El amarillo de una hoja de castaño en noviembre llevaba ahí desde mayo. No apareció con el frío ni lo trajo el viento: estaba tapado. Lo que ocurre en otoño no es que la hoja se pinte, sino que se desmonta, y al desmontarse deja ver pigmentos que llevaban toda la temporada trabajando en segundo plano. Entender esa diferencia cambia bastante la forma de mirar un hayedo en octubre, y también la manera de plantar un jardín que tenga color en esa época.

Hojas de árbol caducifolio con los colores del otoño

La hoja verde es una fábrica cara de mantener

Una hoja es un panel solar bioquímico. Su color verde lo da la clorofila, una molécula que absorbe la luz roja y azul y refleja la verde, y que se degrada continuamente: el árbol la está reponiendo todo el verano. Fabricarla no es barato, porque en el centro de cada molécula hay un átomo de magnesio y el aparato fotosintético que la rodea está hecho de proteínas cargadas de nitrógeno. Nitrógeno y magnesio son justo los dos nutrientes que más le cuesta conseguir del suelo.

Cuando el día se acorta lo suficiente, mantener ese equipo deja de compensar. La hoja va a caer de todas formas, así que el árbol hace lo sensato: desmantela la clorofila y recupera lo que puede. Entre el 50 % y el 80 % del nitrógeno foliar vuelve a las ramas y al tronco, donde queda almacenado hasta la brotación de primavera. Un roble que pierde sus hojas en diciembre no está tirando nada; está guardando la despensa del año siguiente.

Amarillos y naranjas: pigmentos que ya estaban

Junto a la clorofila conviven los carotenoides: los carotenos, que dan los naranjas, y las xantofilas, responsables de los amarillos. Cumplen dos funciones durante todo el verano —captan longitudes de onda que la clorofila no aprovecha y, sobre todo, disipan el exceso de energía luminosa para que no queme los tejidos—, pero su color queda enmascarado por la abundancia de verde.

Son moléculas más estables que la clorofila y se degradan más despacio. Cuando el verde desaparece, el amarillo y el naranja aparecen sin que la hoja haya fabricado nada nuevo. Este es el mecanismo del abedul, el chopo, el fresno, el castaño, el ginkgo y el árbol del amor: amarillos limpios, sin rastro de rojo. Si un árbol es de los amarillos, el otoño no lo va a volver rojo por mucho frío que haga.

Los rojos y los púrpuras sí son nuevos

Aquí está la parte contraintuitiva. Las antocianinas, que dan los rojos, los granates y los púrpuras, no estaban en la hoja: se sintetizan en otoño, cuando la hoja ya ha empezado su cuenta atrás. Se acumulan en la vacuola de las células de la epidermis y las capas superficiales, y para fabricarlas hacen falta tres cosas a la vez: azúcares atrapados en la hoja, luz y temperaturas frescas.

Los azúcares se acumulan porque la zona de abscisión —el tabique de células que se forma en la base del pecíolo y acabará soltando la hoja— empieza a estrangular el transporte de savia elaborada hacia el tronco. La luz es imprescindible porque la ruta de síntesis está regulada por fotorreceptores. Por eso la misma rama puede estar roja por la cara sur y amarilla por la cara norte, y por eso un arce plantado a la sombra de un muro se queda en verde amarillento año tras año mientras el del vecino, a pleno sol, se pone escarlata.

La función más aceptada de las antocianinas es la de protección solar. Durante las semanas de reabsorción de nutrientes la maquinaria fotosintética está a medio desmontar y es vulnerable a la fotoinhibición, sobre todo en días soleados y fríos. El filtro rojo atenúa la luz que llega a los cloroplastos y permite terminar el reciclaje sin daños. No es una teoría cerrada, pero explica bien por qué el rojo aparece en la cara expuesta y en los años de otoños luminosos.

Quién da la orden: el fotoperiodo, no el termómetro

La creencia más extendida sobre el otoño es que lo dispara el frío. La señal principal es la duración de la noche, medida por los fitocromos de la hoja, y es una señal fiable: la longitud del día del 15 de octubre es exactamente la misma todos los años, mientras que la temperatura de esa semana varía muchísimo. Un árbol que se guiara por el termómetro se dejaría engañar por cualquier ola de calor de septiembre y perdería las hojas tarde, con las heladas ya encima.

La temperatura sí modula el proceso: noches frescas sin helada, entre 3 y 7 °C, con días soleados dan los otoños más espectaculares, porque frenan la exportación de azúcares y favorecen la síntesis de antocianinas. Lo que arruina el espectáculo es una helada fuerte y temprana: revienta las células, la hoja pasa directamente a marrón y cae en dos días. También lo estropea el viento del sur seco y una sequía prolongada de agosto y septiembre, que provoca una caída anticipada y parda sin pasar por el color.

Un detalle urbano que sorprende: los árboles bajo una farola encendida toda la noche retrasan la senescencia foliar en las ramas iluminadas y llegan a diciembre con hojas verdes en un lado de la copa. Esas ramas suelen ser las que más sufren con la primera helada seria, porque no han completado el endurecimiento.

Por qué el otoño español no es el de Nueva Inglaterra

Buena parte de la península tiene clima mediterráneo, y eso significa que el estrés del verano llega antes que el del otoño. Un árbol que ha pasado tres meses de sequía tiene las hojas ya deterioradas en septiembre y no le queda ni azúcar ni tiempo para fabricar antocianinas. De ahí que los otoños más vistosos estén en la franja atlántica y en la montaña: los hayedos de Navarra y del Moncayo, los robledales de Quercus pyrenaica, los castañares del Bierzo y de la sierra de Aracena, los alerces (Larix decidua) del Pirineo, que son coníferas caducifolias y se ponen doradas.

En el interior seco el color llega por otra vía: Pistacia terebinthus, Cotinus coggygria y Rhus coriaria dan rojos intensos en suelos pobres y calizos, y los arces autóctonos —Acer monspessulanum, Acer campestre, Acer opalus— aportan amarillos y naranjas sin necesitar riego.

Merece la pena conocer la marcescencia: en el melojo (Quercus pyrenaica), el quejigo (Quercus faginea) y las hayas jóvenes, la hoja muere en otoño pero la zona de abscisión no termina de formarse, así que la hoja seca se queda colgada hasta que la empuja el brote nuevo en marzo. No es que el árbol esté enfermo ni que le falte agua: es su estrategia normal, probablemente para proteger las yemas y soltar la hojarasca justo cuando el suelo la puede aprovechar.

Hoja seca de otoño con la nervadura marcada

Qué puedes hacer para tener más color en tu jardín

Deja de abonar con nitrógeno a partir de julio. Un aporte tardío mantiene la hoja verde y turgente más allá de su fecha, retrasa el endurecimiento de la madera y suele acabar en daños por la primera helada. Los abonos de otoño, si acaso, ricos en potasio.

Riega en un otoño seco. Una sequía en septiembre y octubre en un liquidámbar o un arce japonés recién plantado se traduce en hojas marrones y caída prematura. No hace falta encharcar: un riego profundo cada diez o quince días mientras no llueva.

Coloca las especies de rojos a pleno sol y en suelo ácido o neutro. Liquidambar styraciflua, Acer palmatum, Acer rubrum y Nyssa sylvatica se vuelven cloróticos en los suelos calizos de media España; una hoja amarillenta por falta de hierro en agosto no da color en noviembre, da hojas secas. En terreno calizo son mejor opción el arce campestre, el fresno, el almez o el ginkgo.

No barras toda la hojarasca. Bajo los árboles y en los arriates es el mejor mantillo gratuito que vas a encontrar, protege el suelo del apelmazamiento por la lluvia y devuelve materia orgánica. Retírala solo de céspedes —donde una capa densa asfixia la hierba— y de caminos, y compostada aparte da un mantillo excelente en un año.

Un último apunte: los perennes también renuevan hoja. Una encina o un naranjo sueltan buena parte de sus hojas viejas en primavera, no en otoño. Ver caer hojas de un perenne en marzo o abril es normal; verlo en pleno agosto suele ser sed o asfixia radicular.

En resumen

El otoño no añade color, lo destapa: al degradarse la clorofila para recuperar nitrógeno y magnesio, quedan a la vista los carotenoides amarillos y naranjas que llevaban todo el año en la hoja. Los rojos son la excepción, porque las antocianinas se fabrican en ese momento y necesitan sol, frío sin helada y azúcares retenidos por la zona de abscisión. La orden de empezar la da el acortamiento del día, no la temperatura, que solo decide si el resultado será brillante o pardo. En el jardín, el color se favorece con sol directo, suelo adecuado a cada especie, riego suficiente en un otoño seco y ningún abono nitrogenado a partir del verano.


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