Las yemas terminales del Pinus thunbergii son blancas, casi plateadas, y ese detalle basta para separarlo del pino rojo japonés sin necesidad de mirarle la corteza. Es el kuromatsu de los jardines japoneses: un pino costero, duro, de agujas rígidas y silueta angulosa, que soporta el salitre directo y el viento marino mejor que casi cualquier otra conífera de jardín.
Fuera del mundo del bonsái se le conoce poco en España, y es una lástima, porque en un jardín de primera línea de playa hace lo que ningún ciprés ni ningún arce va a hacer. Dentro del mundo del bonsái, en cambio, es la especie de referencia: la mitad de las técnicas clásicas de pino se inventaron pensando en él.
Cómo es y con qué se confunde
Pinus thunbergii Parl. pertenece a las pináceas y procede de las costas de Japón y del sur de la península de Corea. En su medio natural alcanza los 25 o 30 metros, aunque en cultivo europeo rara vez pasa de 10 o 15. El tronco suele salir torcido, con corteza gris muy oscura que se agrieta en placas gruesas, y la copa se abre de forma irregular en lugar de formar el cono ordenado de otros pinos.
Las agujas van de dos en dos por fascículo, miden entre 6 y 12 cm, son de un verde oscuro mate y pinchan de verdad: si aprietas un manojo con la mano, lo notas. Las piñas son ovoides, de 4 a 6 cm, y tardan dos años en madurar. La yema de invierno, ya lo hemos dicho, va cubierta de escamas blanquecinas.
Ahí está la primera trampa del nombre. El «pino negro» a secas, en España, es Pinus uncinata, el pino negro pirenaico que forma el límite del bosque en el Pirineo y en algunas sierras ibéricas: agujas cortas, porte compacto, resistente al frío extremo y sin ninguna relación con las costas japonesas. Y el «pino negral» o «pino laricio» es Pinus nigra, otra especie distinta, esta mediterránea. Si compras por catálogo y solo lees «pino negro», puedes acabar con un árbol de alta montaña plantado en Málaga. Pide siempre el nombre científico completo.
La segunda confusión es con el Pinus densiflora, el pino rojo japonés o akamatsu. Se distinguen por tres cosas: la corteza del densiflora es anaranjada y se desprende en escamas finas, sus agujas son más blandas y flexibles, y sus yemas invernales son pardo-rojizas en vez de blancas. En jardinería japonesa el negro se considera «masculino» y el rojo «femenino», y se usan en sitios distintos por esa diferencia de textura.
Sal, viento, frío: lo que aguanta
La tolerancia al salitre es su gran argumento. En Japón se plantan cortavientos enteros de thunbergii justo detrás de la línea de dunas, expuestos a la aerosol marino todo el año. En la costa española cumple ese mismo papel: aguanta el viento cargado de sal sin que se le quemen las puntas de las agujas, algo que a un ciprés de Leyland o a un arce le pasa en la primera galerna.
De frío no hay que preocuparse en la Península: resiste sin daño por debajo de -20 °C, así que ninguna zona española le queda dura. El calor tampoco le molesta, y una vez establecido tolera la sequía estival mediterránea con poco o ningún riego.
Lo que no perdona es el encharcamiento. Un suelo arcilloso que se queda con la lluvia de noviembre metida durante semanas le pudre las raíces, y el árbol no avisa: sigue verde hasta que un mes de julio se seca entero. Prefiere terrenos arenosos, sueltos, incluso pobres. Si tu jardín tiene arcilla compacta, plántalo en un montículo elevado de 40 o 50 cm y con arena gruesa mezclada, o no lo plantes.
Sobre el pH es tolerante, pero en suelos muy calizos y activos puede clorosarse: las agujas nuevas salen amarillentas con los nervios verdes. Se corrige con quelato de hierro EDDHA al final del invierno, aunque si el problema es estructural conviene asumir que ese jardín no es su sitio.
Dónde plantarlo
Sol directo, sin discusión. A media sombra se estira, pierde el porte compacto y las ramas bajas se van vaciando de agujas hasta secarse. No es un árbol para plantar debajo de nada.
Da su mejor versión en el litoral: Levante, Andalucía costera, Baleares, y también la cornisa cantábrica y las rías gallegas, donde la humedad ambiental le sienta bien. En el interior seco funciona igual, solo que crece más despacio. Cuenta con 30 a 60 cm de crecimiento anual en ejemplares jóvenes bien situados, un ritmo moderado.
Los dos o tres primeros veranos después de plantar sí necesita riego de apoyo: un empapado profundo cada diez o quince días, no un riego superficial diario. A partir del cuarto año, en la costa, se puede dejar solo.
Riego en maceta: la otra historia
En bonsái, con sustrato mineral y poco volumen de tierra, el planteamiento cambia por completo. El pino negro japonés bebe bastante en verano, y la idea de que «los pinos son de secano y se riegan poco» se lleva por delante muchos árboles: en akadama y pómez, un tiesto plano al sol de agosto puede secarse en un solo día.
El criterio es regar cuando la superficie del sustrato empieza a aclararse, empapando hasta que el agua salga por los agujeros de drenaje, y volver a hacerlo cuando repita el ciclo. En invierno, con el árbol parado, se espacia mucho, pero nunca se deja secar del todo el cepellón: un pino con las raíces resecas en enero pierde raicillas finas que no se ven, y en primavera brota flojo sin causa aparente.
El exceso de agua hace daño cuando va acompañado de un sustrato retentivo. Con turba o tierra de jardín en la maceta, un riego generoso se convierte en asfixia radicular. Con un sustrato de partícula gruesa y drenante, el mismo riego es inofensivo.
Sustrato, trasplante y micorrizas
Mezcla clásica: akadama, pómez y grava volcánica a partes más o menos iguales, con grano de 3 a 6 mm. Quien no quiera akadama puede sustituirla por arcilla calcinada o picón, siempre con la misma idea: aire entre las partículas.
El trasplante va a finales de invierno, cuando la yema empieza a hincharse pero antes de que se alargue, lo que en buena parte de España cae entre febrero y marzo. Cada 3 o 5 años en árboles hechos, cada 2 o 3 en material joven. No se quita más de un tercio del sistema radicular de una vez.
Y aquí un punto que se pasa por alto: las raíces del pino viven asociadas a hongos micorrícicos, ese fieltro blanquecino que aparece al desmontar el cepellón. No se lava a raíz desnuda un pino. Se conserva parte del sustrato viejo, precisamente para conservar el hongo. Un pino trasplantado a raíz limpia se queda parado dos temporadas si no muere antes.
El descandilado, la técnica que define al kuromatsu
El Pinus thunbergii es un pino de doble brotación: si le cortas la vela de primavera entera, en su base emiten varias yemas nuevas que dan una segunda brotación de verano, con agujas más cortas y ramificación más densa. Eso es el descandilado o megiri, y es la razón de que los pinos negros de exposición tengan esa almohadilla de agujas apretadas imposible de conseguir con un pino normal.
Se hace a principios de verano, calculando que a la segunda brotación le queden unos 100 días de temporada de crecimiento por delante para madurar antes del frío. En el interior cálido y en el Levante, mediados de junio; en el norte húmedo y fresco, de finales de junio a primeros de julio. Se corta la vela completa por su base, con tijera, dejando un pequeño tocón.
Ahora la parte que se hace mal. El descandilado no es una operación de mantenimiento anual para todos los pinos. Solo tiene sentido en especies de doble brotación —thunbergii, densiflora y, con matices, Pinus nigra—, y solo en árboles sanos, establecidos y ya en fase de refinamiento. Descandilar un pino recién trasplantado, uno debilitado o uno al que todavía le falta engordar el tronco es quitarle la única brotación del año: el árbol pierde vigor, las ramas bajas se apagan y tardas tres temporadas en recuperar lo que arruinaste en una tarde de junio.
El segundo matiz es el orden. Las zonas débiles se descandilan primero, para que dispongan de más semanas de verano y su segunda brotación salga más fuerte; el ápice y las ramas vigorosas se dejan para el final. Hacerlo todo el mismo día refuerza lo que ya era fuerte y hunde lo que ya era flojo.
Deshojado de otoño y alambrado
En octubre y noviembre se equilibra el árbol arrancando agujas a mano (hamugiri): pocas en las ramas flojas, muchas en las fuertes, dejando por ejemplo cinco o seis pares de agujas en el ápice y diez o doce abajo. Se retiran también las agujas viejas amarillentas de dos y tres años, que en un pino sano caen solas. Se tira de la aguja hacia atrás, en el sentido de la rama, para no arrancar la corteza.
El alambrado se hace de otoño a final de invierno, con el árbol parado y menos resina en circulación. Las ramas del pino negro son rígidas y quebradizas; las gruesas conviene protegerlas con rafia húmeda antes de doblar. Y hay que retirar el alambre antes de que muerda: la corteza del pino cicatriza mal y una marca en espiral se queda ahí durante años.
Abonado
En jardín, un pino negro japonés plantado en suelo no necesita abono salvo corrección puntual de hierro. El nitrógeno de más le alarga las agujas, le afloja la madera y lo hace más apetecible para pulgones y perforadores. Un acolchado de pinocha o de corteza al pie cubre de sobra sus necesidades.
En maceta sí se abona, y bastante, porque el sustrato mineral no aporta nada. Lo habitual son tortas de abono orgánico sólido repartidas sobre la superficie, desde que arranca la brotación en marzo. En árboles en desarrollo, abono generoso toda la temporada. En árboles en refinamiento que se van a descandilar, se alimenta fuerte en primavera para que llegue con fuerza a junio, se suspende unas semanas alrededor del corte y se retoma después para empujar la segunda brotación. El abonado de otoño, entre septiembre y noviembre, es el que carga las reservas del año siguiente y el que más se olvida.
Multiplicación
Por semilla, que es lo práctico. Las piñas maduran en el segundo otoño; se dejan secar hasta que abren y sueltan la semilla alada. Una estratificación en frío de 3 a 4 semanas a unos 4 °C en arena o vermiculita húmeda mejora mucho la uniformidad de nascencia. Siembra a finales de invierno en sustrato muy drenante, cubriendo la semilla con un centímetro escaso; germina en dos o tres semanas con temperatura de 20 °C. El peligro en semillero es el hongo de cuello: nada de bandejas encharcadas ni de plástico cerrado.
Los aficionados al bonsái aprovechan la misho: cortar la raíz principal de la plántula a las pocas semanas de germinar, cuando aún tiene los cotiledones, para forzar un nebari radial desde el primer año. Es una intervención de precisión con mortandad apreciable, así que conviene sembrar muchas más de las que se necesitan.
Por esqueje no funciona: los pinos enraízan mal o no enraízan, y ninguna hormona lo arregla. Los cultivares —'Thunderhead', 'Kotobuki', 'Oculus-draconis' con sus agujas anilladas de amarillo, o las formas de corteza corchosa tipo 'Nishiki'— se propagan por injerto sobre patrón de la misma especie, normalmente injerto lateral de púa en invierno bajo invernadero frío.
Plagas y enfermedades a vigilar
La amenaza seria tiene nombre: Bursaphelenchus xylophilus, el nematodo de la madera del pino, transmitido por el escarabajo Monochamus galloprovincialis. Es un organismo de cuarentena en la Unión Europea, en España ha obligado a declarar zonas demarcadas en Extremadura y Galicia, y el Pinus thunbergii figura entre las especies más sensibles que existen: fue lo que arrasó los pinares costeros de Japón. El cuadro es un decaimiento rápido en verano, agujas que viran a verde grisáceo y luego a pardo rojizo sin caerse, y ausencia de exudación de resina al hacer una incisión en el tronco. No hay tratamiento curativo de campo. Si tienes un pino con esos síntomas, avisa al servicio de sanidad vegetal de tu comunidad autónoma y no muevas la madera; el transporte de leña de conífera es precisamente lo que extiende el problema.
Mucho más cotidiana es la procesionaria del pino (Thaumetopoea pityocampa), que ataca a esta especie igual que a los pinos autóctonos. Los pelos urticantes de la oruga provocan reacciones dérmicas y respiratorias en personas y son gravemente peligrosos para los perros, que las olfatean en el suelo cuando bajan en procesión a finales de invierno. El momento útil de tratamiento es el otoño, entre septiembre y octubre, con Bacillus thuringiensis var. kurstaki, mientras las orugas son pequeñas; en verano funcionan las trampas de feromona contra los adultos. La retirada manual de bolsones se hace con protección completa y nunca a escopetazos, que dispersa los pelos.
Además, y con menos drama: pulgones lanígeros del género Cinara en los brotes tiernos, cochinillas, la polilla de la yema Rhyacionia buoliana, y el hongo Diplodia sapinea, que seca los brotes del año y suele aparecer tras granizadas o veranos de estrés hídrico. En bonsái, revisa el envés y las axilas de las agujas cada primavera: en un árbol pequeño una colonia de cochinilla pasa de anecdótica a grave en una temporada.
En resumen
El Pinus thunbergii es un pino costero japonés de agujas rígidas en pares, corteza gris agrietada y yemas blancas, resistente al salitre, al viento y al frío hasta -20 °C, pero muy sensible al suelo encharcado. Quiere sol pleno y terreno suelto; en el litoral español se planta prácticamente solo, y en interior crece algo más despacio sin más problema.
En maceta necesita sustrato mineral, riego atento en verano, trasplante a final de invierno conservando las micorrizas y abonado generoso, con el refuerzo de otoño incluido. El descandilado de junio o julio es lo que le da esa ramificación densa de agujas cortas, siempre que el árbol esté sano y ya formado, y descandilando antes las zonas débiles que las fuertes.
Cuidado con el nombre: «pino negro» a secas es Pinus uncinata, un árbol pirenaico sin ningún parecido. Y cuidado con dos plagas: la procesionaria, que se trata en otoño con Bacillus thuringiensis, y el nematodo de la madera del pino, que no se trata y que hay que comunicar a sanidad vegetal.