El pino negro que corona los circos glaciares del Pirineo a 2.400 metros y la bola verde de medio metro que ocupa una esquina de la rocalla llevan el mismo nombre científico. Los dos son Pinus mugo Turra. Que uno llegue a los 25 metros de altura y el otro no pase de la rodilla depende de la subespecie, del cultivar y, muy a menudo, de cómo se haya propagado el ejemplar que tienes delante.
Entender ese lío es lo que separa una compra acertada de un arbusto que a los diez años se ha comido el paso de entrada a casa.
Una especie, tres formas distintas
La botánica moderna reconoce dentro del complejo Pinus mugo tres subespecies que muchos autores tratan incluso como especies separadas:
Pinus mugo subsp. mugo. La forma arbustiva, de varios troncos tendidos y ascendentes, sin guía central, de 1 a 3 metros de altura y hasta 5 de anchura. Es la que se conoce en jardinería como var. pumilio o simplemente «mugo». Su área natural son los Alpes orientales, los Cárpatos y los Balcanes.
Pinus mugo subsp. uncinata, el pino negro pirenaico, tratado también como Pinus uncinata. Es un árbol de verdad, con tronco recto de hasta 20-25 metros, y es la conífera que forma el límite superior del bosque en el Pirineo, en el Sistema Ibérico norte y en algún enclave del Sistema Central. Sus bosques están reconocidos como hábitat de interés comunitario (código 9430) y, sobre sustrato calcáreo o yesoso, como hábitat prioritario. En espacios protegidos su recolección no es libre.
Pinus mugo subsp. rotundata, intermedia, propia de turberas centroeuropeas y con poca presencia en jardinería española.
El epíteto uncinata viene del latín uncus, gancho, y describe algo que se ve a simple vista: las escamas de sus piñas terminan en una apófisis ganchuda vuelta hacia atrás, sobre todo en la cara externa del cono, lo que le da un aspecto asimétrico. Las piñas de la subespecie mugo, en cambio, son simétricas, casi sentadas, de 2 a 5 centímetros, con un anillo oscuro alrededor del ombligo de cada escama.
Cómo reconocerlo
Las acículas salen de dos en dos dentro de cada vaina, miden entre 3 y 8 centímetros, son rígidas, algo curvadas o retorcidas, de verde oscuro intenso, y aguantan en la rama entre cinco y diez años. Esa longevidad foliar es la razón de su densidad: el arbusto no clarea por dentro como hacen otras coníferas.
La corteza es gris parduzca y se desprende en placas pequeñas. Los brotes nuevos aparecen en primavera como velas verticales pálidas, que en pocas semanas abren sus acículas y quedan integrados en la masa.
Ese detalle de las dos acículas por fascículo es el que zanja la confusión más habitual de vivero. Pinus pumila, el pino enano siberiano, las lleva de cinco en cinco. Y como en las etiquetas todavía circula el sinónimo antiguo Pinus pumilio, que designa al mugo y no al pumila, la única comprobación fiable es abrir un fascículo con los dedos y contar.
El tamaño que promete la etiqueta y el que alcanza la planta
Aquí es donde se pierde el dinero. La palabra «pumilio» en una maceta no garantiza nada, porque esa variedad se propaga en gran cantidad por semilla, y la descendencia de semilla es genéticamente variable. De una misma partida sale algún ejemplar que se queda en 60 centímetros y algún otro que a los quince años mide 2 metros de alto por 4 de ancho. Cuando el arbusto ya está instalado y tapa la ventana, no hay poda que lo devuelva a su sitio, porque el pino no rebrota de madera vieja.
La forma de evitarlo es comprar cultivares con nombre propio, que se multiplican por injerto o por esqueje a partir de una planta madre y por tanto repiten su comportamiento:
'Humpy'. El más pequeño de los habituales: 40-50 centímetros de altura y algo más de anchura tras diez años, con entrenudos cortísimos y yemas rojizas muy vistosas en invierno.
'Mops'. Bola casi perfecta, en torno a 1 metro a los diez años. Es el clásico para maceta y para primer plano de borduras.
'Gnom'. Algo más grande y más erguido que 'Mops', de verde muy oscuro, sobre 1,2-1,5 metros.
'Winter Gold' y 'Carsten's Wintergold'. Verdes en verano, viran a un amarillo dorado intenso con los primeros fríos y recuperan el verde en primavera. El cambio es mayor cuanto más sol y más frío reciban; en zonas templadas del litoral el efecto queda deslucido.
'Ophir'. Otra dorada de invierno, más compacta, con la cara expuesta al sol más amarilla que la interior.
'Mughus'. Ojo con esta: no es enana. Alcanza 2-3 metros y se usa como masa arbustiva o para taludes, no para rocalla.
Clima: dónde va bien en España
Es una planta alpina y se comporta como tal. Resiste sin daño alguno -40 °C, tolera el viento helado, la nieve pesada y las heladas tardías sobre brote nuevo. El invierno peninsular no le supone nada en ninguna parte.
Su ventaja frente a otras coníferas de montaña es que aguanta bastante mejor el calor y la sequía estival, hasta el punto de que se cultiva con éxito en Madrid, Zaragoza, Valladolid o Burgos con riego de apoyo. Donde sí sufre es en el litoral mediterráneo cálido y en el valle del Guadalquivir: allí el problema no es la temperatura máxima puntual sino la falta de reposo invernal y las noches de verano por encima de 22 °C. Se puede tener, pero clarea, se llena de araña roja y rara vez luce.
Quiere sol directo, y cuanto más mejor. A media sombra pierde compacidad, estira los entrenudos y la variedad dorada no dora. En el sur peninsular es el único caso en que conviene darle sombra de tarde, y aun así es un cultivo forzado.
Suelo y plantación
Una de sus mejores cualidades para el jardín español: tolera bien los suelos calizos. Sus poblaciones naturales crecen tanto sobre calizas dolomíticas como sobre granito y esquisto, y no muestra la clorosis férrica que arruina a otras coníferas en terrenos básicos. Con un pH de 6 a 8 va bien; por encima conviene vigilar el color de la acícula joven.
Lo que no perdona es el encharcamiento. En suelo pesado, planta sobre un montículo elevado 30-40 centímetros mezclando la tierra con grava y arena gruesa, y evita el truco de la capa de gravilla en el fondo del hoyo, que no drena nada y solo desplaza el problema unos centímetros.
La época en la mayor parte del país es de octubre a diciembre; en zonas de montaña con suelo helado, de marzo a abril. Riega abundantemente en la plantación para asentar la tierra y afloja las raíces del cepellón si vienen enrolladas.
Un acolchado de corteza de pino de unos 5 centímetros, retirado un palmo del tronco, reduce el riego de verano y mantiene fresco el sistema radicular, que es superficial y se extiende bastante más allá de la proyección de la copa.
Riego y abonado
Los dos primeros años necesita riegos regulares para instalarse: en verano, en el centro peninsular, un riego profundo semanal. A partir del tercer año, con la raíz explorando, se vuelve notablemente resistente a la sequía y basta con un par de riegos abundantes en julio y agosto, o ninguno en el norte.
Riega despacio y a fondo, hasta mojar 25 o 30 centímetros de perfil. Los riegos cortos y diarios de programador mantienen una lámina húmeda en superficie que favorece hongos de cuello y dejan la raíz profunda sin agua.
De abono, muy poco. Un aporte de liberación lenta para coníferas en febrero o marzo, y punto. Con un abonado generoso, sobre todo si es rico en nitrógeno, la planta emite velas largas y flácidas, se descompone la silueta redondeada y el brote tierno llega a otoño sin madurar. En un cultivar enano, esto se paga con la forma, que es exactamente lo que habías comprado.
Poda: pinzar las velas y nada más
El mugo no rebrota de madera sin acículas. Carece de yemas latentes en las ramas viejas y desnudas, así que un tijeretazo dado por debajo de la última acícula deja un tocón seco permanente. Podarlo como si fuera un boj es la manera de convertir un arbusto denso en un esqueleto pardo.
El mantenimiento correcto se hace en primavera con el pinzado de velas. En cuanto los brotes se han alargado y antes de que las acículas se separen de la vaina —en España, entre mediados de mayo y mediados de junio según la altitud—, se parte cada vela con los dedos dejando entre un tercio y la mitad de su longitud. Con la mano, no con tijera: la tijera corta también las acículas nuevas y esas puntas seccionadas se quedan pardas a la vista durante mucho tiempo.
El pinzado no solo frena el crecimiento; también estimula la brotación de yemas laterales en la base de la vela, y eso es lo que densifica la planta. Si quieres contener más un lado, pinza más corto ahí y más largo en el opuesto.
Para reducir el volumen general, la única vía es eliminar ramas enteras hasta su inserción, respetando el collar, y hacerlo en invierno cuando la resina fluye menos. Aun así hay un límite: no quites más de un quinto del follaje en una misma temporada.
Plagas y enfermedades
Procesionaria del pino (Thaumetopoea pityocampa). Coloniza al mugo igual que a cualquier otro pino, y en un arbusto bajo los bolsones quedan al alcance de la mano y del hocico del perro. Los pelos urticantes causan dermatitis y conjuntivitis en personas, y en perros que lamen o mordisquean pueden provocar necrosis de la lengua, una urgencia veterinaria real. En zonas afectadas, el tratamiento eficaz y de menor impacto es Bacillus thuringiensis var. kurstaki aplicado en septiembre y octubre, cuando las orugas son pequeñas. Los bolsones formados no se manipulan a mano desnuda ni se queman al pie del arbusto.
Araña roja de las coníferas (Oligonychus ununguis). El problema típico del mugo en clima cálido y seco. Las acículas viejas se puntean de decoloraciones y toman un tono bronceado, y en ataques fuertes se ve telilla fina entre ellas. Prospera con el aire seco: mojar el follaje al atardecer durante las olas de calor previene mucho más de lo que cura cualquier acaricida aplicado tarde.
Pulgón lanígero (Pineus pini). Manchitas algodonosas blancas en corteza y base de las acículas. Se controla con jabón potásico repetido cada diez días, o con un chorro fuerte de agua si el foco es pequeño.
Chancro y secado de brotes por Sphaeropsis sapinea (antes Diplodia pinea). Las velas del año se curvan, se secan a medio crecer y sueltan resina. Es un hongo que solo se vuelve agresivo cuando la planta está debilitada por golpe de calor o por sequía prolongada, así que la corrección pasa por el riego y por la ubicación. Retira los brotes afectados cortando por madera sana y desinfecta la herramienta entre cortes.
Lophodermium y otros hongos de acícula. Bandas transversales oscuras y caída anticipada de las acículas, sobre todo en primaveras lluviosas y plantaciones muy densas. Airea, evita mojar el follaje por la noche en época húmeda y retira la hojarasca acumulada bajo la planta.
Podredumbre radicular. Detrás de un mugo que amarillea entero y se apaga sin plaga visible casi siempre hay una raíz asfixiada: suelo compactado, riego excesivo o un cuello enterrado en la plantación. Comprueba antes de tratar nada.
Para qué sirve en el jardín
Su papel natural es el de estructura permanente: mantiene volumen y color los doce meses, lo que en un jardín de vivaces o de gramíneas resuelve el vacío del invierno. Funciona en rocallas, en jardines de grava, en primer plano de macizos mixtos y en composiciones con brezos, Juniperus rastreros, Erica, sedums y gramíneas bajas.
Aguanta bien el cultivo en maceta y en jardineras de terraza, incluidas cubiertas expuestas, gracias a su resistencia al viento y al frío. Usa contenedor amplio, sustrato drenante con corteza y árido, y protege la maceta del sol directo en verano: en el interior peninsular una maceta negra al sol calienta el cepellón por encima de lo que la raíz tolera. Trasplante cada tres o cuatro años a final de invierno.
En obra pública y en montaña se emplea para fijar taludes y frenar la erosión, y en los Alpes forma parte de las masas de protección contra aludes, porque sus troncos tendidos retienen el manto de nieve.
Es también un pino muy trabajado como bonsái para principiantes, por su vigor, su tolerancia al pinzado y la facilidad con que forma corteza agrietada en pocos años.
Sobre sus usos tradicionales conviene una precisión. De sus ramillas y acículas se destila el llamado aceite de pino mugo, presente en linimentos y preparados para inhalación, y en los Alpes se elabora un jarabe oscuro con las piñas verdes, el mugolio. Son productos de industria y de tradición local, no algo que preparar en casa: los aceites esenciales de conífera irritan la piel en aplicación directa, no deben ingerirse, no se aplican en la cara de lactantes ni de niños pequeños y pueden desencadenar broncoespasmo en personas asmáticas. Los piñones del mugo, por cierto, son diminutos y sin interés gastronómico; no confundas esta especie con el pino piñonero (Pinus pinea).
En resumen
Pinus mugo es un pino de montaña europeo de dos acículas que, según la subespecie, va del arbusto rastrero al árbol de 25 metros. La forma arbustiva es una de las coníferas más agradecidas para el jardín español: soporta -40 °C, tolera los suelos calizos, resiste el viento y, una vez instalada, aguanta bien la sequía estival del interior peninsular.
Sus tres exigencias son sol directo, drenaje y poco abono. Todo lo demás es dejarla en paz, con un pinzado de velas a mano en mayo o junio si se quiere mantener compacta, y sin tocar nunca la madera vieja sin acículas, porque de ahí no rebrota.
A la hora de comprar, elige un cultivar con nombre —'Humpy', 'Mops', 'Gnom' si buscas contención; 'Winter Gold' u 'Ophir' si quieres color invernal— en lugar de un «pumilio» de semilla cuyo tamaño final es una lotería. Y en el litoral mediterráneo cálido o en el bajo Guadalquivir, asume que estarás cultivando una planta alpina fuera de su clima y planifica el riego y la vigilancia de la araña roja en consecuencia.