A 2.400 metros en un circo del Pirineo, tumbados por la nieve y retorcidos por el viento, todavía hay árboles. Son pinos negros, Pinus uncinata, y por encima de ellos ya no crece ninguno: son la última línea de bosque de la Península. Ese detalle explica casi todo lo que hay que saber de esta conífera, desde la forma de sus ramas hasta la razón por la que no tiene sentido plantarla en un jardín de la meseta.
Un nombre confuso y una piña que lo resuelve
Pinus uncinata Ramond ex DC. se llama pino negro en castellano, pi negre en catalán y pino moro en el Alto Aragón. Una corriente taxonómica hoy muy extendida lo rebaja a subespecie del pino de montaña, Pinus mugo subsp. uncinata, y en la bibliografía verás los dos nombres usados como equivalentes. Donde las áreas de ambos se tocan aparecen híbridos e intermedios, agrupados como Pinus × rhaetica, que complican la identificación de campo.
Lo que no falla es la piña. El epíteto uncinata viene del latín uncus, gancho, y describe exactamente lo que hay que mirar: las escamas de la mitad exterior del cono tienen la apófisis muy abultada y prolongada en un pico curvado hacia abajo, como un garfio. La piña resulta claramente asimétrica, con las escamas ganchudas concentradas en la cara externa. En Pinus mugo el cono es pequeño, simétrico y sin gancho, y en el pino silvestre las escamas son planas. Con una piña madura en la mano, la duda desaparece.
Cómo es el árbol
En estaciones favorables, hacia los 1.700 o 1.900 m, forma árboles rectos de 15 a 25 m con un fuste aprovechable. Subiendo en altitud se encoge, se ramifica desde abajo y termina en formas rastreras y contorsionadas, con el tronco arqueado por la presión de la nieve y la copa peinada hacia sotavento, en la típica silueta de bandera de los árboles del límite forestal.
La corteza es de un gris muy oscuro, casi negruzca, agrietada en placas pequeñas y rectangulares que se desprenden en escamas: de ahí el nombre común. Las acículas van en pares, miden entre 3 y 8 cm, son rígidas, algo curvadas, de verde oscuro intenso y muy densamente dispuestas alrededor del brote, lo que da a las ramillas un aspecto de cepillo. Permanecen en el árbol entre cuatro y ocho años, mucho más que en los pinos de tierra baja; en un clima donde solo se puede fotosintetizar tres o cuatro meses al año, tirar una hoja funcional es un lujo que este pino no se permite.
Es monoico. Florece tarde, en junio o julio según la altitud, y la piña necesita dos veranos para madurar, así que la semilla se libera en la primavera del tercer año. Las semillas son pequeñas y aladas, dispersadas por el viento sobre la nieve helada, que actúa como una pista deslizante y las lleva mucho más lejos de lo que llegarían sobre suelo desnudo. El piquituerto (Loxia curvirostra) las extrae de los conos aún cerrados con su pico cruzado.
Dónde vive
Su núcleo mundial son los Pirineos, en las dos vertientes, más los Alpes occidentales, el Jura, los Vosgos y el Macizo Central francés. En España ocupa el piso subalpino pirenaico de Navarra, Huesca, Lleida y Girona, entre los 1.600 y los 2.400 m, con pies aislados que pasan de los 2.500 en umbrías protegidas. Ahí forma el bosque más alto del país.
Fuera del Pirineo quedan poblaciones relictas de gran interés en el Sistema Ibérico turolense, en las sierras de Gúdar y Javalambre y su entorno, testimonio de una distribución mucho más amplia durante las fases frías del Cuaternario. Esos rodales aislados, en el límite de sus condiciones de humedad y temperatura, son los más vulnerables al calentamiento y los que más se vigilan.
Buena parte de sus masas está dentro de espacios protegidos: el Parque Nacional de Aigüestortes i Estany de Sant Maurici —que lo lleva como especie emblemática—, Ordesa y Monte Perdido, Posets-Maladeta o el Cadí-Moixeró.
Su cortejo vegetal cambia según el sustrato y la orientación. En umbrías silíceas y húmedas se acompaña de rododendro (Rhododendron ferrugineum) y arándano (Vaccinium myrtillus); en solanas y sobre caliza, de enebro rastrero (Juniperus communis subsp. alpina), gayuba (Arctostaphylos uva-ursi) y pastos rasos.
De qué vive: agua, luz y muy pocos nutrientes
Como cualquier árbol, fabrica sus azúcares por fotosíntesis y toma del suelo agua y sales minerales. Lo interesante del pino negro es la escala en que hace ambas cosas. Su periodo vegetativo dura de finales de junio a septiembre; el resto del año está bajo nieve o con el suelo helado, es decir, con el agua físicamente indisponible aunque haya toneladas de ella alrededor. Esa sequía fisiológica del invierno de alta montaña es lo que obliga a las acículas a tener cutícula gruesa, estomas hundidos y cera abundante.
El suelo del piso subalpino es delgado, pedregoso y ácido, con un humus de tipo mor que se descompone muy despacio porque el frío frena la actividad microbiana. El nitrógeno disponible es escaso y llega a cuentagotas. La solución del pino, como en el resto del género, son las ectomicorrizas: hongos que envuelven las raicillas con un manto y penetran entre las células de la corteza radicular, ampliando enormemente el volumen de suelo explorado y cediendo agua, fósforo y nitrógeno a cambio de azúcares. En estos pinares fructifican Suillus, Rhizopogon, Lactarius y Tricholoma, entre otros; el níscalo de estos montes es parte del mismo trato. Un pino negro sin sus hongos asociados sencillamente no prospera, y ese es uno de los motivos por los que los intentos de trasplantarlo desde el monte fracasan.
Es una especie heliófila: necesita luz plena y regenera mal bajo cubierta densa, por lo que se instala en claros, en canchales y en bordes de bosque. Su sistema radical combina una raíz principal profunda con raíces laterales potentes que se agarran a las fisuras de la roca, lo que le permite colonizar pedreras que ningún otro árbol soporta y mantenerse en pie con vientos que aquí son norma, no excepción.
Frente al suelo es de una indiferencia poco común entre las coníferas ibéricas: vive igual sobre calizas del Pirineo axial que sobre granitos y pizarras, e incluso en los bordes turbosos encharcados donde otras raíces se asfixian. Y aguanta sin daño temperaturas de −30 °C y por debajo. Sus ramas flexibles y su copa estrecha dejan resbalar la nieve en lugar de acumularla.
Un árbol muy viejo y un archivo climático
Crecer despacio tiene su recompensa. Los pinos negros pirenaicos están entre los árboles más longevos de la Península, con individuos documentados que superan holgadamente los 500 años y ejemplares que rondan o pasan de los 700. Sus anillos, estrechos y muy sensibles a la temperatura estival, han permitido construir cronologías dendrocronológicas de las más largas de Europa meridional, extendidas todavía más atrás gracias a la madera subfósil conservada en turberas y lagos de alta montaña. De ahí salen buena parte de las reconstrucciones de temperatura del último milenio para el sur del continente.
El seguimiento de esos mismos bosques ha documentado que el límite superior del arbolado se está desplazando en altura y que las masas se están densificando, por el ascenso térmico y por el abandono del pastoreo de montaña, que antes mantenía abiertos los rasos.
Para qué sirve
Su función más valiosa no se factura. Un pinar de negro bien estructurado en una ladera fuerte retiene el manto de nieve e impide que se forme la placa que desencadena un alud, además de frenar la erosión y estabilizar canchales. En los valles pirenaicos hay tramos de carretera, y pueblos enteros, que están donde están porque el bosque de protección de encima sigue en pie. Talar a hecho en esas laderas cuesta después mucho más de lo que valió la madera.
La madera, de fibra densa por el crecimiento lento pero a menudo con fuste corto y nudoso en los ejemplares de altitud, se ha usado localmente en construcción tradicional de montaña, cubiertas, vigas y carpintería, y como leña. Nunca ha sido un aprovechamiento industrial de gran escala, entre otras cosas por lo difícil de la saca. También se ha empleado en repoblación de alta montaña y en restauración de zonas degradadas por encima del límite del abeto o del pino silvestre, donde no hay otra especie arbórea que aguante.
Y hay un uso menos evidente: el pinar subalpino es hábitat del urogallo pirenaico, del pito negro, del mochuelo boreal y del piquituerto, y su estructura abierta con arándano y rododendro forma un ecosistema que no existe en ningún otro piso de vegetación.
¿Se puede tener en el jardín?
Con honestidad: en la mayor parte de España, no. El pino negro está adaptado a veranos frescos y cortos, humedad atmosférica alta y nieve durante medio año. Plantado a 600 m en clima continental seco, con agostos de 36 °C y noches cálidas, vegeta unos años, se estanca y acaba muriendo por decaimiento o por hongos oportunistas. En jardines de montaña por encima de los 1.200 m del Pirineo, la cordillera Cantábrica o el Sistema Ibérico alto, en cambio, funciona bien: sol pleno, suelo drenado —le da igual la reacción del sustrato— y plantación con cepellón a inicios de otoño o en primavera, en cuanto se retira la nieve. Riego los dos primeros veranos y después, ninguno.
Conviene además distinguirlo del pino enano que llena rocallas y jardineras y que muchas etiquetas de vivero rotulan también como pino negro: ese es Pinus mugo, en sus formas pumilio o en cultivares como 'Mops' y 'Gnom'. Se trata de un arbusto denso que no pasa de dos o tres metros, pariente próximo del uncinata y con la misma rusticidad al frío, pero que no tendrá jamás porte de árbol. Para una rocalla es la elección acertada; para reproducir un pinar subalpino, no.
Sobre las plagas: en su medio no sufre problemas graves, y la procesionaria del pino, que castiga a los pinares de media montaña, tradicionalmente no llegaba a estas altitudes. El calentamiento ha ido subiendo su límite altitudinal, y su presencia en cotas donde antes no aparecía es hoy uno de los indicadores que se siguen en el Pirineo.
En resumen
Pinus uncinata es el árbol que cierra el bosque por arriba en el Pirineo, entre los 1.600 y los 2.400 m, y sobrevive donde ninguna otra especie arbórea lo consigue. Se identifica sin margen de error por sus piñas asimétricas con las escamas rematadas en gancho, además de por la corteza casi negra en placas pequeñas y las acículas cortas, rígidas y en pares. Vive con muy poco: tres meses de vegetación, suelo pobre y ácido o calizo indistintamente, y una red de ectomicorrizas que le suministra lo que el suelo helado no da. Crece despacio, pasa de los 500 años con facilidad y sus anillos sirven de archivo del clima del último milenio. Su papel más importante hoy es sujetar la nieve y el terreno en laderas donde perder el bosque significa aludes y erosión. Y como planta de jardín solo tiene sentido en clima de montaña fría: si el sitio es cálido o seco, la opción razonable es su primo arbustivo Pinus mugo, no este.