El agua del grifo mata rododendros. No de golpe, sino en tres temporadas: primero las hojas nuevas salen de un verde apagado, luego amarillean entre los nervios, después la brotación se acorta, deja de haber flor y las ramas se secan de fuera hacia dentro. La planta estaba sana el día que la compraste y el sustrato era el correcto; lo que fallaba era la regadera. Con este género, la calidad del agua decide más que casi cualquier otra cosa.
Qué es exactamente un rododendro
Rhododendron es un género de la familia de las ericáceas con alrededor de mil especies, lo que lo convierte en uno de los géneros leñosos más numerosos del planeta. Su centro de diversidad está en el Himalaya oriental, el suroeste de China y el norte de Birmania, donde conviven desde rastreras alpinas de veinte centímetros hasta Rhododendron arboreum, un árbol de quince metros. Hay también especies norteamericanas, japonesas, europeas y unas pocas tropicales del sudeste asiático que crecen como epífitas.
Conviene aclarar algo que confunde en el vivero: las azaleas son rododendros. Botánicamente están dentro del mismo género, agrupadas en los subgéneros Tsutsusi y Pentanthera. La separación entre "azalea" y "rododendro" es puramente hortícola y se sostiene en detalles observables: las azaleas suelen tener cinco estambres por flor, hojas más pequeñas y a menudo pelosas, y muchas pierden la hoja en invierno; los que llamamos rododendros tienen diez estambres o más, hoja perenne y coriácea, y flores agrupadas en corimbos densos.
Dentro de la etiqueta comercial "azalea de interior" lo que hay casi siempre es Rhododendron simsii, la azalea índica, que se fuerza en invernadero para florecer en pleno invierno. No es una planta de interior: necesita un invierno fresco para inducir yemas de flor, y en un salón a 21 grados aguanta la floración comprada y luego se apaga. Si quieres que repita, sácala fuera en primavera a semisombra y déjala pasar el otoño al fresco.
Toxicidad: dilo antes de plantar
Prácticamente todo el género contiene grayanotoxinas en hojas, flores y néctar. Son compuestos que alteran los canales de sodio de las células nerviosas y cardíacas, y su ingestión causa vómitos, salivación abundante, descenso de la tensión arterial y bradicardia. La sensibilidad es mayor en animales de pastoreo: cabras, ovejas y caballos se intoxican al ramonear las ramas, y los perros que roen tallos también.
De ahí también la miel tóxica que se conoce desde la Antigüedad en la costa del mar Negro. Ninguna parte de la planta tiene uso alimentario, no hay manera doméstica de destoxificarla y las ramas no valen ni para brochetas ni para ahumar. Colocado en un jardín normal, un rododendro no es peligroso: nadie mastica hojas coriáceas por casualidad. El cuidado hay que tenerlo donde haya ganado, cabras de pastoreo o animales de compañía con costumbre de mordisquear. Ante una ingestión, en España se llama al Instituto Nacional de Toxicología (91 562 04 20) y se acude a urgencias con una muestra de la planta.
Dónde vive bien en España
Este género pide tres cosas a la vez: suelo ácido, humedad constante y veranos frescos con aire húmedo. Donde faltan las tres, el cultivo es una lucha. Un mapa aproximado:
- Galicia, Asturias, Cantabria, País Vasco, norte de Navarra y valles pirenaicos. Terreno natural del género. Aquí se planta en el suelo del jardín y crece solo.
- Zonas de montaña húmeda con suelo silíceo: Sistema Central, Sierra de Francia, Gredos, Montseny, Sierra de Gata. Funcionan bien en umbría con riego de apoyo en verano.
- Interior mediterráneo y sureste. Aire seco en verano, suelos calizos, agua de riego dura. Aquí se cultiva en maceta grande o en arriate elevado aislado del terreno, con agua de lluvia, y sabiendo que es una planta de mantenimiento, no de plantar y olvidar.
- Litoral mediterráneo con brisa marina. El salitre en el ambiente le sienta mal; hay que ponerlo resguardado.
El frío rara vez es lo que acaba con ellos. Los híbridos derivados de Rhododendron catawbiense aguantan por debajo de -20 °C, y Rhododendron ferrugineum, la rosa de los Alpes que vive en el Pirineo entre 1.600 y 2.300 metros, pasa el invierno bajo la nieve sin inmutarse. Lo que se los lleva por delante en España es el verano: cepellón caliente, aire seco y agua con cal.
El suelo y el agua, que son el mismo problema
El rango de pH que necesita está entre 4,5 y 5,5. Por encima de 6,5 el hierro y el manganeso del suelo se vuelven insolubles, la planta no puede absorberlos y aparece la clorosis férrica: hoja amarilla con la nervadura dibujada en verde oscuro, empezando por las hojas jóvenes de las puntas.
Las raíces son finas como pelos, sin pelos absorbentes propios, y dependen de micorrizas ericoides para tomar nutrientes. Todo el sistema radicular se concentra en los primeros veinte o treinta centímetros y forma una masa densa, casi de fieltro. De ahí se derivan tres reglas prácticas: no se cava alrededor de un rododendro, no se planta hondo, y no se deja secar del todo el cepellón porque una vez seca la turba se vuelve hidrófuga y el agua de riego resbala por los lados sin mojarlo.
Sobre el agua: la mayor parte del agua de red peninsular tiene bicarbonatos suficientes para subir el pH del sustrato en dos o tres temporadas, por muy ácido que fuera al plantar. Las opciones que funcionan son agua de lluvia recogida o agua de red acidificada con un producto formulado para plantas acidófilas, ajustando con tiras reactivas a un pH cercano a 5,5. El agua del descalcificador doméstico no sirve: intercambia calcio por sodio, y el sodio en el sustrato es peor para estas raíces que la cal.
El quelato de hierro EDDHA es el único que sigue siendo eficaz por encima de pH 7, y viene bien para reverdecer una planta clorótica mientras corriges la causa. Pero es un tratamiento sintomático: si el agua sigue siendo dura, el amarillo vuelve en un par de meses.
Un par de creencias que conviene desmontar. La ceniza de chimenea aparece recomendada como abono de potasio en muchos sitios; tiene un pH cercano a 12 y en un macizo de acidófilas hace un daño considerable. Y el poso de café, aunque es ligeramente ácido en la taza, una vez usado queda prácticamente neutro y no acidifica nada: como aporte de materia orgánica está bien, como corrector de pH no hace el trabajo.
Plantación paso a paso
La mejor época es el otoño en climas de invierno suave, y el final del invierno o principios de primavera donde hiela con fuerza.
- Abre un hoyo ancho y poco profundo: el doble o el triple de ancho que el cepellón, y apenas la profundidad de este.
- Si el cepellón viene de vivero apretado y con las raíces enrolladas, ábrelo con los dedos o haz cuatro cortes verticales superficiales. Un cepellón que se planta sin desenredar sigue creciendo en círculos y la planta se estanca.
- Rellena con sustrato para plantas de suelo ácido mezclado con corteza de pino compostada, que aporta estructura y se degrada despacio.
- Deja la superficie del cepellón a ras de suelo o dos centímetros por encima. Enterrar el cuello es lo que arruina más plantaciones de rododendro: la corona se asfixia, entra Phytophthora y el arbusto muere a los dos años sin causa aparente.
- Acolcha con 5-8 cm de corteza de pino o acículas, dejando un círculo libre pegado al tronco.
- Riego de asiento abundante, con agua blanda, para asentar el sustrato.
En jardín calizo, plantar dentro de un hoyo relleno de turba es tirar el dinero: por capilaridad y por el riego, el pH se recupera solo. La solución realista es un arriate elevado, con lámina separadora, o una maceta de 40 litros para arriba.
Exposición y riego
La ubicación ideal es semisombra luminosa: sol directo hasta media mañana y sombra en las horas centrales, o sombra tamizada bajo árboles de copa alta y raíz profunda (robles, pinos). Bajo un tilo o un arce noruego, con su raíz superficial y voraz, el rododendro se queda sin agua y sin sitio.
Demasiada sombra tampoco es la respuesta: en sombra cerrada la planta se estira, saca entrenudos largos y florece poco. Si tu ejemplar tiene hojas grandes y sanas pero no da flor, la falta de luz es la primera sospecha, la segunda es la poda a destiempo y la tercera un exceso de nitrógeno.
El riego se rige por el cepellón, no por el calendario. En verano, en maceta, puede tocar a diario; en suelo, dos riegos abundantes por semana bastan si hay acolchado. Un truco visual útil: las hojas de muchos rododendros se enrollan hacia abajo y hacia el eje cuando la planta pasa estrés hídrico. En verano significa sed; en invierno, con helada, es una respuesta normal al frío y no hay que regar.
Abonado
Comen poco y son sensibles al exceso de sales. Con dos aportaciones al año de un abono específico para acidófilas —una a la salida del invierno y otra al terminar la floración— hay suficiente. Los abonos de liberación lenta funcionan bien porque evitan picos de salinidad.
Nada de nitrógeno a partir de agosto: provoca una brotación tardía que no madura y que se hiela en el primer frío. Y nada de estiércol fresco ni de enmiendas calizas de ningún tipo.
Poda: menos de la que crees, y en el mes correcto
Un rododendro sano no necesita poda de formación. Lo único imprescindible es retirar las inflorescencias marchitas en cuanto se pasan, partiéndolas con los dedos justo por encima del anillo de brotes nuevos que empuja debajo. Si esperas y las cortas con tijera a lo bruto, te llevas por delante esos brotes y con ellos la flor del año siguiente.
El calendario manda aquí: las yemas florales se forman en verano, entre junio y agosto, para abrir la primavera siguiente. Cualquier tijeretazo de otoño o invierno se lleva la floración entera. Si hay que aclarar, rebajar o reformar, se hace en primavera, nada más caer las flores.
Aprende a distinguir las yemas antes de cortar: las florales son gordas, redondeadas y con escamas visibles; las de hoja son delgadas, puntiagudas y más pequeñas. Con eso puedes podar en invierno una rama concreta sabiendo exactamente qué estás sacrificando.
Los ejemplares viejos y desgarbados admiten poda de rejuvenecimiento: se rebajan las ramas principales a 40-60 cm en primavera, y el género rebrota bien de madera vieja, cosa que no toleran otras perennifolias. Es más seguro hacerlo en dos años, la mitad de las ramas cada temporada, y no aplicárselo a un ejemplar debilitado o clorótico, que no tendrá reservas para responder.
Multiplicación
Acodo: el método más fiable en casa. En primavera se dobla una rama baja, se raspa ligeramente la corteza en la zona que quedará enterrada, se fija con una horquilla bajo cinco centímetros de sustrato ácido y se mantiene húmeda. Al año o año y medio se separa ya enraizada.
Esqueje semileñoso: a finales de verano, con brotes del año ya endurecidos, de 8-10 cm, quitando las hojas de abajo y recortando a la mitad las de arriba. Hormona de enraizamiento, mezcla de turba y perlita, humedad ambiental alta y calor de fondo. Los de hoja pequeña y las azaleas japonesas enraízan con facilidad; los híbridos de hoja grande son bastante más tercos.
Semilla: se siembra sobre turba tamizada sin cubrir, porque necesita luz para germinar. Da plantas variables y tarda entre tres y siete años en florecer, así que solo tiene sentido para especies botánicas o para experimentar.
Chupones del patrón: por qué tu híbrido rojo florece lila
Buena parte de los híbridos de flor grande que se venden en vivero llevan injerto sobre un patrón vigoroso, habitualmente Rhododendron ponticum o el cultivar 'Cunningham's White', que tolera algo mejor el suelo poco favorable. Ese patrón brota por su cuenta desde la base.
Si esos brotes no se eliminan, en tres o cuatro años se comen la planta: crecen más rápido que la variedad injertada, la sombrean y acaban ocupando su sitio. El propietario ve cómo su rododendro de flor roja o blanca amanece un día con corimbos lila y hoja distinta, y concluye que "ha cambiado de color". No ha cambiado nada: lo que florece es el patrón. Se reconocen porque salen por debajo del engrosamiento del injerto y porque la hoja suele ser más larga y estrecha. Se arrancan de raíz tirando de ellos, no se cortan a ras, porque un corte los multiplica.
Plagas y enfermedades
Tigre del rododendro (Stephanitis rhododendri). Punteado plateado en el haz y manchitas oscuras y brillantes, como gotas de barniz, en el envés. Prolifera en plantas al sol y con sequía. Jabón potásico o aceite de verano mojando bien el envés, con repetición a los diez días.
Otiorrinco (Otiorhynchus sulcatus). El adulto recorta muescas semicirculares en el borde de las hojas, lo cual es feo pero inocuo; el problema son sus larvas comiendo raíces, que provocan un decaimiento repentino, sobre todo en maceta. Control biológico con nematodos Heterorhabditis bacteriophora regados en el sustrato cuando este supera los 12 °C.
Podredumbre por Phytophthora cinnamomi. Marchitez brusca con las hojas colgando aunque el suelo esté húmedo, y tejido pardo bajo la corteza del cuello. Se asocia a drenaje deficiente y plantación profunda. Sin tratamiento fiable en jardín: se previene con sustrato aireado y cepellón alto.
Agallas de la azalea (Exobasidium vaccinii). Engrosamientos carnosos y pálidos, casi de aspecto de merengue, en hojas o flores, típicos de primaveras lluviosas en azaleas japonesas. Se arrancan a mano antes de que se cubran de polvo blanco de esporas.
Yemas secas ennegrecidas con filamentos erizados: el hongo Seifertia azaleae, transmitido tras la picadura de la chicharrita Graphocephala fennahi, un insecto verde y rojo llamativo. Se retira cada yema afectada en cuanto se ve.
Oídio en azaleas de hoja caduca durante veranos húmedos, y quemaduras marginales de la hoja, que casi nunca son un hongo sino exceso de sales, viento seco o cepellón reseco.
Qué especies y variedades elegir aquí
- Híbridos de Rhododendron yakushimanum. Compactos (1-1,2 m), hoja gruesa con indumento afieltrado en el envés, mucho más tolerantes al sol y al calor que la media del género. La mejor apuesta para jardines pequeños y para quien empieza.
- Híbridos de catawbiense tipo 'Cunningham's White' o 'Roseum Elegans'. Rústicos, grandes, algo más indulgentes con el pH que la mayoría.
- Rhododendron luteum. Azalea caduca de flor amarilla y perfume intenso, con muy buen color otoñal en la hoja. Muy resistente al frío.
- Azaleas japonesas (grupos Kurume y Kaempferi, derivados de R. kiusianum y R. kaempferi). Porte bajo, floración masiva en abril-mayo, bien para primer plano de macizo y para maceta.
- Rhododendron ferrugineum. Especie pirenaica, para jardines de montaña con suelo ácido. Su pariente Rhododendron hirsutum es la excepción del género: vive sobre calizas alpinas y tolera pH neutro, aunque es poco frecuente en el comercio español.
- Rhododendron ponticum. Vigoroso y agradecido en el norte húmedo, con la salvedad de que en las islas británicas es invasor declarado; en Galicia y la cornisa cantábrica conviene no plantarlo junto a masas forestales autóctonas.
Un consejo de compra: mira el envés de la hoja y el cuello de la planta antes de pagar. Envés punteado y brillante significa tigre; cuello enterrado en el sustrato de la maceta significa problema futuro; y una planta que se levanta con el cepellón suelto y seco lleva demasiado tiempo mal regada en el vivero.
Compañeras de macizo
Lo práctico es agrupar todas las acidófilas en la misma zona del jardín y darles el mismo trato: camelias (Camellia japonica), pieris (Pieris japonica), hortensias (Hydrangea macrophylla, que además azulean con el pH bajo), arces japoneses (Acer palmatum), arándanos (Vaccinium corymbosum) y helechos como Dryopteris affinis. Debajo, Hosta, Heuchera, Epimedium y bulbos de floración temprana.
Lo que no cabe en ese macizo es el repertorio mediterráneo de suelo calizo y sol pleno: lavanda, romero, salvia arbustiva o cistus. No es una cuestión de estética, es que el agua y el sustrato que necesitan unos matan a los otros.
En resumen
Rhododendron reúne cerca de mil especies, azaleas incluidas, y todas piden lo mismo: pH entre 4,5 y 5,5, humedad constante sin encharcamiento, semisombra luminosa y agua de riego sin cal. Ese último punto es el que decide el resultado en España; el agua de lluvia o el agua acidificada valen más que cualquier abono.
Se planta con el cepellón alto, nunca enterrado, con acolchado de corteza de pino y sin cavar alrededor. Se le quitan las flores pasadas a mano y, si hay que podar, se poda justo después de florecer, porque las yemas del año siguiente se forman en verano. Se abona poco y con producto para acidófilas, olvidando la ceniza y el estiércol fresco. Vigila los chupones del patrón en los ejemplares injertados y ten presente que toda la planta contiene grayanotoxinas, un dato que importa sobre todo si hay ganado o animales que mordisqueen.