En la segunda quincena de noviembre, cuando el resto del jardín ya se ha apagado, un ejemplar adulto de Pistacia chinensis pasa del verde mate al escarlata en poco más de dos semanas. Es la razón por la que este árbol se ha colado en tantas calles y rotondas del interior peninsular, y también la razón de la decepción de quien lo planta en la costa esperando lo mismo.
Conviene aclarar algo desde el principio: aunque pertenece al mismo género que el pistachero comercial, este árbol no da pistachos comestibles. Sus frutos son drupas de apenas 5 mm, con una semilla mínima y seca, sin ningún valor gastronómico. Quien compre un Pistacia chinensis pensando en cosechar está comprando otra cosa: un árbol de sombra y de color otoñal, que es mucho, pero no es lo que esperaba.
Qué árbol es exactamente
Pistacia chinensis Bunge pertenece a las anacardiáceas, la familia del mango, el anacardo y también del zumaque. Es originario de China central y occidental, Taiwán y Filipinas, donde crece en laderas secas y pedregosas. Ese origen explica casi todo su comportamiento en el jardín.
Es un árbol caducifolio que en cultivo se queda habitualmente entre los 9 y los 15 metros de altura, con una copa que acaba siendo tan ancha como alta, redondeada y bastante regular. La hoja es pinnada, con entre 10 y 16 folíolos lanceolados, sin folíolo terminal (paripinnada, a diferencia de la mayoría de las Pistacia mediterráneas). El conjunto tiene un aspecto ligero, casi de helecho, que filtra la luz en lugar de bloquearla del todo.
La corteza es gris y lisa de joven, y con los años se resquebraja en placas que dejan ver un tono asalmonado por debajo. Es un detalle que se agradece en invierno, cuando el árbol está desnudo.
Dioico: hay que saber qué sexo se compra
La especie es dioica: cada árbol es macho o hembra, y esto tiene consecuencias prácticas que conviene tener claras antes de pagar en el vivero.
Los pies femeninos producen en verano racimos de drupas que viran del rosa al rojo y terminan en azul violáceo oscuro. Es un espectáculo bonito, pero esas drupas caen. Sobre un paso de peatones, un patio de baldosa clara o el capó de un coche aparcado, manchan. Además germinan con facilidad: en zonas de clima suave la especie rebrota sola por semilla y aparecen plántulas en los alcorques vecinos, en los setos y en las juntas del pavimento.
Los pies masculinos florecen en panículas rojizas poco vistosas, no fructifican y no dan ningún trabajo. Para vía pública, patios y jardines pequeños son la elección sensata. El problema es que un ejemplar joven de semilla no muestra su sexo hasta que florece, hacia los 5-8 años. Si el sexo importa, hay que comprar material injertado o clonal de cultivar masculino: 'Keith Davey' es el más extendido y se selecciona precisamente por ser macho y por dar un otoño muy fiable. Si el vivero no sabe decir si la planta es de semilla o de injerto, es de semilla.
El color de otoño no es automático
El rojo intenso de las fotos necesita noches frescas en octubre y noviembre —por debajo de unos 8-10 °C— combinadas con días soleados. Esa oscilación térmica es la que dispara la formación de antocianos en la hoja.
En Madrid, Zaragoza, Valladolid, Albacete o Teruel el árbol cumple todos los años y se pone naranja encendido o rojo carmín. En Málaga, Alicante o la costa de Cádiz, donde las noches de otoño siguen en 15-17 °C, la hoja tiende a quedarse en un amarillo apagado y cae antes. No es que el árbol esté enfermo ni mal cuidado: es que le falta el frío. Si el color otoñal es el motivo principal de la plantación y el jardín está a pie de playa en el sur, mejor elegir otra especie.
La sombra excesiva también apaga el color. Plantado entre edificios altos o bajo la copa de otro árbol, ni colorea ni forma copa: se estira buscando luz y queda desequilibrado.
Suelo, clima y plantación
Su tolerancia es amplia y ahí está buena parte de su éxito como árbol urbano.
- Suelo: acepta calizos, arcillosos, pobres y compactados. Vive sin problema con pH de 8 y no clorosa en los suelos calizos del interior, donde tantas otras especies amarillean. Lo único que no perdona es el encharcamiento prolongado.
- Frío: resiste hasta unos -20 °C en ejemplar establecido. Cubre prácticamente toda la Península, incluida la meseta norte y las zonas de montaña media.
- Calor y sequía: excelente. Un ejemplar con cuatro o cinco años en el suelo aguanta veranos de 40 °C con riegos muy espaciados o ninguno, según la zona.
- Salinidad: tolerancia moderada. Aguanta ambiente marino ligero, pero no primera línea con viento salino directo.
La época de plantación ideal es el otoño, de octubre a diciembre, para que enraíce durante el invierno y llegue al primer verano con el sistema radicular ya funcionando. En zonas de heladas fuertes y tardías puede retrasarse a finales de febrero o marzo.
Deja espacio de verdad. Una copa madura ocupa entre 8 y 10 metros de diámetro; plantarlo a dos metros de una fachada obliga a mutilarlo después. Y no lo pongas en un alcorque de 80 × 80 cm esperando que llegue a los quince metros: no lo hará, o levantará el pavimento intentándolo.
Riego, primeros años y abonado
El primer y el segundo verano son los que deciden. Un árbol recién plantado necesita riegos profundos y espaciados: mejor 40-60 litros cada 10-15 días que un poco cada dos días. El riego frecuente y superficial mantiene las raíces en los primeros centímetros del suelo, justo donde más se calienta y más se seca, y produce un árbol dependiente que se marchita en cuanto falla el goteo.
A partir del tercer o cuarto año, en la mitad norte y en el interior, puede pasar a un riego de apoyo puntual en los golpes de calor. En el sureste árido conviene mantener un aporte mensual en verano si se quiere crecimiento y buena densidad de copa.
El abonado no es una prioridad. Una aportación de materia orgánica bien hecha —compost o estiércol maduro— extendida sobre el alcorque a finales de invierno es suficiente. Los abonos ricos en nitrógeno aplicados en verano provocan brotes tiernos que llegan al otoño sin lignificar y se hielan al primer frío, además de restar intensidad al color de la hoja.
La poda de formación es obligatoria
De joven este árbol es feo y descoordinado. Crece con ramas que compiten entre sí, ángulos de inserción muy cerrados y una tendencia clara a formar dos o tres guías en lugar de una. Si se deja a su aire, a los quince años se tiene un ejemplar con horquillas de corteza incluida que se abren con el primer temporal de viento. Perder medio árbol maduro por no haber dedicado diez minutos al año en la fase juvenil es un mal negocio.
Lo que hay que hacer:
- Elegir una guía única y despuntar o eliminar las competidoras durante los primeros cinco o seis años.
- Suprimir las ramas de ángulo agudo, las que salen casi verticales pegadas al tronco. Son las que acaban desgajándose.
- Elevar la cruz progresivamente, quitando cada invierno las ramas bajas más viejas, hasta la altura de paso que se necesite. Nunca de golpe: no se quita más de una cuarta parte de la copa en una temporada.
El momento es el invierno, con el árbol en reposo, de diciembre a febrero. Fuera de esa ventana el corte sangra resina y cicatriza peor. Una vez formado, el árbol adulto no necesita casi nada: retirada de madera seca, rota o mal orientada, y poco más. No es una especie para desmochar ni para terciar; responde con chupones verticales que arruinan la silueta y debilitan la estructura.
Plagas y enfermedades
Es un árbol notablemente sano. La lista de problemas reales es corta.
Verticilosis (Verticillium dahliae). Es la única enfermedad seria y llega por el suelo. Pistacia chinensis muestra buena resistencia —muy superior a la de Pistacia terebinthus o Pistacia vera—, y por eso su pariente Pistacia integerrima se usa como base de portainjertos resistentes en pistachar. Aun así, plantar en una parcela que antes tuvo algodón, patata, tomate, pimiento, olivo afectado o berenjena es buscarse un riesgo: el hongo persiste años en el suelo. Síntoma típico: una rama o un sector de la copa se marchita de golpe en pleno verano manteniendo la hoja seca adherida. No tiene tratamiento curativo; solo se maneja evitando el estrés hídrico y retirando la madera afectada.
Podredumbre de raíz por exceso de agua o suelo mal drenado. Más frecuente que la anterior en jardín particular, y casi siempre culpa del programador de riego.
Pulgones y psílidos. Aparecen en primavera en los brotes tiernos, deforman alguna hoja y producen algo de melaza. En un árbol establecido no justifican tratamiento: la fauna auxiliar los controla sola en pocas semanas. Un insecticida de amplio espectro aplicado en abril elimina también a las mariquitas y los sírfidos, y garantiza que el problema vuelva peor el año siguiente.
Agallas. Los pulgones del género Baizongia y afines, típicos de las Pistacia, forman en algunas hojas engrosamientos rojizos de aspecto alarmante. Son inofensivos para el árbol.
La savia irrita
Como buena anacardiácea, Pistacia chinensis contiene en corteza y hojas compuestos fenólicos emparentados —de lejos— con los del zumaque venenoso americano. No es ni de cerca tan agresivo, pero en personas sensibles la savia puede provocar dermatitis de contacto: enrojecimiento y picor en antebrazos y manos tras una sesión de poda. Guantes y manga larga al podar resuelven el asunto. Si aparece una reacción cutánea que no cede, es cosa de médico, no de remedios caseros.
Los frutos no son tóxicos en sentido estricto, pero tampoco son comestibles ni tienen interés alguno; no hay motivo para probarlos.
Cómo se multiplica
Por semilla es lo más sencillo. Se recogen las drupas maduras en otoño, se les quita la pulpa —que contiene inhibidores de la germinación— y se estratifican en frío, en arena húmeda o en el frigorífico a 4-5 °C, durante unos dos meses. Siembra en primavera, en maceta profunda, porque la raíz principal se hunde rápido y una plántula descabezada por un contenedor corto nunca hace un buen árbol. Germinan bien, pero la mitad serán hembras y el color otoñal saldrá desigual.
Por injerto es como se propagan los cultivares seleccionados, normalmente de escudete a yema durmiente en agosto o de chapa en primavera, sobre patrón de la misma especie. No es una técnica de jardinero aficionado ocasional, pero es la única forma de asegurar sexo y color.
El esqueje da resultados muy pobres; no merece la pena intentarlo.
En resumen
Pistacia chinensis es un árbol de sombra de tamaño medio-grande, caducifolio, resistente al frío hasta -20 °C, indiferente a la caliza, muy tolerante a la sequía una vez establecido y con un otoño espectacular si el clima le da noches frescas. En la costa mediterránea cálida y en el sur litoral ese color se queda a medias, y ese es el punto que hay que decidir antes de comprarlo.
No da pistachos comestibles. Es dioico, así que si molesta la caída de fruto conviene un cultivar masculino injertado como 'Keith Davey' en lugar de una planta de semilla. Necesita poda de formación durante los primeros años para no acabar con horquillas frágiles, un espacio de ocho a diez metros de diámetro, riego profundo y espaciado en los dos primeros veranos, y muy poca cosa más. Su único enemigo serio es la verticilosis del suelo, que se evita eligiendo bien la parcela.