Arranca una aguja de una Picea glauca, aplástala entre los dedos y huélela. No huele a bosque de anuncio: huele a resina agria, con un fondo desagradable que en Norteamérica le ha valido los apodos de skunk spruce y cat spruce. Ese detalle poco elegante es, de hecho, uno de los métodos de identificación más rápidos que existen para separarla de las demás piceas del vivero.
Qué árbol es y de dónde viene
Picea glauca (Moench) Voss pertenece a la familia Pinaceae y se conoce en español como picea blanca o picea de Alberta. Su área natural es el bosque boreal norteamericano: desde Alaska y el Yukón hasta Terranova, bajando por los Grandes Lagos y por las Montañas Rocosas. Es una de las especies que forma la taiga junto al abedul y al álamo temblón, y llega hasta el límite arbolado del norte.
En su hábitat crece hasta 15-25 metros de altura, con troncos que superan el medio metro de diámetro, y hay ejemplares excepcionales por encima de los 35. En jardín europeo rara vez pasa de 10 o 12 metros, sencillamente porque las condiciones que la hacen crecer allí —veranos frescos, suelo permanentemente fresco, inviernos largos— aquí solo se dan en zonas muy concretas.
El nombre específico glauca alude al tono azulado del follaje, causado por las bandas de estomas blanquecinas de las agujas y por una fina capa cerosa.
Cómo reconocerla sin equivocarte
El primer paso es distinguir una picea de un abeto, porque en los viveros españoles se venden mezclados bajo la etiqueta genérica de «abeto».
Las agujas de Picea tienen sección cuadrangular, ruedan entre los dedos y pinchan; las de Abies son planas, no ruedan y suelen tener la punta roma o escotada. En Picea glauca miden entre 1 y 2 cm, son de un verde azulado o glauco y salen dispuestas alrededor de la ramita.
Las clavijas. Cuando la aguja de una picea cae, deja un pequeño resalte leñoso en la ramita. Una rama de picea deshojada está erizada y raspa; una de abeto queda lisa, con cicatrices circulares planas. Es la prueba más fiable de todas y funciona incluso con una ramita seca del suelo.
Los conos. Los de Picea glauca cuelgan hacia abajo, miden de 3 a 6 cm, son cilíndricos, de color claro, con escamas finas y flexibles de borde redondeado y entero, y caen enteros al suelo cuando maduran, en el otoño del mismo año de la fecundación. Los de abeto se sostienen de pie sobre la rama y se desarman en el árbol, dejando solo el eje. Si encuentras piñas enteras bajo el árbol, no es un Abies.
En primavera, los conos masculinos aparecen rojizos y los femeninos, antes de fecundarse, tienen un tono púrpura que después vira a pardo claro.
Confusiones que salen caras en el vivero
Hay dos equívocos que conviene resolver antes de comprar nada.
El primero afecta al nombre común. En España, «abeto blanco» designa a Abies alba, la especie del Pirineo. Algunos catálogos traducen literalmente el inglés white spruce y llaman abeto blanco a Picea glauca. Son árboles distintos, de continentes distintos y con exigencias distintas.
El segundo es más caro. La picea azul de jardín, esa de color acero intenso que se ve en urbanizaciones de Castilla, es Picea pungens, y su variedad ornamental se llama precisamente 'Glauca'. Ese epíteto repetido lleva a que se pidan y se vendan la una por la otra. Y la diferencia práctica es enorme: Picea pungens procede de las Rocosas meridionales, tolera bastante mejor el calor seco y el suelo pobre, y en un jardín de Madrid o de Valladolid tiene futuro. Picea glauca plantada en el mismo sitio se pasa el verano perdiendo agujas. Si lo que buscas es una conífera azul para clima continental español, el árbol correcto es la pungens.
Frío ilimitado, calor muy limitado
Aquí está la clave del cultivo. Picea glauca figura entre las coníferas más resistentes al frío del mundo: soporta sin daño alguno −40 °C y por debajo, corresponde a las zonas USDA 2 a 6 y ninguna helada peninsular la despeina. Preguntar si aguantará el invierno es preguntarse por el problema equivocado.
El techo está arriba. A partir de 32-35 °C sostenidos, sobre todo con humedad relativa baja, la fotosíntesis se detiene, la planta cierra estomas y empieza a sacrificar las agujas más viejas del interior de la copa. Añade a eso que el suelo caliente reseca una raíz que es muy superficial y tienes la secuencia habitual del fracaso: primer verano con bronceado interior, segundo verano con ramas bajas peladas, tercer verano con un ejemplar irrecuperable.
Dónde tiene sentido plantarla en España: la cornisa cantábrica y Galicia, el Pirineo y sus valles, la Cordillera Cantábrica, el Sistema Ibérico y, en general, jardines de montaña por encima de los 900 o 1.000 metros con veranos suaves y suelo fresco. En el interior seco puede funcionar con riego generoso y algo de sombra a mediodía, sin garantías. En el litoral mediterráneo, en el valle del Guadalquivir y en Canarias no es una candidata seria.
Suelo: el otro factor que la condena
Quiere un suelo profundo, fresco, de textura franca o franco-arenosa, y de reacción ácida a ligeramente ácida, con pH entre 4,5 y 6,5. En su origen crece sobre morrenas y suelos forestales con capa orgánica abundante.
Sobre suelo calizo —la mitad del país— aparece clorosis férrica: las agujas nuevas salen de un amarillo pálido con los nervios más verdes, la planta se debilita y el problema no se arregla con quelatos de forma indefinida, solo se aplaza. Antes de plantarla, mide el pH del suelo real de tu jardín. Si pasa de 7,5, elige otra especie en lugar de pelearte con la química del terreno durante diez años.
Tampoco tolera el encharcamiento prolongado. Suelo fresco no es suelo empapado: en terrenos arcillosos que retienen agua en invierno, la raíz se pudre y aparecen Phytophthora y Armillaria.
Un acolchado de 5-8 cm de corteza de pino o de acícula sobre la zona de raíces resuelve tres cosas a la vez: mantiene la humedad, modera la temperatura del suelo en verano y acidifica poco a poco. Déjalo a un palmo del tronco, sin amontonar contra la corteza.
Ubicación, riego y viento
Luz: sol pleno en el norte húmedo; sombra ligera durante las horas centrales del día en cuanto el clima aprieta. Con demasiada sombra pierde densidad y el porte se abre.
Riego: nunca se le deja secar el cepellón. El sistema radicular es plano y extendido, sin raíz pivotante profunda, así que depende del agua de los primeros 30-40 cm de suelo. En el jardín, riego abundante y espaciado que moje en profundidad, mejor que salpicaduras diarias. Un ejemplar joven en su primer verano peninsular necesita atención semanal como mínimo.
Viento: esa misma raíz superficial la hace vulnerable al derribo. En parcelas expuestas, tutorado durante los primeros tres o cuatro años y, si es posible, plantación en grupo o al abrigo de una masa existente. El viento seco de verano, además, multiplica la deshidratación del follaje.
Distancia: la especie no es planta de arriate. Si plantas la especie botánica y no un cultivar enano, cuenta con 5 o 6 metros libres alrededor y no la pongas cerca de muros, aceras o conducciones.
Abonado y cultivo en maceta
Es una conífera de crecimiento moderado —20 a 40 cm al año en condiciones buenas— y no necesita fertilización intensiva. Un abono de liberación lenta para plantas acidófilas, aplicado una vez a comienzos de primavera, cubre el año. Evita el nitrógeno a partir de agosto: fuerza brotes tiernos que llegan sin lignificar al primer frío y se queman.
En maceta, el ejemplar depende de ti para todo. Sustrato ácido con perlita o arena gruesa para asegurar drenaje, riego con agua de lluvia si la del grifo es dura, plato siempre vacío y trasplante cada dos o tres años a principios de primavera, subiendo poco el tamaño del recipiente. En verano, la maceta al sol se calienta muy por encima del aire y cuece las raíces del perímetro: colócala a la sombra o protege el recipiente con otra maceta exterior.
La poda que no admite
Este es el punto donde se estropean más ejemplares por buenas intenciones. Las piceas no tienen yemas latentes en la madera vieja. Si cortas una rama por una zona sin agujas, ahí no volverá a brotar nada: queda un muñón desnudo permanente.
De modo que la actuación se reduce a poco y en el momento justo:
Retirar ramas secas, rotas o enfermas, en cualquier época, cortando junto al tronco sin dejar tocón.
Si quieres compactar el porte, despuntar a mano los brotes tiernos de primavera —los candles, esos brotes claros que aparecen en abril o mayo— pellizcando como mucho la mitad, cuando todavía están blandos. Eso induce ramificación sin cortar madera.
Respetar la guía terminal. Cortarla arruina el porte cónico: varias ramas competirán por sustituirla y el árbol se queda con dos o tres cabezas y una horquilla débil.
Nada de recortes a tijera de seto sobre el follaje: la lámina corta las agujas por la mitad y deja el árbol con miles de puntas pardas durante meses.
Plagas y enfermedades habituales
Araña roja de las coníferas (Oligonychus ununguis). El problema número uno en clima cálido y seco. Empieza en el interior de la copa: agujas apagadas, mate, con moteado fino, que van tomando color bronce y caen. Se detecta sacudiendo una rama sobre un papel blanco. Se controla mojando el follaje a presión suave, incluida la cara inferior, y con jabón potásico o aceite de verano en aplicaciones repetidas cada 7-10 días, siempre a primera hora y con temperatura moderada.
Adélgidos (Adelges, Sacchiphantes). Producen agallas verdes o rojizas con aspecto de piña pequeña en el extremo de los brotes. Poco letales, feas y persistentes; se cortan las agallas antes de que abran y se eliminan con la basura.
Pulgón de las piceas (Elatobium abietinum). Ataca en invierno y primavera temprana, provoca amarilleo con manchas y defoliación de las agujas del año anterior en la parte interior y baja.
Cinara, pulgones grandes y oscuros en ramas y tronco, con la melaza y la negrilla que siempre los acompañan.
Roya y acículas caedizas (Rhizosphaera y otros hongos). Bandas pardas en las agujas y defoliación de abajo arriba, favorecidas por la humedad estancada. Se combaten sobre todo con aireación: nada de riego por aspersión sobre el follaje al atardecer.
Podredumbres de raíz. Armillaria y Phytophthora en suelos pesados o mal drenados. No hay tratamiento eficaz una vez instaladas; el trabajo está en la elección del sitio.
Cultivares que verás a la venta
La especie tipo es un árbol forestal grande y en jardinería particular se planta poco. Lo habitual es encontrar formas enanas seleccionadas:
'Conica' (Picea glauca var. albertiana 'Conica'), el clon localizado en Alberta en 1904. Cono denso y regular, 5-10 cm de crecimiento anual, 1-2 metros a los veinte años. Es el que se vende en maceta como árbol de Navidad. Emite de vez en cuando brotes revertidos de tipo especie, mucho más vigorosos, que hay que cortar a ras en cuanto aparecen.
'Echiniformis'. Almohadilla globosa achatada, de crecimiento lentísimo, apenas 2-3 cm al año, con agujas azuladas. Planta de rocalla.
'Alberta Globe'. Mutación globosa de 'Conica', muy compacta, alrededor de un metro tras muchos años.
'Sander's Blue'. Follaje netamente más azul que 'Conica', con brotes nuevos verde claro; algo más delicada y propensa a revertir.
'Rainbow's End'. Brotación estival de color crema amarillento que contrasta con el follaje viejo. Necesita algo de sombra: ese brote claro se quema con sol fuerte.
'Pendula'. Porte llorón, estrecho, con la guía erguida y las ramas caídas contra el eje.
Todos ellos comparten las exigencias climáticas de la especie. Enano no significa resistente: una 'Conica' en un patio de Córdoba lo pasa exactamente igual de mal que un ejemplar de veinte metros.
Multiplicación
Por semilla se reproduce solo la especie botánica, nunca los cultivares, que no salen fieles. Las semillas se extraen de conos recogidos en otoño y secados, y germinan mucho mejor tras una estratificación fría de tres a cuatro semanas a 3-5 °C, en arena o turba húmeda dentro del frigorífico. Siembra en primavera, en sustrato ácido y con drenaje, y sombreado los primeros meses. La plántula crece despacio: el primer año no pasa de unos centímetros.
Por esqueje se mantienen las formas enanas. Se toman esquejes semileñosos de 8-10 cm a finales de verano o en pleno invierno, con talón, y se ponen en perlita y turba con calor de fondo. Enraízan mal y despacio —meses, con porcentajes bajos—, así que conviene poner muchos más de los que se necesitan.
Por injerto es como se produce comercialmente la mayor parte de los cultivares, generalmente de púa lateral sobre patrón de Picea abies, a finales de invierno y bajo invernadero. No es una técnica de aficionado sin material específico.
En resumen
Picea glauca es una conífera boreal norteamericana de agujas cuadrangulares glaucas, insertadas sobre clavijas leñosas, y conos colgantes que caen enteros. Su punto fuerte es una resistencia al frío casi ilimitada; su punto débil, el calor con aire seco y el suelo calizo, que son exactamente las dos condiciones dominantes en gran parte de España.
Prospera en el norte húmedo, en el Pirineo y en jardines de montaña, sobre suelo ácido, profundo y fresco, con acolchado y sin encharcamiento. Se abona una vez al año en primavera y se poda lo mínimo, porque no rebrota de madera vieja: solo ramas secas, despuntado manual de brotes tiernos y respeto absoluto por la guía terminal. La araña roja y las podredumbres de raíz concentran casi todos los problemas, y las dos se previenen con la ubicación correcta más que con productos.
Antes de comprarla, dos comprobaciones: que no te estén vendiendo Picea pungens 'Glauca' por Picea glauca, ni al revés, y que el pH de tu jardín y tus veranos permitan que el árbol llegue a viejo. Si vives en el sur o en el litoral mediterráneo, la respuesta sincera es que hay coníferas mejores para tu clima.