El nombre engaña. El Quercus canariensis no crece de forma silvestre en las islas Canarias ni ha crecido nunca allí: el epíteto viene de un error en la procedencia atribuida al material que se describió a principios del siglo XIX, y se quedó pegado a la especie por la regla de prioridad nomenclatural. El árbol es andaluz y norteafricano. Quien lo busque pensando en un árbol subtropical se llevará una sorpresa cuando en enero lo vea con la copa cubierta de hojas secas y crujientes.

En español se le llama quejigo andaluz, roble andaluz o quejigo moruno, y en catalán roure africà. Es uno de los robles más agradecidos de la península para quien tenga sitio y suelo profundo, y uno de los peores errores de compra para quien tenga un patio de ocho metros.

Ejemplar adulto de Quercus canariensis con la copa amplia y redondeada

De dónde viene y qué tamaño alcanza

Su área natural se reparte entre el sur de la península ibérica y el norte de África. En España forma masas notables en el Parque Natural de Los Alcornocales (Cádiz y Málaga), en la sierra de Aracena y el Andévalo onubense, y aparece de forma más salpicada en Extremadura y en algunos puntos de Cataluña. Fuera de aquí ocupa el Rif, el Atlas medio marroquí, la Cabilia argelina y el norte de Túnez. Ese reparto explica bastante bien lo que necesita: inviernos frescos pero no continentales, lluvia abundante y verano seco pero no interminable.

Es un árbol grande de verdad. Los ejemplares bien situados en las canutas gaditanas superan los 25 metros, con troncos de más de un metro de diámetro y copas anchas y redondeadas. En jardín, con suelo profundo y algo de riego de apoyo, un pie joven crece entre 30 y 50 cm al año durante las primeras décadas, más rápido que una encina y bastante más que un quejigo común. Plantarlo a menos de 8 o 10 metros de una construcción, de un muro de contención o de una piscina es comprarse un problema de raíces y de sombra permanente para dentro de veinte años.

La hoja es lo que primero lo distingue: grande, de 8 a 18 cm, obovada, con lóbulos poco profundos y regulares, verde oscuro y brillante por el haz, glauca y con pelillos dispersos por el envés cuando es joven. Nada que ver con la hoja pequeña y coriácea de la encina.

Marcescente, ni perenne ni caduco del todo

Esta es la característica que más confunde a quien lo planta por primera vez. El quejigo andaluz es marcescente: en otoño la hoja se seca, cambia a un tono pardo dorado y no se cae. Se queda en la rama todo el invierno, sonando con el viento, y solo se desprende en marzo o abril cuando empuja la brotación nueva.

Es un comportamiento normal y saludable, no un síntoma de sequía ni de enfermedad. En jardinería tiene una ventaja concreta: durante el invierno el árbol sigue tapando lo que hay detrás, así que funciona como pantalla visual doce meses al año, algo que ningún caduco puro ofrece. La contrapartida es que la caída de hoja se concentra en primavera, justo cuando uno está limpiando el jardín para la temporada. Si el árbol queda sobre una piscina o un porche, hay que contar con esa limpieza de marzo.

El grado de marcescencia varía: en zonas húmedas y templadas los ejemplares se comportan casi como semicaducos y sueltan más hoja en diciembre; en zonas frías y ventosas la retienen con más fuerza.

Suelo y clima: dónde funciona y dónde no

El suelo manda más que el clima. Este roble quiere sustratos silíceos o neutros, profundos y frescos, con pH aproximadamente entre 5 y 7. En suelos francos, arenosos profundos o incluso arcillosos —tolera la arcilla mejor que la mayoría de los Quercus ibéricos, y aguanta encharcamientos invernales cortos— se desarrolla bien. En un suelo calizo activo, con costra caliza a poca profundidad, amarillea por clorosis férrica y se queda raquítico. Si vives sobre caliza y quieres un quejigo, el que te corresponde es Quercus faginea, no este.

De pluviometría pide bastante: por encima de 600-700 mm anuales se sostiene solo, y en las canutas de Los Alcornocales vive con más de 1.000 mm y con nieblas de verano que compensan la sequía estival. Por debajo de 500 mm sin riego no es candidato razonable. En Madrid, Zaragoza o el interior manchego se puede tener, pero asumiendo un riego de verano durante toda su vida, no solo los tres primeros años.

Frío: aguanta sin daños hasta -12 o -15 ºC, más de lo que sugiere su distribución meridional. Lo que no tolera es la brisa marina salina directa ni los suelos con salinidad apreciable.

Plantación y multiplicación por bellota

La época de plantación es el otoño, de octubre a diciembre, para que las lluvias asienten el cepellón y la raíz explore el terreno antes del primer verano. Plantar en primavera obliga a regar todo el estío con la planta aún sin anclar.

Cava un hoyo amplio —al menos el doble del cepellón en anchura— pero no enriquezcas el fondo con estiércol ni con turba: crear una "maceta de tierra buena" dentro de un suelo pobre hace que la raíz gire dentro de ella en lugar de salir. Mejor descompactar un volumen grande y rellenar con la misma tierra del sitio. Un alcorque y un buen acolchado de hoja o corteza hacen más por el árbol que cualquier abono.

Si lo quieres de bellota, hay un detalle que decide el resultado: las bellotas de los Quercus son semillas recalcitrantes, es decir, mueren si se dejan secar. Recógelas en octubre o noviembre del suelo, descarta las que floten en agua o tengan un agujero de perforación, y siémbralas en cuanto las tengas, tumbadas y a unos 3 cm de profundidad. Si necesitas guardarlas unas semanas, en bolsa perforada con algo de humedad y en la nevera a 3-5 ºC.

Usa envases altos, tipo forestal de 30 cm o más, o siembra directamente en el sitio definitivo. La raíz pivotante baja rapidísimo el primer año y en una maceta corriente se enrolla en el fondo; ese pie ya no formará nunca un anclaje decente y será el que se tumbe con el primer temporal a los quince años. Por la misma razón, trasplantar un ejemplar adulto sale mal casi siempre: se pierde el pivote y el árbol tarda años en recuperarse, si es que lo hace. Compra planta joven, de dos savias, y ten paciencia.

Hojas grandes y lobuladas del Quercus canariensis

Riego, abonado y poda

Riego. Los tres primeros veranos son los que deciden. Riego copioso y espaciado —30 o 40 litros cada diez o quince días en verano, según suelo— en lugar de poco y a diario. El riego frecuente y superficial mantiene las raíces arriba, justo donde el suelo se seca y se calienta. A partir del cuarto o quinto año, en zonas con más de 700 mm, se puede ir retirando el riego salvo en veranos excepcionales.

Y un aviso importante: no mojes la base del tronco ni mantengas el cuello húmedo en verano. La combinación de suelo templado y encharcado es lo que activa Phytophthora cinnamomi, el oomiceto responsable de "la seca" de encinas y alcornoques, al que este roble también es sensible. Coloca los goteros a un palmo del tronco como mínimo, o mejor en la periferia de la copa, que es donde están las raíces absorbentes.

Abonado. Prácticamente innecesario. Un aporte de compost maduro o de estiércol muy hecho extendido en superficie a finales de invierno, sin enterrarlo, basta y sobra. Los abonos nitrogenados provocan brotaciones tiernas y largas que después se doblan y atraen oídio.

Poda. Cuanto menos, mejor. En los primeros años, poda de formación para elegir un guía y eliminar ramas competidoras o mal insertadas. En adulto, solo madera muerta, rota o cruzada. La época adecuada es el invierno, con el árbol parado, entre diciembre y principios de febrero. Podar en pleno verano deja heridas abiertas cuando los cerambícidos están volando y buscando dónde poner huevos, y podar en marzo, con la savia ya moviéndose, provoca supuraciones. Los cortes grandes en un roble no cicatrizan bien: si dudas entre quitar una rama gruesa o dejarla, déjala.

Problemas que te vas a encontrar

  • Phytophthora cinnamomi (la seca). El daño más grave. Se manifiesta como defoliación desde la punta de las ramas, hojas pequeñas y amarillentas y muerte progresiva. Se favorece con suelos compactados, encharcamiento estival y movimientos de tierra cerca del árbol. No hay cura práctica en jardín; la prevención es drenaje, no compactar bajo la copa y no regar el cuello.
  • Oídio (Erysiphe alphitoides). Polvillo blanco sobre los brotes tiernos, sobre todo en las brotaciones de junio y en plantones. Feo pero rara vez grave en árbol adulto. En vivero se controla con azufre mojable en tiempo fresco, nunca por encima de 30 ºC porque quema.
  • Cerambícidos (Cerambyx welensii, C. cerdo). Larvas xilófagas que perforan tronco y ramas gruesas. Cerambyx cerdo está protegido por la Directiva Hábitats, así que no se combate: se convive con él manteniendo el árbol vigoroso y evitando heridas.
  • Defoliadores. Lymantria dispar y varias Tortrix pueden comerse buena parte de la hoja en primavera de forma episódica. Un roble sano rebrota; no justifica tratar.
  • Clorosis férrica. Hojas amarillas con nervios verdes. Casi siempre significa que está plantado sobre caliza. Los quelatos de hierro (Fe-EDDHA) lo maquillan cada año, pero no arreglan el error de emplazamiento.

Bellotas, fauna y usos

Fructifica en un solo año: florece en abril-mayo y las bellotas maduran ese mismo otoño, entre septiembre y noviembre. Son ovoides, de 2 a 3 cm, con una cúpula que cubre alrededor de un tercio del fruto. Su sabor es amargo por los taninos, aunque menos que las de otros quejigos, y tradicionalmente se han aprovechado para el ganado porcino en las dehesas del sur.

Como árbol de sombra tiene pocos rivales: copa densa y ancha, hoja grande y follaje que en otoño pasa por amarillos y ocres antes de secarse. Además sostiene una fauna considerable —desde el arrendajo, que planta bellotas por todo el monte, hasta decenas de insectos y las agallas de los cinípidos, esas bolas leñosas que aparecen en ramillas y hojas y que no dañan al árbol.

Hibrida con facilidad con Quercus faginea (el híbrido se conoce como Quercus × marianica) y con Quercus pyrenaica, lo que produce ejemplares de hoja intermedia que despistan bastante en el campo y también en los viveros. Si te importa la identidad de la planta, fíjate en el tamaño de la hoja y en el envés, y compra en vivero forestal con procedencia declarada.

En resumen

El Quercus canariensis es un roble grande del suroeste ibérico y del norte de África que nada tiene que ver con Canarias. Necesita suelo profundo, silíceo o neutro, y lluvia por encima de 600-700 mm; sobre caliza sufre y en clima seco depende del riego indefinidamente. Mantiene la hoja seca todo el invierno porque es marcescente, y eso es normal. Plántalo en otoño, con planta joven de envase alto y raíz sin espiralizar, riega abundante y espaciado los tres primeros veranos sin mojar nunca el cuello, poda lo mínimo y solo en invierno, y dale al menos ocho o diez metros de distancia a cualquier edificación. Hecho eso, es un árbol de mantenimiento casi nulo que dará sombra durante siglos.


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