Tres árboles sin parentesco cercano se reparten el nombre de palisandro, y solo uno de ellos se puede plantar en un jardín español. Los otros dos son maderas tropicales que llegan aquí serradas, en forma de tablero, mango de cuchillo o aro de guitarra, y con papeleo aduanero de por medio. Merece la pena separar los tres antes de hablar de cuidados, porque quien entra en un vivero pidiendo "un palisandro para el jardín" saldrá con una jacarandá en el maletero.

Qué árboles se llaman palisandro

El término entró al español desde el francés palissandre, y desde el principio designó maderas oscuras, densas y veteadas procedentes del comercio colonial. Nunca fue un nombre botánico, así que acabó cubriendo especies de familias distintas que compartían el aspecto de la tabla y poco más.

El palisandro americano: Dalbergia

El palisandro con mayúsculas es el género Dalbergia, de la familia de las leguminosas (Fabaceae). Son árboles de porte medio a grande, de hoja compuesta y flores pequeñas en panícula, con un duramen oscuro, aceitoso, muy denso y de olor característico al trabajarlo.

Dalbergia cearensis es el palisandro de Brasil llamado kingwood o violeta, un árbol pequeño del nordeste brasileño cuya madera, de tonos violáceos con vetas negras, se ha usado siglos en marquetería y ebanistería fina. Su pariente Dalbergia nigra, el jacarandá de Bahía, es el que hizo célebre el nombre en la fabricación de guitarras y muebles de lujo.

Tronco y follaje de palisandro brasileño del género Dalbergia

Y aquí viene lo que hay que saber sí o sí: todas las especies de Dalbergia están protegidas por CITES. D. nigra figura en el Apéndice I desde 1992, lo que significa prohibición general de comercio internacional salvo excepciones muy tasadas con documentación previa a esa fecha. El resto del género pasó al Apéndice II en 2017, con permisos obligatorios de exportación e importación. En 2019 se acordó una excepción para instrumentos musicales acabados, sus partes y accesorios, precisamente porque el control estaba paralizando giras y ventas de guitarras. Si te ofrecen tablones de palisandro brasileño sin papeles, el problema no es el precio: es que la operación no es legal.

El motivo de la protección es sencillo. La demanda asiática de hongmu, la mueblería tradicional de madera roja, disparó la tala ilegal de Dalbergia en Brasil, Madagascar, Guatemala y el sudeste asiático hasta convertir a este género en la mercancía de fauna y flora silvestres más incautada del mundo por volumen.

El palisandro africano: Guibourtia ehie

También leguminosa, también de duramen oscuro, pero de otra rama de la familia. Guibourtia ehie crece en los bosques húmedos de África occidental —Costa de Marfil, Ghana, Camerún, Gabón, Guinea Ecuatorial— y se comercializa sobre todo como ovangkol o amazakoue. Es un árbol grande, de 30 a 40 metros, con fuste limpio y contrafuertes en la base.

Su madera es marrón oliváceo con vetas oscuras finas y regulares, algo menos densa que la de Dalbergia y bastante más asequible, lo que la ha convertido en el sustituto habitual del palisandro indio en fondos y aros de guitarra acústica y en chapa de mueble. Conviene precisar un punto que se confunde: Guibourtia ehie no está incluida en CITES, mientras que otras especies del mismo género que dan el bubinga (G. demeusei, G. pellegriniana y G. tessmannii) sí figuran en el Apéndice II desde 2017. Mismo género, régimen legal distinto.

Hojas compuestas del palisandro africano Guibourtia ehie

Un apunte para quien trabaje estas maderas: el serrín de Dalbergia contiene dalbergionas, unas quinonas que sensibilizan la piel y las vías respiratorias. La dermatitis del ebanista que trabaja palisandro está bien descrita, y una vez que aparece la sensibilización ya no se va. Mascarilla, aspiración y guantes no son un exceso de celo.

El único plantable aquí: Jacaranda mimosifolia

Jacaranda mimosifolia no es leguminosa ni da madera de palisandro: pertenece a las bignoniáceas, la familia de la catalpa y la bignonia. Se le llama palisandro por arrastre del nombre brasileño jacarandá, que en Brasil designa a las Dalbergia y que terminó pegado a este árbol ornamental de flor azul. Es un cruce de nombres puro y duro, y explica un malentendido que se repite: la madera de la jacarandá del paseo es blanda, clara y sin valor comercial. Quien plante una esperando cosechar palisandro dentro de treinta años se va a llevar un disgusto.

Lo que sí da es una de las floraciones más espectaculares que se pueden ver en una calle española. Y ese es el árbol del que tiene sentido hablar de cuidados.

La jacarandá: qué es y dónde puede vivir

Originaria del noroeste de Argentina y el sur de Bolivia, la jacarandá es un árbol caducifolio o semicaducifolio de 8 a 15 metros de altura en cultivo, con copa ancha, abierta y bastante irregular, y hoja bipinnada muy dividida que le da un aspecto plumoso, casi de helecho. En invierno, o en un verano seco severo, se queda desnuda.

Jacaranda mimosifolia en plena floración azul violácea

La floración llega en mayo y junio en la Península, algo antes en Málaga y Cádiz, y en muchos ejemplares se produce antes de que salga la hoja nueva: el árbol aparece cubierto de trompetas azul violáceo sobre madera desnuda, que es lo que hace el efecto. Cuando el otoño viene templado no es raro un segundo brote de flor en septiembre u octubre, más discreto. El fruto es una cápsula leñosa aplanada y redondeada, de unos 5-7 cm, que persiste en el árbol y que en Andalucía llaman castañuelas por razones evidentes.

El límite de cultivo lo marca el frío. Un ejemplar adulto y bien establecido aguanta heladas cortas de -4 a -5 °C con daños menores en las puntas; uno joven, de menos de tres o cuatro años, sufre ya a -2 °C y puede perder toda la parte aérea. En la práctica, la jacarandá funciona bien en el litoral mediterráneo y atlántico sur —Málaga, Sevilla, Cádiz, Huelva, Murcia, Alicante, Valencia, la costa catalana— y en Canarias, donde florece con una constancia que no tiene en ningún otro sitio de España. En Madrid hay ejemplares en enclaves protegidos del centro, pero se les nota: menos porte, floraciones irregulares y años en que se quedan sin flor. En Burgos, León o Soria no tiene ningún sentido intentarlo.

Cuidados de la jacarandá

Ubicación. Sol directo, todo el que se le pueda dar, y protección del viento fuerte. Su madera es frágil y las ramas gruesas se desgajan con rachas de temporal, sobre todo cuando el árbol está en hoja y ofrece superficie. Un patio cerrado o el interior de una manzana urbana le van mucho mejor que una avenida abierta al norte.

Distancia de plantación. La raíz no es especialmente agresiva comparada con la de un ficus o un chopo, pero la copa se abre hasta 8 o 10 metros y el sistema radicular es superficial. Cuatro o cinco metros hasta el edificio, la acera o la piscina es lo mínimo razonable. Y hay que contar con la caída de flor: durante tres semanas de mayo la alfombra morada es preciosa en la foto y resbaladiza en el suelo, además de manchar la carrocería del coche aparcado debajo.

Suelo. Se adapta a casi cualquier textura mientras drene bien. No tolera suelos pesados y encharcados. Prefiere un pH neutro o ligeramente ácido; en suelos muy calizos regados con agua dura tiende a la clorosis férrica, con las hojas amarillas y los nervios verdes. Se corrige con quelato de hierro EDDHA aplicado al riego en primavera, pero es un tratamiento recurrente, no una cura: si el suelo es muy calizo, conviene saberlo antes de plantar.

Riego. Durante los tres primeros años, riego regular en primavera y verano para asentar el sistema radicular: en un jardín del sur, algo así como 30-40 litros por semana en verano, en dos aportes, mojando en profundidad y no en superficie. A partir de ahí es un árbol de necesidades moderadas que aguanta bien la sequía estival mediterránea, aunque un exceso de estrés hídrico le hace tirar la hoja en agosto. En invierno no necesita riego.

Abonado. Poco y en el momento adecuado. Una aportación de compost o estiércol maduro en el alcorque a finales de invierno basta para un ejemplar de jardín. Los abonos ricos en nitrógeno le dan follaje exuberante y le quitan flor: si tu jacarandá está preciosa de hoja y no florece, mira primero el abono del césped que la rodea.

Poda. Cuanto menos, mejor. La jacarandá florece sobre madera del año anterior, así que una poda de invierno se lleva por delante la floración de mayo. Lo único justificado es la poda de formación en los primeros años —elegir un eje, elevar la cruz a la altura que se necesite, eliminar ramas cruzadas o mal insertadas— y después, ya adulta, retirar madera seca o rota. Los desmoches responden con chupones verticales que salen débiles, mal anclados y sin flor. Si hay que intervenir, en cualquier caso, mejor justo después de la floración, entre finales de junio y julio.

Plantación y trasplante. Otoño en zonas de invierno suave, para que enraíce con las lluvias antes del calor; primavera, pasado el riesgo de helada, donde los inviernos son más fríos. El hoyo, al menos el doble del cepellón, y sin enterrar el cuello. La jacarandá joven agradece un tutor los dos primeros años porque el tronco es flexible.

Multiplicación. Por semilla es fácil: las cápsulas se recogen secas del árbol, la semilla es alada y papirácea, se remoja 24 horas y se siembra en primavera en bandeja con sustrato ligero a 20-25 °C. Germina en dos o tres semanas con buen porcentaje. La pega es la espera: un pie de semilla tarda entre siete y diez años en dar la primera flor, y algunos individuos tardan más o florecen mal. También se puede multiplicar por esqueje semileñoso en verano con hormonas de enraizamiento, o comprar planta injertada o de clon seleccionado, que adelanta bastante la floración. Quien tenga prisa por ver flor, que compre ejemplar de cierto porte en vivero y no siembre.

Plagas y enfermedades. Es un árbol notablemente sano en España. Puede aparecer pulgón en los brotes tiernos de primavera, y cochinilla algodonosa en ejemplares estresados o en ambientes cerrados sin ventilación; ambos se controlan con jabón potásico o aceite de verano, o simplemente vigilando y no haciendo nada si la población es baja y llegan los depredadores. Lo que sí lo mata es la asfixia radicular por riego excesivo o suelo encharcado, que suele confundirse con falta de agua porque el árbol se marchita, se riega más y se acelera el final.

En resumen

Palisandro es un nombre comercial, no botánico. Cubre las Dalbergia americanas y asiáticas —D. cearensis, D. nigra— que hoy están todas en CITES y cuyo comercio exige permisos; cubre el Guibourtia ehie africano, el ovangkol, que no está listado aunque otras especies de su género sí lo estén; y cubre, por confusión de nombres, a Jacaranda mimosifolia, que ni es leguminosa ni da madera aprovechable.

Si lo que quieres es un árbol, la jacarandá es la única de las tres a tu alcance. Plántala a pleno sol, resguardada del viento, en suelo drenante y lejos de aceras y piscinas; riégala bien los tres primeros años y con moderación después; abónala poco; y no la podes en invierno si quieres ver la flor de mayo. Cuenta con que no florecerá antes de los siete u ocho años si parte de semilla, y con que necesita un clima de invierno suave: por debajo de -5 °C empieza a ser una mala idea, y a partir de ahí ya es solo un árbol que sufre.

Y si lo que buscas es la madera, la compra se hace con la documentación CITES delante. Sin ella, lo que hay sobre la mesa no es una ganga.


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