Linneo eligió para este género el nombre de Proteo, el dios marino griego que cambiaba de forma a voluntad, y acertó de pleno: dentro de Protea hay desde matas rastreras que apenas levantan un palmo del suelo hasta arbolillos de seis metros de tronco corchoso. Se describen alrededor de 110 especies, prácticamente todas africanas, y el epicentro está en el suroeste de Sudáfrica, en la vegetación arbustiva esclerófila que allí llaman fynbos.

Ese origen determina el cultivo entero. El fynbos crece sobre areniscas lavadas durante millones de años, con suelos ácidos, arenosos y de los más pobres en nutrientes del planeta, bajo un régimen de lluvias invernales y veranos secos. Cualquier intento de tratar una protea como un arbusto ornamental convencional —tierra rica, abono equilibrado, riego regular— va justamente en contra de aquello para lo que la planta está construida.

Arbustos de Protea en flor

Cómo es una protea por dentro

El rasgo que define a toda la familia Proteaceae son las raíces proteoides, también llamadas raíces en racimo: agrupaciones densas de raicillas cortas, con aspecto de cepillo, que se forman estacionalmente en los primeros centímetros del suelo. Esas raicillas liberan ácidos orgánicos y enzimas capaces de movilizar el fósforo y el hierro que están inmovilizados en el sustrato. Es un mecanismo de minería química, brutalmente eficaz en suelos pobrísimos y peligroso en cuanto el suelo deja de serlo, porque la planta no sabe apagarlo.

La consecuencia directa: una protea abonada con un NPK corriente se intoxica de fósforo. Los síntomas son quemaduras en el borde de las hojas más viejas, caída progresiva desde la base y colapso del arbusto. Lo mismo ocurre con harina de huesos, guano y estiércoles. Si se abona, debe ser con formulaciones de bajo o nulo fósforo pensadas para plantas australianas y sudafricanas, y siempre por debajo de la dosis de etiqueta.

Las hojas son coriáceas, con cutícula gruesa y a menudo grisáceas o cubiertas de pelos plateados; es hoja hecha para el sol duro y la sequía estival, no para la sombra. La inflorescencia es un capítulo con cientos de flores tubulares diminutas rodeadas por brácteas leñosas de colores intensos: lo que se percibe como pétalos son en realidad esas brácteas, y de ahí su extraordinaria duración.

Arbustos que cuentan con el fuego

El fynbos arde de forma natural cada 10 a 25 años, y las proteas están adaptadas a ese ciclo por dos estrategias opuestas.

Unas especies son rebrotadoras: acumulan reservas en un lignotubérculo subterráneo, la parte aérea se quema entera y el arbusto vuelve a emitir tallos desde ese órgano. Protea cynaroides, P. caffra y P. nitida pertenecen a este grupo.

Otras son semilleras y mueren con el incendio, pero han guardado la descendencia: sus cabezas florales secas retienen la semilla dentro durante años sin abrirse, un fenómeno llamado serotinia. El calor del fuego seca las brácteas, la infrutescencia se abre y las semillas caen sobre ceniza, con el suelo despejado de competencia. Protea repens y P. neriifolia siguen este patrón.

Este dato tiene una traducción muy práctica en jardinería: las semillas de muchas proteas germinan mucho mejor tratadas con agua de humo o discos impregnados de humo vegetal, porque los compuestos del humo actúan como señal química de que ha habido incendio. Sin ese estímulo, y sin la oscilación térmica adecuada, la germinación es errática y decepcionante.

La otra lectura, menos agradable, es que un arbusto rebrotador no equivale a un arbusto que aguante la poda severa. El lignotubérculo responde al fuego o a un corte a ras de suelo, no a que se le siegue la copa dejando madera vieja y desnuda a media altura. Las especies semilleras, directamente, no rebrotan de madera vieja.

Las especies que se ven en España

Protea cynaroides, la protea rey, es la más conocida y la flor nacional de Sudáfrica. Sus capítulos alcanzan 20-30 cm de diámetro, con brácteas rosadas, rojas o crema y un centro sedoso. Es un arbusto abierto de 1 a 1,5 m, de crecimiento lento, con lignotubérculo, y florece sobre todo entre finales de invierno y primavera en clima peninsular, aunque puede repetir en otoño. Tolera heladas breves de hasta unos −5 °C con el suelo seco.

Protea neriifolia es más agradecida para empezar: crece más deprisa, forma mata compacta de 2 a 3 m y da cabezas alargadas con brácteas rematadas por un fleco de pelos negros. Protea eximia tiene hoja glauca y flores en tonos salmón. Protea repens, la vieja «suikerbossie», produce néctar en cantidad y brácteas resinosas, casi acharoladas. Protea caffra, de las mesetas del interior sudafricano, es de las más resistentes al frío y a suelos algo menos ideales, y llega a hacerse arbolillo.

Protea cynaroides, la protea rey, en flor

Conviene aclarar qué se está comprando. Los «alfileteros» de flores anaranjadas con estambres salientes son Leucospermum; los conos amarillos, rojos o plateados que se venden en ramos de invierno son Leucadendron. Comparten familia y casi todas las exigencias de cultivo, pero no el porte ni la rusticidad, y la etiqueta genérica de «protea» en el punto de venta mezcla los tres géneros sin distinguir. Mire el nombre científico en la maceta antes de decidir dónde la planta.

Cultivo: ubicación, suelo y agua

Exposición. Sol directo y aire en movimiento. En sombra parcial la planta se estira, pierde densidad y deja de florecer; en un patio cerrado y húmedo aparecen hongos foliares.

Suelo. Ácido (pH 5 a 6,5), arenoso o pedregoso, muy drenante y pobre. En terreno calizo el cultivo en plena tierra está condenado a la clorosis férrica, y no hay quelato que lo arregle de forma estable: en media España la solución realista es maceta. Una mezcla que funciona: mitad corteza de pino compostada de grano medio, un tercio de arena silícea gruesa o perlita, y el resto turba rubia o coco lavado.

Riego. Escaso, espaciado y profundo, dejando secar la superficie entre riegos. El agua debe ser de baja dureza; con agua de grifo rica en bicarbonatos el pH del cepellón sube mes a mes hasta bloquear la absorción de hierro. Recoger agua de lluvia resuelve el problema de raíz.

Sanidad. El patógeno que mata proteas en cultivo es Phytophthora cinnamomi. Prospera con sustrato húmedo y caliente, ataca cuello y raíces y provoca un marchitamiento repentino que se confunde con falta de agua —de modo que se riega más y se acelera el desenlace—. No hay cura práctica una vez instalado: la defensa es drenaje, riego prudente en verano y no plantar demasiado hondo.

Acolchado. Grava o corteza gruesa, nunca material fino ni compost, y dejando despejado un palmo alrededor del tronco.

Mantenimiento y multiplicación

La formación se hace en los dos primeros años pinzando las puntas de los brotes para obtener una mata ramificada; después, la poda anual coincide con la recolección de la flor. Se corta el tallo florido dejando unos centímetros del crecimiento de esa temporada, porque de las yemas que quedan en ese trozo saldrán los brotes que florecerán al año siguiente. Cortar más abajo, en madera vieja sin hojas, deja tocones que no rebrotan.

El esqueje es la vía fiable para conservar un clon. Se toman esquejes semileñosos del crecimiento del año a finales de verano o principios de otoño, de 8 a 12 cm, se elimina la hoja de la mitad inferior, se practica una herida basal, se aplica hormona de enraizamiento con AIB en concentración alta y se colocan en perlita con corteza fina, con calor de fondo en torno a 22-24 °C, humedad ambiental alta y ventilación. Enraízan en dos o tres meses, con porcentajes irregulares según especie.

Por semilla, la siembra se hace en otoño para aprovechar la oscilación térmica natural entre día templado y noche fresca, que es la que dispara la germinación. Ayuda tratar la semilla con agua de humo y con un fungicida, sembrar en sustrato arenoso muy drenante y no regar en exceso: la podredumbre de las plántulas es el problema habitual. Las plantas de semilla tardan de tres a cinco años en florecer y presentan variabilidad, cosa que puede ser un inconveniente o una oportunidad según lo que se busque.

Trasplante, el mínimo. Las raíces proteoides son muy sensibles a la manipulación; se planta deshaciendo lo menos posible el cepellón y a la misma profundidad que traía del vivero, y luego se deja tranquila.

En resumen

Protea es un género de arbustos sudafricanos adaptados a suelos ácidos, arenosos y pobrísimos, a veranos secos y a incendios periódicos, con raíces especializadas que hacen del fósforo un veneno y de la cal un obstáculo insalvable. Cultivarlas bien consiste en reproducir esa pobreza: sol pleno, sustrato ácido y drenante, agua blanda y escasa, nada de abonos ricos, acolchado grueso y poda ligada al corte de la flor. En el litoral mediterráneo, el suroeste peninsular y Canarias prosperan en suelo; en el interior calizo, en maceta y protegidas de las heladas fuertes. Con ese trato dan durante décadas unas de las flores más duraderas y llamativas del jardín seco.


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