Florece en julio. Ese dato, por sí solo, explica casi todo lo que hace falta saber sobre este árbol: cuando ya no queda nada en flor en la calle y el termómetro pasa de los treinta y cinco grados, la sófora se cubre de panículas color crema y se llena de abejas. Es un árbol de verano en un país donde casi todo el arbolado ornamental florece en marzo y se olvida del asunto hasta el año siguiente.

Un apunte de nombre antes de seguir. La especie se describió como Sophora japonica, pero los estudios de los últimos treinta años la sacaron del género y hoy su nombre válido es Styphnolobium japonicum. En viveros y catálogos sigue apareciendo con el nombre antiguo, así que ambos se refieren al mismo árbol. Lo que sí es un error de bulto es el epíteto: no viene de Japón, sino del norte de China y Corea. Linneo la describió a partir de material cultivado en jardines japoneses y el nombre se quedó.

Cómo es y cómo reconocerla

Árbol caducifolio de quince a veinticinco metros, con copa redondeada y ancha, a veces tanto o más que alta. El tronco engorda deprisa y la corteza, lisa y verdosa de joven, acaba pardogrisácea y surcada por grietas profundas que le dan aspecto de árbol viejo antes de tiempo.

La hoja es imparipinnada, de veinte a veinticinco centímetros, con siete a diecisiete foliolos ovalados, verde oscuro brillante por arriba y algo glaucos y con pelillos por debajo. Brota tarde —a finales de abril o ya en mayo, cuando el resto del jardín lleva un mes verde— y amarillea y cae pronto en otoño, sin dar un color otoñal que merezca la pena.

Dos detalles sirven para identificarla con seguridad en invierno: las ramillas jóvenes son verdes, lisas y con lenticelas claras, y las yemas quedan escondidas bajo la base ensanchada del peciolo, de modo que en la rama desnuda casi no se ven yemas.

La flor sale en panículas terminales de veinte a treinta centímetros, entre julio y septiembre según la zona, con corolas blanco crema o amarillentas de forma amariposada. Detrás viene el fruto, que es lo más característico del árbol: una legumbre carnosa y estrangulada entre semilla y semilla, como un rosario de cuentas verdes que luego se vuelven pardas y aguantan colgadas buena parte del invierno.

Ejemplar adulto de Sophora japonica

No es una acacia, aunque se le parezca

La confusión con la falsa acacia (Robinia pseudoacacia) es constante, y separarlas es fácil si se miran cuatro cosas. La robinia lleva espinas en pares a ambos lados de la yema; la sófora no tiene ninguna. La robinia florece en mayo, con racimos blancos colgantes y un perfume que se huele a veinte metros; la sófora florece en pleno verano, con panículas erguidas y olor discreto. La vaina de la robinia es plana, seca y papirácea; la de la sófora, carnosa y arrosariada. Y la diferencia que más importa a la hora de plantar: la robinia rebrota de raíz y coloniza el terreno de alrededor durante décadas; la sófora se queda donde la pones. Quien haya intentado eliminar un rodal de robinias de un jardín entiende por qué esto pesa tanto.

Clima, suelo y sitio

Es un árbol duro. Aguanta heladas de -20 ºC sin daño, veranos de interior peninsular con cuarenta grados a la sombra, suelos pobres, compactados, calizos y alcalinos, sequía prolongada una vez arraigado, aire contaminado y una salinidad moderada. Por eso se ha plantado tanto en alineaciones de calle en Madrid, Zaragoza, Valladolid o Barcelona, donde pocos árboles ornamentales sobreviven al alcorque.

Lo único que no perdona es el suelo encharcado. En terreno arcilloso con drenaje malo, la raíz se pudre y el árbol se va apagando por la copa a lo largo de dos o tres años, y a esas alturas ya no hay remedio. Si tu tierra retiene agua tras la lluvia, planta sobre un montículo elevado o descarta la especie.

Sol pleno, sin discusión. Y espacio: una copa adulta pasa de los diez metros de diámetro, así que deja al menos seis u ocho metros hasta la fachada, y ninguno bajo un tendido eléctrico. Las raíces no son especialmente agresivas comparadas con las de un chopo o una morera, pero en alcorque estrecho levantan la acera igual que cualquier otra.

Cuidados año a año

Plantación. Otoño, de octubre a diciembre, para que la raíz se instale antes del calor. En zonas de invierno muy crudo, mejor a finales de invierno. Hoyo ancho —dos o tres veces el cepellón— pero no más profundo que este: el cuello debe quedar a ras de suelo. Enterrarlo unos centímetros de más es la manera silenciosa de estrangular un árbol joven.

Riego. Los tres primeros veranos, un riego abundante cada diez o quince días, mojando bien todo el alcorque para que la raíz baje. Pasado ese periodo, en la mitad norte y en la meseta puede vivir de la lluvia; en el sureste agradece dos o tres riegos profundos en verano. Regar poco y a diario es peor que no regar: la raíz se queda en superficie y el árbol se seca en la primera ola de calor en que falle el sistema.

Abonado. Casi nada. Una aportación de materia orgánica en superficie cada dos o tres años en otoño es suficiente. El nitrógeno abundante produce brotes largos y blandos que se parten con el viento y atraen pulgón.

Poda. Formación los primeros años para dejar un eje claro y ramas bien repartidas, y después lo mínimo: madera muerta, ramas cruzadas y horquillas de corteza incluida, que en esta especie se abren con el viento cuando la copa pesa. Se poda a finales de invierno, en febrero. Los cortes gruesos cicatrizan mal y por ellos entran chancros; un terciado o un desmoche condena al árbol a rebrotes mal anclados que se desprenden años después. Si el ejemplar ha crecido demasiado para el sitio, el problema fue la elección del sitio, no la falta de poda.

La flor tarda, y hay que saberlo antes de comprar

Un pie nacido de semilla puede pasar entre diez y quince años sin florecer. No está enfermo ni le falta abono: simplemente no ha salido aún de su fase juvenil, y ninguna receta acelera eso. Si lo que se quiere es la floración de verano en un plazo razonable, la solución es comprar un cultivar injertado como 'Regent', seleccionado precisamente por crecer rápido y florecer a los seis u ocho años.

Caso aparte es 'Pendula', la variedad de ramas colgantes injertada a dos metros y pico de altura sobre un pie recto. Forma una carpa verde muy vistosa y es la habitual en jardines pequeños, pero conviene saber que apenas florece o no florece nunca: se compra por el porte, no por la flor. Y tiene un mantenimiento propio: hay que eliminar todos los rebrotes que salgan del tronco por debajo del punto de injerto, porque son del patrón, crecen erguidos y con vigor, y si se dejan dos temporadas se comen la copa llorona.

Panículas de flores de Sophora japonica

Problemas habituales

Pulgón. Ataca los brotes tiernos en primavera y a veces vuelve en septiembre. Lo molesto no es el daño al árbol, que es menor, sino la melaza que gotea sobre lo que haya debajo y la negrilla negra que crece encima. Si hay coches, mesas o un banco bajo la copa, cuenta con ello antes de plantar. En árbol joven se controla con jabón potásico; en uno adulto, la fauna auxiliar suele bastar.

Oidio. Polvo blanco en las hojas a final de verano, sobre todo en ejemplares en sombra parcial o con poca ventilación. Es antiestético y poco más, ya que la hoja está a punto de caer de todas formas.

Chancros y podredumbres de madera. Entran por heridas de poda mal hechas y por roces de maquinaria en el tronco. La prevención es toda la cura disponible: cortes limpios junto al rodete, nunca a ras, y ninguna herida en la base.

Suciedad. Las flores caen en masa en agosto y las vainas carnosas revientan en el pavimento y manchan. Sobre una terraza o una piscina da trabajo; en un césped, ninguno.

Toxicidad: las vainas no son un juguete

Las semillas y las vainas de la sófora contienen citisina y alcaloides relacionados. La ingestión provoca vómitos, dolor abdominal, sudoración y, en cantidades mayores, alteraciones del ritmo cardiaco y convulsiones. Los frutos son llamativos y caen al suelo por miles, así que en un jardín con niños pequeños o con perros que roen lo que encuentran hay que barrerlos en cuanto empiecen a caer. Ante una ingestión, se llama al Instituto Nacional de Toxicología (91 562 04 20).

Esto no impide plantarla —el peligro está en el fruto, no en la sombra ni en el tronco—, pero conviene decidirlo con el dato encima de la mesa.

Otros usos

Los botones florales son una fuente industrial de rutina, un flavonoide que se emplea en complementos para la fragilidad capilar, y en China se han usado tradicionalmente como tinte amarillo y en su farmacopea. Que exista ese uso tradicional no habilita ninguna preparación casera: los alcaloides del árbol son tóxicos y la dosis segura no se estima en una cocina. La rutina que se comercializa está purificada y dosificada, y esa es la vía razonable si el asunto interesa.

En apicultura la especie tiene valor real, porque llena un hueco de floración en pleno agosto. Y en bonsái se trabaja bien, con la ventaja de que el foliolo reduce de tamaño con facilidad.

En resumen

Styphnolobium japonicum, la vieja Sophora japonica, es un árbol de sombra grande, resistente al frío, al calor, a la sequía y al suelo urbano, con la rareza de florecer en pleno verano. Pide sol, sitio amplio y sobre todo drenaje: el encharcamiento la mata. Riego de apoyo los tres primeros años, poda escasa y en febrero, y paciencia con la flor, salvo que compres un cultivar injertado que la adelante. Si eliges 'Pendula', vigila los rebrotes del patrón. Y si hay niños o perros en el jardín, recoge las vainas del suelo cada otoño.


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