intervenir con decisión:

Acorta las ramas que han florecido a un tercio o a la mitad de su longitud, cortando por encima de una yema orientada hacia fuera. Aclara el interior de la copa retirando las ramas cruzadas, secas o que crecen hacia dentro. Si buscas porte de arbolito, ve levantando la cruz suprimiendo cada año las ramas bajas y los chupones de la base. Tras la poda, el árbol emitirá brotes durante todo el verano y esos brotes serán la madera florida del año siguiente.

Cada ocho o diez años, un ejemplar desgarbado y hueco por dentro admite un rejuvenecimiento a 40 cm del suelo. Hazlo en enero: perderás la floración de esa primavera —es inevitable— pero rebrota con fuerza desde la base y en dos temporadas tienes una planta nueva.

Multiplicación

Por estaca leñosa, que es rápido, gratuito y fiel al ejemplar madre. En diciembre o enero, corta trozos de madera de uno o dos años de 25 a 40 cm y del grosor de un lápiz o un dedo, con corte recto arriba y en bisel abajo. Entiérralas dos tercios en arena húmeda o directamente en el sitio definitivo. Enraízan sin hormona con tasas por encima del 70 %.

Por semilla se puede, pero hay que entender su punto débil: la semilla de Tamarix es plumosa, se dispersa por viento y pierde la viabilidad en pocas semanas. No hay sobre de semillas que sirva después de una temporada guardado. Si quieres sembrar, recoge en el propio árbol en cuanto las cápsulas se abren y siembra en superficie sobre sustrato arenoso mantenido húmedo; germina en días.

Usos en jardín

El argumento ornamental de esta especie es su calendario. Florece cuando el jardín mediterráneo aún está apagado, coincidiendo con almendros y con los primeros bulbos, y esa nube blanca sobre madera desnuda tiene un efecto que ninguna otra leñosa de suelo salino aporta en esas fechas. Combina bien con Cercis siliquastrum, que arranca poco después, y con adelfas y lentiscos que toman el relevo en verano.

De porte contenido —rara vez pasa de seis metros y se mantiene sin esfuerzo en tres o cuatro con poda anual—, cabe en parcelas pequeñas donde un pino o un almez serían desproporcionados. Funciona como ejemplar aislado sobre grava, como parte de un seto informal mixto de costa o en grupo de tres al borde de una zona que se encharque en invierno.

También es la especie del género con más tradición como bonsái, precisamente por la corteza oscura que envejece rápido y bien, la ramificación fina y la facilidad de rebrote. Admite estilos informales y de literati. En maceta necesita riego regular, sustrato muy drenante con proporción alta de arena o akadama, y trasplante cada dos años a finales de invierno; la poda de mantenimiento sigue el mismo criterio que en suelo, después de florecer.

Bonsái de Tamarix africana con tronco de corteza oscura

Un aviso práctico antes de decidir el sitio: la madera es frágil y las ramas se desgajan con temporal, así que déjalo a cuatro metros largos de cristaleras, vehículos y zonas de mesa. Y rebrota de raíz en suelos húmedos y sueltos, con chupones que pueden aparecer a dos o tres metros del tronco.

Seguridad

No es tóxica. Ni las hojas, ni la corteza, ni la flor presentan problema por ingestión o contacto para personas ni para animales domésticos. Su polen es alergénico de forma leve y puede sumar a la carga ambiental de finales de invierno en zonas con tarajales extensos, muy por debajo de gramíneas u olivo. El único riesgo físico real del árbol es el desgaje de ramas, que se controla con poda anual.

En resumen

Tamarix africana es un taraje autóctono del Mediterráneo occidental, frecuente en el oeste y suroeste peninsular, que florece entre febrero y abril sobre madera del año anterior en espigas gruesas de flores blancas pentámeras de pétalos grandes y persistentes, con corteza casi negra. Se reconoce sin lupa por esa combinación de fecha, grosor de espiga y color de corteza. Quiere sol pleno, tolera cualquier suelo incluido el salino y el de encharcamiento invernal, y solo necesita riego los dos primeros veranos. Se poda justo después de florecer, nunca en invierno, y se multiplica por estaca leñosa con facilidad. Su valor de jardín está en la floración temprana, el porte contenido y su aptitud para bonsái; sus limitaciones, en la fragilidad de la madera y el rebrote de raíz.


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