Hay barrancos en la provincia de Cádiz donde uno camina en agosto con la camisa mojada por la niebla mientras a doscientos metros de allí, arriba en el llano, el termómetro pasa de los treinta y cinco grados. Se llaman canutos, y en su fondo sombrío vive el ojaranzo, un arbusto de flores lilas que es Rhododendron ponticum. La misma especie que en Gales y en el condado irlandés de Kerry se arranca con excavadora y se trata con herbicida por invasora. Esa contradicción —protegido en un sitio, perseguido en otro— es la historia que merece la pena contar de esta planta.
Los ojaranzos de los canutos del Aljibe
El Parque Natural de Los Alcornocales ocupa la esquina suroccidental de Andalucía, entre Cádiz y Málaga, sobre las areniscas silíceas de la Sierra del Aljibe. Es la comarca más lluviosa de la Península después de la cornisa cantábrica y, además de la lluvia, recibe algo más raro: niebla horizontal. Los vientos de levante y de poniente entran cargados de humedad del Estrecho y descargan condensación sobre la vegetación durante el verano, justo cuando el resto de Andalucía está seco.
Los canutos son gargantas estrechas, encajadas, orientadas de forma que el sol apenas toca el fondo. Por ellas corre agua buena parte del año y el suelo no llega nunca a secarse. Dentro crece un bosque que no se parece a nada del entorno mediterráneo: laureles (Laurus nobilis), rododendros, avellanillos (Frangula alnus subsp. baetica), acebos, durillos y una alfombra de helechos con especies como Culcita macrocarpa o Diplazium caudatum, que tienen parientes cercanos en Madeira y las Canarias.
Esa lista es la pista. Lo que sobrevive en los canutos es un jirón de la laurisilva, el bosque húmedo subtropical que cubría buena parte del sur de Europa y del norte de África durante el Terciario, antes de que las glaciaciones cuaternarias y la aridificación del Mediterráneo lo barrieran. Cuando el clima cambió, esa vegetación desapareció de las llanuras y aguantó solo en microrrefugios donde la humedad no falló nunca. Los canutos son uno de ellos. Al ojaranzo se le llama por eso relicto terciario: no es un resto de un jardín antiguo ni una planta traída por nadie, es un superviviente en el sitio.
Subespecie baeticum: una población partida en dos continentes
Las plantas ibéricas se describen como Rhododendron ponticum subsp. baeticum, y no están solas. La misma subespecie aparece al otro lado del Estrecho, en el Rif occidental marroquí, en los valles húmedos de Talassemtane y del yebel Tazaot, y también en la Serra de Monchique, en el Algarve portugués. En conjunto suman unos pocos cientos de hectáreas repartidas en enclaves diminutos: eso es todo lo que queda de las poblaciones iberoafricanas.
El grueso de la especie está a más de tres mil kilómetros, alrededor del mar Negro: noreste de Turquía, Georgia, el Cáucaso y algunos puntos de Bulgaria y el Líbano. Entre unas y otras no hay nada. Es una disyunción de manual, la huella de una distribución antigua y continua que se fragmentó cuando el clima se volvió mediterráneo.
Las diferencias morfológicas entre baeticum y las plantas pónticas son discretas y hay que buscarlas: en las andaluzas la hoja tiende a ser más estrecha y alargada, con la base más atenuada, y el envés lleva una pelusilla fina de pelos ramificados que en las orientales suele faltar. Los análisis genéticos, sin embargo, sí las separan con claridad y muestran algo esperable en poblaciones pequeñas y aisladas: poca diversidad genética dentro de cada núcleo y bastante diferenciación entre núcleos, porque el polen y la semilla apenas viajan de un canuto a otro.
La flor, para quien quiera identificarlo en el campo, va en corimbos terminales apretados de diez a veinte piezas, con la corola acampanada de cinco lóbulos, unos cinco centímetros de anchura y color entre violeta y púrpura rosado, con una pincelada de motas verdosas u ocres en el lóbulo de arriba que orienta a los abejorros hacia el néctar. En el Aljibe abre entre abril y junio según la altura del barranco.
En qué estado están
Mal, aunque no en caída libre. La subespecie figura en el Catálogo Andaluz de Especies Amenazadas y las poblaciones marroquíes y portuguesas tienen figuras equivalentes. Las amenazas están bien identificadas y ninguna es una catástrofe única, sino un goteo:
- Falta de relevo. En muchos rodales hay ejemplares viejos y grandes y casi ningún juvenil. La semilla germina, pero las plántulas no llegan a los dos años.
- Ganado. Cabras y vacas ramonean el rebrote y pisotean las orillas de los arroyos, que es exactamente donde tendría que instalarse la regeneración.
- Menos agua. Las captaciones y la reducción de caudal en los arroyos de cabecera acortan el periodo de suelo encharcado; a un relicto de laurisilva eso le afecta antes que a nada.
- Recolección y pisoteo. Los canutos con ojaranzo en flor son un destino de excursión, y arrancar ramos o esquejes en el monte —además de estar prohibido— sale caro en poblaciones donde cada mata cuenta.
- Incendios y Phytophthora. Un fuego que entre en el fondo del barranco liquida un refugio que ha tardado milenios en montarse, y el patógeno del suelo llega con la maquinaria y las botas.
Las actuaciones de conservación van por el lado esperable: cerramientos que dejan fuera al ganado en tramos concretos de arroyo, producción de planta en vivero con semilla de procedencia local y refuerzo de los rodales más envejecidos. La regla para el visitante es sencilla: se mira, se fotografía y no se toca. Si quieres un ojaranzo en casa, se compra en vivero.
La misma planta, convertida en plaga al norte
A las islas británicas llegó por vía comercial a finales del siglo XVIII, con material de origen ibérico y póntico, y durante el XIX se plantó a manta en fincas y cotos de caza porque daba cobertura al faisán y florecía espectacular. Hoy cubre decenas de miles de hectáreas en Gales, Escocia, el suroeste de Inglaterra e Irlanda, y figura entre las plantas invasoras más costosas de erradicar de Europa occidental.
El mecanismo de expansión tiene tres piezas que se refuerzan:
- Semilla en cantidades absurdas. Cada cápsula leñosa suelta cientos de semillas del tamaño de motas de polvo, y un arbusto adulto puede pasar del millón por temporada. Vuelan con el viento y colonizan cualquier claro.
- Capas naturales. Las ramas bajas tocan el suelo, enraízan donde apoyan y la mata avanza en mancha por su cuenta, sin depender de la semilla. Cortada a ras, rebrota de cepa con más fuerza que antes.
- Sombra total y hojarasca hostil. Una masa cerrada de ponticum deja el suelo casi a oscuras; debajo no crece nada, ni brezo, ni herbáceas, ni plántulas de roble. Su hojarasca se descompone despacio y su follaje aloja bien a Phytophthora ramorum, el patógeno de la muerte súbita del roble y del alerce, con lo que la mata invasora funciona además como reservorio de la enfermedad.
Se le añade un detalle genético: el material británico no es la especie pura, sino un enjambre híbrido con aportes de Rhododendron catawbiense y Rhododendron maximum, especies norteamericanas mucho más resistentes al frío. Esa mezcla dio plantas más rústicas y agresivas que cualquiera de las poblaciones originales.
Por qué allí sí y aquí no
La respuesta está en el verano. En Irlanda o en el País de Gales llueve todo el año, el suelo forestal nunca se seca y hay una superficie enorme de terreno ácido, ligeramente sombreado y con humedad permanente: el hábitat ideal para una plántula de rododendro repartido por todo el país. Aquí ese hábitat existe, pero mide unos pocos kilómetros de fondo de barranco. Fuera del canuto, la plántula que germina en mayo está muerta en julio.
Es la misma limitación que sufre cualquiera que intente cultivarlo en el interior peninsular, solo que vista al revés: en España la sequía estival y el agua de riego con cal son el freno natural de la especie. Eso convierte al ojaranzo en un caso curioso, protegido y raro en su tierra de origen y perseguido a mil kilómetros al norte, sin que la planta haya cambiado en nada.
La precaución que sí corresponde tomar en la Península es local: en Galicia y la cornisa cantábrica, donde el verano es húmedo, el arbusto puede naturalizarse a partir de setos y jardines. Ahí conviene no plantarlo pegado a robledales o a bosque de ribera, retirar el fruto antes de que abra si el ejemplar es grande, y no tirar restos de poda al monte, porque un trozo de rama con contacto húmedo enraíza.
El patrón que se come al injerto
Su vigor tiene una consecuencia doméstica que aparece años después de la compra. Muchos rododendros híbridos de flor grande —blancos, rojos, rosa fuerte— se venden injertados sobre patrón de ponticum, elegido precisamente por su raíz potente y su indiferencia ante suelos mediocres. El patrón no se resigna a hacer de raíz: emite chupones desde la base, por debajo del punto de injerto.
Esos brotes crecen más deprisa que la variedad de arriba. En tres o cuatro años la sombrean, la debilitan y ocupan su sitio, y el jardinero descubre una primavera que su híbrido rojo ha amanecido con corimbos lilas. Nadie ha cambiado la planta: lo que florece es el patrón, y la variedad injertada ya está muerta o agonizando dentro de la mata.
Se reconocen porque nacen por debajo del engrosamiento del injerto y porque su hoja es más larga, más estrecha y de un verde más apagado que la del cultivar. Y se quitan tirando de ellos hacia abajo hasta desgajarlos del cuello, nunca con tijera a ras, porque cada corte limpio devuelve dos o tres brotes en el mismo sitio. Revisar la base del arbusto una vez al año, en primavera, evita el problema entero.
La grayanotoxina y la miel loca
El año 401 antes de nuestra era, el ejército griego que Jenofonte describe en la Anábasis bajaba hacia el mar Negro y acampó cerca de Trebisonda, en territorio de los colcos. Los soldados encontraron colmenas y comieron miel. Jenofonte cuenta lo que pasó con un detalle notable: los que probaron poco parecían borrachos, los que comieron mucho se comportaban como locos o como moribundos, y quedaron todos tirados por el suelo. Nadie murió; al día siguiente empezaron a levantarse y al tercero estaban recuperados, "como después de una purga". Es la primera intoxicación alimentaria colectiva descrita con nombre, sitio y fecha, y la causa fue el néctar del rododendro póntico.
La historia se repitió. Estrabón y Plinio recogen que los habitantes de aquella costa usaron la miel como arma: se dice que las tropas de Pompeyo, en el siglo I antes de nuestra era, encontraron panales abandonados a propósito en su ruta y pagaron caro el hallazgo. El nombre técnico del compuesto llegó mucho después, cuando se aisló de otra ericácea, Leucothoe grayana, y se llamó grayanotoxina; en el rododendro se había descrito antes como andromedotoxina.
Nada de esto es un asunto de anticuario. En el noreste de Turquía se sigue produciendo y vendiendo la deli bal, la "miel loca", una miel amarga y rojiza a la que se atribuyen virtudes medicinales y que se toma a cucharaditas. Los hospitales turcos publican con regularidad series de pacientes con la misma cuadro: mareo, náuseas, sudor frío, visión borrosa, pulso muy lento y tensión por los suelos, que se resuelve en veinticuatro o cuarenta y ocho horas con vigilancia y fluidos. Casi todos son adultos que buscaban un remedio casero.
Lo que importa aquí, con el arbusto en el jardín, cabe en pocas líneas:
- La toxina está en hojas, flores, polen y néctar, y la miel de una colmena rodeada de rododendro puede arrastrarla. La miel comercial europea se mezcla de muchos orígenes y no da problemas; el riesgo está en tarros artesanales de zonas con población densa de Rhododendron, y en los frascos de deli bal que se traen de viaje.
- Cabras, ovejas y caballos se intoxican al ramonear las ramas, y es un motivo de consulta veterinaria habitual donde el arbusto abunda. Un perro que roa tallos también puede pasarlo mal.
- Las ramas no valen para brochetas, pinchos ni humo de asado, y las hojas no van al forraje. Los restos de poda, al contenedor.
- No hay manera casera de quitarle la toxicidad a ninguna parte de la planta. Ante una ingestión, en España se llama al Instituto Nacional de Toxicología (91 562 04 20) y se acude a urgencias con una muestra.
Puesto en perspectiva: en un jardín normal el ojaranzo no es peligroso, porque nadie mastica por gusto una hoja coriácea y amarga. El cuidado hay que ponerlo donde haya animales que ramoneen y a la hora de comprar miel artesanal en según qué sitios.
Si quieres uno en el jardín
Sirve la ficha general del género —tierra ácida, agua blanda, sombra fresca, ni un centímetro de cuello enterrado—, con tres matices propios de esta especie. El primero, que es de sotobosque de barranco: la humedad del aire le importa tanto como la del suelo, y una tarde de viento seco le quema los bordes de las hojas con el sustrato empapado. El segundo, que aguanta el frío sin despeinarse, hasta unos quince grados bajo cero, así que el invierno rara vez es lo que lo mata. El tercero, que rebrota de cepa con una facilidad que otras perennifolias no tienen, lo cual permite rebajar un ejemplar desgarbado en primavera sin perderlo, y explica de paso por qué en Irlanda cuesta tanto quitárselo de encima.
Y si el ejemplar procede de esquejes o de semilla, que sea de vivero. En Andalucía, Portugal y Marruecos la recolección en el monte de la subespecie baeticum está prohibida, y en poblaciones de unos pocos cientos de hectáreas la diferencia entre mirar y llevarse un puñado de semillas no es simbólica.
En resumen
El ojaranzo es Rhododendron ponticum subsp. baeticum, un relicto terciario de laurisilva que sobrevive en los canutos del Aljibe, en Cádiz y Málaga, con núcleos hermanos en Monchique y en el Rif marroquí, separados del grueso de la especie —el mar Negro y el Cáucaso— por miles de kilómetros. Está catalogado como amenazado y su problema no es un desastre puntual sino la falta de regeneración, el ganado y la pérdida de agua en los arroyos de cabecera.
La misma planta es en Irlanda y en las islas británicas una invasora de primer orden, capaz de soltar más de un millón de semillas por mata, de acodarse sola, de rebrotar de tocón y de dejar el sotobosque a oscuras. Aquí la frena la sequía de julio; en Galicia y la cornisa cantábrica, donde no la frena tanto, conviene no plantarla junto a bosque autóctono. Ese mismo vigor es el que hace que, usada como patrón de injerto, acabe desplazando al híbrido que lleva encima si no se arrancan sus chupones cada primavera.
Y toda la planta, néctar incluido, contiene grayanotoxinas: la miel que hizo caer al ejército de Jenofonte junto al mar Negro hace veinticuatro siglos se sigue vendiendo hoy como deli bal y sigue llenando urgencias en Turquía. En el jardín no da problemas mientras no haya animales que ramoneen, pero ni las ramas sirven para asar ni las hojas para el forraje.