Un aromo chileno y un aromo gallego no comparten género, ni época de floración, ni apenas nada salvo el perfume. La palabra aromo viaja de un lado a otro del Atlántico designando árboles distintos, y de ahí vienen buena parte de los malentendidos en viveros, en foros y en los propios catálogos comerciales. Conviene ordenar el asunto por especies, porque de la especie dependen la rusticidad, el tamaño final, la fecha de floración y, en varios casos, si la planta es legal en España.

De qué hablamos cuando decimos aromo

En Chile, Argentina y Uruguay, aromo es por defecto Vachellia caven, el espinillo de las quebradas secas. En México y Centroamérica, aromo o huizache apunta a Vachellia farnesiana. En España el término se usa poco en el lenguaje corriente —aquí se dice mimosa— pero aparece en etiquetas de vivero aplicado a Acacia dealbata y a media docena de acacias australianas más.

Hay además un cambio taxonómico que todavía no ha llegado a las etiquetas. Desde el congreso botánico de 2011, el género Acacia quedó reservado a las especies australianas, mientras que las americanas y africanas con espinas estipulares pasaron a Vachellia y Senegalia. Por eso el aromo criollo hoy se escribe Vachellia caven y el huizache Vachellia farnesiana, aunque los sigas encontrando como Acacia caven y Acacia farnesiana en casi toda la bibliografía y en el 100 % del comercio. No son plantas distintas: es el mismo árbol con el nombre actualizado.

La diferencia práctica entre ambos grupos se ve a simple vista. Las Vachellia americanas llevan espinas blancas pareadas en la base de cada hoja y conservan hojas bipinnadas de verdad toda la vida. Las acacias australianas no tienen espinas y, salvo cuando son plántulas, sustituyen las hojas por filodios: peciolos ensanchados y aplanados que hacen de hoja. Si la planta pincha, es americana; si tiene "hojas" simples, coriáceas y con nervios paralelos, es australiana.

Vachellia caven, el aromo del cono sur

Flores globosas y anaranjadas de Vachellia caven, el aromo criollo

Arbolito caducifolio de 3 a 6 metros, copa abierta e irregular, corteza oscura y agrietada, y pares de espinas blancas rectas de hasta 3 cm. Florece en primavera con capítulos globosos de un amarillo anaranjado intenso y un olor dulce que se percibe a distancia. El fruto es una legumbre negra, dura, indehiscente, muy apreciada como forraje en su área de origen.

Aguanta sequía extrema y suelos pobres, y resiste heladas moderadas, del orden de -8 a -10 °C una vez asentado. En España se ve sobre todo en colecciones botánicas y en jardines de secano del interior; no es planta de vivero corriente. Si consigues semilla, necesita escarificación: la testa es impermeable y sin lija o remojo en agua muy caliente la germinación es errática. Como planta de jardín tiene un inconveniente evidente y otro menos: pincha de verdad, y su porte desordenado no encaja en diseños formales. A cambio, sobrevive donde casi nada más lo hace.

Vachellia farnesiana, el aromo de olor

Es la especie que dio nombre al perfume: las flores destiladas producen el absoluto de cassie, materia prima clásica de Grasse, y el epíteto farnesiana recuerda los jardines Farnese de Roma, donde se cultivó en Europa a comienzos del siglo XVII. Arbusto o arbolito espinoso de 3 a 5 metros, hoja bipinnada fina, capítulos amarillo oro y un aroma denso, casi a violeta, que supera al de cualquier acacia australiana.

Es de clima cálido. Florece de finales de invierno a primavera en el Levante, Andalucía y Canarias, y agradece pleno sol y suelo drenado. Por debajo de -6 °C sufre daños serios en la parte aérea, así que en el interior peninsular hay que darle pared sur o descartarla. Tolera bien la caliza, cosa que no puede decirse de las mimosas australianas, y aguanta la salinidad del ambiente costero. Está catalogada como especie exótica invasora en España, con las restricciones que eso implica; volvemos sobre ello más abajo.

Acacia dealbata, la mimosa de enero

Racimos de flores amarillas de Acacia dealbata en plena floración invernal

La acacia más plantada y también la más problemática. Árbol de 10 a 15 metros, crecimiento rapidísimo, follaje bipinnado de un verde glauco plateado —de ahí dealbata, "blanqueada"— con 10 a 25 pares de pinnas y glándulas repartidas a lo largo del raquis. Florece de enero a marzo en panículas de bolitas amarillas perfumadas.

Vive poco: entre 20 y 30 años, con madera frágil que se descuelga en los temporales. Detesta la caliza; en suelos con pH por encima de 7,5 amarillea de clorosis férrica y se va apagando rama a rama. Por eso en el vivero se venden ejemplares injertados sobre Acacia retinoides, que sí tolera el calcáreo: si compras una mimosa para un suelo calizo, busca el punto de injerto en la base del tronco y elimina cualquier brote que salga por debajo, porque el patrón se impone y acabas con otra planta.

El punto delicado es su capacidad de rebrote. Acacia dealbata emite renuevos de raíz a varios metros del tronco, y cortarla los multiplica en lugar de eliminarlos. Talar un pie adulto sin tratar el tocón convierte un árbol en una mancha de veinte chupones en dos temporadas. Su banco de semillas persiste décadas en el suelo y germina en masa después de un incendio, mecanismo por el que ha colonizado media Galicia y buena parte de la cornisa cantábrica.

Un apunte que conviene corregir: la mimosa se acusa cada febrero de provocar alergia, y es mala candidata. Su polen es pesado, pegajoso y transportado por insectos, no por el viento. Lo que dispara las rinitis de esas semanas en la península es sobre todo el polen de las cupresáceas —cipreses, arizónicas, enebros—, que florecen a la vez y sí lanzan nubes de polen anemófilo. La mimosa se lleva la culpa porque es lo único que se ve amarillo.

Acacia decurrens y las plumosas que se confunden con ella

Tres especies australianas de hoja bipinnada se parecen lo bastante como para acabar mezcladas en el mismo cartel, y separarlas es sencillo si sabes dónde mirar:

Acacia decurrens tiene follaje verde brillante, no plateado, ramillas con costillas aladas que descienden por el tallo —de ahí el nombre—, pocos pares de pinnas (5 a 15) y una única glándula en la unión de cada par. Florece en febrero y marzo, con bolas de amarillo más vivo que la dealbata. Alcanza 10 metros y comparte con ella la fragilidad de la madera.

Acacia mearnsii, la acacia negra, es verde oscuro mate, con glándulas numerosas a lo largo del raquis y flores de un crema pálido que abren más tarde, ya en mayo o junio. Se plantó por su corteza rica en taninos para curtir pieles, y hoy es una de las leñosas invasoras más agresivas del planeta.

Acacia baileyana es la más ornamental del grupo: porte pequeño, de 5 a 8 metros, follaje muy azulado y regular, floración temprana en pleno enero. El cultivar 'Purpurea', con los brotes nuevos violáceos, es de los pocos aromos que se sostienen en un jardín pequeño sin convertirse en un problema.

Acacia longifolia, la de espigas en lugar de bolas

Rompe el patrón visual del grupo: sus flores no forman capítulos globosos sino espigas cilíndricas de 3 a 5 cm, de un amarillo pálido, que aparecen de febrero a abril. Las hojas son filodios lanceolados largos, de 8 a 15 cm, con varios nervios longitudinales marcados. Arbusto o arbolito de 5 a 8 metros, muy ramificado desde abajo.

La subespecie sophorae es la variante litoral, de filodios más cortos y anchos y porte casi rastrero, y se introdujo deliberadamente en dunas atlánticas para fijar arena. Funcionó demasiado bien: donde entró, la duna dejó de moverse, se enriqueció en nitrógeno por su simbiosis con rizobios y la flora psamófila original desapareció. Es un caso de manual de cómo una solución de ingeniería se convierte en un problema de conservación.

Acacia melanoxylon, madera de lujo y raíces indiscretas

La más grande de todas: 20 a 30 metros en suelo profundo y húmedo, con un tronco recto que produce una de las maderas más cotizadas del hemisferio sur, oscura y de veteado fino, el blackwood australiano. Los filodios son anchos, con tres a cinco nervios longitudinales paralelos, y las flores forman capítulos de un blanco crema, poco perfumados, en marzo y abril. Las vainas se retuercen en espiral y muestran una semilla negra rodeada de un arilo rojo vivo que atrae a los pájaros y dispersa la especie kilómetros más allá.

Como árbol de jardín es una mala elección salvo en fincas grandes. El sistema radicular es superficial y agresivo: levanta aceras, se mete en alcantarillado y emite renuevos por toda la superficie que ocupa. Plantada a tres metros de una casa, en quince años el problema no es la sombra, es el pavimento roto y una docena de rebrotes en el césped.

Los aromos que sí funcionan en suelo calizo

La caliza es el filtro que decide qué acacia sobrevive en el centro y el este peninsular. Dos especies pasan la prueba sin injerto.

Acacia retinoides, llamada mimosa de las cuatro estaciones, tiene filodios estrechos y verdes y una floración escalonada que puede prolongarse buena parte del año, con el grueso en primavera y otro empujón en otoño. Es más pequeña que la dealbata, de 6 a 8 metros, aguanta pH básicos y la brisa marina, y es el patrón habitual para injertar las mimosas de floración invernal.

Acacia saligna, de filodios largos y colgantes y capítulos amarillos grandes en marzo y abril, se empleó en repoblaciones de suelos degradados del sureste por su resistencia a sequía y salinidad. Rebrota con fuerza y produce semilla abundante, así que fuera de un uso técnico controlado no merece la pena meterla en un jardín.

El Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, aprobado por el Real Decreto 630/2013, incluye varias acacias, entre ellas Acacia dealbata, Acacia melanoxylon y Vachellia farnesiana. Para las especies catalogadas quedan prohibidas la posesión, el transporte, el tráfico y el comercio de ejemplares vivos, de sus restos y de sus semillas, así como su introducción en el medio natural. Algunas cuentan con excepciones territoriales o para usos concretos, y varias comunidades autónomas añaden restricciones propias.

Esto tiene una consecuencia práctica que no siempre se explica en el punto de venta: comprar una mimosa "de toda la vida" para el jardín puede estar fuera de la normativa según la especie y el territorio. Antes de plantar cualquier acacia, revisa la versión vigente del catálogo y la normativa de tu comunidad. Y si ya tienes una mimosa adulta en la finca, lo razonable es al menos impedir que fructifique, podando las inflorescencias tras la floración, para no alimentar el banco de semillas del entorno.

Cuidados que comparten casi todas

Los aromos, sean Vachellia o Acacia, coinciden en unas cuantas exigencias:

Sol directo y drenaje. Fijan nitrógeno atmosférico mediante rizobios, así que no necesitan abonado nitrogenado; añadirlo solo produce brotes largos y blandos que se rompen. El encharcamiento, en cambio, mata: en suelo pesado y con riego de verano, la podredumbre de cuello se lleva ejemplares de cinco años en una temporada.

Riego escaso una vez arraigadas. Los dos primeros veranos conviene regar; a partir del tercero, en clima mediterráneo, la mayoría se mantienen solas. Un riego generoso y frecuente en agosto acelera el crecimiento y con él la fragilidad de la madera.

Poda mínima y en el momento justo. Se poda inmediatamente después de la floración, nunca en otoño ni invierno, porque las yemas florales se forman sobre la madera del año anterior: poda en noviembre y te quedas sin flor en febrero. Evita los cortes gruesos: las acacias cicatrizan mal y responden a la herida con una explosión de chupones.

Trasplante delicado. Tienen raíz pivotante y detestan que se les toque. Se plantan pequeñas, en contenedor de un par de años como mucho, entre octubre y marzo. Un ejemplar grande trasplantado suele tardar más en recuperarse que uno pequeño en alcanzarlo.

En resumen

Bajo la palabra aromo conviven dos linajes: las Vachellia americanas, espinosas y de hoja bipinnada permanente —V. caven en el cono sur, V. farnesiana en zonas cálidas y en perfumería—, y las Acacia australianas, sin espinas y con filodios, que son las que dominan el paisaje del norte y el oeste peninsular. Entre estas últimas, A. dealbata es la mimosa de floración invernal, A. decurrens y A. mearnsii sus parientes de hoja plumosa, A. longifolia la de espigas cilíndricas, A. melanoxylon el gran árbol maderable y A. retinoides y A. saligna las que soportan la caliza.

Para elegir, tres preguntas bastan: cuánto frío hace en enero, si el suelo es calizo y si la especie está catalogada como invasora en tu comunidad. Con clima suave y suelo ácido casi cualquiera prospera, y precisamente por eso hay que pensárselo dos veces. En suelo calizo, retinoides o mimosa injertada. Y en jardín pequeño, Acacia baileyana da la misma floración de enero sin veinte metros de raíces buscando la acera.


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