Rasca con la uña o con una navaja un centímetro de corteza en una rama del grosor de un lápiz. Si debajo aparece una capa verdosa y húmeda, el árbol sigue vivo y hay algo que hacer. Si sale marrón, seca y se desmenuza, esa rama está muerta y toca repetir la prueba más abajo, en una rama gruesa y después en el propio tronco. Esa secuencia —de la punta hacia el tronco— dice hasta dónde ha llegado el daño, que es la única información que de verdad decide si el árbol se recupera o se retira.
Un árbol de aspecto seco casi nunca lo está por falta de agua a secas. Las hojas pardas son el último síntoma de un proceso que empezó semanas o meses antes bajo tierra, y regar más sin averiguar qué pasó abajo suele empeorar el cuadro.
Comprobar si queda vida antes de gastar esfuerzo
Tres comprobaciones bastan para hacerse una idea en diez minutos:
La prueba del rascado. El cámbium, la capa fina justo bajo la corteza, es verde o blanco crema cuando está vivo. Hazla en varios puntos: una rama alta, una rama baja y el tronco a unos 20 cm del suelo. Un árbol con las ramas muertas pero el cámbium verde en el tronco puede rebrotar entero; al revés no ocurre.
La flexibilidad de los brotes. Una ramita viva se dobla antes de partirse. Una muerta chasca en seco.
Las yemas. Ábrelas con la uña. Una yema viva tiene un interior verde tierno; una muerta está hueca o parda. En primavera esta es la prueba más fiable de todas.
Después mira el cuello, el punto donde el tronco se ensancha para entrar en el suelo. Aparta la tierra con la mano. Si la corteza está blanda, oscura, se desprende a tiras o huele agrio, hay una podredumbre de raíz y cuello, y eso cambia por completo el plan.
Averiguar qué lo secó
Las causas se repiten y cada una pide una respuesta distinta:
Sequía real. Típica del segundo o tercer verano tras la plantación, cuando el riego de instalación se ha retirado y las raíces todavía no exploran fuera del cepellón. Se reconoce porque el pardeamiento empieza por los márgenes de las hojas y por la parte alta y soleada de la copa, y porque las hojas secas quedan colgando en la rama en vez de caer.
Asfixia radicular. El síntoma es idéntico —hojas amarillas y luego pardas, ramas que se secan de la punta hacia dentro— pero la causa es la contraria: suelo encharcado, arcilla compactada, un alcorque que hace de cubeta o un goteo que no se apaga nunca. Las raíces finas mueren sin oxígeno y el árbol se deshidrata teniendo agua debajo. Regar más aquí lo remata.
Hongos de suelo. Phytophthora es la sospecha número uno en suelos pesados con riego abundante; ataca cuello y raíces y deja una mancha oscura que sube por el tronco. Armillaria mellea se identifica por unas láminas blancas de micelio con olor a champiñón bajo la corteza del cuello. Verticillium dahliae afecta a olivo, arce, catalpa o pistacho: seca ramas sueltas, no la copa entera, y al cortar una rama aparece un anillo pardo en la madera. Contra ninguno de los tres hay cura química doméstica; lo único que ayuda es reducir el riego, descubrir el cuello y quitar la madera afectada.
Estrangulamientos. Un tutor con el atado sin aflojar, un alambre de vivero, una etiqueta de plástico o una raíz que da la vuelta al tronco (frecuente en árboles que pasaron demasiado tiempo en contenedor) cortan el paso de savia. Revisa el tronco palmo a palmo y corta cualquier atadura, aunque parezca holgada.
Herbicidas. La deriva de glifosato aplicado al pie del árbol o al césped provoca brotes deformados, hojas estrechas y amarilleo desde dentro. No hay antídoto: agua abundante para lavar el suelo y paciencia.
Barrenadores. Serrín en la base y galerías anchas apuntan a Cerambyx en encinas y frutales; en pinos, resina y agujeros de perdigón indican escolítidos como Tomicus o Ips. Estos insectos entran en árboles ya debilitados: son consecuencia además de causa.
Clorosis férrica. En suelo calizo del interior y el levante peninsular, hojas amarillas con los nervios verdes no son sequía sino hierro bloqueado por el pH. Se corrige con quelato de hierro EDDHA regado al suelo, nunca con sulfato de hierro esparcido en superficie, que en suelo básico se precipita y no hace nada.
Riego de rescate: mucho, lento y separado en el tiempo
Si el diagnóstico es sequía, la corrección no es regar todos los días un poco. Un riego corto y frecuente moja los primeros centímetros, se evapora y mantiene las raíces trabajando en la capa que antes se seca. Lo que resuelve es empapar en profundidad y espaciar.
Para un árbol pequeño de jardín, entre 40 y 80 litros por aplicación; para uno mediano ya establecido, de 100 a 200. Aplicados despacio, con un goteo abierto varias horas o una manguera a hilo fino, para que el agua entre en vez de escurrir. En verano peninsular, una vez por semana; en primavera y otoño, cada dos o tres.
Y dónde. Las raíces absorbentes no están junto al tronco: se reparten en los primeros 30 a 60 cm de suelo y se extienden hasta más allá de la vertical de la copa. Regar pegado al tronco moja la parte que menos absorbe y favorece la podredumbre del cuello. Haz un anillo de riego a media copa y hacia fuera.
Antes de regar, comprueba. Clava un destornillador largo o una barra a 30 cm: si entra con facilidad y sale con tierra húmeda pegada, hay agua de sobra y el problema es otro.
El acolchado hace más que cualquier producto
Una capa de 5 a 10 cm de astilla de madera, restos de poda triturados o corteza sobre la proyección de la copa reduce la evaporación, amortigua las puntas de calor del suelo, evita la compactación por pisadas y devuelve materia orgánica según se descompone. En un árbol estresado rinde más que ningún tratamiento embotellado.
Dos condiciones: que no toque el tronco —deja 10 cm libres alrededor del cuello, porque el acolchado apoyado en la corteza la mantiene húmeda y la pudre— y que no sea una lámina de plástico debajo, que impide la entrada de agua y de aire.
Si el suelo está compactado por paso de gente o de maquinaria, aireado manual: agujeros de 30 cm con una barra o una horca de doble mango, repartidos bajo la copa, rellenos de compost o de arena gruesa. No cavar con azada bajo un árbol en apuros; cada raíz gruesa cortada es más pérdida.
Abonar ahora no lo resucita
La reacción instintiva ante un árbol mustio es echarle abono, y ahí se pierde más de un ejemplar que iba a salvarse. Un fertilizante mineral aumenta la concentración de sales en un suelo cuyas raíces finas ya están dañadas y no pueden absorber; el resultado es una quemadura añadida. Y el nitrógeno fuerza brotes tiernos que la raíz mermada no puede sostener, así que el árbol vuelve a secarse en cuanto aprieta el calor.
El abono se reserva para cuando el árbol haya vuelto a brotar con normalidad una temporada entera, y aun entonces mejor materia orgánica bien hecha en superficie que un granulado de liberación rápida. Lo mismo vale para los bioestimulantes y las hormonas de enraizamiento en spray que se venden para estos casos: sin raíces funcionales, no hay nada que estimular.
Podar poco y en el momento adecuado
Con el árbol aún en crisis, limita la poda a lo que está claramente muerto, roto o partido, y a las ramas que suponen un peligro. La madera muerta se corta justo por fuera del cuello de rama, ese abultamiento donde la rama nace del tronco, sin dejar tocón y sin rebanar a ras: ese anillo de tejido es el que sella la herida.
No selles el corte con pintura, mástic ni betún. La cicatrización de un árbol es un compartimentado interno, no una costra externa; el producto retiene humedad y favorece la pudrición justo donde no interesa.
Para el resto de la copa, espera. Hasta la primavera siguiente no se sabe qué ramas rebrotan, y cortar en verano lo que parecía muerto elimina yemas que iban a despertar. La única excepción es la poda de aclareo en un árbol recién trasplantado que pierde agua por más hoja de la que su raíz puede abastecer.
Y descarta el desmoche: cortar todas las ramas principales por la mitad para «rejuvenecer» un árbol seco no lo rejuvenece. Provoca un rebrote débil, mal anclado, sobre madera que se pudre desde el corte, y adelanta el final del árbol en lugar de retrasarlo.
Coníferas: aquí no hay segunda oportunidad
Conviene saberlo antes de invertir un año de riegos. Cipreses (Cupressus sempervirens), tuyas, piceas, abetos y la mayoría de los pinos carecen de yemas latentes en la madera vieja. Cuando una rama de ciprés o de tuya se pone parda, no vuelve a verdear ni rebrota desde el tronco: el hueco del seto se queda ahí para siempre y hay que sustituir el ejemplar o tapar el vacío con las ramas vecinas.
Los planifolios funcionan al revés. Olivo, encina, alcornoque, morera, plátano de sombra, almez, fresno o granado conservan yemas durmientes bajo la corteza y pueden rebrotar del tronco o del pie incluso con la copa entera seca. Un olivo quemado por una helada de −10 °C que parece leña en marzo puede estar echando brotes en el tronco en junio. Ahí sí compensa esperar.
Caso aparte: la palmera con el cogollo central afectado —por picudo rojo, Rhynchophorus ferrugineus, o por pudrición del ápice— no se recupera, porque una palmera tiene una única yema de crecimiento y no rebrota. Si el cogollo tira al arrancarlo, está perdida, y la retirada de palmeras afectadas por picudo está regulada en la mayoría de las comunidades autónomas.
Árboles en maceta y bonsáis
En contenedor todo va más deprisa, para bien y para mal. Un cepellón que se ha secado del todo se vuelve hidrófugo: el agua resbala por el borde y sale por el agujero sin mojar el interior, de modo que se riega a diario y la planta sigue seca por dentro.
La solución es la inmersión. Se mete la maceta en un barreño con agua hasta el borde del sustrato y se deja de veinte a treinta minutos, hasta que dejen de salir burbujas. Después escurrir bien y llevar la planta a semisombra y al abrigo del viento durante dos o tres semanas.
Si el sustrato está mojado y aun así la planta se seca, hay podredumbre. Desmolda y mira: raíces claras y firmes con olor a tierra son sanas; raíces oscuras, blandas y que se deshacen al tirar de ellas están perdidas. En ese caso, corta lo podrido con tijera limpia, sustituye el sustrato por uno con drenaje real —tierra de calidad con un tercio de perlita, o akadama y pómez en el caso del bonsái—, reduce la maceta de tamaño en lugar de aumentarla y riega poco hasta ver brotes nuevos.
En bonsái, con la planta debilitada no se toca el alambre, ni se pinza, ni se defolia, ni se abona. Solo luz suave, humedad estable en el sustrato y un año entero de dejarla crecer libre.
Cuánto esperar y cuándo asumir la pérdida
Un árbol dañado no responde en quince días. El plazo razonable es una temporada de crecimiento completa: si el problema se detectó en verano, la respuesta llega en la brotación de la primavera siguiente, entre marzo y mayo según zona y especie. Hasta entonces, riego correcto, acolchado, nada de abono y ninguna poda innecesaria.
Señales de que va bien: brotes nuevos aunque sean pequeños, hojas de tamaño normal y no diminutas, brotación en el tronco o en el pie, cámbium verde que se mantiene en primavera.
Señales de que no: cámbium pardo en el tronco a ras de suelo, corteza que se desprende en placas en el cuello, ausencia total de yemas hinchadas en abril, hongos de repisa en la base del tronco. Un árbol muerto en pie pierde rápido la resistencia de la madera y se convierte en un riesgo cerca de una casa, una acera o una línea eléctrica; en ese punto lo sensato es retirarlo, no seguir esperando. Antes de talar, comprueba la ordenanza municipal de arbolado: en muchos municipios españoles hace falta autorización incluso para árboles en finca privada, y en ejemplares catalogados siempre.
Si toca replantar, aprovecha la información. Un árbol que murió por asfixia pide un sustituto tolerante a suelo pesado —fresno, aliso, chopo— o un drenaje resuelto antes de plantar. Uno que murió de sed en un secano pide especies hechas al clima: almez, algarrobo, encina, pistacho, olivo, no arces japoneses ni abedules.
En resumen
Antes de intervenir, comprueba con la prueba del rascado hasta dónde llega la vida, y revisa el cuello del árbol: ahí se resuelve la mitad de los diagnósticos. Distingue sequía de encharcamiento, porque los síntomas se parecen y el tratamiento es opuesto. Riega mucho, despacio y espaciado, bajo la copa y no pegado al tronco. Acolcha sin tocar la corteza. Deja el abono para cuando el árbol vuelva a brotar con normalidad, poda solo lo muerto y sin sellar los cortes, y no desmoches. Ten claro que las coníferas pardas no vuelven y que muchos planifolios sí rebrotan del tronco. Da una temporada completa de plazo y, si en la primavera siguiente no hay yemas ni cámbium verde, retíralo por seguridad y elige para su sitio una especie adecuada al suelo y al clima que tienes.